La Catedral de las Sílfides

Ven a oír las historias del viento


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Cómo y por qué poner nombre a los capítulos de tu libro

Saludos almas curiosas, bienvenidos a una nueva entrada de utilidades para escritores. Este es un tema en el que he estado pensando estos últimos días e, interesantemente, google no me ha dado resultados (en español) cuando investigué quién más se había dedicado a él (más allá de un par de foros discutiendo el tema): los nombres de los capítulos de un libro.

¡Pero, Ancient Forest, mi libro no tiene capítulos!

Bueno, a no ser que tu libro tenga entre dos y cinco páginas, déjame contarte de la vez que me prestaron un libro de casi cuatrocientas páginas (diciéndome que era una obra maestra) y el cual nunca leí por el mero hecho de que no tenía capítulos ni divisiones.

Sé que no soy la única que decide motivarse a leer con “un capítulo al día” o que, enganchada con la trama, dice “un capítulo más”. Si tu libro no tiene pausas para que el lector pueda levantarse de la silla a cubrir sus necesidades básicas y hacerle saber a sus familiares que todavía vive, la lectura podría acabar mal.

Bueno, si ya te convencí de que necesitas capítulos, vamos a lo importante: ¿para qué sirve nombrarlos?

Leí por ahí que no sirven para nada, que es mejor poner solo números y ya. Yo no creo eso. En general las cosas que no sirven para nada no existen. Incluso aquello que más inútil parece puede liberarnos del estrés, divertirnos un rato o servirnos de regalo para que alguien que nos frustra comparta lo que sentimos.

Los nombres de los capítulos son una excelente manera de rastrear en el índice dónde empieza esa escena que queremos releer, de ganarnos al lector cuando abre el libro para encontrar algo que lo convenza de comprarlo, de luego provocarle ganas de leer (¿quién no ha visto el título del capítulo siguiente y ha decidido adentrarse un poco más en el insomnio en vez de resignarnos al atrayente poder de la almohada?), y, si está bien hecho, el nombre de un capítulo le agregará valor a la historia.

Además, y esta es enteramente mi opinión, el nombrar capítulos es una parte íntima del proceso creativo. Me gusta darles un nombre como parte de su identidad ni bien acabo de corregirlos; lo veo casi como la culminación del dar a luz un montón de palabras en un papel (pantalla en mi caso).

”¿Cómo?” se preguntarán. Analicemos la magia detrás de cada opción:

La primera es dar el nombre de un personaje a los capítulos. Puede ser de un personaje que entrará o será el foco de lo que pase en dicho capítulo.

George R. R. Martin utiliza este recurso en la saga “Canción de hielo y fuego”, dejando ese espacio para anunciar quién narrará lo que leeremos a continuación. Aunque no es algo que yo haría, debo admitir que se ven geniales las citas de los personajes. “A Game of Thrones, Chapter 64, Daenerys VIII”. Me encanta, es casi bíblico. Aunque tristemente sirve sólo si los narradores abundan, de otro modo se torna repetitivo.

La segunda opción es la que más he visto: utilizar una palabra (que puede ser en cualquier idioma, de cualquier época o incluso estar inventada) o frase que anuncie lo que va a ocurrir en el capítulo. Esto lo vimos, por ejemplo, en Harry Potter y [inserte aquí elemento mágico] o la magnífica saga de Patrick Rothfuss, Crónica del asesino de reyes.

Hay una parte negativa a esto: así como algunos desubicados de antaño ponían más de diez nombres a sus hijos (los miro a ustedes, padres de Picasso), hay algunos autores a los que se les va la mano con el nombramiento.

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Pablo Diego José Francisco de Paula Juan Nepomuceno María de los Remedios Cipriano de la Santísima Trinidad Ruiz y Picasso, y su perro.

No me hace feliz la idea de hablar mal de un libro cuando quien lo creó aún vive, por lo que no daré los datos específicos, pero un capítulo de una obra que se cruzó en mi camino se llamaba, y no es broma: “En el que [protagonista] experimenta muchos sentimientos intensos y discordantes en un espacio muy corto de tiempo; también se narra aquí la verdadera historia de [otro personaje] y de cómo perdió su oreja, junto con otros acontecimientos de gran importancia para este relato.”

La idea es que el lector que ya leyó el capítulo entienda de dónde viene el nombre y que el que no lo leyó sienta curiosidad por eso que estás insinuando que pasará (ej. “Revelación” en El nombre del viento), no escupir una reseña del capítulo. Esto lo había visto solamente en Las aventuras de Pinocho y es tan gracioso que incluso en la Wikipedia dice “El libro tiene un total de 36 capítulos que se titulan y se pueden resumir de la siguiente manera”. Así es, queridos lectores; lean los títulos de los capítulos de este clásico y no tendrán que enfrentarse al resto del libro. Increíblemente útil para cuando tu profesora de literatura te lo dé como parte del programa de la materia.

La tercera opción es similar a la segunda (a veces se usan ambas en un mismo libro), pero en vez de enfocarnos en lo que pasa en el capítulo, miramos hacia lo que le pasa a algún personaje (en general, el narrador o protagonista). El capítulo 8 de mi libro Revolución Reign: Príncipe es llamado “Running from myself” (escapando de mí mismo). Esto no sólo resume qué siente el personaje con todo lo que está ocurriéndole, sino que también nos muestra un poco de la historia en sí (Reign busca alejarse de un hombre llamado Myself).

Nota importante antes de continuar: si van a usar frases o palabras en otros idiomas, no hagan lo que yo poniendo solamente la traducción como nota al pie. El índice también la va a necesitar.

Cuarta opción (y una que no he visto hasta ahora pero me gustaría): revelar información que el libro no nos da de otro modo. Puede ser algo muy trivial (“Mi último día con el pelo rosado”) o complejo (“Siempre me arrepentí de no decirle que lo amaba”).

Mi autora favorita, Robin Hobb, en la Trilogía de los Vatídico agrega debajo del nombre de cada capítulo un texto adicional. Allí te cuenta del folklore del mundo que creó: su historia, sus pueblos, las creencias, costumbres y rumores. Es una magnífica forma de introducirte a esa realidad y hacerte enamorar de ella sin saturar la novela de información que la harían parecer un manual cultural.

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Si te gusta la fantasía medieval y no has leído todavía esta saga, ¡hazlo! Si ya la conoces o leíste, ¿por qué no estás leyéndola de nuevo?

Quinta opción, y funcionando más que nada para libros históricos o escritos a modo de diario (como algunos de los libros de la saga Assassin’s Creed de Oliver Bowden): poner la fecha en la que transcurren los hechos narrados. Así de simple. Ya sea del calendario gregoriano, judío o cualquier otro (inventado incluso), poner fechas dará carácter de documento a tu novela, lo cual puede ser de gran ayuda para llevar al lector al estado mental de credulidad que necesitas.

Si decides utilizar esta idea, asegúrate de que tienes todas las fechas bien puestas y que no te has equivocado, que un solo número fuera de lugar puede hacer que el capítulo 5 ocurra un año antes que el 4 y eso anulará por completo el poder de esta opción.

La sexta opción la vi en El profeta de Khalil Gibrán y en un montón de series de televisión: usar una frase de base. En dicho libro, la mayoría de los capítulos se llaman “sobre [inserte aquí tema del que habla el profeta]”, lo cual los une y hace parecer un diario o rejunte de discursos reales. En la serie Friends los capítulos empiezan con “the one with” (traducción: el de/del), ejemplo: “el del apagón” o “el de cuando Chandler no recuerda qué hermana era”. Genera una curiosa conexión y efecto de continuidad, y sin duda es una idea que tiene mucho potencial.

La séptima opción (¡respiren hondo que ya casi acabamos!) es una que nunca vi pero amé cuando leí sobre ella en una página en inglés sobre nombres de capítulos. La autora menciona que, en una novela no publicada suya, integraba los nombres de los capítulos a lo que ocurría en la trama. Así, por ejemplo, tras el capítulo que termina con una explosión, viene uno llamado “¡Boom!”.

Creo que sería trabajoso utilizar este recurso de manera constante en un libro, pero no imposible, y el resultado tiene el potencial de un nobel.

Y octava y última opción que se me ocurrió/encontré por ahí: utilizar la temática del libro para convertir en arte los nombres de los capítulos.

Digamos que tu libro trata sobre una mujer enamorándose de la cultura china; ¿qué tal utilizar proverbios o frases de grandes maestros de ese país? Si tu libro nos sumerge en la magia de los viajes en el tiempo, ¿por qué no usar frases de grandes filósofos y científicos sobre el tema?

Algo importante: si quieres usar frases famosas (como el slogan de alguna marca), ten presente que es muy probable que tengan copyright y debas pedir permiso. Investiga antes, google es tu amigo.

En el libro El vuelo del dragón de Anne McCaffrey, los capítulos tienen poemas por nombres. Tal vez podrías poner frases de canciones, nombres de pigmentos, o incluso jugadas de ajedrez (sé que vi esto en un libro, me encantaría recordar cuál era).

Apodérate de la temática de tu libro y explótala. El proceso artístico no tiene por qué detenerse en la trama y los personajes; así como lo dejamos invadir y adueñarse de la portada, del lomo de la contraportada y la reseña, dejémoslo también alcanzar el índice y revolucionarlo.

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Y luego está esa saga cuyo título en el lomo apunta hacia un lado en la primera parte y hacia el otro en la segunda.

Sin más que decir, gracias por acompañarme en esta larga entrada. Espero les haya dado algunas ideas (que son bienvenidos de compartir en la sección de comentarios) o, al menos, les sirviera de inspiración.

Si quieren leer leer más utilidades para escritores, recuerden que tengo una categoría entera sobre esto y una serie de entradas sobre los pasos para convertir tu manuscrito en un libro (en hiatus hasta que me ocupe de proyectos con una apremiante fecha límite).

¡Hasta la próxima entrada!

~Ancient Forest

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Revolución Reign: Príncipe – Capítulo 3

Capítulo anterior: https://lacatedraldelassilfides.wordpress.com/2016/01/31/revolucion-reign-principe-capitulo-2/

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Había creído que a partir de aquel momento Path no dejaría de aparecer en mi vida, como si fuese a cruzarme con sus ojos desgarradores de almas cada vez que doblara una esquina, entrara en mi habitación o hasta abriera mi ropero; pero no ocurrió. O se había tomado muy en serio los retos de Star, o el encuentro con Snow lo había espantado.

No pregunté por él ni intenté buscarlo y casi de inmediato renuncié a la comodidad de la casa de Rock para volver al castillo. Ya no sabía quién ocultaba qué y sentir que ya no había nadie en quien confiar, lentamente estaba destruyéndome por dentro.

Mi padre continuó su gobierno como si nada hubiese pasado y, dos días después de ya no tener a Snow a su lado, informó oficialmente que se había retirado para vivir con su familia en el área residencial norte de la clase media. Nadie cuestionó la veracidad de sus palabras y no volvió a saberse nada de él, su esposa o sus hijos.

Tardé en darme cuenta del motivo por el que de pronto me portaba tan bien, yendo a todas mis clases de piano, sin discutir ni hacer berrinche y hasta sonriendo en la mesa: estaba aterrado. ¿Sabría padre que yo sabía de su bastardo? Tal vez suponía que había sido Path el causante de la muerte de Snow, por lo que si alguien nos había visto juntos y llegaba el rumor a él, tal vez pensaría que yo estaba en su contra; y si eso ocurría no debería tomarse mucho tiempo en hacerme desaparecer también y decir que me había mandado a vivir con Snow.

Starling se comportaba como la muñeca estúpida que siempre había fingido ser y me pregunté si acaso tendría tanto miedo como yo. Si padre descubriera quién era ella en realidad y que tenía planes contra él, ¿la perdonaría por ser hija suya? Luego de invertir tanto en su educación me resultaba difícil creer que no le tendría piedad, pero algo en mi interior me decía que nadie estaba del todo a salvo. Path y Rock definitivamente no lo estaban.

Comencé a evitar a los farseers y no entraba en discusiones con ellos cuando accidentalmente me los encontraba. No más faltas de respeto ni resoplidos en sus autoritarias caras; no levantar la voz o escapar mientras me hablaban; y definitivamente no olvidar saludar cada vez, como el educado y obediente hijo que se suponía que yo era.

