La Catedral de las Sílfides

Ven a oír las historias del viento


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¿Debería usar un seudónimo?

Desde que tengo memoria he tenido una guerra civil con mi nombre de pila. Nunca nos llevamos bien y, tras tantos intentos de declarar mi independencia, ese gigantesco e intimidante puñado de letras tampoco tenía motivos para empezar a quererme. Llegó el punto en el que me llamaban con un nombre distinto a cada lugar al que iba. Me sentía Gandalf, menos la magia y la barba… y el sombrero y… todo lo demás.

Pero al llegar el momento en el que la primera editorial con la que trabajé me preguntó si firmaría mis libros con mi nombre o con un seudónimo, dudé. No tenía motivos reales para no usar mi nombre, más allá de capricho y el sentirme una niña otra vez cuando alguien se refería a mí con él. Al final, lo usé, y por una larga lista de motivos, me alegra. Dejé de luchar conmigo misma y cuando la gente me habla, al fin siento que me hablan a mí y no a una de las tantas máscaras que tuve puestas por tantos años. Me costó acostumbrarme, pero mi nueva firma se ve bonita.

Pero hace una semana, mis alumnos sacaron el tema de qué nombre usar para suscribirse en el NaNoWriMo. No sabían si ir con su nombre real o decidirse por un seudónimo, así que para ellos (y todos los que tengan la misma duda), decidí hacer una serie de entradas. Veremos hoy 13 buenas razones por las que podrías necesitar usar un seudónimo y 5 motivos igual de buenos para usar tu nombre real.

Si el NaNo no se come mi alma, para la semana que viene tendrán una entrada sobre la forma de crear el seudónimo perfecto, así que estén atentos, suscríbanse a la página o síganme en Facebook, Twitter y/o Instagram, donde pueden no sólo enterarse de cuando hay una nueva entrada, sino también hacerme compañía en mi día a día como escritora de tiempo completo.

¡Empecemos!

