La Catedral de las Sílfides

siéntate a oír las historias del viento


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Gente mágica, textos en las sombras

Saludos, lectores, bienvenidos otra vez a mi pequeño rincón de palabras. Hoy vine a compartirles algo que surgió de un post en facebook. En una página se preguntaban cómo un autor los describiría y yo me ofrecí a hacerlo con quienes me pasaran una foto. Lamentablemente perdí el enlace y sólo recuperé tres de las que hice, pero me gustaron lo suficiente como para quererlas compartir.

En mi opinión, hay magia en leer la descripción de alguien, imaginar un nuevo rostro, y abrir la puerta a ese ser para que nos llene de historias. He inventado libros enteros gracias a una descripción, un dibujo o una fotografía de un rostro que me arrastraron a soñar con nuevas vidas en nuevos mundos.

Aprovecho a contarles que cambié las recompensas en mi patreon y que ahora los que donen 10 o más podrán acceder a textos que tengo guardados bajo llave por cuestiones de copyright. Todo lo que escriba y prepare para publicación o para participar en concursos lo iré compartiendo allí y lo podrán leer meses (a veces años) antes de que salga publicado (si es que alguna vez se publica). En mi opinión, son de mis mejores trabajos, así que si les gusta lo que escribo, consideren ayudarme a crecer como escritora y de paso ganarse así el acceso a estos textos tan exclusivos.

Sin más que decir, los dejo ir al texto prometido. ¡Feliz lectura!


“Ella era la noche misma. Oscura, calma, serena. Tenía un alma pacífica y un rostro delicado. Ella era la música que tocaba el corazón de los que se quedaban quietos en el silencio. Piel tersa y expresión eterna; espíritu eterno y bellísimos labios. Un beso y te hacía dormir; un beso y te hacía soñar.”

“Él era uno de esos hombres con los que podías encontrarte en cualquier lugar sin que te llamara la atención, porque una mirada perdida o un ceño fruncido distraído pueden fácilmente distraer a los mortales. Pero si esperas y tus ojos se encuentran con los suyos, una sonrisa astuta empezará a mostrarse. En un segundo, el hombre simple desaparece y surge le hechicero. Un nuevo mundo se abre para ti justo en el brillo de sus ojos, desbloqueado por su mágica sonrisa.
Y entonces él mira hacia otro lugar y parece ser un humano normal otra vez; pero tú ahora sabes que no lo es. Tú sabes que acabas de conocer a un viejo mago, a un espíritu travieso, un eterno cuentacuentos; y él te ha introducido a una nueva forma de ver la vida que jamás se irá.”

“Algunos decían que era un dios del sol, otros lo veían como a nada más que un viajero que accidentalmente se había tropezado con su taberna. Pero bien sabido es que los taberneros, tan acostumbrados a rarezas y con ojos aburridos para mirar lo extraordinario, nunca se fijaban en los jóvenes.
Éste en particular tenía rayos de luz por cabellos y una sonrisa que no conocía descanso. Su mirada simple escondía secretos de aquellas tantas veces que sus pies inquietos lo habían arrojado a aventuras en tierras mágicas, y su cuerpo enjuto camuflaba la astucia y agilidad de un zorro.
Qué tristeza, tabernero; por perder tu tiempo oyendo cómo un viejo hechicero, uno más del montón, mató a un dragón el siglo pasado, te quedaste sin oír la voz de quien el día de mañana será una verdadera leyenda.”


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Azkaban te da la bienvenida

Qué extraño, no recordaba que hubiera un puente aquí… ni una isla allá. Pero la dirección es la correcta, así que cruzo sin pensar mucho y me adentro en el terreno rocoso. Un torreón simple y añejo es el único edificio, agregando una pincelada de lobreguez al paisaje ya macabro. ¿Quién había diseñado aquel lugar? Era una desgracia arquitectónica. Seguramente por eso no lo hubiera visto antes; mi cerebro habría hecho un esfuerzo faraónico para ignorar aquel monstruo gris que se recortaba contra el paisaje.

Reviso mi lista de entregas y ésta me confirma que allí debo ir. Azkaban, tercer piso, celda 5 2/3, junto a la escalera. En el borde de la hoja alguien escribió “bwahaha”, lo cual me había hecho gracia en un primer momento, pero ya no. Representaba demasiado bien el espíritu de aquel lugar. Tal vez incluso fuese el nombre del puente. No me habría sorprendido.

Entro al lugar y me encuentro que, afirmativamente, es una prisión. Parece abandonada a simple vista, pero no tardo en ver celdas ocupadas. Algunas risas delirantes quiebran el silencio y me replanteo mis elecciones de vida. Más vale que saque una buena propina de esto.

La celda 5 2/3 tiene a un hombre muy descuidado en ella. Parece que no se ha bañado en meses. Su cabello es un asco y me esfuerzo por no mirarle las manos porque sé que comerá con ellas.

-¿Una pizza napolitana con ajo como para matar un vampiro? –pregunto leyendo mi lista de entregas con el mono-tono más profesional que puedo esgrimir.

-Sí, sí, aquí –me responde extendiendo su mano entre los barrotes de su celda. Le acerco la pizza teniendo cuidado de que no pueda agarrarme; no se me ha pasado por alto que allí no hay guardias para salvar mi vida.

El hombre asalta la caja con fiereza y come como si no hubiera un mañana, parando sólo para tragar y para echarme unos billetes. Luego pone una porción de pizza sobre otra y me las entrega.

-Dáselas al perro de allá –me indica.

-Los perros no deben comer ajo –digo sin pensar. ¿Por qué demonios hay un perro en una celda? ¿Qué clase de lugar es ese?

-Está bien, no es un perro en realidad. ¡Eh, Sirius! Muéstrale tu fea cara –grita a la negra criatura. En un parpadeo, el can se convierte en un hombre engarbado, tan sucio y desprolijo como mi cliente. Intento no pensar mucho en eso y le entrego las porciones de pizza, las cuales recibe sin mirarme a los ojos y murmurando algo ininteligible.

-¿Qué es este lugar? –pregunto sin poder salir de mi asombro.

-Es una prisión –responde mi cliente-, una prisión para magos.

-Vaya magia la de ustedes –exclamo retrocediendo unos pasos del hombre-perro.

-No sabes lo que me costó conseguir este aparatito muggle –dijo mostrándome un celular. Nunca oí la palabra “muggle”, pero supongo que es un insulto, una joya de la jerga carcelaria, así que no pregunto-. Generalmente comemos las ratas que podemos cazar, pero se están reproduciendo poco últimamente. Hay que tener cuidado; si las matamos a todas, nos quedaremos sin comida.

-¿No hay un alcaide a cargo de este lugar? ¿O policías o agentes penitenciarios?

-No, estamos a nuestra suerte.

-Pero… esto no es una condena carcelaria, es una reclusión mortal. Son más esclavos que presidiarios, y la esclavitud es ilegal en Inglaterra desde 1833.

-Sabes mucho para estar al servicio de una pizzería.

-Soy estudiante de trabajo social, reparto pizzas para pagarme la carrera. ¿No tienen familiares allá afuera que protesten por estas medidas? –Dudé-. ¿El gobierno sabe?

-El gobierno nos puso aquí.

-Se armaría un escándalo a nivel internacional si se supiera de este lugar.

-¡Deja de defendernos, somos escoria! –me grita un hombre desde otra celda. La angustia en su voz me hace un nudo en la garganta.

-Esto está mal… –repito mirando a mi cliente. Él me devuelve una mirada cansada.

-Somos magos tenebrosos, chico. Asesinos y criminales de guerra.

-Pero aun asesinos se pueden rehabilitar. Especialmente si fueron asesinos en tiempos de guerra, donde el matar o morir lleva a la gente a traicionar sus propios valores con tal de salvarse o proteger a sus seres queridos.

-No según nuestro ministro. La mayoría aquí tenemos prisión perpetua y es por eso que no les importa si nos rehabilitamos o no.

-¿Pero y las apelaciones? ¿Y la libertad condicional? ¿Reducción de condena…?

-Nada, nada.

-¡Es terrible!

-Y díselo a Sirius –señala al hombre-perro-, él es inocente. Todos aquí lo sabemos.

-¿Qué? ¿Y su abogado no tiene instancias para apelar la condena?

-¿Abogados? ¡Pff! Sobreestimas nuestro sistema legal. Él ni siquiera tuvo un juicio.

-¡¿Qué?! ¡¿Qué clase de juez lo condenó?! Tiene que ser destituido de inmediato y juzgado por crímenes de lesa humanidad.

-No fue un juez, fue el director del Departamento de Seguridad Mágica, que actualmente es nuestro primer ministro.

-¡¿Quién eligió ministro a ese monstruo?! ¿La gente sabe de esto?

-La gente sabe y celebra que estemos encerrados aquí. Somos asesinos, ¿sabes? –repite con una mueca perturbada.

-Sí, ya sé, pero… ¿Es por eso que no hay agentes penitenciarios en este lugar? ¿Para que nadie denuncie las terribles condiciones en las que viven?

-Hay unos seres custodiándonos, dementores se llaman. Ellos se alimentan de felicidad y pueden comerse nuestras almas.

-No vi ninguno de esos –medito. Pensaría que todo no es más que el delirio de un hombre loco, pero no puedo ignorar que algo mágico hay habiendo visto al hombre-perro.

-Los muggles no pueden verlos, pero ahí están, a toda hora, alimentándose de nosotros.

-Pero si esto es parte de un mundo mágico, ¿por qué no poner seres que destilen amor y felicidad? ¿Por qué torturar a almas ya atormentadas por pasados difíciles si se ha demostrado que la empatía y el cariño pueden mover montañas? Tal vez no a los que tengan alguna psicopatía, pero al menos a algunos rehabilitarías.

-Sería agradable –dice blandiendo un trozo de pizza con un gesto pensativo-. Una cárcel donde uno sólo sienta felicidad y alegría. Ciertamente disuadiría a los del otro piso que están planeando fugarse. Por cierto, ¿cómo es que te ves tan bien?

-¿A qué se refiere?

-¡A los dementores! Aunque no los veas deberían haberte afectado. ¿Por qué no te ves miserable? –Esta vez es mi turno de mostrarle a aquel lugar una risotada sombría.

-Señor, estoy en época de exámenes finales. Yo ya no sé lo que es la felicidad.

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Dedicado a la futura trabajadora social Noelia Rueda y a todos los estudiantes a los que les han robado sus almas a través del sistema educativo. Los dioses se apiaden de sus existencias.

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Si les gustó esta entrada, sepan que tengo otro escrito de Harry Potter esperándolos.


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Harry Potter arruinó mi vida

Nerviosa, golpeteé la silla con la punta de los dedos y respiré profundamente. Ser auror había sido el sueño de mi vida desde niña y sabía que sería buena en ello, aunque hubiera tardado en animarme a tomar la decisión. Los últimos eventos del mundo mágico me habían inspirado.

Varias personas pasaron antes que yo y salieron en silencio poco tiempo después. No había celebraciones ni expresiones de alivio, por lo que supuse que el entrevistador debía ser difícil.