Sorsz notó de inmediato el cambio en mi actitud y comenzó a perseguirme allí a donde iba. Estaba convencido de que quien me hiciera el corte en la mano me había hecho algo más y no detendría su vigilancia sobre mí hasta atrapar al culpable. Siempre había entrado en mi habitación sin golpear a la puerta, pero ahora lo hacía tan a menudo que resultaba irritante, y a veces sólo se me quedaba viendo antes de volver a salir.

Entre mi paranoia y su acoso, sumado a que había convencido a Northern de que también me vigilara, no tardé mucho en saturarme; pero como no me animaba ya a refugiarme en lo de Rock y que mi padre no supiera qué hacía yo durante días, decidí que simplemente me tomaría una tarde para mí, y esperaba nadie notase mi ausencia.

Tomé uno de mis libros y me escabullí hasta la cocina de la guardia. Allí era fácil ser ignorado porque, siendo que tantos hombres exigían tanta comida, los trabajadores a duras penas tenían tiempo para mirar alrededor. Pasé desapercibido como quería, aún habiendo robado un poco de pan y, al estar completamente seguro, me agaché y metí bajo la gran mesada del fondo. Gateé como hacía de niño, pasé por detrás de los barriles de harina y frutas secas, y llegué a la trampilla que estaba en el muro, bien escondida de las miradas.

La abrí y pasé gateando, cerrando tras de mí sin hacer mucho ruido, y seguí por el oscuro conducto. Lo había descubierto en mi infancia y era un lugar excelente: nadie sabía dónde estaba y tenía acceso fácil a tanta comida como se me antojase, además de que no salía del castillo, por lo que si se me interrogaba a mi regreso, mentir era mucho más fácil.

Empujé la reja oxidada y salí al décimo tercer jardín. No conocía a nadie que supiera que existía, por lo que el número se lo había asignado yo. Algunos jardines eran simples patios empedrados donde no entraban más de veinte personas sin comenzar a odiarse intensamente; por lo que encontrar éste, tan amplio y verde, había sido una bendición. La tierra estaba perfectamente nivelada y había una galería de piedra un metro más alta que cubría toda la circunferencia del lugar, separándose del jardín por una barandilla del mismo material. Plantas no había, árboles tampoco, sólo césped en su estado más salvaje.

Respiré profundo y disfruté de la luz del exterior, del silencio y la soledad; las tres cosas más raras y difíciles de conseguir en Ars Vigil. ¿Por qué había dejado de ir a ese lugar? Abrí los ojos y vi un trozo de metal escondido entre la hierba, reflejándome la luz. Ah, sí, por eso había sido. Pero ya no era un niño, ya no tenía por qué temer a esas cosas. Simplemente cuidaría de mantenerme en la galería y no bajar al césped.

Comencé a caminar con una mano sobre la barandilla mientras comía el pan que había tomado de la cocina. Sabía que debía pedirles permiso para estar allí y así evitar que se enfadaran por mi sola presencia, pero hablarles me resultaba aún peor. Tal vez si hacía silencio no notarían que estaba allí.

Por la periferia de mi visión vi algo moverse y como si eso no hubiese bastado para hacer que el terror calara hasta mis huesos, una sombra saltó hacia mí con un rápido “¡bu!”.

Retrocedí, golpeé la barandilla, giré y caí en el césped sobre mi estómago. Arriba, Path reía a carcajadas y cuando me levanté estaba agarrándose el estómago del dolor que le ocasionaba no poder parar de reír.

–¿Qué haces aquí? –pregunté enojado.

–¿No viniste aquí para que te buscara? –dijo confundido con los brazos aún en el abdomen. Aún su cuerpo se contraía con algunas risas sofocadas.

–¿Cómo saber que sabías de este lugar?

–Dijiste “sabes encontrarme”; creí que sabías que podría encontrarte ahí donde fueras y que habías venido aquí para que nadie nos viera. –Me giré para enfrentarlo, pero no pude hablar. Tenía razón en que era un buen lugar para una reunión secreta, pero me daba escalofríos sentir que él sabría siempre dónde estaba. Era peor que Sorsz. Se levantó y miró al jardín–. ¿Qué hay ahí? –Señaló entre el alto césped a uno de los trozos de metal.

–¡No vayas…! –grité, pero ya estaba saltando la barandilla. Me mordí el labio y me pregunté si debía correr y dejarlo a su suerte o esperar y vernos sufrir a los dos.

–¡Mira, un yelmo! –dijo alzándolo–. Oh, disculpe señor no vi que estaba ahí dentro –le dijo a la calavera, luego me miró a mí con inocencia–. ¿Quién es?

–No sé, no los toques, se enfurecen.

–¿En plural? ¿Hay más? –Miró alrededor mientras estrujaba la cabeza del hombre muerto contra su pecho.

–Sí, hay muchos escondidos en el césped. Hay más en las habitaciones del fondo –señalé al final del jardín–; pero no les gusta que los toques. Deja a ese y vuelve aquí. –Me ignoró–. ¡Path! ¡No debes molestar a los muertos!

–¿Por qué? Ellos también se aburren. Y ve a saber cuánto tiempo llevan aquí.

–Debes dejar que el Rey de los Muertos y la Muerte venga a buscarlos y ya, no intervengas –ladré, pero no me hacía caso y no me animaba a bajar y sacarlo de allí a rastras.

–Mira, aquí está tu cuerpo –le dijo a la calavera con el yelmo.

–¡Path!

–¡Vamos Reign! Nunca desaparecerán con tanto metal. Les haremos un favor quitándoles todo esto y enterrándolos. Por lo pronto, amigo, aquí tienes tu cuerpo. –La dejó y volvió–. Busquemos un par de palas y hagamos una fosa.

–¿Acaso no le tienes miedo a nada?

–¿Por qué habría de tener miedo? Es gente, como tú y yo. Con menos carne.

–La magia de los muertos es poderosa, podrían maldecirte. –Path rió a carcajadas.

–No, Reign, morir no te da poderes mágicos.

–Está bien, haz lo que quieras, pero cuando yo no esté aquí. –Él me miró serio.

–Realmente te asusta.

–¡Si! ¡Y tú eres un tonto por tomártelo tan a la ligera!

–Está bien, está bien, tranquilo. Lo haré cuando esté solo. Ven, vamos a conocernos mejor –propuso con alegría y no me permitió discutir.

Resultó que aquel chico era un optimista sin remedio y eso casi que nos convertía en opuestos irreconciliables. A pesar de estar pasando momentos difíciles en su vida, siempre veía el lado alegre, y reía y lloraba casi a toda hora. Me exasperaba.

Comenzó a soltar lágrimas al contarme el miedo que había vivido los días anteriores, seguro de que nuestro encuentro con Snow había firmado mi sentencia de muerte. La culpa lo corroía y me abrazó y lloró como si acaso ya estuviésemos en mi funeral.

Había creído que las lágrimas le habían dado demasiado brillo a sus ojos, pero en ese momento me di cuenta de qué era eso que veía: la vida que todos perdíamos al crecer, él no la había perdido. Por eso lloraba, simplemente porque podía. Su corazón latía, él estaba vivo, totalmente vivo. La rutina no lo había tomado y ni en sus ojos ni en su alma existía ese gris que a mí me había tomado hacía tanto.

Quise preguntar cómo lo había hecho, pero me asustó lo que podría haber respondido; podría haber sido demasiado difícil como para lograrlo, o peor aún, podría haber sido tan fácil que no tendría más opción que armarme de un valor que no tenía, extender el brazo y tomar la solución en mis manos.

–¿Padre…? –dudé, la respuesta era una obviedad, pero no estaba seguro de soportar verificarlo–. Te conoce –afirmé, incapaz de formularlo como pregunta.

–Sí. No sé cuándo oyó de mí, pero cuando yo lo hice, él ya sabía.

–Entiendo. Esa vez de la golpiza…

–Fue la primera vez que nos encontramos. Vine a pedirle un favor y…

–¿Y te mandó a golpear?

–No. Me negó la ayuda que pedí, lo amenacé y entonces me mandó a golpear.

–No te imagino amenazando.

–No disfruté hacerlo. –¿Qué llevaba a un joven tan optimista a ese límite?

–¿Y no pensaste en… hablar simplemente? Si dieras un paso al frente destruirías el matrimonio de mi padre y su gobierno.

–Y tu vida. ¿Qué harías si no fueras noble? –De pronto su rostro se iluminó–. ¡Podrías trabajar conmigo! Te pincharías los dedos al principio, pero estoy bastante seguro de que aprenderías a coser botones en un instante.

–No creo que coser sea lo mío…

–Es relajante. Sino podrías trabajar de escriba. En la nobleza todos saben leer y escribir, pero fuera del área donde la gente come cuatro veces al día, es una habilidad rara.

–¿Tú no sabes?

–Sí sé. Mi madre insistió en que aprendiera, y también a sumar y restar. Fueron clases caras pero lo valieron. ¿Destruyo tu vida entonces?

–Creo que mejor no… –respondí y nos sumimos en el silencio.

En Gäel y la mayoría de los ducados del sur, a pesar de que el divorcio no acarreaba problemas sociales ni morales, una vez que una pareja se sentaba al poder, la sociedad presionaba para que salieran juntos o aguantasen hasta su muerte. Un líder soltero era aceptable, un líder enamorado, comprometido, casado o viudo, también; pero uno que hubiese fracasado en su vida romántica era interpretado como alguien que indudablemente fracasaría en su vida política.

Mi madre había escondido su infidelidad por eso. Ella vivía demasiado cómoda y era demasiado inútil en cualquier labor como para poder aceptar vivir desterrada de la zona noble. Además era la última de su familia, por lo que si se divorciaba, no habría condes ni marqueses que pudieran compartir los beneficios de sus títulos con ella, y llegaría sin demoras a la zona pobre a hacer el trabajo que la sociedad le impusiera.

Intenté ignorar el hecho de que mis hermanos y yo, inútiles por profesión, quedaríamos sin nada y viviríamos de lo que mendigáramos en los pasillos si eso llegase a ocurrir. Bueno, Sorsz podía ser un buen guardia y Star trabajar como actriz o cantante. Mis hermanos más chicos y yo estábamos condenados; a menos que aprendiésemos a coser botones para Path.

Pero Star tenía un plan… ¿Incluiría renunciar a mi vida? ¿Quitarnos del poder era parte de su idea? ¿Querría sentarse ella al poder o destruir por completo nuestra forma de gobierno? Ambas me parecían improbables, pero ahora ya no podía estar seguro de nada.

–¿En qué piensas? –preguntó Path deslizándose para quedar recostado en el piso, con la cabeza descansando en mi antebrazo; era una postura realmente incómoda, especialmente si a eso se le sumaba que tenía que mirar hacia arriba y atrás para poder verme.

–Si te digo te vas a reír.

–Seguramente, soy tu hermano, para eso estoy. –Lo empujé para que se quitara de mi antebrazo y se sentó–. Cuéntame, tenemos que recuperar el tiempo perdido.

–Estos días he estado muy asustado. Estoy seguro que mi padre nunca me haría daño, pero luego de lo que ocurrió con Snow…

–También le temo a ese hombre. No sólo por lo que pueda hacerme sino por lo que podría hacerle a la gente que me importa. No sé qué haría si llegase a pasarles algo.

–¿Cómo terminaste involucrado en todo esto? Sé que no querías vivir sin tus hermanos, pero ¿llegar a organizar un grupo armado?

–Esa fue Star –dijo deteniéndome–. Yo quería algo mucho más pacífico, aunque ahora sé que no hay una vía pacífica para esto. Cuando tengamos los suficientes hombres nos levantaremos contra Throne, no hay otra forma de que escuche a nuestra petición.

–¿Y la petición cuál es? ¿Quiere Star ser duquesa?

–No, no queremos hacerle nada a la familia ni forzar al ducado a cambiar de gobierno, sólo que nuestro padre se responsabilice de lo que ha hecho y sea juzgado por sus crímenes –mi mente se detuvo. ¿Crímenes? No, aún no quería saber eso.

–Pero tendría que dejar el poder de ser encontrado culpable.

–Sí, pero aún así no es Star la heredera, sino Sunrise.

–¿Y todo ese grupo está bien con eso?

–Sí, sólo queremos un líder justo. Si Sorsz puede serlo, lo aceptaremos.

–¿Y lady Leaf? ¿Qué opina ella de todo esto?

–Mi madre… –lo meditó un momento– ¿Te gustaría conocerla?

–Oh, no. No sé si sea seguro para ella, no quisiera que esté en peligro.

–No lo estará, y creo que entenderás mucho más de mí así. Ve a casa de Rock esta noche, di que dormirás allí, yo te voy a buscar.