13 buenas razones para elegir usar un seudónimo

  1. Odias tu nombre: Me pasaba a mí y lo entiendo perfectamente. Soy de quienes creen que uno no odia el nombre en sí sino la carga emocional con la que nos fue dado o que fue juntando a lo largo de los años. A veces es bueno trabajar con esa carga y aprovechar esto para sanar viejas heridas, pero si quieres dejar esta tarea en tu lista de pendientes para otra vida, no estoy aquí para juzgarte.
  2. Tienes un nombre demasiado común: Estadísticamente, esto es fácil que te pase. Tal vez te llamas John Smith en Estados Unidos o Juan Pérez en Argentina y haya demasiada gente ahí afuera capaz de adjudicarse tu obra a sus amistades y futuras conquistas románticas. Tal vez no sea un nombre común, pero abunden los autores llamados así en Amazon. Busca en internet y asegúrate de usar un seudónimo o agregarle alguna variante a tu nombre (un segundo nombre, por ejemplo) si necesitas diferenciarte.
  3. Tienes un nombre desafortunado: Si te llamas Susana y te apellidas Horia, considera firmar S. Horia, ponerte un segundo nombre de fantasía o cambiártelo por completo. A no ser que te fascine el chiste y quieras pasar a la posteridad como un autor a no ser muy tomado en serio. Susana Horia puede ser fantástica escritora de rimas infantiles o comedia absurda, pero le costará convencer a sus seguidores de que ese thriller sangriento es la obra maestra que es.
  4. Has decidido cambiar de género literario: Tal vez escribas policiales u obras de terror que hagan que Poe moje la cama, pero llegue un día en el que decidas darle una oportunidad a tu lado romántico y acabes con un bellísimo drama color rosa. Sería algo inesperado para tus lectores y podrías dejarlos con una expresión de desagrado tras hacer el equivalente a alentarlos a morder el chocolate sólo para decirles luego que era uno de esos jabones hiperrealistas. Si has hecho un proceso de mutación de un género a otro, yo recomendaría seguir con el mismo nombre, pero si te has consagrado en un género y la desviación a otros temas será una vez cada tanto, considera inventarte un alter ego.
  5. Has saturado el mercado: Esto ya no se ve tanto, pero hace un tiempo se consideraba que un autor debía sacar, como máximo, un libro al año. Stephen King consideró esto una limitación a su capacidad creativa y decidió usar un seudónimo para sus segundas publicaciones. Tal vez des a luz a diez libros al año y no quieras que tus lectores se confundan sobre cuál es tu “nuevo” libro ni que Amazon te mire con desconfianza, entonces tal vez puedas fingir personalidad múltiple y firmar con dos o tal vez hasta tres nombres distintos.
  6. Has tenido importantes fracasos literarios: Capaz ya has escritos algunos libros que han dado de qué hablar a los críticos. Tal vez seas tan conocido como temido en las editoriales. Tal vez la sola mención de tu nombre en Hollywood invoque a Night Shyamalan. En cualquiera de estos casos, reinventarte y empezar otra vez puede ser lo que necesitas.
  7. Estás huyendo: Esto suena dramático, pero es una realidad. Tal vez tuvieras una expareja, algún familiar o chiflado aleatorio que no desees que te encuentre o estás huyendo de una vida de la que no quieres que se sepa ni a la cual tengas intención de regresar. Un seudónimo podría ser una forma de salir al mundo sin exponerte y te lo recomiendo especialmente si usar tu nombre real te puede poner en peligro.
  8. La historia que escribes es personal: Tal vez el libro que estás escribiendo esté a punto de ventilar hasta tu ropa interior más sucia o vaya a hablar de secretos de familiares y amigos que juraste llevarte a la tumba. En general uno da nombres distintos a todos los personajes, pero tal vez eso no sea suficiente en este caso. Considera un seudónimo que incluso tenga un origen cultural y étnico radicalmente distinto al tuyo. No elijas otro nombre que se oiga en tu amado Chile, Ecuador o España, ve por un nombre nigeriano, hindú o maorí. Tal vez tírale un dardo a un mapamundi y fíjate qué sale.
  9. Tienes un familiar ya consagrado en la escritura: Si compartes profesión con algún familiar, sobre todo padres o abuelos que pueden haberse forjado su fama antes que tú, tal vez te interese un seudónimo para salirte de su sombra. El hijo de Stephen King es escritor de horror al igual que su padre, por lo que firma con el nombre “Joe Hill”, versión corta de su nombre completo, “Joe Hillstrom King”. Su hermano no tomó el mismo camino y firma como Owen King.
  10. Te preocupa tu género: Quiero dejar asentado que no estoy para nada de acuerdo con este punto, pero ignorar esta realidad no tiene sentido. Rowling temió que, por ser mujer, muchos niños no fueran dar oportunidad a Harry Potter, por lo que decidió firmar con sus iniciales, J. K. Rowling, en vez de su nombre real, Joanne Rowling (el “Kathleen” lo añadió por gusto) o usar el seudónimo Robert Galbraith en algunos otros escritos.
    Tal vez estés escribiendo un género literario más acostumbrado a ver en personas del género opuesto al tuyo y eso te intimide. Yo te recomiendo trabajar tu imagen de ti mismo y aceptarte como eres. Siempre habrá alguien que hablará mal de ti, y si no es porque eres “poco macho” al escribir dramas románticos o “demasiado machona” por hacer una historia sobre una escuela mágica, hablarán mal de ti porque eres muy alto/a, bajo/a, flaco/a, gordo/a o lo que se les ocurra. A mí me hicieron bullying en la escuela por años por gustarme los gatos; sé de lo que hablo, se burlarán de ti si quieren hacerlo, el motivo por el que lo hacen es en realidad una excusa nada más.
    Fortalécete y prepárate para los golpes, porque en el mundo actual es imposible no recibirlos. Sé fiel a ti mismo y, en última instancia, sigue a Rowling.
  11. Compartes tu nombre con alguien ya famoso: Si tu nombre es George Martin y no eres el escritor de Canción de Hielo y Fuego, podrías necesitar un seudónimo. Tal vez no quieras y estés dispuesto a luchar contra la fama de alguien más o lo veas como engancharte en su cinturón y dejar que te lleve, engañando a sus lectores para que te compren por error. Sea lo que sea que hagas, investiga las implicaciones legales en tu país y la extensión del copyright del autor/a con el que compartas nombre.
  12. Compartes tu nombre con alguien infame: Tal vez rescates animales heridos, seas voluntario en el hogar de ancianos y escribas cuentos tan dulces que empalagarías a Winnie the Pooh, pero si te llamas Adolf Hitler, tendrás un par de problemas a la hora de vender tus libros. ¿Sabes qué? Olvídate del seudónimo, ve al registro civil y cámbiate el nombre ya mismo si este es tu caso. Si tuviste un poco más de suerte y “solo” te llamas Federico Franco, evita firmar como F. Franco. Mejor Federico F. o cualquier otra cosa que se te venga a la cabeza. Excepto Adolf Hitler.
  13. Simplemente quieres: Tal vez te gusta el misticismo del autor desconocido, disfrutas de poder caminar por las calles sin que se asedien tus fans y los incansables paparazzi, o simplemente te parezca genial poder firmar tus libros como Lord Kingoftheworld IV o Lady Prometheus III. En ese caso, ¡adelante!

 

Veamos ahora:

3 buenos motivos para NO usar múltiples seudónimos

  1. Continuidad y conexión: No sé las tuyas, pero mis obras están hechas para conectarse todas en cierto punto. Comparten algún personaje, alguna mención… Me gusta saber que si leíste A antes de leer B, verás pequeños secretos en B y viceversa. Aunque no formen parte del mismo universo ni sean del mismo género, hay un hilo que la atraviesa a todas y las va conectando, generando un juego entre el lector y yo. Mientras más me hayas leído, más verás entre líneas, y la única forma en la que esto funcione es que todos mis libros estén firmados con el mismo nombre.
  2. Identidad: No sé si les haya tocado el hacerse una página web (o pagarle a alguien para que lo haga por ustedes), diseñar una marca personal y empezar a vender su producto. Es un proceso largo y engorroso. Incluso con las herramientas y conocimientos adecuados, uno puede tardar un par de años en hacerse conocido. Capaz estés pensando “pero no quiero hacerme conocido/a, quiero que mis libros sean leídos” y lo entiendo, la fama tampoco es algo que me atraiga, pero hoy día hay tantos autores y tantos libros siendo publicados en papel e internet que, aunque hayas escrito la octava maravilla del mundo, vas a necesitar suerte y mucho trabajo para darla a conocer. Si cambias de identidad con cada libro porque no logras decidirte o tienes varias por el motivo que fuera, cada nueva obra será como volver a dar el primer paso para aprender a caminar. Una y otra vez.
  3. Fandom: Para los que no lo sepan, los fandom son las comunidades de fans de algo o alguien en particular. Suena insignificante y medio infantil o adolescente tal vez, pero es un fenómeno psicológico muy primario: todos queremos pertenecer a algo. Los fans de una serie, un grupo musical o incluso un estilo de vida suelen unirse a compartir y festejar ese gusto en común. Ese gusto en común podemos ser nosotros y nuestras obras. Si vamos cambiando de identidad, será más difícil para la gente unirse para seguirnos; y, aunque esto parezca cosa de ego nada más, hay que tener presente que los fandom son el boca a boca en su máxima expresión. Es ínfima la cantidad de gente que encuentra a su autor favorito simplemente yendo a la librería y eligiéndolo al azar; la mayoría lo conoció gracias a la recomendación de alguien o el que le prestaran uno de sus libros. Y mientras más fuerte e intensa la comunidad, más formará parte de la vida del lector y con más pasión venderá a sus amigos ese libro, esa forma de pensar y esa nueva visión del mundo que tú le diste con tu obra.

 

Y acabemos con:

2 muy buenos motivos para NO usar un seudónimo

  1. Aliados: Mi primer libro, La palabra perfecta, vendió a montones. Me encantaría decir que fue por la temática poco común o mis increíbles habilidades literarias, pero la verdad es que lo que lo hizo volar fue mi nombre. Amigos, familiares, viejos compañeros de carrera… Ellos me vieron a mí y se llevaron el libro por mí. Mi abuela se lleva un ejemplar de cada uno de mis libros sólo porque le encanta que tengan mi nombre y luego los comparte con orgullo con gente a la que le pueda interesar. Revolución Reign tuvo dedicados tres segmentos de un programa de radio gracias a esto.
    Elegir un seudónimo es volver a nacer, y aunque a veces sea exacto lo que necesitamos, tenemos que tener presente que un recién nacido no tiene contactos, experiencias ni un pasado que lo avale.
  2. Psicología: Este punto es… muy relativo, poniéndolo con suavidad. No aplicará a todos y, aunque lo haga, podría igual no ser motivo para detener a los que sí, pero no quería dejarlo sin mención porque es lo que me terminó de hacer decidir a mí.

Sí, son sólo dos los motivos para no elegir un seudónimo, pero esto es para mí lo más importante de todo: en la vida necesitas aliados.

Mi lucha con mi nombre siempre fue una señal de algo más, una rebelión hacia lo que me había sido dado y una lucha contra partes mías con las que no estaba conforme. Capaz pueda ser tu caso también, así que te pregunto: ¿por qué quieres usar un seudónimo? Ve hasta el fondo de tu ser y respóndete con honestidad. Tal vez no haya un verdadero motivo, tal vez haya uno y no sea tan válido como por años creíste.

Al final eres libre de decidir si usar un seudónimo o no, más allá de motivos o ausencia de, pero si vas a desechar tu identidad de nacimiento y adquirir otra, asegúrate de que lo haces estando en paz contigo mismo. Lo veo como hacerse un tatuaje: me encantan, son obras de arte, pero conozco a alguien que se tatuó el hiragana (símbolo) japonés que representa la sílaba “RU” porque le dijeron que era una “A” (inicial de su nombre). Obviamente esta persona no investigó, no tenía conexión alguna con el japonés y no lo pensó dos veces a la hora de tatuarse.

Un seudónimo no te va a seguir toda tu vida necesariamente, pero al igual que un tatuaje, una vez creado y utilizado, quitártelo será tan costoso como doloroso.

Piénsalo bien.


Y con esto llegamos al fin de la entrada. Espero la lectura fuera de utilidad o, al menos, entretenida. Recuerda venir el lunes próximo para aprender a crear el seudónimo perfecto, en caso de que hayas decidido que lo necesitas.

¡Nos leemos pronto!

Priscilla Ferrari

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¿Qué tal si…?

¿Qué tal si la muerte fuese un niño y la vida una anciana?
Él un desconocido para el mundo,
ella experimentada y con gran reputación.

¿Qué tal si el invierno viniera de noche y amaneciéramos en primavera?
Dormiríamos abrazados bajo pesadas mantas
y despertaríamos oliendo las flores y oyendo el cantar de las abejas.

¿Qué tal si de niños voláramos y como ancianos aprendiéramos a caminar?
Descubriríamos el mundo temprano
y luego pasaríamos los años aprendiendo a valorar los pequeños pasos que damos.

¿Qué tal si ya no hubiera más respuestas, pero nos abrazáramos a las preguntas?
Un mundo de incertidumbres se abriría ante nosotros
y tal vez, tal vez… dejaríamos de jurarnos a nosotros mismos que lo sabemos todo, que lo hemos probado todo y que no necesitamos nada diferente.

Y entonces, el mundo podría ser un lugar diferente.

 


Hola, lectores, y bienvenidos a otra entrada, esta vez una artística. La semana que viene y la siguiente a esa habrá utilidades para escritores (y todo tipo de artistas, en realidad), así que les recomiendo estar atentos, apretar el botón “seguir” arriba a la derecha o “me gusta” en mi página de facebook.

