La Catedral de las Sílfides

siéntate a oír las historias del viento


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Batalla sangrienta

La batalla estaba en aquel punto en el que ya casi acababa, pero el cansancio de tanta lucha hacía que los últimos minutos se estiraran más que un gato al despertar. Y, como si aquello no fuera suficiente, su útero comenzó a doler.

Gruñó y se dio unas palmaditas de consuelo en el abdomen. “Falta poco” se dijo a sí misma. Respiró hondo y acomodó su armadura. Tenía calor y se sentía sucia por tanto sudor, tierra y sangre. En su tierra natal todo era hielo y nieve; el agotamiento tras una batalla sólo se mostraba en moretones y algún que otro calambre. El calor atrapado entre su piel y el metal, la sofocación que le causaba la tela y el cuero… Era innatural.

Decidió quitarse el casco, porque aunque eso la dejara desprotegida, prefería que le rompieran la cabeza antes que tener que seguir aguantando la incomodidad que le causaba.

Ya pocos soldados quedaban combatiendo. El general, Sir Hass, había asustado con su magia a los más cobardes, y los valientes no eran los suficientes como para oponer resistencia a un ejército tan numeroso. A pesar de todo, ésta había sido una fácil.

Un hombre con una lanza dio el golpe de gracia a una soldado herida y luego miró a Escala, quien debía sobresalir en el paisaje por no estar combatiendo con nadie en ese momento.

-Mujeres. Un ejército de mujeres. –Escupió y la miró con desprecio-. Su lugar no es la guerra.

-¿Ah, sí? –respondió Escala con tono amenazador en lo que se acercaba-. ¿Cuál es nuestro lugar?

-Entre perfumes y flores, tal vez. Aquí sólo hay espacio para hombres; para muerte, dolor y sangre.

-¿Dijiste dolor y sangre? –Su boca se contorsionó en una mueca cruel a la vez que una contracción se extendía por sus entrañas, retorciéndole los músculos desde adentro-. Tú no tienes idea lo que hacemos las mujeres con la luna, ¿verdad?

-¿Se convierten en lobos? –bromeó el hombre poniéndose en guardia. Escala sonrió, tomó su espada con tanta fuerza que se dejó los nudillos blancos, y la desenvainó.

-Eso quisieras.


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Revolución Reign: Príncipe – Capítulo 4

Capítulo anterior: https://lacatedraldelassilfides.wordpress.com/2016/02/09/revolucion-reign-principe-capitulo-3/

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Cuando desperté, las luces ya estaban encendidas y Path cosía un vestido en su mesa de trabajo. Realmente debía encantarle su trabajo para hacerlo desde tan temprano. Me desperecé y estiré tanto como podía mientras bostezaba. La cama estaba lejos de ser tan cómoda como la mía, pero había sido el llanto lo que me hiciera sentir destrozado. Sin embargo, no protesté; demasiado había hecho mi medio hermano dejándomela.

–Buenos días –saludó poniéndose de pie y tomando el vestido por los hombros para desplegarlo ante mí–. ¿Te gusta? Ya casi termino –dijo con orgullo. La pieza era enteramente rosa con un montón de flores blancas cubriendo la parte delantera de la falda, y el pecho.

–¿Hiciste todo eso esta mañana?

–Claro que no, sólo cosí algunas flores. El vestido entero me ha llevado seis días.

–¿Para quién es?

–El marqués Naive[1]. Me lo encargó para regalárselo a su hija en su cumpleaños.

–Ah, sí, no me extraña. Él es conocido por ser muy amable y nunca involucrarse en problemas. Creo que es parte de su bondad el pedir un trabajo así a… a….

–¿Un pobre bastardo?

–No, quería decir a alguien… de menos recursos, en vez de a un sastre de la zona alta.

–Eres tan amable –dijo sonriente como si acaso se burlara. Le saqué la lengua y él volvió a dejar el vestido en la mesa–. ¿Quieres desayunar? Preparé mi especialidad con el pan de Rock y unas frutas que compré mientras dormías.