–¿Seguro?

–Sí –me sonrió y, con un movimiento ágil, se levantó y alejó. Creí que iba a voltearse a decir algo, pero sólo se encaminó hacia el lugar del que había salido cuando me hubo asustado. Un instante más tarde me encontré solo otra vez.

Volví a la lectura, pero una pregunta me distraía: ¿por qué los espíritus no se habían agitado? Cada vez que me había tropezado con un hueso o que la búsqueda de un regalo de cumpleaños para Sorsz me había llevado a intentar apoderarme de una de sus espadas, habían comenzado a oírse fuertes pisadas y golpes de metal contra metal, acompañados de una agitación feroz que parecía que iba a aplastarme el corazón.

Pero a pesar de que Path había movido aquel cráneo, todo estaba tranquilo. ¿Habría sido porque no les temía? O tal vez su forma tan natural de tratarlos… O tal vez simplemente no había empezado aún. Decidí que era hora de partir.

Salí a la cocina y me quedé escondido bajo la mesa hasta que encontré el momento perfecto para salir y fingir que no había hecho nada raro. No permití que mi encuentro con Path me distrajera y completé mi día como si quisiera hacer llorar de alegría a mi madre.

En la noche Sorsz insistió en acompañarme a casa de Rock y no pude impedírselo. Algo sospechaba, pero nuestro cuñado pareció convencerlo con su actuación en cuanto llegamos. Luego de unos intercambios de palabras ácidas pero con sonrisas amables, mi hermano me llamó “bebé” imitando a madre, pellizcó mis mejillas, y se fue dejándome humillado. Por suerte nadie más que Rock estaba mirando y sus risas nunca eran muy hirientes.

–¿Quieres comer algo? –preguntó–. Si no cenaste aún, hazlo aquí.

–Ya lo hice –respondí extrañado.

–Bien. Path te buscará pronto, así que no salgas. Yo iré a la zona rebelde, tengo que…

–No me digas –interrumpí–, no me cuentes. No quiero saber.

–Como quieras, kelpie. En la mesa hay un poco de pan, carne, queso y una botella de vino. Llévate todo y déjalo allá. Bajo ningún motivo dejes que tu hermano te convenza de traerlo de regreso.

–¿No es de mala educación? –pregunté con cierta prudencia. Llevar comida a alguien que te invitaba era un gran insulto; casi escupirle en la cara a tu anfitrión que no pensabas que fuera capaz de recibirte con toda la dignidad que creías merecer.

–Sí, y se resistirá, así que demuéstrale todo lo terco que eres. Que se diviertan juntos entonces –sonrió–, adiós.

–Adiós.

–Adiós –dijo Path cuando Rock acababa de cerrar la puerta. Me giré sobresaltado y lo encontré allí, como si hubiese atravesado la pared–. Hola, ¿estás listo?

–Sí, vamos.

–Oh no, no así –me señaló–. Si vas vestido así tendremos problemas.

–¿Qué tiene de malo?

–¡Llamas mucho la atención! No queremos que grites que eres el hijo del duque.

–Pensé en eso y me puse la ropa más modesta que tengo. –Él rió.

–Bueno, menos mal que yo pienso mejor.

Path me llevó hacia una de las habitaciones de la casa de Rock y rebuscó en un gran mueble antiguo. Me hizo quitarme los zapatos, me dio unas botas de cuero mal trabajado y recibió mi camisa y saco. Luego me dio una camisola vieja con mangas que se ensanchaban un poco antes de alcanzar las muñecas y entonces se ajustaban con firmeza. Ambas prendas me quedaban largas pero ajustadas, indicando que sólo podía haber pertenecido al que era un poco más alto y más flaco que yo: Path.

–El pantalón puedes quedártelo, no se nota tanto –dijo cerrando las puertas del mueble y mirándome. Si mi madre me hubiera visto vestido así, habría llorado.

–Bueno, mejor. –Acomodé el cuello de la camisa y él agarró y miró una de mis manos.

–Sí, no le muestres tus manos a nadie; se nota mucho que no has trabajado nunca.

–Eres demasiado detallista –critiqué cruzándome de brazos–. Además tú lo dijiste hoy; podría ser un escriba, eso no lastimaría mis manos. –Path me miró con incredulidad y me mostró sus manos. Tenían algunos callos viejos y las uniones de sus uñas sangraban–. No me engañas, eso es porque seguro te las muerdes.

–Bueno, sí –admitió–, pero los callos y cicatrices no. No importa de qué trabajes, sólo un noble no tiene que cargar agua hasta su casa al menos una vez al día.

No discutí y él se dio por victorioso. No se me había ocurrido que alguien tendría que cargar agua, pero si cada casa hubiese tenido un pozo, la ciudad se habría desmoronado.

Path entró en la habitación contigua y reveló una puerta trampa tan bien escondida que uno no la habría visto si no estaba buscándola. Entró sin pensarlo dos veces y yo miré con detenimiento: estaba totalmente oscuro y salía de él un aire frío y húmedo que calaba los huesos. Path llegó al fondo y me llamó, pero recordé la comida que nos había dejado Rock y le dije que regresaría a buscarla. Lo oí protestar mucho más de lo que esperaba, pero aún así no me impidió hacerlo. Corrí a la cocina y regresé con rapidez, me resigné a bajar y comencé a seguir a Path sin seguir discutiendo. No veía su rostro en la oscuridad, pero el silencio que guardaba me indicó que estaba ofendido. No me extrañaba y no lo reproché.

Luego de varios minutos se detuvo ante una hendija por donde pasaba luz y se quedó observando por ella unos momentos, luego aflojó la madera, salió y me tendió una mano para ayudarme a salir. De inmediato me encontré completamente desorientado, ya que nuevamente estábamos en un lugar al que no había ido jamás.

Path volvió a acomodar la tabla y me instó a seguirlo. Me inquietaba hasta el terror tener que depender tanto de él, pero no tenía motivos para pensar que planeaba algo malo; al contrario, cuando lo había necesitado no había dudado en arriesgar su propia vida para ayudarme. Aún así mi mente estaba en alerta y no podía bajar la guardia.

Finalmente dejé de pensar en eso cuando las viejas botas que tenía casi me mataron y Path me regañó por no caminar bien. No me tardé en protestar, pero cierto era que llamaba demasiado la atención; a pesar de que era ya tarde y había muy poca gente en los pasillos, bastaba que sólo una persona nos reportara a los guardias para meternos en problemas.

Tardé en darme cuenta en dónde estábamos, pero al notarlo, me sentí un idiota porque era realmente obvio. A nuestro alrededor sólo había pasillos angostos, negocios con puertas desvencijadas, gente con expresiones vacías y guardias que iban de un lado a otro como si acaso pudiesen olfatear crimen: ésa era la zona más baja de Ars Vigil, la clase pobre.

El lugar se veía sucio y olía aún peor, como si algún borracho sin bañarse por varias lunaciones hubiese orinado por los rincones. El exceso de perfumes en algunas áreas sólo empeoraba la situación.

–Haz que no sea tan obvio que no eres de aquí –susurró Path.

–¿En serio tú vives entre todo esto?

–No, yo vivo en esta clase pero en el área siguiente.

–¿Y por qué pasamos por aquí?

–Hay muchos prostíbulos de ese lado y quienes más los usan son guardias, así que era peligroso llevarte por ahí.

–Es amable de tu parte –dije tapándome la boca y nariz con una mano. Path rió y aceleró el paso, pero yo me detuve. Mi hermano lo notó y regresó a apurarme.

–No lo mires así, eres muy evidente –me retó, pero era más fuerte que yo.

–¿Qué hace ahí?

–Duerme.

–¿Por qué no en su casa? –pregunté ingenuo.

–No tiene. –Aferró fuerte mi mano y apuró más aún su paso para salir de aquella plaza lo antes posible. Yo no podía dejar de mirar al hombre durmiendo en sus propios desechos.

–Hay una casa por cada gäélico –discutí citando a mi padre.

–Pero no un gäélico en cada casa –dijo Path con tristeza–, muchos no pueden pagar impuestos y las casas quedan vacías.

–Mi abuelo eliminó los impuestos en la zona pobre.

–Y Throne los creó de nuevo. No mires –volvió a repetir, pero esta vez con más urgencia, lo cual sólo tuvo el efecto contrario.

Dos guardias habían caminado hasta el hombre dormido y lo pateaban para despertarlo. Di un paso hacia ellos, pero Path jaló de mi mano y me sacó rápidamente de allí cuando la parte más violenta del encuentro comenzaba. Intenté liberarme, pero mi hermano se giró y me enfrentó.

–No puedes hacer nada –dijo como si no lo lamentara.

–Soy el hijo del duque, claro que puedo.

–No sin ponernos a nosotros dos en peligro.

–¡Pero ese hombre…!

–¡Se moverá a otra plaza que ya hayan revisado y dormirá unas horas hasta el cambio de guardia! ¡Olvídalo!

–¿Qué hacen escondidos aquí? –ladró una voz a mi espalda. Me volteé para encontrarme con un tercer hombre de mi padre. No lo conocía y eso significaba que él tampoco a mí–. ¿Qué tienes ahí? –me preguntó revisando con brutalidad lo que Rock me había dejado. Tomó la botella por el cuello y me dio un empujón–. ¡Largo! –Path tomó mi mano otra vez y nos alejamos. El guardia se volteó y caminó a la plaza, disfrutando su premio.

–Nos robó –dije consternado.

–Sólo el vino. Ése es conocido por siempre estar emborrachándose, así que era de esperarse. Hay otros que disfrutan de la violencia y golpean sin provocación. Hace tres días mataron a un vagabundo por excederse cuando lo corrían por estar durmiendo en la entrada de una casa.

–¡Eso es horrible!

–Y nadie va a intentar convencerte de lo contrario.

Seguimos caminando en silencio hasta llegar a un área indudablemente más tranquila. Todo estaba más limpio y no se sentía aquel fuerte olor, pero los pasillos seguían siendo angostos y las puertas y ventanas evidenciaban un paso del tiempo atroz. Aunque una llamó mi atención y fue justo donde nos detuvimos. La puerta de Path era vieja pero tenía flores y garabatos de distintos colores decorándola. La pintura estaba comenzando a saltarse de la madera, pero los amarillos, rojos, verdes y violetas seguían siendo una caricia al corazón entre tanta gris decadencia.

Entramos a una casa de una sola habitación de tres metros por tal vez siete u ocho. Al fondo había una única cama con un baúl, contra una pared un sofá, y, enfrente y más cercano a la mitad del lugar, una gran mesa de madera con telas blancas y retazos rosados ordenados de forma excesivamente cuidadosa. A su izquierda había un mueble alto con algunos estantes, y frente a la puerta una barra de madera de un metro por dos dividía la habitación a la mitad y se conectaba a una mesa contra la pared del fondo que seguramente era usada como mesada para lo que sólo pude interpretar que era la cocina.

Path me quitó la comida y dio la vuelta a la barra, sentándose del otro lado y tendiéndome un banco alto. Lo imité y él me miró casi con lástima.

–¿Estás bien? –preguntó.

–Sí, es sólo que… No puedo creer que pase esto. ¡En el castillo nadie sabe!

–Querido e ingenuo hermanito, Throne sabe. Es él quien manda a los guardias a “limpiar” las calles y eso no significa sólo sacar basura.

–Pero ¿qué mal hacen? Demasiada desgracia viven si no tienen siquiera un hogar.

–Yo comparto lo que piensas, pero Throne nunca mostró piedad. Nunca, con nadie.

–Me rehúso a creerlo. –Path me miró con ternura.

–Starling siempre dijo que eras muy duro y frío, con eso de que no gustabas compartir lo que sentías ni permitías que nadie te tocara –me sonrió–. Yo siempre le dije que es tonto esconder un escudo dentro de una armadura, las cosas duras se protegen solas; por lo que detrás de tu coraza sólo podía haber algo frágil y seguramente muy valioso como para que valga la pena protegerlo con tanto celo.

–¿De verdad crees eso?

–Sí. Ahora quisiera saber qué te hizo esconderte. Tú no conocías nada de esto, tú siempre tuviste una vida plena y cómoda en la nobleza. ¿De qué tenías que protegerte?

–No sé. –Jamás me había preguntado qué me había llevado a ser quien era.

–¿Qué te asusta? –inquirió. Dudé y sentí algo clavándose en mi garganta.

–No sé –respondí con mi voz quebrándose. Tosí para recuperar la compostura.