Cuando finalmente fue mi turno, acomodé mi túnica, enderecé mi postura y entré con mi mejor sonrisa. Un hombre de mirada severa y mandíbula cuadrada me saludó con un cabeceo.

-Siéntese, por favor. Emmeline Abbott, ¿correcto? Soy Evan Silverwick, conduciré su entrevista hoy.

-Un gusto conocerlo, señor Silverwick.

-Cuénteme por qué desea ser auror.

-En mi país, Inglaterra, hubieron muchas instancias de gran peligro social y la impotencia una y otra vez ocupó un gran lugar en mi vida. Probé diferentes carreras, pero nunca se fue de mi mente que el proteger al más débil era mi destino.

-¿Por qué no se quedó a servir en Inglaterra?

-Había demasiados aplicantes; no necesitaban más aurores.

-Comprendo. –Quitó su atención de mí y la puso en mi currículo. Aproveché a rearmar mi postura y acomodar cualquier cabello fuera de lugar que pudiera hacerme ver rebelde o poco aplicada-. Veo que tuvo excelentes notas durante su cursada. ¿Ravenclaw?

-Sí, señor.

-Excelente, hemos tenido buena experiencia con los de su casa.

-Creí que los Gryffindor sobresaldrían en este trabajo.

-Para nada. Dejamos de contratarlos porque saltaban a la acción sin pensar dos veces en las consecuencias. Demasiado alocados, ¿sabe? Mucho papeleo y borrado de memorias a los muggles… –Pasó una hoja y la confusión se adueñó de su expresión-. ¿Dónde están sus notas de los ÉXTASIS?

-No pude tomar los exámenes.

-¿Por qué exactamente?

-A fin de mi séptimo año un alumno de segundo mató una serpiente en un baño y el director canceló todos los exámenes para celebrar.

-¿Disculpa? –exclamó perplejo. Me encogí de hombros-. Bueno… He oído que el director es algo extravagante. Necesitaría que me traiga una nota suya verificando lo que me dice y…

-Oh, no, fue asesinado –expliqué servicialmente. El señor Silverwick frunció el ceño pero torció una mueca que me indicó que deseaba no preguntar.

-Entonces… necesitaría una nota de quien sucediera a este hombre…

-Tampoco será posible, él fue quien asesinó al director anterior y…

-Está en Azkaban ahora.

-No, lo mataron también. –Silverwick me miró con expresión turbada.

-Tráigame una nota firmada y sellada por quien sea que haya sucedido a ese hombre, o a quien sucediera a ése en caso de que también lo mataran. Haré entonces una petición para que abran una instancia extraordinaria para que tome los ÉXTASIS.

-¿Me los tomarán en el colegio?

-¿Por qué? ¿Hay algún problema con el colegio?

-Es que el edificio entró en reparaciones luego de que un grupo de psicópatas y fugitivos de la ley le declararan la guerra a unos adolescentes. –Un denso silencio se alargó entre nosotros.

-¿Y… cree que las reparaciones tomen mucho tiempo?

-Sí, el presupuesto bajó mucho luego de que GreenSpell demandara al colegio tras enterarse que un par de alumnos tiraron hombres lobo por un acantilado o algo así. ¿Sabía que son una especie protegida? –Silverwick negó con la cabeza-. La actual directora tampoco sabía, por eso autorizó que pusieran los explosivos en…

-Agradezco su tiempo, señorita Abbott, la estaremos enviando una lechuza en los próximos días.

-No lo harán, ¿verdad?

-No, y por favor dé aviso a sus compañeros de Hogwarts que deben quedarse de su lado de la frontera o habrá represalias.

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Llevo tiempo sin reírme tanto mientras escribo. La idea de “los alumnos de séptimo perdieron los ÉXTASIS cuando Dumbledore canceló las clases” no es mía, la leí varias veces por ahí, pero no había encontrado a nadie que hubiera escrito algo con base en ella, así que decidí que lo haría yo. Hablamos mucho (dos horas) con un alumno de mi taller de escritura sobre la lógica del mundo mágico, así que pueden esperar que los escritos sobre Harry Potter continúen. ¡Toquen el botón de “seguir” para no perderse ninguno!

Decidí que la historia no ocurriría en Inglaterra porque sería absurdo que alguien del ministerio ignore lo que pasó en Hogwarts, pero no necesité irme muy lejos ya que, siendo que Voldemort nunca logró hacerse con el poder, los otros países podrían no haberse enterado o no tener su nombre tan presente. Si esta explicación no les satisface, les dejo otra, mucho más mágica: el buen Silverwick vive, literalmente, en un tupper.

Si les gusta mi arte, por favor consideren apoyarme en mi patreon. Toda contribución, por más pequeña que sea, es un enorme salto en mi carrera como escritora.

¡Ravenclaw rules!

Si les gustó esta entrada, sepan que tengo otro escrito de Harry Potter esperándolos.

~Ancient Forest


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¡Nuevos espíritus acercándose!

Lu Ten fue el único hijo nacido de Lu Tse, la luna, y Tab Ban, un lamub’arr negro. Solía hablar con su madre todas las noches y cazar con su padre todos los días. Cuando decidió vivir con ella, siguiéndola a las profundidades de su reino, una poderosa magia lo tocó.
Esta historia será parte del libro de cuentos tradicionales de los alas’arr, esa raza de magnificencia física y espiritual.
¡Quédense cerca para no perderse nada!
Cuentos ya disponibles:


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Palabras al viento

Las sílfides, a veces también llamados silfos, son uno de los cuatro tipos de espíritus elementales. Están asociadas al aire, al viento y los pensamientos. Pueden ser tan pequeñas como una mariposa o lo suficientemente masivas como para cubrir el cielo a su paso. Es fácil reconocerlas por sus ganas siempre presentes de danzar y arremolinarse.

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Las sílfides son aquellas que impulsan el vuelo de los gigantescos rocs e inspiran la música de los cantos de ballena. Son espíritus locuaces y charlatanes, transportando chismes hasta los grandes oídos de los gnomos y soplando historias en las largas orejas de los elfos. Conocen todos los cuentos, las mentiras y los chistes. Son infantiles y juguetonas, haciendo bailar a las hadas, despeinando a los dientes de leones y jugando con todo lo que no esté firmemente agarrado al suelo.

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Los cantos de ballena son llamados así por el ruido que hacen al pasar, el cual se suma al viento para agregarle un toque de magia.

Pero también son espíritus llenos de sabiduría: han sido parte de la respiración profunda de los maestros alcanzando la iluminación, han mantenido vivos los mantras a través de los años y llevado el ritmo de los tambores tribales hasta el último rincón del planeta.

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Tolkien, como yo, era un amante de los rocs. Siendo de una ciudad ventosa, crecí viendo las figuras de estos masivos espíritus contorneándose con el polvo que levantan al batir sus alas.

 

Todos los espíritus de la naturaleza, las plantas, animales y aquellos humanos conscientes de su existencia celebran a los elementales; pero mientras las salamandras y su fuego son veneradas, las ondinas y su agua son agradecidas, y los gnomos y su tierra son honradas, las sílfides son el centro de su propia fiesta.

Llenas de danza, porque las hadas no irán a una fiesta a la que no puedan bailar, de canciones y diversión, visitan los árboles centrales de los bosques, aquellos llamados catedrales por su tamaño y sacralidad. Y una vez los animales se hubieron cansado, que los cantos se hubieron acabado y los espíritus hubieron encontrado donde sentarse, se hace un gran silencio.

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A veces las catedrales no son tan obvias en el paisaje, pero siempre sobresaldrán por la intensa energía que las rodea.

Las sílfides, entonces, comienzan a narrar sus historias.

Historias que han oído susurrar, que desde el cielo han visto ocurrir o que han inventado mezclando las palabras que se han gritado a sus ráfagas. Con su sabiduría, lengua rápida y almas pacíficas, las sílfides derraman su magia sobre los invitados y se aseguran así de cumplir algunas de sus tantas misiones: que los sueños susurrados al cielo lleguen a quien pueda cumplirlos, que ese mensaje soltado al viento alcance los oídos indicados y que el paso de cada ser por el mundo jamás sea olvidado.

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Desde hace un tiempo quiero traerles el origen del nombre de esta página, así que aquí está.

Esto no es algo que yo inventara, todo es parte de las creencias que yo sostengo y que me han llegado a través de distintas corrientes filosóficas y espirituales.

Espero disfrutaran la breve narración y por favor háganme saber si les gustó que integrara imágenes o les parece que las interrupciones en el texto perjudican más de lo que aportan. Estoy probando hacer de esta página una experiencia más sensorial, para que ese narrador en la cabeza de cada uno no se aburra.

Magia, viento e inspiración para todos.


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Revolución Reign: Príncipe – Capítulo 7

Capítulo anterior: https://lacatedraldelassilfides.wordpress.com/2016/04/07/revolucion-reign-principe-capitulo-6/

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–¡Reign! –oí. Era todo lo fuerte que un susurro puede ser sin convertirse en un grito. Me preparé para abrir los ojos justo cuando algo golpeó mi frente.

–¿Qué haces? –Sorsz estaba allí, mirándome con su cara de estúpido de todos los días.

–Levántate, mini héroe, tenemos que desayunar temprano para nuestra clase de espada. –Así que eso era lo que lo tenía tan contento–. ¡Levántate! –me ladró, pero no había subido el tono.

Salió y me dejé caer en mi mullido colchón. Path me dio un puñetazo al estirarse, haciéndome recordar, del peor modo posible, que estaba allí. Por eso Sorsz susurraba… Por eso tenía esa expresión tan estúpida.

–La próxima vez –le dije haciéndolo apartarse–, duerme en el sofá.

–¿Qué tiene de malo tu cama?

–Yo estoy en ella.

–No me molestas, eres muy quieto.

–¡Tú no! Además Sorsz piensa que pasa algo más entre nosotros.

–¿Y crees que esté celoso? –inquirió con picardía abrazándome por la cintura. Disfruté el golpe que le di como pocas cosas en mi vida, principalmente porque no estaba en posición de devolvérmelo. Path rió a carcajadas y rodó hasta caer al piso; allí se acostó boca abajo y se acomodó otra vez–. Hasta tu piso es cómodo –dijo con una sonrisa.

–Ah, ahora no quieres dormir en la cama –comenté con acidez. No respondió más que exagerando su comodidad, por lo que lo golpeé con la almohada. Justo entonces la puerta se abrió y Sorsz volvió a asomarse en silencio, mirándonos fijamente.

–Ash supervisará nuestra clase –dijo serio–, así que desayunará con nosotros. Apúrate.

–Está bien, ya voy.

–Ya está ahí, apúrate.

–Ya entendí –repetí lentamente. Él me miró como si acaso fuese tonto y bajó la voz.

–¡Se va a dar cuenta! Esconde a tu enamorado y mantenlo callado.

–¡Hola! –saludó Path. Nuestro hermano lo miró unos segundos antes de responder.

–Hola –dijo como si acaso no pudiese creer que esa hueca cabeza rubia hablase. Luego volvió la vista a mí y cerró la puerta.

Me bajé de la cama pisando la espalda de mi hermano y me vestí mientras él invadía mi cama otra vez, tan dramáticamente que me pregunté si realmente había entendido la advertencia de Sorsz. Lo ignoré y me apresuré al comedor.