Aprovecho también a invitarlos a encontrarme en twitter, donde estoy a un click a través de ese enlace o buscándome como AncientForest2, o en instagram, también clickeando allí o como catedral_de_las_silfides. Recomiendo mucho que me busquen en estas redes sociales ya que las actualizo a diario mostrando en qué estoy trabajando y pronto comenzaré a subir distintos tipos de nuevo contenido que no verán aquí.

Y si les gusta la idea de que siga creando y distribuyendo mi arte y conocimiento de forma gratuita y al ritmo que lo he hecho hasta ahora, por favor apóyenme en patreon. Con cada donación, por más minúscula que sea, estaré un paso más cerca de poder dejar trabajos alternativos y enfocarme en esto, además de que les abrirá la puerta a contenido exclusivo, regalos a recibir en sus casas y un trato personal y privado conmigo, el cual les permitirá espiar en mis libros antes de que sean publicados, entre otras cosas.

Espero verlos por aquellos lugares y encontrarlos aquí la semana próxima para la siguiente entrada. Cuéntenme en los comentarios si les ha gustado el cambio de look en la página.

Cariños y muchas letras,
Priscilla Ferrari.


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Cómo viajar

Viaja ligero.
Deja que tu equipaje lleve poco,
es la única forma de que pueda regresar lleno de cosas nuevas,
lleno de souvenirs, recuerdos y trozos de tierras lejanas.

Viaja abierto.
Deja miedos y prejuicios en casa.
Prepárate para conocer gente diferente,
y, sobre todo, para reconocerte como alguien diferente.

Viaja cómodo.
Llévate buen calzado, el mejor que tengas.
Caminarás más de lo que crees,
por los senderos más recónditos del mundo y de tu universo interior.

Viaja.
Viaja porque necesitas sentirte ligero,
porque necesitas descubrirte libre, abierto y vivo.
Viaja porque tienes motivos para partir
o porque no tienes uno para quedarte.

Viaja.
Viaja porque tu alma se siente atrapada en un solo lugar,
porque el mundo es grande o tu casa, pequeña.
Viaja para inspirarte o transformarte,
o para perderte o encontrarte.

No importa el motivo, viaja.
Ajusta tus zapatillas, líbrate del peso que te ancla a donde estás y arrójate al mundo.


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Príncipes sin control, princesas sin cadenas

¿Qué tal si los príncipes que quedan hoy día son aquellos que aceptaron sus matrimonios arreglados mientras que los aventureros con complejo de rescatistas se extinguieron tras molestar a suficientes princesas?

Tal vez ellas al fin se hartaron de ver sus siestas interrumpidos por invasores no bienvenidos dando besos no deseados. Tal vez la promesa de poder, oro y vestidos inflados dejó de conquistarlas. Tal vez el “¡pero soy encantador!” dejó de sonar a buena excusa para no poner una orden de alejamiento. Tal vez esos ególatras subidos al trono del mundo al fin fueron arrestados por andar vendiendo cuentos baratos.

O tal vez…

Tal vez ellas se aliaron con sus dragones. Tal vez descubrieron que ese poder para escupir fuego y hacer temblar la tierra estaba en ellas mismas. Tal vez reclamaron su naturaleza y admitieron que podían desear volar libres y hacer oír sus rugidos sin dejar de ser educadas y delicadas cual flores si así lo deseaban.

Tal vez ellas al fin se cansaron de tener que esperar a que alguien más las rescatara para ver sus vidas al fin empezar, y prefirieron salir y enamorarse durante la aventura, formando parte de ella y cabalgando junto a sus príncipes como conquistadoras en vez de ser el premio tras la conquista.

Y, quién sabe, tal vez vivieron felices para siempre.


Crédito de la imagen a John Atkinson.


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¿Cuál es la diferencia entre un cuento y una novela?

Hasta ahora no he encontrado a nadie que pueda decirme cuál es la diferencia entre un cuento y una novela, más allá de “uno es largo y el otro es corto”. Bueno, sí, en general ocurre así, pero ¿por qué? Por querer escribir algo de un par de páginas nada más no significa que lo que tengamos entre manos sea un cuento; hay algunas novelas que son breves, de hecho, acabo de terminar una de la que se enterarán pronto y que tiene solamente diez mil palabras, menos de 20 páginas en Word. Estas comúnmente son llamadas nouvelles, para diferenciarlas de lo que la gente espera ver cuando escucha la palabra “novela”, pero son novelas al fin y al cabo. ¿Por qué?

¿Qué es lo que hace que un relato sea uno u otro, entonces?

Utilizaremos de ejemplo para este análisis la conocida historia de una joven mujer en esa edad de rebeldía que decidió desoír a su madre y arrojarse a los oscuros caminos del mundo, poniendo en peligro su vida y la de sus seres queridos en un intento egoísta de descubrir si había algo más allá afuera que pudiera entretener su mente inquieta y espíritu de aventura. Exacto, Caperucita Roja.