–¿Qué haría que no quisieras vivir más?

–Es que… no estoy vivo siquiera.

–¿Cómo podrías no estar vivo?

–No sé, siempre lo he pensado. Todos vivimos encerrados aquí, siguiendo rutinas y existiendo sólo por existir. Cuando me veo al espejo siento que he muerto hace mucho… No sé explicártelo, nunca se lo dije a nadie. Tú eres diferente, tú estás vivo. Tal vez por eso no puedas entenderlo. –Mi hermano se quedó pensativo–. Es como si todo fuese gris, como si la vida se hubiese ido de todos nosotros. ¡Pero no de ti! ¡Esos colores no te dejaron a ti! Dioses y arpías, ¡hasta hay colores en tu puerta!

–Sí, a mí me gusta vivir.

–¡¿Por qué?! ¡Este lugar es horrible y lo es cada día más! La zona noble me resultaba ya horrible y ahora veo cómo viven aquí y no puedo entender cómo puedes tolerarlo, cómo pudiste sobrevivirlo. –Path afirmó un par de veces con la cabeza y luego se levantó y caminó hasta mi lado.

–Te mostraré –dijo tomando mi mano y haciéndome bajar de la banqueta. Luego me llevó hacia el fondo de la casa, donde entre la mesa y la cama había un pequeño altar con flores y un trozo de corteza que rezaba “Leaf”. El corazón me dio un vuelco.

–Path…

–Mamá, éste es mi nuevo hermano, Reign –me miró–; Reign, mi madre, Leaf.

–Yo… Path, lo siento, no sabía.

–Está bien –sonrió triste–. Reign te llama “lady”, mamá –dijo a la pequeña placa fúnebre de madera y rió–. Él te agradaría mucho –agregó mientras apretaba con fuerza mi mano. Luego volvió a dirigirse a mí, llorando–. Mi madre fue la persona más alegre y determinada que jamás pisó la ciudad. Ella estaba viva, como tú dices, y compartía eso con todos sin distinción. Por eso un día al año ayunábamos y usábamos el dinero que ahorrábamos con eso para comprar pigmentos para la puerta. A los niños siempre les gustó verlas y les devolvía un poco la esperanza, porque traía algo de afuera. Les explicábamos todo sobre las flores y los ayudábamos a volver a creer que había un mundo maravilloso cruzando los muros.

–Pero es un mundo que nunca podrían alcanzar.

–Si está en tu interior, ya lo alcanzaste. Tal vez aquí falten flores, pero yo llevo flores en mi interior todos los días. Yo vivo con esos colores y esas esencias; yo soy eso y tú también lo eres, pero lo has olvidado. ¡Tienes que recordarlo! ¡Tienes que recordar esa vida que tienes, esa vida que eres! Si renuncias a eso estarás perdido; pero si te aferras a tus flores, ningún gris te podrá tocar. Tal vez no puedas impedir el invierno, pero tarde o temprano llegará la primavera. –Dejó de hablar y me miró con sus intensos ojos verdes. Suspiré al notar que no estaba respirando–. No puedes permitir que alguien con algo tan tonto como cuatro paredes te robe tu vida y mate tus flores.

–Pero ya ocurrió, Path. Soy lo que han hecho de mí y no puede una creación cambiar a su creador.

–¿No lo ves? Tú te has hecho a ti mismo excusándote con que fue cosa de alguien más, ¡y así te autorizas a no hacer nada por tu vida! Si has tenido un invierno interior muy largo es inevitable que veas tierra fría y yerma, pero hay semillas ahí.

–No guardo esperanzas para mí.

–Compartiremos las mías –dijo seguro con un asomo de sonrisa. Algunas lágrimas aún caían–, hasta que florezcas otra vez –extendió el brazo hacia atrás y tomó un trozo de tela de la mesa, que luego me tendió. No me había dado cuenta de que había comenzado a llorar–. Ya verás, podrás seguir mi ritmo, sólo mantente sonriendo.

–¿Y por qué no sigues tú mi ritmo?

–¿Y morir los dos? –Rió.

–No, pero… –Me encogí de hombros y me encerré en mi interior. De pronto sentía que ir allí había sido un gravísimo error.

Me senté en la cama y apreté los dientes. ¿Realmente era tan fácil? ¿Seguir sonriendo? ¿Nada más? Quería irme. Quería volver a casa y olvidarme de ese chico, olvidar cada encuentro que habíamos tenido y volver a tener la tranquilidad de creer que mi vida era algo que escapaba de mis manos. Una tranquilidad gris, angustiosa y miserable, pero tranquilidad después de todo.

Path debió adivinar mis pensamientos otra vez porque posó una mano en mi cabeza y cuando lo miré, me sonrió.

–No tengas miedo –dijo–. Sólo es sacrificar un poco de la comodidad, un poco de bienestar a corto plazo, para hacer algo que dure y embellezca el día a día por mucho tiempo. –Lo miré a los ojos en silencio. No se había equivocado al llamarse a sí mismo “un optimista”–. Hay varios niños en esta zona; siempre les alegró mucho vernos pintar y a veces nos ayudaban a hacerlo. Y créeme, no hay nada gris en el mundo entonces. Tal vez haya hambre, cansancio y tristeza; pero estamos todos vivos y estamos vivos juntos.

–¿De verdad es tan fácil? –pregunté con voz queda.

–No, no es nada fácil, pero lo vale, hermanito, te juro que lo vale –dijo arrodillado ante mí. Miré a la corteza con el nombre de Leaf y me pregunté qué clase de mujer habría sido para lograr criar un hijo así sola… y qué podría haber sido lo que la matara. ¿Qué hace que el Rey de los Muertos y la Muerte se lleve a alguien así? Miré a Path, él aún estaba atento a mí.

–¿Qué le ocurrió? –me animé. Él suspiró a la vez que esbozaba una mueca indecisa. Tal vez no debí haber preguntado, pero antes de retractarme, se levantó y se sentó a mi lado.

–Hace medio año mi madre había enfermado de gripe. Estuvo en cama dos días, pero cuando vio que no alcanzaba yo a terminar el encargo que nos habían hecho, se levantó y comenzó a trabajar conmigo. Le dije que no, pero lo hizo igual, decía sentirse peor si estaba quieta. Pasaron días y luego un par de fases y no mejoraba. Su tos seguía y siempre tenía fiebre, pero nada la hacía parar a descansar. El día que se desmayó decidí que no lo aguantaría más.

»Junté todo lo que habíamos ahorrado y lo que gané vendiendo algunas de mis cosas y fui a la zona media. Por algún motivo terminé frente a un boticario que creyó que estaba allí para robar… Bueno, para ser sincero, el agua, pasando el límite diario, es cara, y no me había bañado en días para ahorrar para la medicina que necesitaba mi madre, por lo que no es de extrañar que me mirara con malos ojos desde el primer momento.

»Llamó a un guardia y él me sacó de allí a golpes. Le dije que tenía permiso para estar en la zona media, pero prefirió no creerme y me arrojó por una escalera que daba a la zona baja. Cuando recuperé la consciencia me habían robado hasta las botas –se detuvo y se rascó la nuca, recordando algo que tal vez había querido olvidar–. Lloré en un rincón hasta que no pude más; no quería volver a casa y que mi madre me viera así. Y ahí fue cuando se me ocurrió…

»Sabía que Throne era mi padre desde hacía un tiempo, pero no me había interesado jamás ir a verlo. No sabía que tenía hermanos, no me interesaba saber. Mi madre y yo siempre habíamos podido solos, pero en ese momento la humillación me importó poco, así que busqué ropa en casa de un amigo y fui. Necesitaba su ayuda y como muy grave me diría que no. Bueno, eso creí. Se rió en mi cara y me echó a sus hombres encima. Apenas escapé vivo. Mi madre murió dos días después –finalizó como si ya no soportara hablar más de eso.

–Lo siento –susurré.

Path comenzó a dejar caer lágrimas otra vez y sus ojos se llenaron de apatía. Me desesperé al no saber qué hacer, o si siquiera tendría que hacer algo en una situación así. ¿Por qué no estaba allí Star? Ella con un abrazo y una canción de su dulce voz habría resuelto todo. ¿Debía abrazarlo? Él me miró y sonrió radiante. Se levantó, estiró, besó mi frente y preparó el sofá para dormir en él. Mi asombro por tal reacción me impidió moverme y me limité a mirarlo ir y venir.

–Tú dormirás en la cama, el sofá no te resultará cómodo.

–Los besos también me incomodan, pero eso no te detiene.

–Bueno, no –rió–, pero somos sureños y se supone que besar y abrazar a nuestros familiares y seres queridos es parte de nuestra cultura.

–Aún así no me gusta.

–Te gustará porque no voy a dejar de ser yo –dijo con una estúpida expresión de alegría, luego se acostó y se cubrió con una manta–. Buenas noches –dijo dándole un manotazo a la pared para apagar los hechizos de luz.

Me quedé a oscuras con excepción de la luz de los pasillos, que entraba atenuada por la cortina. En el castillo todas las luces se apagaban excepto aquellas en los accesos, que eran vigilados a toda hora. En la zona pobre no era de extrañar que se mantuviesen encendidas; sería imposible tener suficiente gente a custodiar los pasillos y ya había aprendido que a veces el peligro eran los mismos guardias.

Me quité las incómodas botas de Path y me acosté. No podía dejar de pensar que tal vez si hubiese detenido la golpiza de aquel día y tendido mi mano a aquel chico sucio y desesperado, le habría cambiado la vida. Yo no tenía oro, pero sí poder, y tal vez con mi influencia, Leaf no hubiese muerto y Path todavía tendría su tranquila y feliz vida junto a ella.

Mi padre me hubiese odiado, repudiado sin duda, pero podría haber vivido allí con mi medio hermano y su madre; y quién sabe, tal vez hubiese resultado que sería feliz. Path era feliz; sonreía a pesar del dolor, me besaba aunque podría haber querido matarme. ¿Cómo habría sido él cuando Leaf aún vivía? Dos sonrisas constantes, pintando flores en la puerta y alegrando vidas allí donde estuvieran…

¿Por qué? ¿Por qué a mi padre no le había importado matar eso? ¿Qué tan cruel tenía que ser? ¿Qué tan cruel podía llegar a ser?

Apreté los puños y lloré, pero por primera vez en lo que recordaba haber vivido, no fue por mí. Me cubrí los ojos con el antebrazo y mordí con fuerza para evitar que el sollozo me delatara, pero casi de inmediato, Path tomó una de mis manos.

¿Cómo podía tener un gesto así? ¿Cómo podía no odiarme? Cualquiera me hubiese deseado el peor mal existente, pero él era tan amable y su cariño tan auténtico que sólo hacía que me sintiera más culpable aún.

¿Por qué? ¿Por qué no pude ayudarlo cuando me necesitó? ¿Por qué tenía que ser tan egocéntrico?

–Gracias –susurró Path e instintivamente aferré con fuerza la mano que sujetaba la mía. La culpa y el dolor aumentaron mil veces y tuve que girarme para que la almohada me ahogara.

Tal vez ése fuese mi castigo. Tal vez mientras más me doliese en ese momento, antes superaría la muerte de aquella mujer que no conocía. Me animé a mirar a Path, quien estaba atento a mí y, de algún modo, no lloraba. Al contrario, me sonrió y liberó su mano para despeinarme.

–No es tu culpa, no creas que sí –me acarició la cabeza–. Por favor.

Sí, Rock había tenido razón: ese joven de los brillantes ojos verde manzana veía a través de las cosas y había visto a través de mí. Qué vería no me preocupaba, Path nunca podría ser un juez más cruel que el que yo había sido toda mi vida conmigo mismo.

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Capítulo siguiente: https://lacatedraldelassilfides.wordpress.com/2016/03/14/revolucion-reign-principe-capitulo-4/


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Revolución Reign: Príncipe – Capítulo 1

Saludos queridos lectores, comienzo a compartir los primeros siete capítulos de mi novela, “Revolución Reign” en celebración de que pronto estará ya disponible en librerías de todo país de habla hispana (cuando esté listo haré una entrada explicando cómo se puede conseguir).

Estos siete capítulos son de muestra, para que vean si la historia los engancha y atrapa. Siéntanse libres de dejarme comentarios o preguntas.

Muchas gracias por el apoyo de siempre. ¡Que disfruten la lectura!

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¿Cuántas veces he sentido esto ya?