–No tenías que comprar nada –protesté–. No quiero que gastes ni una escama en mí.

–Déjame honrarte un poco, hermanito, sino me siento más pobre. –Nos sentamos enfrentados y él me tendió un puñado de distintas frutas cortadas en trozos, atrapadas entre dos rodajas de pan.

–¿Frutas… con pan?

–Así no te ensucias las manos comiendo. No sabes la cantidad de agua que ahorro gracias a no tener que lavarme las manos cada vez que como algo. Descuida, me las lavé antes de prepararlos. –Las alzó para mostrármelas–. Además nunca las tengo sucias, algunas telas se manchan muy fácil y tener que lavarlas es un gasto innecesario.

–Entiendo –dije y mordí. Path también comía, pero estaba esperando ver mi reacción–. Sabe muy bien –le sonreí. Su alegría fue inmediata.

–Temía que tu paladar tan fino rechazara cualquier cosa que pudieras encontrar aquí. Pero es una buena señal, ¿verdad? Si padre te rechaza no morirás de hambre.

–Sé sincero, ¿realmente pueden dos personas vivir de lo que tú ganas?

–Tal vez adelgazarías un poco –lo miré con incredulidad–. Descuida, soy tu hermano mayor, no te dejaría vaguear todo el día. Eventualmente encontrarías un trabajo o aprenderías a ayudarme a mí con el mío. –Hizo una pausa y no respondí–. ¿Qué pasa? ¿Te asusta?

–No –mentí–, sólo… estoy algo perdido. –Path afirmó y no insistió con el tema.

La siguiente hora se fue en charlas sobre las frutas que había usado y en mostrarme cómo se armaban y cosían las flores al vestido. No parecía difícil, pero el hecho de que no me dejara intentarlo para no manchar nada de sangre si me pinchaba me indicó que no era tan fácil. O tal vez Path no me tuviese fe; eso también era posible.

A media mañana salimos en dirección a casa de Rock y, por fortuna, el camino que utilizamos no fue el de la noche anterior. Fuimos por un pasillo donde había un prostíbulo junto a otro, todos ellos cerrados y, en consecuencia, con el área completamente vacía.

Path movió una gran placa de piedra en un muro para revelar un angosto y oscuro sendero. Jamás había pensado que había tantos escondrijos en Ars Vigil, pero mi hermano parecía tener un arsenal impresionante en su mapa mental. Caminamos por él un par de metros ignorando los gritos de una acalorada discusión del otro lado de uno de los muros, y bajamos unas escaleras hacia una tenue luz azulada que resultó pertenecer a un extraño farol circular con una cadena.

–¿Qué es? –pregunté. El farol no tenía velas ni aceites y, por ende, tampoco fuego.

–Ni idea, pero encontré un depósito con muchos y los he ido dejando por ahí… Son muy útiles porque nunca se apagan y no queman tampoco –la pasó de una mano a otra haciendo malabares hasta que se le cayó–. Tampoco se rompen –dijo despreocupado y la levantó–. Vamos –me agarró y comenzó a caminar.

–¿Tienes que tomarme de la mano?

–Sí, somos hermanos.

–Yo no hago eso con Sorsz.

–Ése es tu problema. Siempre quise un hermano, así que ahora tendrás que aguantar en lo que cumplo todas mis fantasías.

–Cuando padre te reconozca, inténtalo con Crown y cuéntame cómo te va –reí.

–Bueno –se encogió de hombros y entendí lo que había dicho.

–No crees que padre vaya a reconocerte, ¿verdad?

–¿Tú sí?

–Bueno, no sé. ¿No es parte de lo que quieres? ¿De lo que los rebeldes quieren?

–Claro que no, ellos luchan por justicia e igualdad de derechos y posibilidades. Yo soy sólo un bastardo. Te lo dije aquel día, ¿recuerdas? No me interesan los títulos ni el oro, sólo quiero una familia.