¿Qué sabemos de ella? Nada, ni su nombre. La llaman Caperucita Roja por su caperuza de ese color y tiene una madre y una abuela. Eso es todo. Ésa es la clave del cuento: lo que importa es qué pasa, no a quién le pasa. No nos interesa la edad exacta de Caperucita ni dónde está su padre; no nos importa el color de su piel u ojos; podemos vivir perfectamente sin saber cuáles eran sus sueños, ambiciones y objetivos en la vida. Lo valioso es lo que ocurrió; podemos cambiar al protagonista y que la historia siga siendo la misma.

Es por esto que los cuentos suelen ser breves: el desarrollo de personajes, su historia personal, la estructura social y política que permitió que todo esto ocurriera… Eso puede estar ahí, en el fondo, pero no es relevante.

Pero imaginen ahora una novela que les haya gustado sin todas esas cosas: Harry Potter sin la profundidad de su relación con su propia orfandad, El Señor de los Anillos sin los conflictos entre las razas que pueblan la Tierra Media, El Nombre del Viento sin los pasos que llevaron a Kvothe a convertirse en el hombre que es. Perderían su esencia, su magia y todo lo que nos atrapó en ellas.

Las novelas se alimentan de los detalles y lo importante con ellas es a quién le pasa lo que pasa. ¿Así que X fue a la segunda guerra mundial? Sí, ¿y? Muchos fueron y murieron allí. Pero si esto le llega a ocurrir a alguien que amamos y conocemos, alguien cuya historia vivimos junto a él y nos ha abierto su corazón, mente y alma gracias al poder de la narración, entonces sí, ahí sí nos importa.

Pero lo que queremos saber no es qué vivió allá, sabemos cómo fue y muchos han hablado de los horrores de la guerra, lo que más nos importa es qué le pasa al protagonista con lo que le pasa. Es decir, ¿por qué fue a la guerra? ¿Qué motivaciones u obligaciones tenía? ¿Cuáles eran sus sueños y cómo se realizaron o fallaron en realizarse? ¿Qué sintió con lo que vio allí y en quién se convirtió tras vivir semejante experiencia?

Las novelas tienen muchas cosas que contarnos y, para que esas cosas signifiquen algo, deben hacer que empaticemos con el protagonista y sus allegados y que nos podamos poner no en sus zapatos, sino en su piel. Sabiendo eso es fácil darse cuenta por qué las novelas son tan extensas: necesitan llenarnos de páginas para que nos importe la persona a la que está ocurriéndole esto que podría haberle ocurrido a otras mil personas.

Pero esto no significa que escribir un cuento sea más fácil. Lamentablemente también es una joya de ignorancia que he encontrado a menudo.

“No estoy listo/a para escribir una novela todavía, empezaré con un cuento”.

“Si vas a empezar, haz algo fácil como un cuento, no arranques con una novela”.

Si menos palabras equivalieran a mayor facilidad de escritura, poesías y microrrelatos serían lo más fácil de hacer en el mundo y bien sabemos que no es así. Toda forma de literatura tiene su técnica y tiempo de perfeccionamiento. Escribir una larga novela que nos haga sentir en un mundo fantástico, que nos haga enamorar de personas que no existen y madurar en el viaje emocional del protagonista, es tan difícil como contar una historia que en su brevedad sea capaz introducirnos desde las primeras líneas en un mundo del que no queramos salir y que se mantenga en nuestra memoria tras años a pesar de haberle dedicado tan poco tiempo a su lectura.

Revolución Reign: Príncipe tiene más de ochocientas páginas y me tomó cuatro años de trabajo. La Palabra Perfecta tiene menos de cien y me tomó cinco. Y por favor no me pidas que escriba una carta, porque puedes perderme una década entre borradores.”

–Yo, mucho más a menudo de lo que me gustaría admitir.

En ambas estructuras debemos tener presente que habrá cosas importantes que contar y otras que ocultar. No sabemos cómo el Principito llegó a su planeta, pero el poderlo imaginar a gusto es parte de la magia que despierta en nosotros, parte de esa ilusión pura e inocente de infante que todos tenemos que nos permite aceptar una realidad distinta y un poco absurda sin mucho cuestionamiento.

Pero a pesar de que en El Señor de los Anillos sepamos hasta los detalles más insignificantes de la Tierra Media, nos queda oculto el rostro de Sauron y cuál era el verdadero poder del Anillo Único. Sabemos que no es bueno que vuelvan a reunirse, pero la extensión de la desgracia que supondría queda para que nosotros la imaginemos. No hay miedo más grande que a aquello que uno no es capaz de predecir, de entender, de dimensionar. ¿Quién no ha visto una película de terror magnífica que de inmediato se vuelve aburrida al revelarnos quién es el asesino en las sombras?

Es importante que tengamos siempre presente los trucos y limitaciones de lo que decidamos crear y que nunca subestimemos a la técnica ni a nosotros mismos.

Y la próxima vez que alguien les diga “¿escribes novelas? ¡Wow! Yo apenas tengo unas poesías / unos cuentos, nada importante”, ríanse. Ríanse, eduquen y devuélvanle la dignidad a los escritores que hayan perfeccionado el arte de la brevedad. Al fin y al cabo, bien decía Shakespeare:

“la brevedad es el alma del ingenio”.


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¿Qué necesito hacer antes de empezar a escribir?

Saludos, lectores, y bienvenidos otra vez a este humilde rincón del viento. Decidí hacer algunas entradas sobre los pasos previos a sentarse a trabajar en una historia, en honor al inminente NaNoWriMo. Siempre me extiendo, así que vayamos directo al punto.