Bufé sonoramente ante uno de los farseers de mi padre que me sermoneaba y eso lo hizo parar. Tal vez mi padre lo tuviese en alta estima, pero eso no le daba autoridad para hablarme así. El título de farseer indicaba que en presencia era casi como él, pero casi, y eso era algo que ni él ni sus compañeros parecían entender.

–Me decepciona, lord Reign –dijo con su típica cara de asco. ¿Cómo era su nombre?

Siguió hablando pero lo ignoré; no le permitiría a un sirviente decirme qué hacer o cómo vivir. Azoté la puerta para que no me siguiera y caminé mezclándome entre la multitud; o al menos intentándolo, ya que la gente, por respeto a mi autoridad o por miedo a mi persona, me evitaba. Ahí por donde fuera, mi presencia dejaba una estela que era fácil de seguir. Siempre era igual.

Llegué al jardín y me senté en las escaleras. Allí no solía haber farseers y los guardias no se sobrepasaban conmigo. Respiré profundo y miré al cielo unos segundos, pero abandoné rápidamente la idea. Lo odiaba profundamente. El jardín era uno de los pocos lugares en los que podía estar solo, pero el aplastante techo celeste me enfurecía.

Mi ciudad se llamaba Ars Vigil y no envidiaba nada a una cárcel: no tenía ventanas al mundo exterior y las puertas no eran más que un cuento para asustar a los niños. Sí veíamos el exterior, pero sólo en los jardines, donde un pequeño trozo de cielo asomaba entre los muros. Todos se mostraban agradecidos con esos sitios sin nunca notar que aquel era un eterno recordatorio que estábamos atrapados, que toda la vida que llegaría a nosotros era lo que pudiésemos meter allí adentro.

El ducado, Gäel, había sido tiempo atrás abandonado por nuestro rey, de quien no sabíamos nada. Los dioses se habían ido, con excepción del Rey de los Muertos y la Muerte; y el exterior ya no intentaba volver a entrar. Los dioses, la vida y el rey. Estábamos solos.

Por eso odiaba el jardín, pero por eso iba. Allí se podía respirar y volver a sentir que uno vivía, disfrutar el instante de luz, aire y naturaleza. Era casi como estar en un tiempo mejor, aunque no era posible olvidar del todo que uno aún estaba dentro de una ciudad rutinaria, pesada y gris.

Y entre todo eso estaba yo: imponente ante la rutina y con un alma tan pesada que tenía que arrastrarla cada vez que me movía para evitar perderla. Gris entre los grises, muerto entre los muertos. Odiaba a quienes amaban el jardín y yo lo amaba, odiándome así por sobre todas las cosas.

Los grandes héroes del pasado, a quienes yo admiraba, solían afirmar en sus discursos que en ellos no había nada especial, que simplemente eran quienes se habían levantado contra lo que estaba mal para luchar por un mundo mejor. Según ellos, un héroe existía en cada uno de nosotros y se mostraba cuando uno estaba dispuesto a hacer lo correcto.

Pero no era más que teoría. En la vida de mis libros de historia jamás llegó ese héroe a Ars Vigil; ellos sólo existían en los cuentos que se narraban a los niños y que comentaban los hombres cuando se habían embriagado lo suficiente.

Muchas veces me había soñado en grandes batallas, donde el mundo se movía siguiendo a ese héroe de corazón resoluto. Todos los hombres que lo seguíamos añorábamos libertad y sabíamos que nuestras vidas bien valían sacrificadas por un ideal, aún si no conseguíamos nada, aún si aquella lucha sólo era para demostrar que no nos rendiríamos; que aunque la muerte estuviese asegurada, la preferiríamos antes de someternos obedientemente a lo que estaba mal.

Pero sólo eran sueños.

Cada vez despertaba con la sensación de caos y victoria, de muerte y renacimiento. Salía de la cama de un salto y trastabillaba fuera de mi habitación, sólo para observar a la gente ir y venir por los pasillos en sus miserables vidas. La desesperación me desgarraba, y a veces gritaba, a veces hasta lloraba, antes de por completo despertar y olvidar las aventuras en las que había estado y resignarme a que no vivía rodeado de los más grandes personajes que habían pisado el mundo, ni nunca lo haría. Alejaba a los sirvientes de mí volviendo a esconderme tras la máscara que se había hecho pasar por mi rostro durante tanto tiempo y así mi vida continuaba.

Yo no era más que un cadáver reanimado por el poder de la rutina, por el impulso de seguir haciendo, día tras día, lo que todos hacían, lo que siempre todos habíamos hecho y lo que se supone que debíamos seguir haciendo hasta nuestra muerte. Rebelarse contra eso y buscar una vida nueva era estúpido y descabellado. Al fin y al cabo, con una vida tan perfecta, siendo noble, teniendo todo lo que se me podía ocurrir tener, ¿por qué querría cambiar algo? Tal vez me moviera el día que encontrara la respuesta, pero hasta entonces no planeaba para mi vida nada más que un lento andar hacia su final.

Revolvieron mi cabello y me aparté sobresaltado mientras mi hermano mayor pasaba a mi lado con su ánimo absurdo de siempre. Él no estaba vivo, nadie lo estaba, pero fingía que sí y eso me hacía rabiar. Nunca dejaba de sonreír y ponía demasiado esfuerzo en ser optimista.

Llegó al jardín y comenzó con su acto de siempre: ejercicios de precalentamiento para llamar la atención y luego peleas con su espada contra un enemigo imaginario. Un grupo de mujeres tan descerebradas como él cayó a sus pies, desarmándose en halagos idiotas, compitiendo por atraer su atención para compartir una noche de intimidad con su hombría. No era un secreto que para él había una mujer para cada noche del año, pero ellas parecían dispuestas a renunciar a su dignidad por él. Nuestro padre no lo había forzado a un compromiso aún por lo que disfrutaba de su libertad más de lo que un noble debiera. Cumpliría pronto treinta años y no parecía que fuese a dejar de ser tan inmaduro.

Dejé escapar un suspiro de consternación. No había en la sangre de Sorsz una gota de similitud con la mía, no entendía cómo eso y yo podíamos haber sido engendrados del mismo modo por el mismo par de personas.

–Reign –me llamó acercándose–. Ven, entrena conmigo.

–No.

–Ven, una chica está interesada en ti.

–No me importa.

–Claro que sí, ya llevas una lunación siendo un hombre. Vamos, deja al niño atrás y acepta tu destino como el atractivo noble que eres. –Bufé exasperado y me levanté.

Siempre hacía lo mismo, siempre gustaba de ridiculizarme y lo que más me molestaba era que ingenuamente yo había creído que ahora que tenía veintidós ya no lo haría.

Comencé a subir las escaleras, pero Sorsz me detuvo agarrándome el pie a través de las rejas de la barandilla.

–Ven aquí, mini héroe, eres un hombre y debes comenzar a comportarte como tal. Ya eres mayor de edad y eso significa que comenzarás pronto a involucrarte en actividades sociales. Sería bueno para ti si comienzas ahora, conmigo, sin presiones, en vez de en una celebración con padre respirándote en el cuello.

–No voy a ir a ninguna celebración, nunca.

–Fue inteligente eso de que como regalo de cumpleaños te dieran el día libre justo en la celebración del equinoccio, pero no vas a poder hacerlo siempre.

–Obsérvame.

–Reign…

–Escucha esto –ladré enojado–: nacemos solos y moriremos solos, así que no puedes culparme por querer vivir mi vida del mismo modo: ¡solo! –Me solté de su presa agitando el pie violentamente y subí pisando fuerte.

Mi hermanita más chica, Northern, estuvo a punto de saludarme al cruzarnos en el camino, pero mi expresión debió desalentarla. Ella siempre buscaba no molestar a nadie y esa costumbre suya era un alivio.

Llegué arriba y miré atrás. Mis hermanos, ambos con su cabello negro, se habían unido en una demostración a las admiradoras de Sorsz. Mi hermano era atractivo y elegante; exudaba sexualidad y hombría. Tenía un cuerpo prolijo y fuerte, además de atrapantes ojos grises y una sonrisa llena de confianza. Northern tenía apenas quince años, pero justamente el no ser más que una niña le daba un aire de ternura difícil de ignorar. Era cálida y alegre, siempre sabía cuándo hablar y qué decir y eso la hacía hacer amigos allí donde estuviese.

Resoplé y me aparté; podía encontrar un mejor lugar en el que estar solo. El castillo a veces me resultaba chico y asfixiante, pero siempre había algún rincón vacío en el que esconderme. Si no, en los días de mayor actividad, me entretenía paseando por la zona alta, incomodando a la nobleza con mi presencia, o en la media, donde vivía mi cuñado. Él era una persona que había logrado agradarme por el simple hecho de que nuestra relación era bajo mis reglas: dejándome en paz cuando necesitaba silencio, bromeando cuando estaba yo de buen humor, y compartiendo conmigo lo justo y necesario como para dejarme conocerlo sin encontrarle algo que me hiciese odiarlo.

Decidí ir a su casa, sabiendo que allí podría leer, dormir, comer algo y volver al castillo cuando quisiera sin que mi madre se pusiese histérica por no tenerme cerca. Empujé a los guardias que custodiaban el paso de una clase social a otra y no intentaron detenerme. Era bien conocido mi linaje y más aún mi mal carácter, por lo que todos buscaban no irritarme a no ser que fuese estrictamente necesario.

Doblé la esquina donde estaba aquella panadería que me gustaba y me detuve. Al final del pasillo estaba aquel joven rubio otra vez. Parecía como si acaso quisiera que lo encontrase sin importar dónde estuviera o hacia dónde mirara. Contuve la respiración mientras se acercaba, pero en ningún momento su atención se posó en mí, lo que hizo obvio que me ignoraba adrede porque no era posible que no me viera. Finalmente pasó de largo y pude volver a respirar; cuando me volteé, ya no estaba.

Ese chico me alteraba los nervios: su ropa desgastada lo señalaba como alguien disonante en la comunidad noble y hasta en la parte alta de la clase media; tampoco parecía servir a nadie, pero aún así se movía como si tuviera impunidad para andar por donde quisiera.

Pero lo peor eran sus ojos. Ese par de estrellas verde manzana parecían ver a través de los huesos y las pocas veces que se habían posado en los míos me hacían sentir el alma atravesada por un relámpago.

Un escalofrío me hirió el cuello y me obligué a avanzar como si nada hubiese ocurrido. Ansiaba olvidar la existencia de ese joven, pero seguía apareciéndose, y cuando no en persona, en mis sueños, recordándome algo que olvidaba al despertar.

–¿Dónde te habías metido? –me gritaron a mi espalda. Me volteé con el corazón en la boca y por primera vez en mi vida me alivió ver que sólo era mi madre. No contenta con sólo gritarme, me sujetó violentamente del brazo como si fuese yo un criminal en fuga.

–Estaba aquí –me defendí.

–Sabes que no quiero que te apartes de mí. No te permito crecer tan rápido.

–No he cambiado, madre.

Con todos era igual, pero yo fallaba en ver la diferencia que había con el yo de una lunación atrás. Mi madre me acercó y me besó la mejilla con tanta rudeza que me dolió, agarrándome luego violentamente de la muñeca y arrastrándome de regreso al castillo. Hubiera llorado; me imaginé haciéndolo, pataleando, gritando y golpeando todo a mi alrededor, pero la espontaneidad infantil hacía mucho me había dejado.

Hace algunos años llegué, de una forma que ignoro, a una zona desconocida. Un par de adornadas puertas dejaba pasar una extrañísima luz dorada por sus hendijas. Esa luz me gritaba que abriese y mirase. Sentí el brillo vivo en mis ojos y me atreví a extender la mano hacia aquel misterio, pero me detuvieron. Un sujeto enorme me agarró y aunque me resistí, nada pude hacer con mi pequeño y débil cuerpo ante aquel monstruo entrenado. Me arrastró de regreso al salón y mi madre me dio la peor golpiza correctiva de mi vida, mientras que mi padre puso guardias a seguirme por lunaciones.

Aquella puerta fue lo más cerca que jamás estuve de ver un atardecer, uno de esos momentos de leyenda que ocurren una vez al día, que, de no ser por esa experiencia, habría dudado que fuesen algo más que delirios de los escritores de antaño.

Desde aquel entonces mis permisos habían disminuido y a mi madre le aterraba no saber dónde estaba a todo momento. A pesar de los años el miedo no la abandonaba, aunque mi padre me había quitado ya a los guardias, seguramente tan hartos de mí como yo de ellos.