Ash estaba sentado en el lugar que correspondía a Sorsz y mi hermano estaba en el mío. Me senté en la cabecera, lugar de mi padre, y recibí sus miradas de sorpresa como un halago. Desayunaríamos sólo nosotros tres, por lo que me permití ser un poco más rebelde; y si el farseer me delataba, confiaba que a mi padre no le importaría o, por el contrario, lo encontraría valiente y lo aprobaría.

Nadie habló mientras comíamos. Sorsz se veía animado, pero noté que se frotaba el abdomen. Era un gesto sutil y disimulado, pero lo atrapé haciéndolo más de una vez. Por lo visto aún no había mejorado del dolor que le imposibilitara cenar la noche anterior. Parecía un joven príncipe con semejante despliegue de delicadeza.

Ash se absorbía tanto en sus pensamientos como solía hacer Crown, lo que hacía fácil observarlo, ya que no se daba cuenta. Tenía más años de los que aparentaba a simple vista: su mirada perdida y expresión distante revelaban que tenía, tal vez, la edad de mi padre.

Su cabello era oscuro y sus cejas estaban muy pobladas, rasgos extraños en el sur. Su mandíbula bien marcada, manos gigantescas y no pocas cicatrices a pesar de que usualmente no iba armado, terminaban de completar su apariencia de forastero. Pero no era posible que…

–¿De dónde eres, Ash? –pregunté con inocencia. Él se sobresaltó de inmediato y Sorsz me miró confundido–. Oí hace un tiempo que algunas personas entraron a la ciudad en algún momento… hace muchos años –Ash entornó la vista, tal vez había sido un error decir aquello–. Supongo que era mentira, no es algo que creyera de todos modos –me encogí de hombros.

–Nací en Obsidione –dijo finalmente–, en un pueblo pequeño llamado Salto del Valle. –Lo miré con una sonrisa–. Sé que me veo extraño aquí, pero era bastante común en el norte. Si me ponía de espaldas con mis amigos, a mi madre le tomaba al menos tres intentos adivinar cuál era yo –comentó alegre por el recuerdo. Era la primera vez que lo veía con tal expresión.

–Pero entonces tu nombre no puede ser Ash –apuntó mi hermano–, tienes que tener un nombre en Magno Romance.

–No es un nombre que guste recordar. –Jugueteó con un trozo de pan.

–¿Tan malo es? –Se aventuró Sorsz. El farseer sonrió, tensando la cicatriz en su mejilla.

–Capricho. En Daggard ustedes me llamarían “Whim”.

–¿Y por qué quisiste cambiártelo? –pregunté.

–Era el día de mi cumpleaños catorce; oficialmente en el norte eres un hombre a esa edad, así que estaba muy emocionado. Me fui a escalar, disfrutando mi nueva libertad, y vi un fénix. Era muy pequeño y tenía un ala rota; parecía que alguien lo había golpeado con una piedra. Fui a tomarlo, pero se inmoló justo entonces. Esperé que se hiciera una pila de cenizas, pero no fue así: el fuego sólo creció en tamaño hasta ser una inmensa llamarada, la cual se apagó con el aleteo del ave, que ya se veía adulta. Me miró unos instantes y emprendió vuelo.

»Me cambió esa experiencia. Las cenizas ya no eran el final del que el fénix renacería, sino un instante en el acto de la transformación. Tomé ese nombre y, cuando llegue aquí, comenzaron a decirme Ash, porque no todos pronunciaban bien la palabra en mi idioma.

–¿Y cómo llegaste aquí exactamente? –inquirió Sorsz. El farseer pareció recordar con quiénes estaba. Se puso serio y volvió a ser el perro a punto de morder que siempre era.

–Eso no les incumbe. Terminen de comer y quédense quietos un cuarto de hora, luego caminen otro cuarto y vayan a la sala de armas. Middlelos recibirá. –Se puso de pie violentamente y agarró el plato que le correspondía, acostumbrado a llevarlo a la cocina.

–¡Alto, alto! –protestó Sorsz–. ¿Middle? No hay ningún Middle decente en Ars Vigil.

–Su padre decidió que él era el hombre que debía instruirlos.

–¡¿A ambos?! –exclamó mi hermano, ahora sí estaba horrorizado–. Yo debo estar en una clase mucho más avanzada que Reign. Él ni siquiera sabe agarrar una espada.

–Vaya a protestar con su padre si no le gustan sus decisiones, lord Sunrise. –Inclinó la cabeza en un saludo forzado y salió casi como si marchara. Sorsz inmediatamente perdió toda su alegría y no intentó esconder el hecho de que estaba de muy mal humor.

Acabamos el desayuno y seguimos órdenes, pero en vez de caminar, nos quedamos la media hora echados en el salón de té sin hablar. Mi hermano bostezaba y me hizo considerar dormir, pero fue entonces cuando decidió que tenía ganas de conversar.

–¿Cómo está tu relación con Path?

–Bien –dije sin más. Sorsz no parecía conforme, pero no quería hablar de eso con él.

–¿Cómo es él?

–Alegre –me encogí de hombros–, risueño.

–¿Qué hace para vivir?

–Ropa.

–¿Y vive bien con eso?

–Vive –puntualicé.

–No debería pasar necesidad siendo tu compañero.

–Nadie debería pasar necesidad.

–Sí, esa forma de pensar te ha hecho ganarte algunos problemas.

–Lo vale.

–¿Cómo puede valerlo si no puedes cambiar nada?

–Cambiaré las cosas. No sé cómo, pero me niego a vivir en un mundo tan injusto.

–Señores, ¿cuánto tiempo más van a estar aquí? –dijo Ash apareciendo nuevamente. Lo miramos con aburrimiento, inmóviles, y se enfadó–. ¡Arriba, ahora! Su padre me envió a supervisarlos y no permitiré esta holgazanería bajo mi guardia. ¡Arriba!

Nos levantamos con toda la extenuación que nos fue posible expresar y caminamos juntos. Me preocupaba que el tal Middle fuera un incompetente, no me gustaba aprender mal ni aún aquello que no quería aprender, pero que aquello matara el buen ánimo de Sorsz fue un alivio. Sentir que estábamos juntos en el sentimiento me resultaba agradable.

Middle era el hombre con el bigote más feo que había visto jamás. El vello facial era raro en el sur, ya que habíamos heredado lo lampiño de los elfos y teníamos que rondar los veinte años para que nos empezara a crecer, por lo que muchos de aquellos que desarrollaban barba o bigote se lo afeitaban por simple estética, yo entre ellos. Mi padre y Sorsz se permitían dejar crecer el vello y no era fácil decirles que no les quedaba bien, aunque nunca dejaban pasar más de unos días antes de agarrar la navaja. Nuestro nuevo maestro de espadas, por otro lado, habría asqueado al más velludo norteño.

Me costaba dejar de mirarlo y eso me hacía perder el hilo de la conversación, lo cual no era muy grave porque Sorsz no hacía más que discutir. Él quería un trato acorde a sus años de práctica, pero Middle se negaba rotundamente a acceder a esa demanda, diciendo que, dado que no nos conocía, empezaría con ambos desde el principio. Si mi hermano demostraba sus capacidades, tal vez, y tal vez fueron las palabras que reanimaron la discusión, le permitiría pasar a una clase más avanzada.

La clase comenzó con la forma correcta de agarrar una espada; de madera para evitar que yo matara a alguien accidentalmente. Middle iba muy lento en sus explicaciones y hablaba como si quisiera exasperar aún más a mi hermano. Los golpes básicos me fueron mostrados una y otra vez antes de permitirme practicarlos.

Finalmente nuestro maestro accedió a hacer algunos movimientos con Sorsz, por lo que me aparté para no interrumpir todo el despliegue de violencia que veía venir.

–¿Whim? –pregunté acercándome al farseer.

–No me llame así, lord Reign.

–Lo siento, quería preguntarte… ¿Alguna vez viste un dragón?

–Sí, lord Reign –respondió con un suspiro agraviado–, compartimos frontera con ellos.

–¿Has peleado alguna vez con alguno? ¿Así es como conseguiste esas cicatrices?

–¿Me veo lo suficientemente estúpido como para iniciar una pelea con un dragón?

–No necesariamente tendrías que haberla iniciado.

–No, nunca he peleado con un dragón. Ellos no dejan cicatrices, sólo muerte.

–Pero los hay pequeños, sé que son muchas razas.

–Aún esos son más grandes que un caballo y escupen fuego. Además, mientras más pequeños, más astutos.

–Entiendo. ¿Cuánto tiempo te tomó viajar hasta aquí?

–Una lunación y media.

–¡¿Una y media?! Carga pesada entonces.

–Sí, veníamos con muchas cosas.

–¿Veníamos quiénes?

–Por favor vuelva a su clase, lord Reign.

–¿Por qué viniste aquí?

–Eso es personal, vuelva a su clase ahora.

–¿Es cierto lo que dicen de los norteños? ¿Son realmente tan diferentes?

–Sí, lo somos, por favor –insistió extendiendo su mano.

–Una cosa más. –Me acerqué–. ¿A ti también te resulta desagradable el bigote de Middle? –pregunté en susurros. Nuevamente fui tomado de sorpresa por una carcajada, pero no recibí más respuesta, ya que al farseer le costó demasiado recuperar la compostura.

Volví donde el maestro y Sorsz, y ambos me interrogaron con la mirada. Ash no reaccionaba así con facilidad y era bien sabido, pero quise guardarme el secreto de mi victoria.

Los días continuaron del mismo modo, pero algo sí cambió: comencé a seguir a Ash más que a los otros dos farseers, además de que lo empecé a llamar Whim cuando nadie más estaba cerca para oírme. Aprendí qué tipo de preguntas lo hacían entrar en guardia y querer alejarme, y cuáles otras lo emocionaban y hacían hablar. Comprendí que su amargura y mal carácter eran debidos a aquel forzado silencio que debía guardar sobre su identidad e historia, y eso me hizo querer saber la historia de los demás: Grass, Sense y el fallecido Snow; pero Whim me obligó a prometerle que no hablaría, convenciéndome al decirme que ni él ni yo escaparíamos vivos si alguno era lo suficientemente tonto como para hacer saber de nuestras conversaciones a Throne.

A pesar de las protestas de Sorsz, las clases continuaron y la tensión familiar desapareció. Mi madre comenzó a obsesionarse con cuidar a Sorsz debido a sus continuos dolores de estómago, pero él no tardó en ponerse firme y pedirle que parara.

Esperé a un día en el que mi padre se mostró de especial buen humor y conseguí obtener algunas cuantas conquistas tras lo que consideré mi mejor trabajo manipulativo en años. Compré a Path, pagando con el mayor exceso posible, un vestido para Northern por su cumpleaños. Mi hermana gritaba de emoción mientras nuestro medio hermano le tomaba las medidas, lo cual me hizo considerar presentarlos, pero él me indicó con un rápido vistazo que prefería mantenerse en el anonimato: demasiado difícil había sido ya haber logrado aquel encuentro en privado y hacer que ella prometiera no hablar de él sin preguntar por qué.

