La Catedral de las Sílfides

siéntate a oír las historias del viento


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Gente mágica, textos en las sombras

Saludos, lectores, bienvenidos otra vez a mi pequeño rincón de palabras. Hoy vine a compartirles algo que surgió de un post en facebook. En una página se preguntaban cómo un autor los describiría y yo me ofrecí a hacerlo con quienes me pasaran una foto. Lamentablemente perdí el enlace y sólo recuperé tres de las que hice, pero me gustaron lo suficiente como para quererlas compartir.

En mi opinión, hay magia en leer la descripción de alguien, imaginar un nuevo rostro, y abrir la puerta a ese ser para que nos llene de historias. He inventado libros enteros gracias a una descripción, un dibujo o una fotografía de un rostro que me arrastraron a soñar con nuevas vidas en nuevos mundos.

Aprovecho a contarles que cambié las recompensas en mi patreon y que ahora los que donen 10 o más podrán acceder a textos que tengo guardados bajo llave por cuestiones de copyright. Todo lo que escriba y prepare para publicación o para participar en concursos lo iré compartiendo allí y lo podrán leer meses (a veces años) antes de que salga publicado (si es que alguna vez se publica). En mi opinión, son de mis mejores trabajos, así que si les gusta lo que escribo, consideren ayudarme a crecer como escritora y de paso ganarse así el acceso a estos textos tan exclusivos.

Sin más que decir, los dejo ir al texto prometido. ¡Feliz lectura!


“Ella era la noche misma. Oscura, calma, serena. Tenía un alma pacífica y un rostro delicado. Ella era la música que tocaba el corazón de los que se quedaban quietos en el silencio. Piel tersa y expresión eterna; espíritu eterno y bellísimos labios. Un beso y te hacía dormir; un beso y te hacía soñar.”

“Él era uno de esos hombres con los que podías encontrarte en cualquier lugar sin que te llamara la atención, porque una mirada perdida o un ceño fruncido distraído pueden fácilmente distraer a los mortales. Pero si esperas y tus ojos se encuentran con los suyos, una sonrisa astuta empezará a mostrarse. En un segundo, el hombre simple desaparece y surge le hechicero. Un nuevo mundo se abre para ti justo en el brillo de sus ojos, desbloqueado por su mágica sonrisa.
Y entonces él mira hacia otro lugar y parece ser un humano normal otra vez; pero tú ahora sabes que no lo es. Tú sabes que acabas de conocer a un viejo mago, a un espíritu travieso, un eterno cuentacuentos; y él te ha introducido a una nueva forma de ver la vida que jamás se irá.”

“Algunos decían que era un dios del sol, otros lo veían como a nada más que un viajero que accidentalmente se había tropezado con su taberna. Pero bien sabido es que los taberneros, tan acostumbrados a rarezas y con ojos aburridos para mirar lo extraordinario, nunca se fijaban en los jóvenes.
Éste en particular tenía rayos de luz por cabellos y una sonrisa que no conocía descanso. Su mirada simple escondía secretos de aquellas tantas veces que sus pies inquietos lo habían arrojado a aventuras en tierras mágicas, y su cuerpo enjuto camuflaba la astucia y agilidad de un zorro.
Qué tristeza, tabernero; por perder tu tiempo oyendo cómo un viejo hechicero, uno más del montón, mató a un dragón el siglo pasado, te quedaste sin oír la voz de quien el día de mañana será una verdadera leyenda.”

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Cuando somos

Alzo los ojos al cielo y te veo, luna, pero te he visto hace apenas un instante en otro lugar del firmamento. Me giro y encuentro a esa otra como tú. Y una más. Y una más. Las empiezo a contar: tres, cuatro… diez, once… veinte, veintiuno, veintidós… El cosmos está plagado de réplicas de tu belleza y de ese mágico fulgor musical que da sentido a la noche y sus estrellas.

La realidad me maravilla y grito a los presentes para que no se vayan de ella, que no desvíen su atención un solo segundo; porque la eternidad bien gastada estaría en mirarte a ti y a tus hermanas hasta que el tiempo deje de fluir y no haya más hálitos que suspirar.