–Entonces, ¿no pedirás a padre que te reconozca?

–No lo necesito. Yo puedo vivir en dónde vivo y cómo vivo. No me molesta trabajar ni pasar un poco de hambre. Hay gente menos afortunada que yo y me molestaría ser beneficiado sólo por ser el hijo del duque.

»Pero sí quisiera tener el permiso de ir al castillo a visitarlos. Si me dejaran el paso libre, no necesitaría nada más. Mi vida sería perfecta –sonrió–. Espero que Sorsz me autorice –dijo soñador–. Parece un buen hermano mayor.

–Depende lo que entiendas por “buen hermano mayor” –Path tomó mi comentario como una broma y no habló más.

Si los rebeldes tenían éxito en lo que fuera que planeaban, Sorsz sería duque y mi padre seguramente fuese degradado en clase social al ver varios de sus títulos removidos. O peor: podría ser exiliado… o condenado a muerte. No, eso no. O… no, no estaba seguro. ¿Qué tan grave sería lo que había hecho? Lo poco que yo había visto ya me parecía deplorable, pero eso no le ganaba más que unas cuantas quejas y una obligación para cambiar unas cuantas cosas. Que los rebeldes esperaran sacarlo del poder indicaba que lo que sabían era grave.

Podía preguntar… Path no dudaría en decirme, pero ¿podría vivir sabiendo la verdad? Me había impactado profundamente lo ocurrido con el farseer Snow y ahora tenía que volver a mi vida sabiendo lo de los impuestos a los pobres y de la “limpieza” de las plazas en la clase baja. Pero no podría enfrentar a mi padre porque todo lo que tenía en mi vida me lo había dado él. ¿Cómo se había animado Star a fundar ese grupo? ¿Por qué? ¿Tan graves eran las cosas que había descubierto? Si fallaba, padre la desterraría y la tacharía de traidora.

La Star que yo conocía no era la real, pero tampoco sabía cuál lo era. ¿Cuándo había comenzado a fingir? Path no había contado con su ayuda cuando Leaf murió, así que debía haberlo conocido después de eso, por lo menos cuatro lunaciones. ¿Cómo había sido Star antes? ¿Qué había cambiado?

Path se detuvo de golpe y choqué con él: habíamos llegado sin que me percatara. Subimos y salimos a la misma habitación de la casa de Rock, lo cual me sorprendió: no había pensado que esos túneles ocultos, además de ir de una zona a otra, estaban lo suficientemente ramificados como para interconectarse y cubrir un área tan extensa.

–Deja esa ropa aquí –indicó–. Dale mis saludos a Rock e insúltalo por lo de la comida.

–¿Ya te vas?

–Sí, me encuentro con Naive para darle el vestido en un par de horas y aún tengo que terminar unos detalles. Cuando me necesites, ya sabes que te encontraré –sonrió radiante.

Hasta la noche anterior esa frase me hubiese estremecido, pero ahora sólo pude alegrarme. Luego de un segundo, esa alegría se transformó en un terror profundo ante lo que mi padre pudiese hacerle. Me asustaba que aquella rebelión fracasase y alejase a Star de mí, pero el saber que Rock y Path no tendrían tanta suerte me hacía estremecer. ¿Qué sería de mi vida sin esos dos? Abandoné mis inhibiciones y abracé fuerte a mi hermano.

–Cuídate –le pedí, casi que se lo supliqué. Él me devolvió el gesto y palmeó mi espalda.

–Estaré bien, no me tropiezo dos veces con el mismo farseer.

Me besó la mejilla y me despeinó antes de regresar de un salto al pasadizo. Me quedé allí un momento hasta que oí ruidos en la casa y reaccioné. En la cocina estaban Rock y un hombre de cabello cano que parecía estarse por ir. Él me miró un segundo, luego a mi cuñado, saludó y salió.

–Bienvenido. Interesante vestimenta –señaló mi ropa. La miré sin darle importancia.

–Gracias.