No hubo más cambios en mi vida a partir de entonces y todo se estabilizó, como ocurría cada año luego de las tres fases libres de año nuevo que mi padre nos concedía en lo que él buscaba maestros para nuestras clases.

Lo único que me molestaba era Sorsz. Había dejado de pedirme que le contara todo lo que hacía y ya no me amenazaba con Path, pero justamente eso me tenía inquieto. Siempre estaba de mal humor y parecía empeorar día a día. El estómago no había dejado de dolerle y eso lo mantenía lejos de la mesa muy a menudo, además de hacerlo ausentarse de sus obligaciones para con el ducado. Eso último estaba bien para mí, ya que mi padre me había encargado tomar su lugar, por lo que socialmente se me veía en una posición mayor y estaba aprendiendo con gran velocidad. Cada noche dormía con la tranquilidad de estar haciendo algo útil con mi vida. Finalmente la rebelión se alejaba y dejaba espacio a un futuro pacífico.

–¡No! ¡No, no, no! –gritó Middle golpeando la punta de su espada de madera contra el piso. Yo me había alejado para hablar con Whim, por lo que me sobresalté ante semejante reto. Mi hermano era excelente con la espada, pero aquel día lo había visto terriblemente disperso, por lo que no me costó imaginar lo que ocurría–. ¡No está siquiera escuchándome, lord Sunrise! –Sonreí por haber acertado, pero la expresión de Sorsz me quitó la alegría.

Se veía oscuro, un poco más de lo que lo había visto los días anteriores. Bajó la vista, distrayéndose otra vez, y pude verlo odiando algo lejano, algo que estaba escondido en la profundidad de su mente. Middle se enfadó ante aquel pequeño gesto.

–¡Lord Sunrise! –lo llamó golpeándolo con la punta de su espada en el vientre.

–Oh, arpías –exclamé sabiendo lo que vendría. Sorsz se dobló sobre sí mismo, retorciéndose de dolor mientras se agarraba el estómago con su mano libre.

Alzó la cabeza y su expresión se transformó: una ira asesina brillaba en sus ojos y sus dientes se mostraban con tanta rabia que mi propio hermano se me hizo desconocido.

Su mano apretó el puño de su espada y abanicó con tanta fuerza que oí el aire cortándose. Middle esquivó el golpe con su cuerpo, pero no tuvo el tiempo suficiente para retroceder completamente, por lo que Sorsz le dio de lleno en el brazo derecho, destrozándoselo y salpicando sangre a varios metros.

Whim se puso de pie, pálido, mientras el maestro de armas gritaba de dolor. Mi hermano arrojó la espada astillada contra la pared con tanta furia que terminó de partirla, y salió azotando la puerta mientras murmuraba improperios que yo nunca había oído.

Nos acercamos con el farseer al maestro de armas, quien se miraba la fractura expuesta con la boca abierta, ya sin aire para seguir gritando.

–Lord Reign –me sacó Whim de mi ensimismamiento–. Vaya a buscar ayuda.

–Ah, sí, sí –eché un último vistazo y, tras un escalofrío de asco, salí a tropezones.

Una hora más tarde me presenté en la puerta de mi padre, con un poco de sangre en la ropa y náuseas en la boca del estómago. Me detuve ante el guardia en la puerta, quien me saludó con una sonrisa temerosa. Dentro del estudio de mi padre se oía la discusión más acalorada que hubiese podido ocurrir entre dos sureños.

–¿Llevan toda la hora…? –Dejé la pregunta sin terminar y señalé la puerta.

–Sí, lord –tragó con dificultad–. Tendré que pedirle que sea paciente. –La puerta se abrió violentamente, pegándole al guardia y tirándolo al piso. Sorsz salió con la misma rabia con la que había dejado la clase de espada y pasó junto a mí sin siquiera verme–. Adelante, milord –indicó el guardia levantándose con tanta decencia como le fue posible recuperar.

Pasé fingiendo valía y me encontré ante mi padre, rojo y despeinado, y un estudio revuelto. Las cosas del escritorio estaban en el piso y el respaldo de la silla dejada allí para su invitado estaba hecho añicos. Sense y Grass estaban recogiendo lo caído y trataban de no hacer contacto visual con mi padre ni entre ellos.

–¿Qué quieres? –me preguntó él, jadeando.

–Ash me pidió que viniera, padre, para hacer el reporte en su lugar.

–¿Dónde está ese inútil?

–Aún con Middle, creyó que era importante que una figura como la suya siguiese todo lo que ocurría, ya que el maestro no me tiene en alta estima a mí.

–¿Y Middle?

–Un hailer lo está atendiendo, pero dice que no podrá salvarle el brazo.

–Sunrise, condenado salvaje… –gruñó.

–Middle lo golpeó en el estómago y le ha estado doliendo…

–¿Te vas a poner de su lado? –Mi padre me asustaba cuando estaba tranquilo, ya que nunca había llegado al punto de perder los estribos, pero ahora los había perdido. Y con total certeza, yo nunca había sentido tanto miedo.

–No, padre… Yo sólo… reportaba lo ocurrido.

–Bien, ahora lárgate. Ah, ahí estás –dijo mirando a la puerta. Whim había entrado y estaba recién recuperándose del impacto que le había causado el estado de la habitación.

–Milord –reverenció profundamente. Comencé a caminar a la puerta con la lentitud suficiente como para darme tiempo a oír algo–. Traigo los honorarios del hailer Rye[2] y la renuncia de Sir Middle, además de…

La puerta se cerró y dejé de oír. Caminé al comedor, donde sólo estaba Crown, mirando fijamente un tablero de madera pintado. No había fichas, pero parecía estar jugando de algún modo. Me acerqué y me apoyé contra el respaldo del sillón.

–Buena noticia para ti, ya no sentirás envidia de nuestras clases de espada.

–¿Qué pasó?

–Sorsz atacó al maestro.

–¿Lo mató? –preguntó con cierta alegría mórbida.

–¿Qué? ¡No! Sólo le lastimó un brazo –respondí incómodo. Crown se mostró decepcionado y dejó de hacerme caso–. Pero renunció, así que… –Él me indicó que me largara.

Sorsz no estuvo presente durante el almuerzo ni tampoco apareció a cenar. Sabíamos que se había encerrado en su habitación, pero nadie quiso ir a buscarlo. No había forma de saber qué sentía, y me preocupaba que aún estuviese furioso. Por suerte, feliz no sería; estaba seguro que sólo el más pequeño de los varones de la familia tenía un humor tan tétrico.

Me acosté y entregué al sueño. Me alegraba ya no tener que lidiar con Middle y poder dormir un poco más, aunque sí me daba un poco de lástima saber que ya no podría usar la espada para ganarse la vida. Imaginaba que mi padre lo compensaría, pero desconocía cuán generoso podía ser en esos casos.

¡Reign! –gritó alguien en mi sueño. Miré alrededor pero no había nadie–. ¡Reign! –insistió. Era una voz masculina, pero no tenía un rostro para ella. La imagen de lo que me rodeaba se empezó a esfumar y escuché una vez–. ¡¡REIGN!! –Salté en mi cama, totalmente despierto, y arrastré la mano hacia arriba por la pared para encender la luz, pero estaba solo–. ¡Reign, por favor! –suplicó la voz sin cuerpo.

–¿Tú otra vez? –pregunté mirando al techo.

Tu hermano te necesita, ¡ahora! –dijo contagiándome su urgencia. Pateé las sábanas y corrí al pasillo. Tenía tres hermanos, pero por algún motivo no dudé sobre cuál hablaba.

–¿Sorsz? –llamé encendiendo las luces de su habitación. Él estaba en su cama en posición fetal, dándole la espalda a la puerta–. ¿Estás bien? –Puse una mano en su hombro y eso pareció hacerlo soltar un quejido que estaba guardando. Lágrimas caían de sus ojos en un llanto lleno de dolor. Se asía el estómago con fuerza con ambos brazos–. Estás enfermo.

Reign –volví a oír una voz, ya mucho más calma–. Aquí estoy para ayudarte. Ve a la cocina, te guiaré.

–Ya vengo, Sorsz –le avisé y corrí hasta la cocina. Todas las luces estaban apagadas, por lo que las encendí y miré alrededor–. ¿Qué hago?

Busca un frasco con semillas blancas. Son redondas y no muy grandes –indicó.

–¿Cómo sabes que hay?

No hay una cocina de castillo que no las tenga, se muelen para dar un sabor picante a las comidas, pero si las disuelves en leche funcionarán para tu hermano. –Encontré un frasco de vidrio y reconocí las semillas en su interior; ciertamente eran muy comunes. Lo tomé y fui a llenar una taza con leche.

–¿Lord Reign? –preguntó una voz y me giré abruptamente, casi soltando el frasco. El guardia que estaba de servicio aquella noche me miró–. ¿Está todo bien?

–Sí, sí –mentí sin saber por qué–. Sólo quería leche porque no me puedo dormir.

–No se entretenga –ordenó, aunque sonó más como un pedido.

–Ya me voy –le dije con una sonrisa boba y él se alejó. Llené la taza con la leche del tanque y quité la tapa al frasco de semillas–. ¿Cuántas?

¿Cuánto pesa tu hermano?

¿Cómo saberlo? Ochenta kilos, tal vez… o un poco menos, no lo sé. No ha comido estos días.

Pon cuatro semillas entonces, bastarán.

¿Qué hacen estas cosas?

Calmarán el dolor y lo harán dormir –explicó mientras veía las semillas empezar a disolverse, tiñendo la leche de amarillo.

–¿Por qué estás ayudándome? –pregunté mientras dejaba todo en su sitio y regresaba a la habitación de Sorsz–. ¿Quién eres?

Yo soy tu aliado ahora.

–¿Sorsz? –Me senté a su lado e intenté voltearlo–. Esto va a calmar el dolor –le dije y eso lo hizo erguirse de inmediato. Bebió con avidez hasta vaciar la taza y se dejó caer sobre su almohada–. Tranquilo, estarás bien –le dije con una sonrisa–. ¿Quieres que despierte a alguien? Puedo buscarte a un hailer –ofrecí. Había uno encargado específicamente de atender a la familia, pero no recordaba su nombre ni dónde vivía. Sorsz negó con la cabeza y tomó mi mano entre las suyas, dejándolas sobre su abdomen. Estaba pálido y sudaba.

–Hazme compañía –pidió aún sollozando.

–Estaré aquí –respondí y lo vi cerrar los ojos. Unos minutos más tarde se había calmado lo suficiente como para volver a dormir, pero no quise irme.

En sueños se agitaba, a veces con mucha violencia. Parecía luchar contra un enemigo imaginario; pero no era el guerrero confiado de siempre, su expresión estaba llena de miedo.

–El dragón… –Se sobresaltó luego de una hora–, dile al dragón… que venga –tosió.

–¿Dragón?

Esas semillas pueden causar alucinaciones –explicó la voz, que no se había hecho oír desde su presentación.

–Llamaremos al dragón en la mañana, Sorsz.

–Sunrise –corrigió–. Dime Sunrise –cerró los ojos–. Necesito mi nombre otra vez.

–Sí, Sunrise. Buscaremos a tu dragón en la mañana. Duerme un poco más.

¿Estás bien?