Aparece entonces una magia que me habla y me asegura que no estás allí. Elijo no creerle porque te veo, y viéndote, te hago real. Pero a pesar de la resistencia, cae a mi mente esa realización súbita: no, no estás allí. Estoy soñando, lejos de mi cuerpo y en lo profundo de un mundo bendito por la presencia de tantas como tú.

Pero si no estás realmente ahí, ¿estoy realmente aquí? Yo confirmo tu realidad con mi mirada. Dicen que si pienso, existo, pero es cuando nos vemos que soy. Porque somos en relación y un alma solitaria no puede gritar tan fuerte como para que un universo vacío la perciba.

Si no estás ahí para que te dé existencia, si no puedo ver el fuego de mi alma reflejándose en tu luz tenue, ¿cómo saber quién es la que no existe de nosotras dos?

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Artista: JustV23

 


Dedicado a Sebastian Laria.


© Registado en Safe Creative, código 1606078093365.


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Bajo el Vestido

Ella bajó las escaleras con gran alegría y se permitió saltar los últimos dos escalones a pesar de los zapatos que llevaba ese día. Las joyas que colgaban de su cuello brillaron con su mismo júbilo y su vestido lleno de volados se agitó como si no aguantase las ganas de bailar.

Un grupo de damas la recibió sin tanta euforia, haciéndole espacio en la conversación por la simple pérdida de altura que significaría no hacerlo. Dos hermanas desenvainaron sus abanicos y escondieron sus expresiones llenas de prejuicio tras ellos. La joven Adelaide no pareció darse por aludida y agitó su cabello rubio con elegancia, trayendo hacia sí el recuerdo de haberse hecho la manicura, la cual necesitó urgentemente mostrar a sus compañeras de habladurías.

Aparté la vista cuando sus ojos cruzaron fugazmente los míos y regresé mi atención a los hombres que me rodeaban, sin deshacerme de la imagen de aquella dama tan superficial e ingenua.

La noche se movía con ligereza. Muchos se encontraban en un baile serio y aburrido que más que un coqueteo era una excusa para deshacerse de la rigidez de tantas horas de pie. ¿Yo? Yo me senté y esperé a que el alcohol hiciera lo suyo.

Me relajaban las fiestas y me divertían los hombres nobles. Sus máscaras caían con rapidez y, cuando ya no había más de ellos de lo que reír, las damas recién comenzaban a alegrarse. Un ritmo perfecto.

Dejé mi copa y caminé, mirando quiénes seguían allí y en pie. Muchos habían caído en la comodidad de una charla relajada, otros habían partido cuando la decadencia comenzó.

Adelaide estaba del otro lado del salón, caminando hacia una puerta con gran prisa. Seguía sobria, pero había estado bebiendo, lo que la haría una presa que caería fácilmente ante un elegante y seductor cazador como yo.

Me apuré tras ella y la vi doblar en un pasillo. La alcancé y tomé del brazo con firmeza pero sin una rudeza que pudiera espantarla. Su voz aguda resonó en mis oídos preguntándome qué hacía, a lo que respondí guiñándole un ojo y pidiéndole que confiara. Sabía qué hacer y confiaba en mi habilidad para satisfacer a una dama embriagada por el alcohol y mi propio perfume.

Entramos en una habitación, cerré la puerta con un pie y le di un giro para que estuviera en mis brazos. Sentí su resistencia indicándome que no podía confiar tanto en lo que hubiera bebido; mis dotes tendrían que compensarlo.

Tomando su mano, hice que diera una rápida vuelta y la dejé caer sobre la cama que estaba deseosa de prestarnos sus servicios. Ella cayó forcejeando y le prometí que tendría una buena noche en lo que desajustaba rápidamente su corsé, revelando su masculino pecho plano y abdominales marcados. Su cabellera rubia había caído para revelar una cabeza pelirroja. Sus brazos se fortalecieron en un instante y me dedicó una sonrisa maliciosa, a la vez que me entregaba una vez más aquella forzada voz femenina.

“Buenas noches” dijo él con tono seductor. Luego un golpe.

Dolor, negrura.

Inconsciencia.