Había muchas veces buscado esas puertas y siempre había resultado inútil; no sólo Ars Vigil era inmenso y laberíntico, sino que siempre tenía un par de ojos encima, ya sea de los guardias o de algún noble chismoso que le fascinaba inmiscuirse en mis asuntos.

De todos modos dudaba atreverme a abrirlas en caso de encontrarlas otra vez. Había perdido mi oportunidad y terminado convirtiéndome en un preso que odiaba su cárcel con la misma intensidad con la que temía dejarla.

–Buenos días, Reign –me saludó Rock mientras se ajustaba la cinta negra que ceñía su cabello color mostaza sin dejar de sonreírme. Me pregunté cómo lo hacía; en sus ojos amarronados había un poco de aquel brillo a pesar de su vida de clase media, a pesar de los malos tratos de los nobles que lo miraban por sobre sus hombros, a pesar de Gäel y nuestras vidas bajo techo.

–Buenos días, Rock.

–Te afiné el piano –dijo con un gesto amable.

–Gracias. –Esa cosa me odiaba tanto como yo a ella.

–Toca algo hijo –insistió mi madre a distancia con un tono de voz relajado e increíblemente dulce. Aquel sofá en el que se echaba tenía algo que calmaba el fiero cerbero que vivía en su interior.

Me senté y obedecí. De chico había sido instruido tan severamente en ese arte que no me resultaba artístico en absoluto. Tocar el piano y martillar eran lo mismo para mí, sólo que mis manos de noble no tenían permitido agarrar un martillo y sí estaban obligadas a mantenerse a diario cerca de las teclas que me recordaban a barrotes. Toqué desapasionadamente por unos cuantos minutos mientras en mi mente se sumergía en la nada.

Ars Vigil tenía tres zonas bien marcadas aparte del castillo: la alta, donde vivía la nobleza, siempre bien iluminada, de piedra blanca y pulida, con pasillos amplios, gente de andar elegante y ropas costosas; un lugar donde difícilmente alguien supiera lo que significaba trabajar y vivir sin que alguien atienda todos tus caprichos; la media, con mucha más gente que se mantenía siempre ocupada, las paredes igual de limpias y los caminos más estrechos y llenos de negocios de rubros increíblemente variados, músicos molestándote lo suficiente como para que sueltes una conquista y los hagas callar, y una inmensa variedad de mujeres sin decoro alguno dispuestas a satisfacer a quien estuviese lo suficientemente desesperado y tuviese el oro suficiente; y la parte baja, la cual jamás había pisado y menos aún pensado en visitar. Allí vivía la gente “pobre, sucia y sin esperanza que no puede ser salvada de sí misma”, en palabras de mi madre. Mi padre seguramente opinaba igual, pero hubiese quedado mal que él lo dijera en voz alta. Trabajadores, para resumir.

Los pobres fabrican, los de clase media venden, los nobles compran. Es toda la conexión que hay entre unos y otros. Alguien de clase baja jamás subía, alguien noble jamás bajaba, sólo la clase media se movía con libertad entre los pocos y muy custodiados pasillos que conectaban las tres zonas de Ars Vigil. En realidad, es válido mencionar que un noble podía bajar si quería, tal vez para comprar por su propia cuenta en vez de utilizar a un criado, pero, sinceramente, ¿quién lo hubiera hecho? Si tenías dinero o un título, siempre alguien haría lo que tú necesitaras por ti.

Sin embargo, para la clase media subir era más dificultoso: necesitabas un permiso y ropa decente para esquivar a los guardias y no había forma de burlarlos, ya que siempre vigilaban, siempre estaban alerta. Además, no existían esas famosas “puertas traseras” por las que escabullirte de las que hablaban en sus diarios los que alguna vez fueron libres. Aquí sólo hay tres caminos para verte cara a cara con un noble: tener permiso, tener una citación o ser una prostituta costosa; y pagarás muy caro si intentas algo diferente.

Siempre he pensado que esa puerta a la libertad se encontraba en la zona alta, porque llegué a ella sin tener registro de haber cambiado de área, pero podría no ser así. Por allí entraban provisiones y la materia prima de la que vive la ciudad: hilos, telas, lanas. Sería normal que aquello accediese a través de la zona media, donde los que tenían dinero podrían comprar y trabajar; aunque el trabajo de fabricar ropa, tapicería y demás era llevado a cabo en su mayoría en la zona baja.

Terminé la canción de forma improvisada para disimular los errores que había cometido por divagar; los presentes me aplaudieron y Rock, conforme con su trabajo, se retiró en compañía de la mayor de mis hermanas, Starling. Habían sido amigos desde niños y ella lo eligió como futuro marido a una edad en la que la mayoría de las damas no piensan siquiera en conseguirse un novio; pero aún así se les tenía prohibido expresarse cariño y, muy respetuosos ellos de las órdenes de padre, apenas se tomaban de la mano. No era extraño, ni siquiera estaba mal visto, pero padre no era capaz de aceptar que su hija mayor ya no era una niña. Para él, ella seguía jugando con muñecas de porcelana, siendo cuidada por una niñera y aplaudiendo ante espectáculos de sombras y marionetas. Sonreí preguntándome qué ocurriría si él los descubriera manteniendo relaciones alguna vez, como me había ocurrido tiempo atrás.

Si para mí fue ciertamente un impacto, mi padre sufriría un colapso cardíaco y moriría allí mismo, pero descarté la alegría que me proporcionaba la idea cuando me di cuenta que era más probable que quien muriera en consecuencia, fuese el buen Rock.

Yo siempre había sido de pocos amigos, siempre me había gustado ser así, pero Rock y Star eran como padres postizos, de esos a los que realmente se aprecia por sus trabajosos esfuerzos de comunicarse y tener una relación agradable con uno. Ellos dos eran las únicas personas a las que genuinamente les deseaba una larga vida.

–Toca otra, hijo –insistió mi madre trayéndome a la realidad.

–Madre, estoy cansado, ¿puedo retirarme?

–No rechaces un pedido de tu madre. Toca y luego puedes irte.

Suspiré resignado y, en cuanto me dispuse a tocar, la puerta se abrió y entró el mensajero de feos dientes con el cual mi madre engañaba a mi padre. Había considerado delatarla, pero no era mi trabajo hacerlo así como no era mi trabajo usar martillos.

El hombre hablaba escandaloso con ella así que me ahorré tocar, pero no me atreví a ponerme de pie y salir. No porque me significara nada que me regañaran, sino por las acusadoras y horribles miradas de quienes estaban en el salón viendo el espectáculo, que solían durar días. Para peor, los nobles, aunque bien educados al saludar y conversar, aman apuñalarse por las espaldas y cada reto por parte de mi madre se esparcía como una historia excelente y me acosaba aún hasta cuando ya había olvidado qué había hecho.

–Qué masculino se ve hoy, joven lord. Su cabello parece más oscuro con esta luz –dijo con ese tono de voz irritante.

En mi familia todas las mujeres tuvieron siempre el cabello gris y todos los hombres el cabello negro. Excepto yo. Mi cabello era como el de Star y me daba tantos problemas y hacía víctima de tantos prejuicios como veces en mi vida había parpadeado. Al parecer, mi cabello gris indicaba que, aunque no fuera como una chica, tendría los gustos de una. Para empeorarlo, Northern había nacido con el cabello negro, como si me hubiese arrebatado la hombría que me correspondía.

Azoté mi cabeza contra el piano y mi madre me ordenó que saliera al igual que a los sirvientes, seguramente para tener más intimidad con el mensajero. Me puse de pie rápidamente para no darle la opción de arrepentirse y escapé a toda prisa.

Alcancé a mi hermana y cuñado y él me autorizó a quedarme en su casa, aunque por primera vez noté cierta reserva en su voz. Star removió mi cabello con ansiedad con sus largos y delicados dedos mientras su perfecto rostro buscaba qué expresión hacer.

–Estás tan atractivo, cariño –sonrió y me acarició ambas mejillas con los pulgares–. Estás creciendo muy rápido.

–No he cambiado nada –respondí por millonésima vez.

–Ven con nosotros al teatro, lo pasaremos bien los tres.

–Sabes que odio el teatro.

–Sólo odias la gente que nos rodea cuando entramos –indicó con una astucia de la que no la creía capaz mientras me tocaba la punta de la nariz–. Una vez allí, lo disfrutarás. ¿Sí, hermanito? ¿Nos regalarías un momento para estar contigo?

Suspiré y acepté mi derrota. Ella me abrazó cuidando de que fuese un cariño tan sutil que no renegase de él y me obligó a caminar de la mano con ella.

Allí nos dieron una cálida bienvenida, ya que como hijos de la persona más rica y poderosa en Ars Vigil, siempre era buena publicidad tenernos rondando. Un grupo de nobles desesperados de acercarse un poco más al poder nos atormentó como yo sabía que ocurriría. Cuando no tienes vida tienes que vivir de la de otros.

Nos sentamos en la primera fila, tan cerca de la salida como se podía. No me quejé porque a pesar de lo fácil que fue anticiparse al futuro dolor de cuello, me alegraba la idea de estar junto al pasillo. No tenía a nadie a mi izquierda que fingiera interesarse en tener una amistad conmigo, y a mi derecha Star no hablaría, disfrutaba tanto el teatro que su pequeña mente se abstraía por completo, olvidándose de todo. Siempre la había alentado a que actuara, era notorio su amor por el escenario, pero padre consideraba que aquel era un trabajo de inútiles, gente que sólo sobrevive gracias al aburrimiento de la nobleza y que de no ser por eso, sólo les quedaría la opción de mendigar.

Me incliné hacia adelante y noté a Rock sujetando la mano de Star con fuerza. Él era su otro sueño frustrado por padre y supuse que eso lo hacía simpatizar con el teatro como si fuese un buen amigo con quien podía darse palmaditas de compasión en la espalda.

La aburrida obra resultó ser un fiel reflejo de la vida del fracasado del guionista a quien conocía bien por lloriquear arrastrándose tras la nobleza, buscando dinero que cayera de sus manos por compasión para así pagar sus obras. Casi podía ver cómo aquel hombre escuálido, envejecido antes de tiempo por el abandono de su mujer, lloraba sobre los borradores de su patético trabajo. Aquella persona prefería morir antes de escribir un final feliz por lo que fue fácil anticiparse a lo que ocurriría sobre el escenario.

Pasado un buen rato me harté de fingir que estar ahí me interesaba. Ya ni siquiera sabía cómo sentarme. Y en eso, sentí que mi alma se sacudía. Tosí esperando que nadie me hubiese visto colapsar tan horriblemente sin motivo, pero entonces mis ojos se encontraron con el culpable y entendí qué pasaba: ese joven de ojos verdes estaba allí, mirándome desde un costado del escenario, casi escondido por la pesada cortina.

Maldije al primer dios que vino a mi mente: verlo dos veces el mismo día era una desgracia. Debió notar mi horror porque lo vi reírse. Clavé mis ojos en los suyos. Ese malnacido sabía lo que me ocasionaba y estaba disfrutando con mi sufrimiento.

Furioso y decidido a aplastarlo de una vez, me puse de pie y eso lo asustó. Desapareció tras la cortina y me apuré a darle caza: debía atraparlo antes que la obra terminara y se reactivaran los hechizos de luz o mi desaparición llamaría la atención.

Nunca había estado tras el escenario por lo que me costó evitar chocar con todo lo que había, pero luego de un minuto logré llegar a un área iluminada llena de ropa y disfraces extravagantes. Allí un joven de pelo negro cosía distraídamente un adorno de encaje a un vestido ya demasiado lleno de detalles.

–¿No has visto pasar a un chico rubio? –le pregunté.

–Por allá. –Señaló sin voltear a verme, pero girando su cabeza lo suficiente como para tener un vistazo fugaz de la intensa luz verde manzana que emanaban sus ojos. Me acerqué y le quité la peluca de un violento manotazo–. ¡Hey! –exclamó frotándose la cabeza–. Te llevaste un poco de mí con eso.

–¿Quién eres y por qué estás siguiéndome?

–Yo no estoy siguiéndote –dijo despreocupadamente mientras volvía su atención al vestido. Lo giré con brusquedad y empujé para acorralarlo contra la mesa.

–No intentes siquiera mentirme. –Él me miró preocupado y luego alzó la vista, abriendo mucho los ojos.

–¡Star! –exclamó mirando a mi espalda. Me volteé deprisa, pero allí no había nadie. Era impensable que mi hermana se hubiese levantado de su asiento sin que la obra alcanzara su final. Volví la vista, pero el chico ya no estaba. Qué estúpido de mí.