–Lo estoy –susurré para que mi hermano no me oyera, pero ya había vuelto a caer en un sopor profundo.

Debo ausentarme, pero no te preocupes, las estrellas dambo lo mantendrán sin dolor. Que sus alucinaciones no te asusten.

–No lo harán, gracias –sonreí al techo y volvió todo a sumirse en silencio, a excepción de Sorsz, que gemía ocasionalmente.

Cerré los ojos, descansando tanto como me era posible sin dormirme. Mi hermano se agitaba y despertaba constantemente, pero no parecía estar realmente despierto, ya que sus incoherencias eran más propias del mundo de los sueños que de la realidad.

–¿Dónde está Path? –dijo horas más tarde. Salí de mi ensueño abruptamente y lo miré.

–¿Path? En su casa, durmiendo.

–Llévatelo –suplicó con desesperación–. Va a ir por él.

–Nadie va a ir por él, Sorsz, tranquilo. –Acomodé su cabello, pero al regresar mi mano junto a mí, volvió a tomarla.

–Tenías razón, a veces hay que matar al cerbero –me miró a los ojos por primera vez en la noche y exclamó con pasión–. ¡Por favor, mata al cerbero!

–Lo mataré, Sorsz, no te preocupes.

–No, no podrás matarlo –se lamentó dejándose caer otra vez–. Ya nadie puede matarlo. –Cerró los ojos y unas lágrimas cayeron–. Tenías razón. ¡Llévatelos! –me gritó–. ¡Llévatelos a todos!

–Me los llevaré, lo prometo.

–¡A Northern, a Crown… a Path también! ¡A todos! ¡El cerbero los va a matar a todos!

–No lo hará, yo mataré al cerbero cuando termine de cuidarte. Vuelve a dormir. –Lo empujé y cerré sus ojos con mi mano. Sollozó un poco pero no siguió luchando.

–Vault[3] –lloró–, perdóneme, por favor perdóneme…

–Está bien, te perdono.

–Perdóneme… –Acaricié sus manos con mis dedos libres y él suspiró–. Medianoche…

–No es medianoche, está casi amaneciendo. –Él me miró con unos ojos desconocidos.

–Sir Vault… ¿qué le pasó a Midnight? –preguntó con gran tristeza en su voz. Finalmente entendí que hablaba de una persona, pero estaba lejos de saber quién era. Creí ver una sombra con mi vista periférica y me giré sin pensarlo dos veces.

–¡Arpías! –exclamé saltando hacia atrás y retrocediendo. El ser no me vio, pero era imposible que yo viera otra cosa que no fuera él: todo de negro, envuelto en una capa y cubriéndose la cabeza con una capucha. Sus manos estaban enguantadas en blanco y una luz negra emanaba de él como si su sombra estuviese extendiéndose en todas direcciones.

El Rey de los Muertos y la Muerte avanzó un paso hacia mi hermano, sereno. Extendió su mano hacia el pecho de Sorsz y lo atravesó como si fuese agua. Mi hermano no profirió ningún sonido de dolor ante ese acto, ni tampoco reaccionó en cuanto el Rey sacó de allí una pequeña bolita de luz amarillenta. Luego de eso, desapareció.

Gateé de regreso hasta la cama, pero me paralicé en el lugar al hacer contacto visual con los ojos vacíos de mi hermano.

–¿Sorsz? –pregunté temblando. Todo en él estaba inerte. La mano que me había aferrado toda la noche colgaba laxa del borde de la cama. Mi mente se desconectó y entonces ya no pude pensar. La puerta se abrió de un golpe abrupto y Crown entró.

–¿Qué pasa? ¿Quién grita? –preguntó y me miró. Lo miré sin entender, pero fue entonces cuando caí en la cuenta de que mi boca estaba abierta y mi garganta vibraba con un grito intenso y desgarrador. Crown miró a Sorsz y se cubrió la boca con horror.

Se acercó a él mientras entraba a la habitación el guardia que había visto horas antes, espada en mano. Tras él llegaron más personas, pero ya no supe quiénes eran. No entendía qué pasaba. Un par de brazos me estrujaron y oí a Starling hablándome fuerte al oído, suplicándome que me calmara y dejara de gritar, pero yo seguía sin poder oírme.

Me cerró la boca con un abrazo que me rodeó el cuello y entonces registré lo que ocurría a mi alrededor: mucha gente estaba allí, entrando y saliendo. Mi madre lloraba, pero no la había visto entrar; Northern estaba consolándola a costa de la expresión de su propia tristeza. Mi padre se arrodilló junto a Starling y me palmeó un hombro.

–¿Estás bien, soldado? –me preguntó. Mi cuerpo temblaba y me aferraba a mi hermana como si el piso pudiese desaparecer en cualquier momento.

–Sólo necesita calmarse –dijo ella. Él afirmó y volvió a poner sus ojos grises en mí.

–Fuerza, hijo –me alentó. Lo miré levantarse, alto y poderoso, y me aflojé. Volví la vista a Star y ella me acarició el rostro con delicadeza.

–Todo está bien, Reign –dijo. Me apoyé en ella y cerré los ojos. Ella besó mi cabeza y, sentí la vibración en su pecho cuando me habló con su voz cantarina–. Todo estará bien.

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Bueno lectores, gracias por seguir esta saga que tanto amo. Lamentablemente este es el último capítulo de distribución gratuita, por lo que si quieren continuar leyendo, deberán adquirir el libro en este enlace a mi querida editorial megustaescribir. Tanto la versión digital como en papel tienen todos los cincuenta y tres capítulos (con nombres), un prólogo y epílogo, y dos mapas (uno del continente, Aurantis, y otro del reino humano, Génesis).

Nuevamente, gracias por su lectura y apoyo de siempre. Saber que están ahí, con sus tímidos “me gusta” o sus valientes comentarios, significa el mundo para mí.

~Ancient Forest


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Revolución Reign: Príncipe – Capítulo 6

Capítulo anterior: https://lacatedraldelassilfides.wordpress.com/2016/03/31/revolucion-reign-principe-capitulo-5/

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Suspiré, sonreí y hubiese bailado, pero me dejé caer sobre el piano para que el golpe de mi cabeza hiciera por mí el sonido de victoria. Aquella era mi última clase; luego de almorzar comenzarían mis estudios formales y no tendría que volver a oír ni pensar en aquella horrible música. Muse, mi maestra, palmeó mi espalda con elegancia y me deseó una buena vida con una sonrisa auténtica. Aunque aquel instrumento fuese su pasión, entendía que yo no la compartiera. Agradecí profundamente y me levanté. Me sentía renovado y con tanta energía que corrí a la cocina de la guardia.

Como el décimo tercer jardín se había convertido en nuestro lugar de encuentro con Path, me había ocupado de convertir en habitual mi presencia entre los guerreros. Como ahora participaba de las reuniones del consejo, en las cuales no había vuelto a hablar excepto cuando me lo pedían, todos creían que mi constante paseo entre los guardias, a veces hasta acompañando a los farseers, se debía a mi interés en aprender. Bueno, ése era un beneficio secundario y mi padre se mostraba conforme con ello, por lo que lo hacía con alegría.

Sorsz también estaba más contento conmigo y, aunque cada noche me buscaba para preguntarme qué había hecho en el día, no se entrometía tanto como había esperado; usualmente no tenía siquiera que mentirle para tenerlo conforme.

Path comenzó a contarme sobre sus amigos muertos sin titubear, aunque estaba casi seguro que no había abandonado su temor a que su presencia me matara. La voz que percibiera aquel día sólo la había oído yo, lo cual me ganó que Path se riera de mí y me preguntara a cada oportunidad que tenía si seguía oyendo la voz del “espíritu acosador”.

Esas bromas que me asustaban le encantaban, así que comencé a desquitarme: tomé bajo mi protección a una sirvienta demasiado temerosa de mi padre como para delatarme y, bajo la promesa de cuidarla o la amenaza de destruirla, me obedecía sin dudarlo. Con eso asegurándome su lealtad, me animaba a darle una canasta con algo de carne, pan, sal y el mejor hilo que Star me cedía, y la enviaba a casa de Rock para que él le diera todo a Path; confiaba en la sirvienta, pero no lo suficiente como para darle información sobre el verdadero destinatario de aquellas cosas. Mi hermano originalmente se resistía, pero cuando descubrí el tiempo exacto que debía dejar pasar entre un regalo y otro, todo comenzó a ir mejor.

Seguía siendo tan flaco como siempre, pero se notaba que había ganado peso. Su cuerpo estaba en mejor forma y los largos músculos de sus brazos se marcaban lo suficiente como para hacerme pensar dos veces antes de darle un golpe, ya que eso siempre nos llevaba a un forcejeo que yo siempre perdía. No podía quejarme: perder me molestaba, pero sus victorias indicaban que se había puesto más fuerte que yo, y eso de algún modo me hacía feliz.

–Buenos días, maestro –saludé a Ink.

–Por favor, milord, a estas alturas ya soy más su compañero de lectura que su maestro –se volteó a verme y se quedó estupefacto–. Pero bueno, ¿y esa sonrisa?

–Algunas cosas han salido bien –respondí sin más, él rió. Ink había sido mi maestro de historia desde que comenzara mi amor por las cosas viejas y ya habían pasado tantos años que era uno de los pocos que yo sentía que genuinamente me quería.

–Me enfelice saber que ha disfrutado su descanso –dijo divertido. Sí, el trato formal seguía, pero su amor por inventar palabras le daba aquel aire relajado que me agradaba. Hablar con él era como leer un buen libro; un buen y muy extraño libro–. Le conseguí lo que me pidió –dijo rebuscando en su enorme bolso de cuero con cuidado; había muchas cosas allí que eran frágiles, por lo que nunca era un trabajo sencillo extraer algo, pero finalmente encontró y sacó un pequeño libro con tapas de un cuero muy poco trabajado y me lo tendió–. Su propio ejemplar de “War thoughts”. Sé que se lo prometí para su cumpleaños, pero no pude conseguirlo antes; los escribas no gustan mucho de Last porque su prosa no es muy… –hizo un floreo con una mano– distinguida.

–Lo sé. –Recibí el pequeño libro–. Me costó entenderlo la primera vez, pero lo vale –afirmé convencido mientras lo ojeaba con cuidado, el papel era realmente fino–. Gracias.

–A usted –respondió sorprendido–. Realmente ha cambiado algo –señaló divertido.

–¿Tanto? –pregunté como si exagerara; cerca de ese hombre me pasaba de hablar de más y nunca me había molestado, pero ahora tenía cosas que proteger con mi silencio.

–Sí, pero no se hable más. Comencemos la clase –dijo girándose de forma teatral. Había entendido que no quería profundizar en el tema y él siempre respetaba mi privacidad.

Se sentó con elegancia, enganchó sus rizos anaranjados detrás de sus orejas y comenzó la clase sin demorarse.

–¿Dijiste hacha? –pregunté captando una palabra de lo que había dicho en una larga frase que no escuché por estar divagando. Ink me miró con severidad.

–Sí, Daevir era muy diestro con ella, aunque rara vez iba armado.

–Me sorprende que siquiera supiera usar un arma siendo rey.

–En tiempos de guerra, un soberano competente sabe que estará frente a su ejército en cualquier momento y debe saberse preparado.