–¿Qué pasó? No te ves bien –dijo sentándose e indicando una silla para que lo imitara.

–No me sienta bien esto de encariñarme con gente.

–Sabía que a Path no le costaría ganarse tu cariño.

–¿Por qué no me dijiste que su madre había muerto? No… tal vez… no debías. No sé.

–Creí que a Path le gustaría decírtelo en persona.

–¿Es muy duro? Cuando tus padres mueren.

–No creo que pueda compararme, ellos ya eran mayores. Mi padre se llamaba Key[2]. Él nació en un pequeño pueblo, pero se mudó en su infancia a Ars Thuser[3].

–¿Ars Thuser? –Interrumpí–. Eso está en Caled.

–Sí, es la capital de Caled. Sí, afuera. A los veinte años escapó de casa y se unió a una troupe porque se enamoró de una de las artistas, Opal[4]. Lo aceptaron al principio como asistente del instrumentista y luego como músico, y así pasó muchos años con ellos. Se casó con su enamorada, tuvieron muchos hijos y recorrieron todo el mundo; hasta dieron espectáculos para los nobles wisper en Fate. Vivieron una vida muy bella juntos, hasta que su viaje los llevó a cruzar la frontera de los alas’arr, hacia las Tierras Inexistentes. Buscaban una ciudad alas’arr en la que esperaban poder tocar, pero se perdieron, y si te pierdes en esas tierras… pierdes mucho más. Algunos miembros de la troupe nunca volvieron, entre ellos Opal y uno de los hijos que tuvo con mi padre. Él estaba destrozado.

»Siguió viajando con la troupe, pero ya no quería actuar, y al llegar a Gäel comenzó a desear descansar. Avisó de su retiro y en la última actuación que hizo conoció a mi madre, Hazel[5], que estaba entre el público. Se gustaron de inmediato, pero él aún no se recuperaba, así que fueron muy lentamente en su relación; aunque al momento de marcharse la troupe, él se quedó. Vivieron varios años en un pueblo cercano y un día se mudaron al interior de Ars Vigil. Mi padre ya había tenido sus hijos y su familia, pero mi madre no, por lo que ella insistió y me tuvieron a mí. Soy el único fruto de su unión y llegué lo suficientemente tarde como para que al final algunos pensaran que ellos eran mis abuelos.

–¿Y tus hermanos? Los hijos de tu padre.

–Ellos siguieron con la troupe. Cuando tu abuelo murió y tu padre heredó el ducado, dejamos de saber de ellos porque Throne ya no permitió el contacto con el mundo exterior.

–Pensé que mi abuelo tampoco lo había hecho.

–No eres el único con ese error. El duque Brethren[6] creía que la vida era movimiento y que la ciudad vería su prosperidad condenada si la gente se quedaba quieta; por eso permitía a algunas personas entrar y salir. Hay quienes creen que tu abuelo pensaba abrir la ciudad.

»Mi padre creyó que volvería a ver a sus hijos, pero finalmente la vejez alcanzó a mi madre y la tristeza de su pérdida se lo llevó a él. El Rey de los Muertos y la Muerte vino a buscarlos con un menos de una lunación de diferencia.

–¿Los extrañas? –pregunté con timidez. Él suspiró.

–Sí, la verdad es que sí. ¿Estás bien, kelpie?

–¿Qué pasará si fallan? Los rebeldes… ¿morirían? ¿Padre los mataría?

–¿Eso es lo que te asusta, kelpie? ¿Perdernos? –Me encogí de hombros pero se me arrugó la barbilla, lo que arruinó mi inexpresividad. Rock camufló una sonrisa–. No te voy a decir que no tengas miedo, porque me honra que estés preocupado por nosotros; pero realmente una emoción así no tiene sentido si no haces algo con ella.

–¿Estás pidiéndome que me una a la rebelión?