Corrí hacia una puerta que estaba ya cerrándose y lo vi alejándose al final del pasillo. Avancé a toda velocidad, pero él era mucho más delgado y ligero que yo, y me sacaba ventaja casi sin esforzarse.

Doblé un par de veces por los pasillos hasta que de algún modo volví a la parte trasera del escenario. En la oscuridad pisé algo cilíndrico y caí torpemente, golpeando varias cosas en mi camino al piso. Gateé y me puse de pie, avergonzado; ya no quedaba ni rastro del chico.

Encontré un corte en mi mano que sangraba, haciéndome aceptar mi derrota. Me quité mi chaleco intentando no mancharlo y lo colgué sobre mi antebrazo para esconder la herida de las miradas atentas que sabría que recibiría al salir del teatro. Por suerte, apurando el paso logré escabullirme en primer lugar y ahorrarme los problemas.

Mientras caminaba consideré mis opciones: podía pedir agua en la cocina para lavarme, pero entonces demasiada gente me vería; podía ir al baño, pero lo compartía con mis hermanos, por lo que era probable que me encontraran o vieran sangre si no tenía cuidado y no quería arriesgarme a un interrogatorio que destrozara mi paciencia y acabara haciéndome confesar mi torpeza…

La única opción que me quedaba entonces era ir directo a mi habitación, donde podría esconderme hasta la cena y buscar la forma de limpiarme, y así lo hice. Usualmente me dejaban una fuente con agua para que pudiese lavarme la cara por las mañanas sin tener que ir al baño, tal vez aún estuviese ahí. Gruñí. No debería haber ido al teatro y no volvería a ir. Todo por culpa de ese guionista horrible que no sabía cómo mantener a la gente en su asiento. Abrí mi puerta y me paralicé.

–Hey –saludó el chico rubio desde mi cama. ¿Cómo había entrado? ¿Cómo había llegado antes que yo? ¿No le bastaba acaso con invadir mi alma, tenía que también hacerlo con mi habitación? Cerré la puerta tras de mí y me esforcé en no mirarlo. No me animaba a echarlo–. Traje vendas –dijo alzándolas para que las viera. ¿Se sentía culpable? ¿Era eso lo que lo había hecho dudar sobre escapar o volver? Pero había escapado, ¿por qué ahora regresaba?

Lo ignoré y me moví como si no estuviera. Lavé mi mano en la fuente que, para mi fortuna, aún estaba ahí, y dejé mi chaleco sobre la cama. Luego me senté mientras examinaba la gravedad de mi herida. El muchacho no hablaba, pero me seguía con atención. “¡Lárgate!” ladré en mi mente. ¿Por qué no podía gritárselo? No me habría costado nada con nadie más, pero este chico… Lo miré fugazmente y me vio, aún tenía sus ojos en mí.

¿Qué tenía? ¿Por qué me intimidaba tanto?

Finalmente se acercó y se sentó a mi lado. Tensé los músculos de mi abdomen como si fuese a darme una puñalada, pero no hizo nada más que mirar mi herida conmigo.

–Necesitas puntos –dijo pensativo–. Puedo coserte si quieres –propuso como si no fuese la gran cosa. Aparté la mano abruptamente–. O sólo vendarte si te asustan las agujas. –Me tendió la mano para que le diese la mía. Obedecí esperando que el terror que me generaba no se me notara en el rostro.

–No me asustan las agujas –protesté ofendido.

–¿Puedo coserte entonces? Cicatrizará mejor y más rápido.

–Haz lo que quieras –giré la cabeza con desinterés y me mordí la lengua. Odiaba las agujas casi tanto como a mi imposibilidad de patearlo fuera de mi habitación.

El chico salió y me desinflé en un suspiro. Giré los hombros y la cabeza, y doblé y estiré los dedos de la mano sana. Y de pronto, me acordé.

Tres o cuatro lunaciones antes estaba leyendo en el salón de té de la familia. Usualmente el castillo era tranquilo, pero ese día había oído gritos en el pasillo. Intenté ignorar el escándalo, pero no me dejaba leer y ciertamente la curiosidad me pinchaba.

Abrí la puerta y me encontré con que tres de los guardias más cercanos y fervorosamente obedientes de mi padre estaban dándole una golpiza a un joven. Lo pateaban sin piedad mientras el pobre se doblaba intentando proteger su abdomen y pecho, y se cubría el rostro con ambos brazos.

El ruido de la puerta abriéndose lo alertó y clavó sus brillantes ojos en los míos, suplicándome que lo salvara. Desconocía cuál había sido su crimen, pero viendo sus ropas era claro que no pertenecía al castillo. Tal vez hubiese estado robando, aunque no era muy común. No tenía que intervenir, especialmente porque quienes lo golpeaban eran hombres que casi sin duda habrían recibido una orden directa de mi padre para hacerlo. Me desembaracé de su ruego y cerré la puerta. Volví a mi lectura y olvidé al chico de los ojos verde manzana.

Salí de mi ensimismamiento cuando la puerta se abrió y el joven regresó con un pequeño bolso en las manos. Cerró con cuidado y volvió a sentarse junto a mí en mi cama. Silenciosamente volvió a pedirme la mano y con cuidado puso sobre la herida un trozo de la venda que había empapado con una especie de aceite oscuro.

Miré su rostro mientras estaba concentrado en curarme. Tenía una cicatriz en forma de cuña junto al ojo izquierdo, pero nada más. ¿Se había cubierto bien o las marcas las tenía bajo la ropa? ¿Me recordaría? Claro que me recordaría, era imposible que olvidara el rostro del noble egoísta que lo había abandonado para ser asesinado por esos hombres.

¿Debería disculparme?

Quitó el trozo de venda, enhebró una aguja y comenzó a coser la herida. El aceite debía de haber sido un anestésico porque apenas sentía un cosquilleo con cada punto.

¿Por qué estaba atendiéndome? Yo no había sido capaz de protegerlo y él sanaba una herida que no me había causado. Bueno, no directamente. Terminó de coser con destreza y me vendó la mano. El olor del aceite, la imagen de la aguja penetrando mi piel y su presencia me hacían sentir mareado. Recé para no vomitar, hubiese sido patético.

–Ya está –dijo y me sonrió. Sus ojos y su alegría bien podrían haberme matado–. No uses esa mano por unos días y cámbiate las vendas según veas necesario. –Tomó las que le habían sobrado y las acercó para que no se me pasara por alto que estaba dejándomelas.

Se levantó y caminó hacia la puerta. Aún no podía disculparme, pero agradecerle era algo que sí podía hacer. Fui a decir algo, pero el joven se detuvo y giró sobre sus talones mientras la puerta se abría, dejándolo escondido detrás.

–Eh, Reign –dijo Sorsz con su expresión habitual, pero rápidamente se transformó–. ¿Qué ocurrió? –preguntó horrorizado acercándose. El joven rubio se escabulló sin que mi hermano lo hubiese visto.

–Yo… me caí. –Bueno, no era mentira–. No es nada, apenas un corte. Estará bien.

–¿Seguro? Vaya, lo vendaste realmente bien… y con una sola mano –me interrogó en silencio. Fantástico, podía ser tonto para todo excepto para algo como eso–. ¿Está todo bien, hermanito? ¿No debo preocuparme por nada?

–Está todo bien –respondí seguro. Le sostuve la mirada con confianza, pero me incomodaba sentir que estaba rebuscando en mi mente.

–Te cubro esta vez, pero voy a estar vigilándote. Y recuerda que soy tu hermano y puedes contarme lo que quieras, yo siempre voy a estar de tu lado. –Me encogí de hombros como si no me importara–. Ven, es hora de cenar.

–Ya voy. –Sorsz salió y me apuré a guardar las vendas que sobraron y a emparejar el acolchado de la cama para que no evidenciara que había habido dos personas sentadas en él.

Cuando llegué al comedor, mi madre se abalanzó sobre mí con expresión de pánico y me agarró la mano. Sorsz se acercó también, entre suspiros y con una sonrisa de padre paciente.

–¿Te duele, bebé?

–No duele madre y no soy un bebé.

–No fue grave –dijo Sorsz como si fuese la quinta vez que lo repetía.

–¡Grave para ti! –le ladró ella–. Así no podrás tocar el piano… –se lamentó. La idea me sacó una sonrisa que no pude esconder–. No volverán a jugar con esas espadas.

–¡Mamá, sé lo que hago!

–No, no sabes, Sunrise. Te prohíbo que te vuelvas a acercar a tus hermanitos con esa cosa. –Mi madre se encaminó a la mesa exagerando su enojo y Sorsz se me acercó.

–Ya sabes qué dije, delátame y tu próxima cicatriz sí que tendrá mi nombre. –Afirmé y él se enderezó con elegancia.

–¡Reign! –exclamó Star abrazándome por la espalda–. Nos dejaste en el teatro, ¿qué pasó?

–Me aburría –me apuré a responder–. Me fui y me encontré con Sorsz –lo señalé–, así que estuvimos entrenando un poco y me corté –le mostré mi mano. Rock me miró y luego a mi hermano con una amplia sonrisa.

–¿Ah, sí? ¿Lo cortaste? ¿En la palma de su mano? ¿Cómo? –preguntó con astucia–. No me digas que mi inteligente cuñado detuvo un golpe agarrando el filo de tu espada, Sunrise.

–Déjame a mí mi arte y tú dedícate al tuyo, músico –respondió Sorsz con una amabilidad chispeante. Se dirigió a la mesa y yo lo seguí para evitar presenciar la cariñosa despedida de Star y Rock.

Mi padre llegó último a la mesa, entrando en el comedor con su gigantesca presencia. Echó a los sirvientes y guardias que lo acompañaban, y se sentó en la cabecera. Era una porquería de persona, pero nada lo hacía perderse una comida en familia.

–¿Qué te hiciste? –me preguntó al ver que mi mano me dificultaba comer.

–Me corté entrenando con Sorsz.

–¿Peleaste bien?

–Sí, el mini héroe tiene alma de guerrero –respondió Sunrise por mí.

–Bien. –Se volvió a mirarme–. ¿Ya decidiste qué clases tomarás este año?

–Historia… –comencé, como cada año. Estuve a punto de agregar caligrafía, pero era una clase que ya había perfeccionado; no tenía sentido seguir yendo–, y economía.

–Ya tienes veintidós, son tres clases este año para ti.

–Entonces –pensé con cuidado. Mi padre miró a Sorsz.

–¿Y tú?

–Geografía –empezó. Padre frunció el ceño–. Para complementar las clases de estrategia.

–Está bien. Geografía, estrategia, falta una.

–Lanza. Quiero manejar otra arma.

–Pero seguirás con espada. Casi tienes treinta, puedes manejar cuatro clases. Y tu tercera clase será espada –me dijo a mí.

–Pero no me gustan las armas, padre.

–¿Te pregunté acaso? Eres adulto ahora y necesito que sepas manejar algo más que un tenedor. –Abrí la boca para discutir, pero él me advirtió con su mirada severa que una palabra equivocada equivaldría a un golpe bien recibido.

–¿Puedo dejar las clases de piano?

–¡No! –intervino mi madre. Mi padre la ignoró.

–Sí, es una pérdida de tiempo.

–Yo quiero que estudie música, es parte de la tradición de mi familia.

–Te pediré tu opinión cuando me importe, mujer.

–¿Puedo yo entrenar con un arma? –preguntó el varón menor, Crown, en la cabecera opuesta.

–Cuando seas mayor –le respondió mi padre recuperando su tono más cálido habitual, pero aún severo–. ¿Qué clases vas a tomar?

–Estrategia y matemática.

–Bien. ¿Northern? –La pequeña dejó de comer y exageró su postura para pensar.

–Botánica y música. Hoy aprendí una nueva canción en el arpa.

–Qué bien, cariño –respondió padre–. ¿Qué harás tú, Starling?

–¡Estudia botánica conmigo, Starry! –propuso Northern. Star le sonrió.

–Botánica entonces –dijo con una mirada dulce dedicada a nuestra hermanita– y me gustaría este año dedicarme a la costura y el bordado.

–No, elije algo que te haga pensar, que idiotas a mi cargo me sobran.

–Está bien –accedió obediente–. ¿Matemáticas con Crown e historia con Reign y Sorsz?

–Con Sunrise, Reign está en clase avanzada.

–Con Sorsz entonces.