–Entiendo. Ser rey ha de ser difícil.

–La teoría dice que no es difícil ya que te has preparado para ello, pero no comparto ese pensamiento. Leer libros te hace inteligente, pero no comprensivo; y ambas cualidades son indispensables en cualquier persona con poder.

–Mi padre no es comprensivo –hablé sin pensar.

–¿Intenta decirme que no considera que su padre sea buen duque? –preguntó con severidad, pero no respondí. Si mi maestro me delataba estaría en graves problemas–. Me sorprende compartir una opinión tan particular con usted –dijo sosteniéndome la mirada, pero esta vez, no lo reconocí. ¿Siempre habían sido tan astutos y despiertos los ojos de mi maestro? Me sonrió con complicidad y pareció realmente conforme–. Es todo por hoy, puede irse a casa.

–Gracias, maestro –respondí aún algo aturdido. Algo acababa de cambiar entre los dos y era difícil de creer: luego de años de leer codo a codo y debatir ideas hasta entrada la noche, un simple comentario nos había hecho encontrarnos con la chispa rebelde del otro.

Reverencié sutilmente aunque no me miraba y salí mientras se entretenía ordenando los libros en su bolso. Aquel día, por ser el primero, tenía además la clase de economía, a la que fui de inmediato. Tenía más ganas de encontrarme con Path para contarle todo que de ir a clases, pero tenía fe que sería una clase breve.

Quien daba las clases resultó ser una mujer, Lack, tan severa que estuve en todo momento sintiendo que si cometía un error me golpearía con la vara que agitaba amenazadoramente. Finalmente lo hizo, pero para corregir mi postura: me obligaba a sentarme como si estuviese tomando el té con el rey y a hablar como si mil escribas tomaran nota de lo que decía para la posteridad.

No estudiamos nada, como preví que sería, pero un repaso por el programa que había preparado para mí me entusiasmó lo suficiente como para no dejarme sentir que había perdido mi tiempo yendo allí: Lack creía que sólo sería un buen consejero para mi hermano si lograba llenar cada carencia que él tuviera y, después de entrevistarlo, había descubierto que eran muchas. Sorsz era un hábil guerrero y sus profesores de estrategia decían que no habría batalla que no ganara, pero en lo que refería a dirigir un ducado… Bueno, Lack dejó en claro que dudaba de sus capacidades.

No había quejas por mi parte: que mi conocimiento fuese tan amplio como llegase a necesitar en el peor de los casos era exacto lo que quería. A pesar de mis reservas iniciales, salí de la primera clase con una sonrisa y una sensación de que aquel sería un gran año.

–Milord –dijo acercándose la sirvienta pelirroja a mis órdenes ni bien volví al castillo.

–Buenas tardes, Faith, ¿qué necesitas?

–Sólo quería que supiera que hay un farseer buscándolo.

–¿Farseer? ¿Cuál?

–No sé cuál, milord… me lo dijeron… y como no trabajo hace mucho aquí no los conozco aún. –Bajó la cabeza, avergonzada y con rubor apareciendo en sus mejillas.

–¡Lord Reign! –se oyó una voz potente gritándome. La sirvienta se volteó para ver de dónde había salido.

–Supongo que ése es él.

–Gracias Faith, harías bien en alejarte –ordené. Ella reverenció y salió a paso rápido. Volví la vista al farseer y me alegró que pareciera no haber oído. Grass[7] era la única farseer mujer, pero su cabello corto, ropa masculina y carácter feroz la hacían parecer un hombre; y sabía que había golpeado a guerreros y sirvientes por igual al confundirla–. Buenas tardes.

–Su padre está buscándolo, quiere verlo en su estudio ahora –dijo con una brazada que me indicaba que no tenía un segundo para dudar.

Comencé a caminar con elegancia con la mujer a mi espalda y traté de percibir qué pensaba ella, para saber si debía estar alerta por mi seguridad o la de Faith, o por ambos o ninguno; pero finalmente no dio señales que me permitieran preocuparme y llegué a la puerta más inquieto aún: si algo pasaba, no tenía idea, y no quería bajar la guardia.

Mi padre estaba sentado en su silla con su fuerte presencia, pero no parecía estar de mal humor. Me invitó a acercarme y descansó su peso apoyándose en su gran escritorio.

–¡Reign! ¿Cómo estuvo tu día? –Sonrió amable.

–Muy interesante –respondí devolviéndole el gesto y sentándome. Ash, sentado detrás de mi padre, bostezó y comenzó a cabecear–. Ink me regaló un libro, repasamos la segunda era humana y me dijo que comenzaremos con la tercera mañana. Lack me contó qué quería lograr conmigo en las clases y acordamos los días y horas en los que nos encontraríamos.

–¿Qué quiere lograr contigo?

–Quiere que sepa de tantas formas de manejar la economía como sea posible, aún en los peores casos, para poder servir a Sorsz apropiadamente cuando él me necesite –expliqué sin dar mucha importancia. Mi padre se quedó mirándome en silencio y finalmente afirmó.

–Qué bien, hijo –sonrió. ¿No le había agradado mi respuesta? Realmente parecía estar forzando aquella reacción–. Te has portado muy bien, parece que finalmente has madurado. Tengo grandes expectativas puestas en ti. Sigue portándote bien.

–Me esforzaré.

–Bien, bien –afirmó y se volteó–. ¡Ash! –Gritó. El farseer dio un respingo y en un segundo estuvo de pie–. Tráeme té.

–¿Yo, lord? –Preguntó asombrado, ése no era su trabajo.

–Estoy enseñándole a mi hijo a no permitir que sus empleados duerman en el trabajo –me miró y sonrió. Reí lo suficientemente alto para complacerlo, no demasiado para que Ash me odiara–. Muévete –le ordenó con fiereza. El hombre se puso en movimiento de inmediato–. Y tú, sigue así –me dijo–, ya puedes irte.

–Sí, padre, gracias.

Me abrieron la puerta y dejé salir primero a Ash, quien tropezó por ir aún medio dormido. Lo seguí y vi en el pasillo, jugueteando con sus propios dedos, a Faith. Pasé frente a ella y comenzó a seguirme, últimamente parecía un pequeño perro obediente.

–¿Necesitabas algo más?

–Bueno, sé que será mañana cuando usted pedirá que lleve comida a su cuñado –respondió en voz baja–, pero hoy llegó un pequeño cargamento con algunas cosas.

–¿Y son cosas que no pueden esperar a mañana?

–No el azúcar, milord –susurró–; el jefe de la cocina la guardará en el depósito privado de su familia cuando llegue a supervisar el servicio del primer turno de la cena de la guardia. Si quiere enviarle azúcar a su cuñado, debería decírmelo ahora. –Me detuve y me volteé a mirarla. Sabía que era leal a mí porque la tenía vigilada, pero aquel límite no le había pedido que lo cruzara.

–¿Crees poder?

–Sí, lord –dijo con seguridad, su rostro se iluminó con una sonrisa y me pregunté qué clase de satisfacción sacaba de aquello; tal vez fuera una ladrona frustrada que había encontrado su pasión en el trabajo que le había dado–. Esta noche, antes de que llegue el jefe Season; siempre están todos muy ocupados como para mirar qué hace el que está al lado.

–Entonces hazlo –ordené. Ella reverenció con alegría y siguió su camino. Primero Ink y ahora Faith… ¿Cuántos más habrían por ahí usando máscaras tan creíbles?

Avancé por el pasillo hasta la cocina y apenas estuve lejos de ojos curiosos y oídos atentos, me escabullí al décimo tercer jardín, donde Path hablaba solo y reía a carcajadas. Bueno, sabía que no estaba solo, pero era más fácil pensar que aquello era resultado de su locura particular que comenzar a hilar fino en el hecho de que allí había gente que yo no veía. Me detuve con cierto pánico, pero ninguna risa ni voz me sorprendió, por lo que me relajé con un suspiro. Si Path estaba loco era un alivio, pero si lo estaba yo y la voz que me hablara la había imaginado, celebraría embriagándome hasta caer muerto.

–¿Loco aún? –pregunté acercándome.

–Eso quisieras. –Qué bien me conocía–. Me encanta que seas tan cobarde.

–No soy cobarde –dije sentándome y dándole un puñetazo en un hombro.

–Y me encanta que lo niegues –agregó contento. Volví a golpearlo y, antes de darme cuenta, estaba boca abajo con mi hermano trabando uno de mis brazos tras mi espalda. Debía aprender a no dejarme llevar tan fácilmente–. Di que soy el hermano atractivo y te suelto.

–¡No! ¡Eres feo como pegarle a una madre! –forcejeé. Él rió y se dejó caer a mi lado. Me acomodé y froté mis brazos. Alimentar a Path sólo había hecho que su brutalidad habitual pasase de ser un inconveniente a un peligro.

–¿Cómo estuvieron tus clases? –preguntó descansando su cabeza en sus manos.

–Interesantes. Aún no puedo creer que haya acabado con el piano.

–Eso es una lástima, me hubiese gustado oírte tocar alguna vez.

–No en esta vida –afirmé con severidad y él me sonrió; esperé que eso significara su renuncia al tema–. Estoy contento.

–Te ves contento.

–Hay algo que quiero decirte, con respecto a la rebelión. –Él se irguió–. Los apoyo, de verdad, pero siento que no puedo ser parte de algo así. No soy un guerrero.

–Tú eres lo que tú haces de ti con tus creencias. ¿No eres tú acaso el que ve el mundo gris y se acusa a sí mismo de ser de igual modo? Tus creencias, aún las que no son sobre ti mismo, determinan quién eres; y si dices que no eres un guerrero… no lo serás.

–Pero creo que tampoco quiero serlo.

–Ah… –dijo deteniéndose de pronto– entonces está bien –se encogió de hombros–. Lamentaré que no estés con nosotros, aunque imagino que Starling estará contenta de saber que no te involucrarás.

–Quiero hacer un cambio –le aseguré–, pero quiero hacerlo sin tener que luchar. Hasta ahora mis estudios no fueron más que acumular conocimiento que me interesaba, pero Ink y Lack comenzarán este año a instruirme buscando que realmente logre entender el mundo para así poder cambiar lo que está mal como consejero de Sorsz.

–Eso es excelente –exclamó con una sonrisa. Sus ojos de manzana chispearon de alegría–. ¡Lo harás!

–Siempre eres tan… –sonreí–. ¿Por qué? Sé que dijiste que tú tendrías la victoria de tu vida, pero ¿en qué momento empezaste a ganar esa batalla?

–Me alegra que preguntes –apuntó y se levantó de un salto–. Es hora de mostrarte mi segundo secreto –me tendió una mano y me recorrió un escalofrío–. Por esto te pedí que vinieras hoy –sonrió y agitó la mano para que la agarrara–. Éste es el último, lo prometo.

Me agarró de la mano con fuerza y me obligó a levantarme. Lo seguí a través del jardín con cierta reserva, pero recordándome que confiar en él siempre había valido el dolor y la angustia por los que solía hacerme pasar.