Lo que separa a un escritor que apunta a que sus libros lleguen a best o long seller de uno que escribe nada más por expresión artística (que no tiene nada de malo, ambos son tan válidos como necesarios en el mundo) en general está en los pasos previos a ponerse a trabajar (y en corregir, pero eso lo veremos en el futuro).

Si tu objetivo es expresarte y nada más,  debes dejarte fluir por el papel como un río entintado. Si quieres hacer un trabajo más comprometido, antes de soltarte, haz tres cosas:

 

Inspiración

Empecemos con la más divertida de las tres I, y es la más divertida porque será la excusa infalible para vivir tu vida al máximo.

¿Te ha pasado de que algo te inspire de forma inesperada? A veces es una pequeña luz que se enciende, otras es un chispazo que viene de la nada misma y causa un incendio en tu interior. El cuento Honrado, bendecido, seco y partido llegó a mí cuando miraba por la ventana regresando de un viaje y vi la silueta de un árbol muerto apareciendo entre la niebla en las montañas de Chile. Seres del mal nació de mi frustración por no poder vender un globo en un puesto en el que trabajé por un tiempo y Batalla sangrienta por… No, te dejaré adivinar ese.

Como puedes ver, situaciones extraordinarias y llenas de belleza sirven para despertar tu impulso creativo tanto como cosas mundanas. Entonces, ¿qué hacer? ¡Vivir!

Ponte el objetivo de hacer una cosa que no hayas hecho antes por semana. Cocinar algo nuevo, probar un deporte o arte, seguir un tutorial, hacer origami o kanzashi. ¿Viste la película Yes Man? Allí alientan al protagonista, interpretado por Jim Carrey, a decir que sí a todo. Te recomiendo seguir esa filosofía (evitando cosas insalubres o peligrosas, por supuesto). Aprende a decir “hola” en seis idiomas distintos (aunque no sepas ninguna palabra más), elije un país al azar y busca en google fotos de sus atracciones turísticas (te sorprenderá lo fácil que es enamorarse de una tierra lejana), dile que sí a los Testigos de Jehová que tocan tu puerta y ten una interesante conversación con ellos (aunque no coincidas en nada con su visión).

Nunca sabemos detrás de qué se esconde una próxima gran historia, por lo que no debemos dejar de probar la vida. Y no te preocupes si estás en un mal momento, no es necesario que la experiencia sea alegre para inspirarnos. Bien sabemos que los escritores, históricamente, no somos las personas más felices del mundo.

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Lo importante es prestar atención: presta atención a lo que te rodea; a los olores, colores y sonidos. Deja el celular en tu bolsillo más a menudo, sal algunos días sin música. Los humanos tendemos a acostumbrarnos a hacer algo de una forma específica y en poco tiempo entramos en modo automático sin darnos cuenta. Ya sea por falta de cuestionamiento, por necesidad de acallar oscuras voces internas o puro aburrimiento, tendemos a caer en la pasividad de una vida rutinaria y gris y no salir de ahí hasta que la realidad no nos manda algo (bueno o malo) que nos sacuda con tanta fuerza que separe nuestra carne de nuestros huesos.

No lleguemos a ese punto. Despertemos antes.

Y una vez volvamos a vivir con los ojos abiertos, necesitaremos la segunda I:

 

Imaginación

Volveré a criticar a la actualidad. No tengo nada en contra de estos tiempos en los que vivimos, solo en contra de la FORMA en la que los vivimos. Los niños tienen una clase tras otra, los adultos deben a veces tener hasta dos o tres trabajos para poder mantenerse, el tiempo libre se va entre tablets, tvs y celulares. Soy culpable de esto último.

Siempre que me dicen “¡pero si Einstein, Miguel Ángel y Picasso tenían las mismas horas en el día que nosotros!”, respondo con un “sí, pero no tenían Facebook”. La verdad es que perdemos el tiempo más que nunca y muchas veces es por no saber qué hacer con el aburrimiento.

Tal vez te preguntes a qué me refiero con eso último. Hay un error de concepto allí que hace que muchos crean que cuando uno se aburre, es porque no tiene cosas que hacer. Aunque eso a simple vista es así, muchas veces sí tenemos cosas que hacer y sólo nos falta motivación y energía. Aunque muchas veces esto puede ser síntoma de depresión, la mayoría de las veces es que nos estamos subestimando a nosotros mismos. Si lo que haces te aburre, puede que sea demasiado fácil para ti. Ponte un objetivo y eleva el desafío. No demasiado, que si te pasas, comenzarás a frustrarte y no llegarás a ningún lado. Si escribir ya no es interesante, busca un concurso en el que participar http://www.escritores.org/concursos-argentina . Te dará una fecha límite, una temática y una extensión máxima o mínima.

Así que ten presente que, cuando te aburras, no debes recurrir a juegos repetitivos en tu celular, páginas con chistes, ni a ver trescientos videos en youtube uno tras otro. Eso está bien para hacerlo a veces, pero no es la solución al aburrimiento. Busca algo nuevo y desafíate. Si te faltan ideas sobre qué hacer, hice una lista de veinticinco cosas para hacer en menos de cinco minutos que te pueden dar el puntapié inicial para sacarte de la inactividad. Está en mi Patreon y puedes acceder a ella sin tener que contribuir (aunque se agradece si lo haces, por supuesto).