–¿Quieres seguir con la música? –preguntó severo. La pregunta tenía una respuesta obvia ya que en ella se camuflaba “¿quieres seguir con el músico?”.

–Sí, padre, y bordado, si me autoriza.

–Es mucho, recuerda que además tienes que acompañarme en las audiencias públicas.

–Prometo poder con todo y no bajar mi rendimiento.

–Bien, tomo tu palabra. ¿Y tú cómo te harás útil? –preguntó a mi madre, luego rió–. Con un milagro tal vez –se respondió solo. Mi madre no respondió–. Ríete, mujer.

–Quisiera estudiar botánica con mis niñas.

–De ninguna manera, no gastaré mi oro en nutrir un cerebro que no existe. Starling, Northern, esfuércense en sus clases, que no quiero otra así en mi familia.

Nadie habló y la cena continuó con charlas absurdas sobre canciones, arpa y puntos de bordado. Mi madre se mostró como si nada hubiese pasado, pero indudablemente estaba dolida. Debía haber agotado su capacidad para llorar hacía años, cuando comenzaron los maltratos. Aunque fuera algo normal en cierto momento de su vida, padre no parecía dispuesto a perdonarle el hecho de que ya no pudiera darle hijos, y le recordaba lo inútil que era cada vez que tenía oportunidad, como si eso fuese a cambiar algo.

La vi suspirar y enderezar la espalda. Su larga cabellera roja y con algunas canas blancas se agitó ligeramente mientras ella parecía quitar algunos pensamientos de su mente y volver a su entereza habitual. Si no hubiese estado tan herida, agotada y muerta por dentro, habría resplandecido con la belleza que le había transmitido a Starling.

Apenas vacié mi plato pedí permiso para irme y se me concedió. Me levanté y encerré en mi habitación. Había sido un día demasiado largo y necesitaba dormir, pero mi almohada sólo pudo recibirme con una pesadilla que revivía la situación con el chico rubio. Los gritos, las súplicas… Todo era igual, con la excepción de que a medida que lo miraba sin hacer nada, se convertía en mi madre y los tres guardias eran, de pronto, mi padre.

Me alejaba de la situación corriendo sólo para descubrir que en realidad era yo quien ahora escapaba de los guardias. Ellos me alcanzaban y me destrozaban a golpes, aunque justo antes de morir el joven rubio volvía a aparecer. Él no me salvaba, sino que se quedaba mirándome como yo había hecho y, al cesar la pesadilla, seguía allí, pasando el resto del sueño curando mis heridas sin dejar de tararear una canción infantil con una triste sonrisa asomando constantemente de sus labios.

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Capítulo siguiente: https://lacatedraldelassilfides.wordpress.com/2016/01/31/revolucion-reign-principe-capitulo-2/


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Sueño: De confianza (Revolución Reign)

Hoy llegué a uno de esos días en los que la vida parece que no se moviera más. No es que se haya detenido el tiempo, ni que no ocurra nada interesante, simplemente parece que cuando camino, lo hago en marte. No sé si esto me explique bien.

Me pasé la tarde divagando por los pasillos de la mansión. Por si nunca nos has visitado, en nuestra mansión viven aproximadamente mil seiscientas personas, prácticamente medio pueblo coexiste puertas adentro (el resto son campesinos, ladrones y comerciantes nómades). Los corredores y escaleras son inmensos, para que nunca sientas claustrofobia, y hay jardines por doquier con una inmensidad de animales exóticos que asombra. Estuve parte de mi tiempo en la zona de reptiles. ¿Sabes? Son inmensos, y muchos tienen grandes dientes, pero se comportan casi como mascotas. Como todos a mí alrededor.

No puedo quejarme, la vida es tranquila puertas adentro, pero demasiado tranquila. No puedo levantarme un día sin sentir que algo se escabulle entre los muros y a nuestras espaldas. ¡No puede la vida ser así de pacífica sin que algo esté siendo terriblemente ignorado! El gobernador sin duda algo tiene que ver, algo esconde, pero no se supone que sea yo quien se queje, soy uno de sus hijos. Ni el mayor, ni el menor, ni el más listo, ni el más tonto, ni el más guapo ni el más feo. Soy tan absolutamente promedio que de no ser por mi apellido, podría ser ninja, nadie jamás me notaría.

Mi hermana mayor en cambio… es hermosa y su voz es el deleite de la burguesía. Mi hermanita pequeña es la ternura de los corredores, tan bonita y abrazable como una cría de tigre. Mi hermano mayor es un gran guerrero, su destreza y fuerza son reconocidas hasta en otras mansiones, ni hablar de su belleza que marea mujeres. Mi hermano menor nació siendo un sabio y sus tutores no se cansan de hablar maravillas de su superdotado cerebro. Y yo, soy el promedio.

¿Pero de qué he de quejarme? ¿De que nada jamás pasa? Bueno, pasan muchas cosas, pero siempre cosas buenas o tranquilas. Jamás he visto a nadie alterado puertas adentro. Y tampoco tengo motivos para iniciar yo una revuelta: soy un hijo querido y consentido al igual que el resto. Mis padres jamás han permitido que nos falte nada y posiblemente eso jamás cambie.

Vida miserable.

—–

Mi hermana mayor me invitó a ir al teatro con el muchacho de clase media con el que siempre anda. A mi padre no le gusta porque lleva su rubio cabello “demasiado” largo: le toca los hombros por lo que se pone una cola de caballo, pero no da el brazo a torcer con cortárselo. Además, es una deshonra importante la diferencia de poder en los apellidos, pero mi hermana ha salido con él desde hace tiempo y, para no crear discordia, mi padre no se queja.

Me encantaría ver discordia.

Ya en el teatro (por si te lo preguntas, también está dentro de la mansión), nos sentamos en la primera fila, lo más a la izquierda que se puede estar. Es un sitio bastante incómodo, pero por algún motivo, “los de la familia del gobernador tienen privilegio y se sientan adelante”. Yo preferiría atrás, al medio, donde mi cuello no sufra.

No te aburriré contándote de qué iba la obra. Simplemente saltaré a la parte en la que, aburrido en mi asiento, noté a alguien vigilándome desde detrás del telón. Me puse de pie, subí al escenario y, sin dejarme iluminar, crucé la cortina escarlata.

De inmediato me vi en una lucha con alguien con un cuchillo. Reaccioné rápido buscando información sobre él que me diera ventaja: era joven, tal vez tuviera uno o dos años más que yo, de contextura similar, su negro cabello no era muy corto, pero lo suficiente como para no poderme agarrar de él. Su velocidad era muy buena y su habilidad de ataque también. Lo único de lo que pude aferrarme para equipararnos era que no parecía tener más armas.

Esquivé una estocada y con mi mano izquierda tomé el filo del cuchillo. Ignorando el dolor, lo empujé y se lo quité. Sin caer, dio unos pasos atrás y respiró agitado. Ahora yo estaba armado. Pareció oír algo y entonces salió de su postura de combate y se quitó la peluca. Su cabello en realidad era rubio y de alguna forma su parecido conmigo se acrecentó, tal vez porque mi cabello era claro también, aunque no rubio.

Nos miramos y oí música. Mi hermana se había puesto de pie y, sin vergüenza, comenzado a cantar a toda voz, como una de las mejores sopranos que era puertas adentro. La obra de teatro perdió protagonismo y las luces se difuminaron en aquella esquina. El telón, desgarrado por el combate, terminó de rasgarse por su propio peso y reveló la sangrienta escena que se desarrollaba.

Levanté ambas manos en señal de rendición. Yo tenía el arma y estaba bañado en sangre (muy notoriamente debido a mi larga chaqueta blanca). Sin duda los dedos apuntarían a mí. ¡A mi! ¡Al hijo del gobernador! Siempre quise ver ocurrir algo que desatara caos, pero mis fantasías jamás incluyeron sangre y muchos menos a mí mismo.

El sujeto que me había atacado me tomó por un brazo y me arrastró fuera de allí. Amablemente me pidió disculpas, se había creído en peligro cuando fui a enfrentarlo. Al parecer mi hermana tenía información sobre esto y su canto fue la señal que le indicó que yo no era enemigo. Al oírla fue cuando se relajó, unos segundos antes de que yo lo hiciera también.

Afirmé con balbuceos, mi corazón aún latía demasiado rápido como para dejarme volver a mi quietud analítica tradicional. Me cubrí con una capa de utilería del teatro y me separé del joven, quien pidió encontrarnos al día siguiente en un bar muy pequeño y casi escondido entre los pasillos (por supuesto, puertas adentro).

Acepté con desconfianza pero finalmente fui. Con ropa limpia y mi mano ya vendada, me aventuré en el oscuro bar. Mi hermana mayor y su noviecito estaban allí, en compañía del barbudo bartender y del joven rubio.

Me acerqué con cuidado y el muchacho preguntó por mi mano con ansioso interés. Sus ojos eran vivaces y sus palabras, rápidas. Le resté importancia mientras el novio de mi hermana me pasaba el diario de ese día. En la portada estábamos nosotros en el teatro bajo el titular “Se hace oficial el matrimonio entre la Alta Doncella y el hijo de los De’Feller”. Releí el título diez veces hasta resignarme a que ésas eran las palabras y bajar a mirar la fotografía. Mis manos, que debieron verse negras por la sangre en la fotografía en blanco y negro, estaban limpias, al igual que mi ropa.

El texto era más de lo mismo: el matrimonio entre mi hermana y el hijo de los fabricantes de instrumentos musicales parecía haber sido anunciado por nosotros de una forma bastante teatral: interrumpiendo la obra con un bello canto y una ficción de una lucha para representar ambas partes de la vida en pareja.

Me fue difícil creer lo que estaba leyendo. Miré a mi hermana confundido y ella, consternada, me confirmó que lo del matrimonio era cierto, pero que sólo habían logrado obtener esa noticia aún no revelada para explicar lo que había ocurrido.

-¿Quién? -Pregunté fuera de mí.
-¿Y quién más? La única persona capaz de hacer a los medios tragarse una noticia tan buena como una lucha en el teatro –respondió casi histérica.
-Tu padre –acotó mi cuñado abrazándola para tranquilizarla.
-¿Pero por qué?
-Por mí –sentenció con tristeza el joven desconocido, bajando la mirada con pena.

Y fue entonces cuando me enteré: aquel chico era nuestro medio hermano. Un hijo bastardo de parte de nuestro padre. El gobernador no era capaz de asumir sus infidelidades en público por lo que había silenciado a amenazas a su amante, aun cuando ella hubo quedado embarazada. El niño creció en soledad puertas adentro, escapando de la verdad tan constantemente como podía. Tras conocer a su media hermana mayor, había decidido reclamar su lugar como descendiente del gobernador, por más que lo único que eso le diese fuese aburrimiento, como a mí.

Mi hermana y su novio nos dejaron un poco de espacio para hablar en la intimidad del bar. Mi recién descubierto hermano me contó la forma en la que veía la vida. Sabía que su aparición generaría nada más que discordia, especialmente luego del accidente en el teatro, pero se llamaba a sí mismo “guerrero de la verdad” y vivir una mentira lo torturaba.

Finalmente nos sonreímos luego de un buen rato y comenzó una charla un poco más informal. Era casi mágico encontrar a alguien en quien uno pudiera confiar tan plenamente, nada más conocerse. Su personalidad se complementaba con la mía y prometía hacerlo el mejor amigo que hubiera yo tenido jamás. Es indescriptible la sensación de conocer a alguien, luego de tantos años de vida, que parece haber estado siempre allí a tu lado.

Disfrutamos el resto de aquellas horas contándonos nuestras vidas. Quería disfrutar esos momentos antes de abalanzarme a lo que sabía que sería una lucha contra nuestro padre para revelar la verdad.

Y al fin, algo, a mis dieciocho años de vida, empieza a pasar.

Soñado la madrugada del 25-01-12

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Aunque no he hecho acotaciones en los otros sueños, tengo que hacerlo con este, dado que fue este sueño el que dio origen a Revolución Reign. Mis lectores de prueba (y los futuros lectores, una vez el libro esté publicado) notarán que he cambiado cosas a montones. El lugar es mucho más chico, Reign es más joven, “gobernador”, “mansión”, etc. Releer esto me generó un poco de nostalgia y me da cierta ansiedad; quisiera que el libro volviese a ser lo vi cuando dormí aquel día. Pero bueno, a pesar de los cambios y de todos los días que me separan de aquel, esa noche cambió mi vida para siempre.

Ya veremos qué ocurre.

~Ancient Forest