Lo miré, él se veía nervioso, pero en absoluto parecía que fuese a llorar, por lo que tal vez no era un mal secreto; al contrario, parecía que no aguantaba la intensidad de la sorpresa que me daría. Me relajé un poco por eso: si alguien sufriría, al menos sólo sería yo esta vez.

Se detuvo ante una de las puertas de las habitaciones del fondo y me miró con un extraño brillo en los ojos.

–¿Entraste aquí antes?

–No, a ningún cuarto; temía molestar a los espíritus. –Me asaltó el pánico y me aferré a su brazo–. ¿Qué guardas ahí? –Mi hermano rió.

–Qué cobarde eres –dijo abriendo la puerta. La habitación se veía normal desde fuera, aunque una sensación extraña me erizaba los pelos de la nuca–. Vamos despacio –propuso.

–¿Hay algo ahí que vaya a saltarme al cuello? –pregunté asustado; ya no me importaba que viera mi miedo, de todos modos no había hecho un buen trabajo escondiéndolo.

–No, no. Nadie quiere herirte ni asustarte, éste es un regalo para ti.

–¿Por qué vacilamos tanto entonces?

–Pensé que tal vez estabas más cómodo así –dijo con una expresión extraña que no logré descifrar. Dio un paso largo para entrar y me hizo relajar mi agarre, pero me rehusé a soltarlo. Dudaba ser capaz de usarlo de escudo si algo pasaba, pero era inevitable sentirme más seguro teniéndolo entre mi cuerpo y lo que fuera que íbamos a encontrar allí.

El lugar estaba empolvado y parecía haber sido un dormitorio, dado que había allí una cama. Pero nada más indicaba que hubiese servido para ese propósito: no había muebles para guardar ropa, ni siquiera uno de aquellos precarios baúles que se usaban en el norte. ¿Quién habría dormido allí? ¿Por qué se habría ido y dónde estaban sus cosas? ¿Sería uno de los esqueletos abandonados afuera?

Path me miró, expectante y advertí que estaba divagando demasiado: volví a analizar el lugar con cuidado; ¿había algo allí que estuviera perdiéndome? La habitación era pequeña y estaba casi vacía, con excepción de la cama, una pequeña mesa, y mucho polvo y oscuridad reclamando todo.

Entonces entendí: veía. Había luz entrando por la puerta, luz real del exterior; pero del otro lado de la habitación, tras una cortina rasgada que se veía pesada, ocurría lo mismo. Mi hermano se adelantó y descorrió la oscura tela con cuidado, no lo suficiente como para dejarme ver, pero sí lo necesario para cegarme; llevaba un minuto acostumbrándome a la oscuridad, y toda una vida a la luz falsa que nos acompañaba durante el día en el interior.

Path cruzó, mirándome mientras lo hacía. Avancé tras él y crucé, cuidando mis pisadas para no tropezar con lo que parecían ser escombros. Pateé algunas piedras y entendí: aquello no era una puerta, tampoco una ventana, sino un hueco en la pared.

Hice sombra a mis ojos con una mano y sentí a Path agarrándome del brazo, como si quisiera impedirme retroceder u obligarme a avanzar. Parpadeé varias veces y en unos pocos segundos todo comenzó a aclararse: verde, un bosque, terreno elevado y curvilíneo, y cielo, demasiado cielo, muy extenso y pesado como para sostenerse allí arriba él solo.

Dejé escapar mi aliento mientras intentaba mirar a los lados con mi visión periférica: nada estaba allí para sostener todo aquello, y lentamente y sin un crujido amenazador que advirtiese a quienes estábamos debajo, comenzaba a caer. Jadeé. Mi corazón martilleaba con tanta fuerza que me hacía zumbar los oídos y no podía oír nada. Di un paso atrás y algo me hizo tropezar y quedar demasiado indefenso ante todo aquello. El cielo se desplomó sobre mí y todo su peso me aplastó el pecho con tanta fuerza que no pude respirar.

Boqueé buscando aire y, apenas pude juntar el suficiente para hacer mi mente funcionar, me giré y arrastré al interior de la habitación otra vez. La oscuridad me acogió con un dulce abrazo y me quedé tendido bajo su protección. Sentía como si acabara de correr por el castillo escapando de una golpiza severa, la cual de todos modos parecía haber recibido.

Sentí una mano en mi brazo y una mirada: los ojos manzana de Path fueron un baño de agua fría; casi había olvidado que estaba allí conmigo. Él me sonrió y me frotó con fuerza.

Abrí la boca para manifestar el horror de casi haber muerto, para disculparme por haberlo dejado atrás aún siendo parte de mi sangre, pero no salió ningún sonido, no más que un inteligible jadeo que bien podría haber sido de un moribundo.

–No te apures –me dijo con una dulzura y comprensión paternal que no recibía ni de mi propio padre. Intenté erguirme, pero él nuevamente me empujó para que me acostara–. No te apures –repitió. Afirmé y dejé la cabeza en el piso.

Me relajé y mis músculos se aflojaron. Me oí exhalar abruptamente y la oscuridad lentamente borró la luz que entraba por la puerta, por el hueco en la pared y, finalmente, se llevó también a Path.

 

Cuando la luz reapareció, lo hizo con fuerza. Los colores tardaron más de lo normal en asentarse y las figuras estuvieron mucho tiempo sin ser más que manchas borrosas.

–¿Volviste? –preguntó Path como un eco lejano. Me moví despacio; la espalda me ardía. Froté mis ojos y parpadeé varias veces–. ¿Reign? –Insistió mi hermano, su voz tenía un tinte de preocupación. Giré la cabeza y lo encontré mirándome.

–¿Qué pasó?

–Te desmayaste –dijo sin siquiera sonreír. ¿Por qué no estaba burlándose de mí?

–¿Por qué? –Me apoyé en mis manos y me senté. El roce de mi ropa me causó un gran dolor y entendí que definitivamente me había lastimado la espalda. Al tocar, no toqué sangre, pero sí sentía la piel herida, como si me hubiese raspado.

–¿No lo recuerdas? –Alcé la vista para mirarlo y noté que estaba otra vez en el jardín. Al fondo, la puerta cerrada que había cruzado momentos antes se impuso ante todo lo demás como si me pateara en la frente.

–S–sí me acuerdo –balbuceé–. Pero… ¿Qué…? ¡El cielo! ¡S–se caía! –Miré arriba, temeroso, pero no parecía haber cambiado nada–. ¿Qué clase de sorpresa fue esa? ¡Vas a matarme con tus secretos!

–Lo siento, no pensé que fueses a vivir con tanta intensidad el poner un pie afuera.

–¡Eso no fue afuera! ¡Eso fue…! –Me sobresalté. En un segundo mi respiración se normalizó, pero sólo fue una calma momentánea; sabía y sentía que estaba todo en mi vida a punto de derrumbarse–. Path… eso… ¿a qué te refieres con…?

–Calma –dijo acariciando mi cabeza. Ya estaba tranquilizándose, pero yo sólo sentía que empeoraba–. También me asusté la primera vez que descubrí que el mundo no tenía un techo –sonrió–, pero no recuerdo haberme desmayado.

–N–no entiendo. ¿Eso fue… fuera?

–Sí, fuera de Ars Vigil. Sí, está muy cerca –adivinó–. A un par de muros de distancia, donde siempre ha estado.

–El cielo se caía, estoy seguro. Sentí que me aplastaba.

–Bueno, pero no te aplastó, ¿o sí? Estás aquí, entero, y yo también –aseguró frotándome la espalda, justo donde tenía la herida. Solté un quejido de dolor, pero me ignoró.

Mi corazón latía fuerte y mi estómago estaba revuelto; hubiese vomitado de no ser porque lo tenía vacío.

Path se acercó un poco más y me abrazó como si temiera partirme. Luego se quedó allí, sin moverse, generándome calma. Lentamente respiraba con más profundidad y volvía a sentir mi cuerpo completamente al servicio de mi voluntad. Mi hermano me abrazó con más fuerza y entendí que se había asustado. Al desmayarme lo había hecho creer que su sorpresa acababa de matarme y eso sólo lo habría convencido de aquella estúpida creencia de que su don mataba a la gente que se animaba a acercarse a él y quererlo.

–¿Estás bien? –pregunté. Él se apartó, se le habían caído algunas lágrimas.

–Sí. –Se veía pálido. Se enjugó las lágrimas con cierta rudeza.

–En el norte dicen que los hombres no lloran –decidí bromear–. Dicen que es de niños y dementes.

–Bueno, yo sé cuál quieres tú que yo sea –dijo divertido atrapándome por el cuello con un brazo, pero esta vez no me costó tanto repelerlo. Sonreía, pero no era su felicidad de siempre y eso parecía quitarle fuerza.

–¿Estás bien? –Volví a preguntar–. ¿Quieres que busque algo de comer en la cocina?

–Estoy bien. Tú busca algo, te desmayaste. –Se puso de pie y me obligó a levantarme–. Vamos, ¡ve! –Me empujó. Me giré para protestar y una voz habló por mí.

Quiere estar solo –dijo con suavidad–, tú no eres capaz de entender lo que significó esto para él. Déjalo hablar con quienes sí lo entenderán.

–¿Qué pasa? –inquirió Path mirándome con seriedad–. ¿Te vas a desmayar otra vez?

–No, no; estoy bien –afirmé seguro. Otra vez, él no lo había oído, pero no lo había imaginado. Esa voz estaba allí–. Creo que tengo hambre. ¿Estarás bien solo?

–Claro que sí. Iré a dormir hoy contigo, a menos que quieras venir a casa.

–Tú ven, ambos dormimos mejor y mi padre no me dejará irme a dormir con Rock habiendo empezado mis clases.

–¿Tienes clases mañana?

–Sí, temprano… con la espada –recordé con asco.

–Si te permites no ser tan gruñón, podrías hasta divertirte. Bueno, vete y come algo.

–Te veo en la noche –saludé alejándome–. Voz –susurré–, estoy confiando en ti.

Llegué al hueco junto a la puerta, me agaché y pasé. Me asustaba dejar a mi hermano solo, pero sentía que estaría bien. Si alguien era invencible, ése era él; y sus amigos invisibles estarían allí para ayudarlo si algo pasaba. Además, sabiendo que en la noche iría a visitarme, no tendría que esperar tanto para asegurarme que no le hubiese ocurrido nada malo.

Recordé aquel paisaje infinito y me recorrió otro escalofrío, que esta vez me hizo golpear la cabeza contra la pared del conducto. Me sentí ligeramente mareado otra vez, por lo que me apuré. Decidí que comería a escondidas, antes de mostrarme en la cocina, para que nadie me viera con el rostro pálido. Si mi madre llegaba a enterarse de mi desmayo, dejaría su enojo de lado y volvería a tratarme como si jamás hubiese llegado a la mayoría de edad.

Llegué al final y robé una fruta a ciegas de un canasto. Pensé que había tomado una mandarina, por la textura y color de su cáscara, aunque era algo más oscura. Tras la primera mordida noté mi error con gran repugnancia: un limón rojo. No era algo que no me gustara, pero cuando uno se prepara para algo ácido, encontrarse con una fruta tan dulce es horrible. Tragué rápido y seguí comiendo intentando no sentirle demasiado el sabor.