Dicho esto, vamos a la dichosa I, donde por un momento parecerá que me contradigo a mí misma: siempre digo a mis alumnos que un escritor mirando por la ventana está trabajando. Hoy día todo nos alienta a no permitirnos un momento de quietud. Las publicidades de bebidas, alcohólicas o no, nos hablan de que la vida es una fiesta y no hay que parar; las de medicamentos nos dicen que, duela lo que te duela, te tomes una pastillita y sigas.

Pero luego de vivir todas las experiencias de la primera I, la única forma en la que encontraremos ideas e historias en ellas es si nos damos tiempo a quedarnos con ellas. Abracemos la quietud, el silencio, el aburrimiento. Acallemos el televisor al terminar una película y quedémonos pensando en qué impacto tuvo en nosotros. Echemos a nuestros personajes en los lugares que hemos visitado y veamos cómo reaccionan a todo si les damos un recorrido turístico.

Si quieres ser artista, necesitarás imaginación. Lo bueno es que ésta nos es dada al nacer y viene del mismo lugar que la vida misma, así que no perderemos esa chispa mientras existamos, pero hay que darle madera si queremos que se convierta en un incendio, y en este caso la madera es quietud. Muchos grandes descubrimientos fueron hechos cuando una persona se sentó a rezar, meditar o simplemente no hacer nada más que mirar el cielo. No es que en ese instante se creara una gran teoría científica, que seguramente llevaba años de trabajo siendo hilada, pero fue ese instante de paz y comunión con uno mismo que le permitió salir de su descubridor y encontrarse con el mundo.

Resumiendo: permítete estar en paz, tal vez aburrirte un poco; te hará ver nuevas cosas en ti y en el mundo. Pero no des a tu cerebro estímulos sin sentido para tenerlo rumiando sin ir a ningún lado. Encuentra el balance entre el desafío y la quietud útil y no confundas meditación con aburrimiento.

 

Investigación

Otra cosa que repito mucho a mis alumnos es que el proceso de hacer un libro consiste de un 5% de escribir nada más. El 95% restante son la muy necesaria corrección (de la que hablaremos en otro momento) y las tres I. Sé que muchas veces queremos escribir y nada más, pero si apuntamos a crear la mejor literatura de la que seamos capaces (lo que inevitablemente resultará en una mejoría constante gracias a que empujamos nuestros límites) necesitamos investigar.

Y en una opinión personal, esto también es algo que disfrutar. Amo llenarme de datos que parecen inútiles, uno acaba convirtiéndose en una versión móvil de la Wikipedia (y siendo campeón de juegos intelectuales). ¿Sabías que es diez veces más probable que te mate un coco cayendo de su árbol que un tiburón? Tenlo presente para cuando quieras hacer tu propia versión de Jaws.

Como escritores debemos desarrollar nuestra curiosidad al máximo, tanto como nuestra humildad para aceptar que nunca sabremos tanto como es posible saber. Cualquiera sea el tema sobre el que vayamos a escribir, debemos buscar tanta información como podamos sobre él, pero cuidando de no cometer el error de creer que, porque hemos leído una o dos páginas de internet, ya somos expertos. Sí, algunas cosas bastarán con buscarlas una vez, pero muchas otras requerirán de un trabajo más exhaustivo. Busquen distintas fuentes, lean libros, hagan entrevistas, visiten lugares.

Si escribirás sobre una persona, busca a sus allegados, no sólo a ellos mismos. Si escribirás sobre una época determinada, estudia las reglas de ceremonial y protocolo del momento para saber cómo se comportaba la gente por aquel entonces; averigua cómo hacían las cosas en ese momento: cómo lavaban la ropa, cómo calentaban la comida, de qué colores podían ser sus ropas (no todos los colores estuvieron siempre disponibles, algunas tinturas eran muy caras [así fue que el color violeta fue asociado a la realeza por años en Europa; la tintura de ese color era muy cara]).

Si escribirás sobre un país lejano, visítalo, recorre sus calles, habla con los lugareños, obtén datos de quienes viven ahí y no te quedes con la mirada del turista. En caso de no tener los medios para viajar, habla con quien lo haya hecho; lee cartas, diarios personales, periódicos locales; mira fotografías y cuadros; recorre las calles con el Google Street View, con proyección astral o arrastra un muñeco vudú de ti mismo por un planisferio, lo que sea que te funcione.

Es tentador pensar “no necesito ser tan exacto, ¡nadie sabe la diferencia entre una sirena y una merrow!” y sí, a veces es cierto (no en este caso, ¡yo SÍ sé!), pero esto es cuestión de actitud. Hace poco vi una película terrible que parecía un drama romántico y acabó siendo un policial (créanme, era muy difícil notarlo desde un primer momento). El manejo de los interrogatorios, la evidencia, el cadáver… todo era incorrecto. Desconozco cómo sea la novela en la que la película está basada, pero puedo afirmar que al menos los guionistas (y director, productor y posiblemente los actores también) no habían investigado nada del género. De hecho, es probable que ni siquiera se hayan sentado a mirar el Discovery ID por un rato.