Oí un pequeño bullicio a la distancia y la cocina se silenció. Varios salieron a ver qué ocurría justo cuando un grito agudo llegaba desde más allá de la puerta. Salí de mi escondite y me apuré a seguir a la multitud. Los sirvientes que ya estaban allí se abrieron para dejar un camino para mí, mientras susurraban informándose entre ellos de mi presencia.

Presté atención y oí a un hombre gritando improperios. Alcé la cabeza y avancé para ver qué ocurría, y vi caer al piso a una sirvienta con el cabello corto y rojo oscuro.

–¡Faith! –exclamé acercándome. Se cubría el rostro, por lo que no la vi bien hasta que le tendí una mano y la tomó para levantarse. Tenía un corte en su ceja derecha que sangraba y un área roja justo debajo. Miré alrededor y me encontré con Season, el jefe de la cocina, que tenía el rostro contraído en una mueca de furia–. ¿Qué pasó?

–¡Atrapé a esta… esta… sucia ladrona robándome! –escupió. Me erguí sujetando a Faith a mi lado.

–¿Estaba tomando azúcar? –pregunté con serenidad. Season se calmó abruptamente–. Porque yo le pedí que lo hiciera. –La expresión del hombre fue una clara respuesta–. ¿Eres tonta, acaso? ¿Por qué no dijiste que yo te había enviado? –Faith pareció encogerse de miedo, por lo que suavicé mi mirada para que entendiera que debía actuar conmigo.

–¡No estaba! –dijo ella–. ¡Cuando llegué aquí, él no estaba! Y usted dijo que me debía apurar a llevarle el azúcar, así que decidí entrar y tomarla simplemente, pensando que su orden me protegería; pero cuando llegó no quiso escucharme.

–Entonces, Season, usted llegó tarde a su turno y cuando lo hizo, sin preguntar, acusó a una de mis sirvientas personales de robar y la golpeó sin oír lo que tenía para decirle. ¿Es eso correcto? –Season, un hombre grande y bien conocido por su carácter áspero, retrocedió.

–Es… eso correcto, milord –admitió esforzándose por mantener su entereza. Su hijo, Winter, quien además era uno de los amigos de la infancia de mi hermana Starling, estaba allí; pero por más que me diera lástima hacerlo ver aquello, ya no había vuelta atrás.

–Sepa entonces que lo culpo a usted por esta estupidez –me acerqué y él afirmó su postura, esperando mi embestida–. Y que le quede claro que la próxima vez que golpee a un sirviente, se lo haré lamentar –dije bajando la voz para intimidarlo, pero no demasiado como para que nadie más me oyera–. Tal vez yo no sea el duque, pero aún tengo el poder necesario para hacer su vida miserable. Espero no volver a encontrarme con usted de este modo.

Season no respondió más que con una sonora y profunda respiración, así que me giré, tomé a Faith de un brazo y la llevé afuera. Lo oímos gritar algunas órdenes y todos se movieron de regreso a sus trabajos. Faith suspiró y yo sentí que me desmayaría.

–Gracias, milord, gracias. Gracias.

–Yo te metí en eso, no te podía dejar sola –afirmé con tanta elegancia como me fue posible. Ella pareció no notar que me había asustado a mí mismo más que a Season–. No tomes nada más por ahora, esperaremos a que las cosas se calmen.

–Sí, milord.

La dejé ir y la miré alejarse sin moverme. Ella varias veces volteó la cabeza sin detener su andar. Finalmente salió por una puerta y me aflojé. Froté mi rostro, respiré profundo y enderecé mi espalda.

¿De dónde había sacado yo tanta fuerza? Jamás había amenazado a nadie, menos aún me había parado entre alguien con autoridad y un sirviente. Oí a alguien aguantando una carcajada y miré alrededor, pero estaba solo.

–¿Te estás riendo de mí? –pregunté al aire. La risa aumentó en volumen y me contagió ligeramente. Se oía amable, inocente tal vez–. ¿Quién eres? –quise saber–. ¿Por qué sólo yo te puedo oír? ¿Por qué Path no? –La risa se apagó lentamente y sentí que aquel ser me prestaba atención, como evaluándome y viendo si valía la pena responderme o no.

Yo no estoy aquí por Path –dijo finalmente.

–¿Entonces por quién? ¿Por mí? –Silencio–. ¿Hola? –La presencia ya no estaba. Me quedé esperando hasta que noté a un guardia mirándome desde el fondo del pasillo como si yo estuviese loco. Tosí y caminé en sentido contrario.

Había sido un gran avance, pero tenía otra cosa en qué pensar: ya no podría enviar comida a Path utilizando a Faith, pero dejarlo adelgazar no era una opción. Además, si se enteraba que había habido algún problema, protestaría y comenzaría a rechazar lo que intentara darle. Podía sacar comida de la cocina por mi cuenta, con la excusa de tener hambre, y llevarla al jardín, pero tendría que hacerlo casi a diario y eso cruzaba en exceso el límite tácito que había puesto mi hermano con respecto al tema.

Por otro lado, tomar mucha comida de una sola vez sin llamar la atención sería difícil; no porque fuese a ser echada en falta, los guerreros de la guardia comían a todas horas sin dar tregua, sino porque mi presencia llamaba mucho la atención. Que alguien lo hiciera por mí había sido ideal, pero no sabía de otro sirviente en el que pudiera confiar tanto como en Faith. Ella había entrado hacía poco tiempo, por lo cual aún no tenía amigos y buscaba desesperadamente que alguien la protegiera del tirano que mi padre era con los sirvientes.

Llegó la hora de cenar cuando sentí que finalmente tenía la solución: pediría dinero a mi padre. Él no se alarmaría por unos cuantos cuernos para comprar un caro abrigo para mí o como regalo para alguno de mis maestros. Yo podría encargarle el trabajo a Path y pagárselo a cien veces el precio que quisiera cobrármelo. Tal vez protestara, pero eventualmente aceptaría un pago si era por su trabajo, y a mi padre no le resultaría extraño que gastara en ello porque las prendas hechas por su bastardo eran dignas de la realeza.

Me senté a la mesa con una sonrisa y miré alrededor. Mi madre aún estaba enojada conmigo por haber dejado el piano y corrió el rostro con un bufido cuando la miré. Crown estaba absorto en su mundo interno como siempre; Northern aprovechó a saludarme con una sonrisa y Starling llegó y se ubicó frente a mí.

–¿Y Sorsz? –pregunté al verla ocupar su lugar.

–No cenará hoy –me explicó–, dijo que no se sentía bien.

–Qué raro siendo que mañana empezamos la clase con espadas. Hubiera creído que ni un dios ofendido le impediría ser el hombre más feliz del mundo. –Mis hermanas rieron y percibí una sonrisa ligera en Crown, aunque bien podría habérsela provocado a sí mismo con algún pensamiento, ya que no parecía estar prestándome atención.

–Y hablando de clases –dijo Northern inclinándose sobre la mesa–, nos divertimos mucho en botánica hoy, ¡la profesora es tan linda! ¿Verdad, Starry?

–Sí, es verdad –sonrió–, es lindo tomar una clase juntas, fue muy buena idea.

–¡Si! ¿Y tus clases cómo estuvieron, Rene?

–¡Ni se te ocurra responder! –Ladró mi madre–. No todo gira en torno a ti, ¿sabes? –Miré a mis hermanas, tan sorprendidas como yo, e hice silencio. Lo sentía por mi madre, pero no habría tormenta que pudiera desatar sobre mí que me hiciera volver a tocar el piano.

–Oí que hiciste algo hoy –me dijo mi padre ni bien se sentó.

–Sí, Season golpeó a una sirvienta a mis órdenes.

–¿Por qué la golpeó?

–La vio tomando algo para mí y pensó que robaba. No le dio tiempo a explicarse y tuve que intervenir.

–Me gustó la actitud, dijeron que te veías tan fiero como uno de mis farseers –sonrió–. Pero fue un error hacer eso. Lo sabes, ¿verdad? –Me recorrió un escalofrío al sentir lo mismo que aquella vez que me regañara por hablar durante la sesión del consejo, aunque ahora no sabía exactamente qué había hecho mal.

–No, padre –admití bajando la mirada, pero manteniendo la cabeza alta, a la espera de una explicación. Eso era lo que él disfrutaba, aleccionarme; aunque era desmedido el horror que me provocaba en aquellas situaciones.

–Le quitaste autoridad al jefe de la cocina; ahora no será visto del mismo modo y cualquiera podrá faltarle el respeto, porque él no puede golpear a quien se lo tenga ganado.

–¡No debería poder golpear a los sirvientes!

–¿Otra vez con esa actitud? Reign, tú eres nadie aquí dentro, y sermoneando a Season lo convertiste en un nadie más nadie que tú. Si él golpea a un sirviente es tema suyo, a ti no te incumbe. Esta no es tu gente, es mía; yo les pago y yo digo qué se hace con ellos y qué no.

Ahora sí bajé la cabeza, pero no por obediencia o vergüenza, sino para que no me viera apretar los dientes con rabia. Para él, éramos su propiedad: los sirvientes, yo, todos. Nos poseía y haría con nosotros lo que se le antojara, estuviera bien o mal.

Los sirvientes se acercaron a dejar los platos en la mesa, pero mi padre alzó su mano para detener al que estaba junto a mí.

–Reign no tiene hambre hoy, así que ya está por irse a dormir.

–Sí, milord –dijo él y se retiró.

Miré a mi padre a los ojos y él me devolvió una mirada curiosa, preguntándose si era yo tan idiota como para realmente desafiarlo. Me levanté, rindiéndome, pero arrojando mi servilleta a la mesa sin cuidado. Sí, me iba, pero enfadado, y quería que estuviera claro. Mi madre se regodeó en el espectáculo, pero mis hermanos se mantuvieron en silencio. Crown me miró mientras me alejaba y me pregunté si acaso él se habría encerrado en su interior con tanta saña porque no aguantaba a nuestra familia ya más.

Me acosté, pero no pude escapar de los ojos grises de mi padre que me miraban con altanería desde el rincón más oscuro de mi mente. Lo odiaba cada día un poco más y, lo que era peor, con más motivos. Tuve que recordarme que no quería luchar, que no era lo que había decidido, y que todo pronto se ordenaría.

Cuando Path llegó, fingí estar dormido. No supe por qué, tal vez inclusive me hubiese hecho bien poder expresar todo mi enojo con alguien que no me juzgara, pero ni aún reconsiderándolo lo hice. Path se quitó sus botas y se acostó en mi cama, en el espacio que le dejé libre. Se esforzó por no tocarme para no despertarme, pero luego de terminar de acomodarse, comenzó a cantar en voz baja:

I asked the gods for something to be in love, and they sent you to be my white sparkling dove…

Nunca lo había oído cantar, aunque usualmente tarareaba lo que entendí que era la melodía de esa canción infantil. Me dejé arrullar por su voz y finalmente me dormí.

Al conocer al grupo rebelde de Star, mi imagen de las guerras de Last se había vuelto difusa y ya no había vuelto a soñar que participaba en ellas. Pero ahora, lleno de rabia y con la voz de Path azuzándome como un abanico al fuego, lentamente mi miedo comenzó a transformarse, y mis sueños nuevamente se llenaron de rebeldía y victoria.

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