¿Por qué esto es tan grave? Porque aunque estas fallas en pequeñas dosis no destruirán una novela, sí pueden ser el final de un escritor. Cuando nos acostumbrados a no investigar, a tomar el camino fácil o a ignorar ese agujero en la trama porque es insignificante, acabamos cayendo en la vagancia. Y sí, podemos ser vagos aunque escribamos tres mil palabras al día todos los días religiosamente. El 95% del proceso de crear un buen libro no es escribir y es ahí donde marcaremos diferencia.

Sí, hay malos libros que se venden porque uno no necesariamente necesita talento para crear un best seller, pero si queremos que nuestras obras sean long sellers, es decir que duren en el tiempo, que sean leídos y vueltos a leer, agarrados por futuras generaciones, enseñados en escuelas y adaptados al cine una y otra y otra vez… entonces necesitamos trabajar no sólo en nuestra escritura, sino en todo nuestro proceso, empezando por nosotros mismos.

Y dicho esto, los libero de mi incapacidad para ser breve. Vayan a trabajar, a investigar, crecer y escribir y nos vemos en la próxima entrada.

Priscilla (Ancient Forest)


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Recuerdos

En mi vida he logrado identificar dos tipos de recuerdos.

Los primeros son aquellos que, cuando encuentro perdidos en una caja o abandonados en un cajón, me llenan de nostalgia y alegría. Los agarro, los huelo, los beso y los pongo a trabajar. Ya sea que me los pueda poner, usar o simplemente decorar una repisa con ellos, regresan a mi vida. Se encuentra mi antiguo yo, en forma de memorias y sentimientos, con el actual yo, todo experiencia y nuevas perspectivas.

El segundo tipo de recuerdo es aquel que encuentro y me provoca ese mismo cosquilleo en el pecho, esa exclamación de “¡ohhhh, esto!” y me arrebatan una gran sonrisa. Pero, inmediatamente después, lo vuelvo a dejar en su lugar y sé que será olvidado ni bien me encuentre con algo más.

He visto gente dándole demasiado valor a estos últimos. No me malinterpreten, valor tienen, pero ¿tienen un lugar? Los primeros se reinventaron en el tiempo que nos dimos y llegaron a mi presente con una nueva fuerza y propósito; los segundos pasaron como esos amigos a los que uno ve una vez cada tanto y dice “¡deberíamos juntarnos a charlar y ponernos al día!”; amigos a los cuales uno no vuelve a ver luego de eso hasta que ese encuentro se repite, palabra por palabra. “¡Tanto tiempo!”, “¿qué es de tu vida?”, “tenemos que vernos más seguido”.

La vida nos da y nos quita muchas cosas, pero infinitas más nos deja para que nosotros decidamos qué hacer con ellas. A veces es difícil dejar ir, pero he descubierto que, al menos en mí, es una mentalidad muy tóxica. ¿Por qué temo donar este pantalón que hace cinco años no uso? ¿Por qué no quiero tirar esta taza que está ligeramente rota? ¿Por qué elijo usar el cuaderno viejo y moribundo en vez de agarrar esa belleza que compré en un arrebato en mi última visita a una librería?

¿Será que temo no poder reemplazarlas? ¿Será que no confío en que la vida me traerá algo más, algo mejor? ¿Será que temo que el futuro no vaya a ser capaz de proveer con tan buenos recuerdos como estos que ya tengo?

Soy un alma libre y por años los recuerdos me han pesado. Muchos me ayudan a anclarme a tierra, me recuerdan mis orígenes y mantienen mi mente despejada de nubes con castillos demasiado ligeros para ser reales. Pero la mayoría sólo me hunden en pensamientos que no percibo hasta no sentarme a reflexionar en ellos. “Una vez te gastes las páginas del cuaderno comprado en Italia, no podrás reemplazarlo”. No, tal vez reemplazarlo no, pero entonces vendrá uno nuevo, distinto, más acorde a la persona que yo sea en ese momento.

Estoy cansada de cargar memorias llenas de polvo. Estoy cansada de tener que desalojar arañas cada vez que entro en mi interior. Estoy ansiosa de vaciarme, desnudarme y renacer. Estoy ansiosa de ver con qué la vida llenará mis cajones, con qué ropa me vestirá y con qué nuevos recuerdos decorará mi hogar.

Tiraré todo lo que esté roto; representan partes mías que murieron ya. Donaré todas las prendas que me queden chicas; representan todo aquello que no fue capaz de crecer a mi ritmo y que ahora no puede más que ajustarse a mi figura como una camisa de fuerza. Reciclaré todo lo que pueda; mis pertenencias han de renacer si eso está dentro de sus posibilidades, del mismo modo que el sol no es el mismo en cada amanecer ni soy yo la misma persona que fui una vez.

Me desharé de todo. Transformaré todo. Soy un fénix; no me apegaré a viejas cenizas.

Hora de estirar las alas, levantar vuelo y arder.

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Estuve pensando en esto por varios días y lo escribí en un momento de pasión lingüística. Espero lo disfruten y recuerden que, si quieren que pueda dedicarme a esto a tiempo completo y escribir más y mejores artículos, pueden visitar mi patreon para apoyarme económicamente. Un par de dólares al mes pueden valer más de lo que uno cree.

Gracias por su lectura.

Priscilla (Ancient Forest)

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La imagen de la portada pertenece a Shadow-of-Destiny.