–Para mí, serías una gran adición. Los rebeldes se motivarían mucho si supieran que hay otro miembro de la familia del duque apoyándonos. Pero no te mentiré, Star no te quiere involucrado. Deberías cambiarte e ir a casa. Tu madre vino buscándote hace rato y mentí con que dormías. Dije que te habías acostado tarde por quedarte leyendo.

Afirmé y me levanté. No me apuré en cambiarme la ropa y hasta me molestó volver a la mía que ajustaba tanto. Rock no estaba cuando salí, lo cual me alivió, ya que no quería abrir la boca y tener que despedirme. No aguantaría otra despedida por lo que quedaba del día.

Ya en el castillo, Northern saltó a mi paso intentando asustarme, pero, tras apenas obtener un ligero sobresalto por mi parte, entendió que yo no estaba de humor. Me abrazó rodeándome el pecho un momento y luego caminó conmigo en silencio. Sorsz la había enviado a vigilarme así que la dejé hacer su trabajo sin resistirme y pasamos juntos al menos media hora hasta que nuestra madre nos encontró y nos llamó a comer.

Mi hermanita intentó interceptarla cuando se acercó a mí, pero ella simplemente la apartó para darme un abrazo tan fuerte y molesto que hubiese escapado si hubiese habido un lugar al cual ir. Quité a Path de mis pensamientos y me esforcé en mantener a raya la idea de vivir con él. Eventualmente un guardia me reconocería y sólo le daría problemas.

–Buenos días, padre –dije en cuanto se sentó. Último pero infaltable, como siempre.

–Buenos días –respondió con voz grave–. ¿El músico te echó tan pronto?

–Sólo fui a pasar la noche, no iba a quedarme más.

–¿Por qué vas?

–No sé –me encogí de hombros. ¿Qué respuesta era educada y más o menos verdadera?–. Es como un refugio… un lugar de descanso.

–¿Necesitas descansar de tu familia?

–De mí mismo en realidad, padre –él afirmó varias veces y comió ni bien los sirvientes llevaron todo a la mesa. El resto de la familia estaba en silencio.

–Te estás portando mejor –siguió hablando mi padre–. He recibido menos quejas de ti este último tiempo. –Me clavó sus intensos ojos grises–. ¿Por qué? –Le sostuve la mirada. Él no era estúpido y sabía que tenía que haber una razón para que cambiara mi actitud.

–Tuve una charla con Sorsz –comencé y lo miré. Él afirmó con tanta sutileza que nadie más que yo, que lo tenía en frente, debió notarlo–. Me hizo entender que ya soy un hombre y que no tiene sentido seguir actuando como un niño.

–¿Oíste eso, Crown? –preguntó mi padre a mi hermanito–. Cuando cumplas veintidós seguirás el buen ejemplo de tu hermano y dejarás de ser el niño malcriado que ahora tienes permitido ser. –El pequeño ni se inmutó–. Me alegra que empieces a madurar –me dijo a mí–. Estoy en los preparativos para el compromiso de tu hermano, así que serás el siguiente. –Me sobresalté ante sus palabras y miré a Sorsz. A eso se debía su silencio y la postura arrogante que estaba faltándole. Padre iba a casarlo y a arruinar su vida de exitoso mujeriego. Mi madre arrojó los cubiertos y se levantó.

–¡No! –exclamó tan fuerte que asustó a los sirvientes que estaban aún cerca–. ¡No casarás a mi niño contra su voluntad!

–Cállate, mujer, es hora de que tu niño madure. Da por hecho que le elegiré una más digna de la que tú resultaste ser.

–No casarás a Sunrise –discutió. Debía estar realmente enojada como para discutir de ese modo con el duque–. Dile, hijo –le pidió–, dile que no vas a casarte porque él quiera. –Así que ésa era su estrategia: armar una pelea y enviar a pelear a alguien más. Todos miramos a Sorsz, esperando ver de qué lado se pondría.

–Tengo casi treinta años, es hora ya. –Sin duda odió cada palabra que salió de su boca, pero la altura y dignidad con la que habló enmudeció a nuestra madre. Padre no dijo ni hizo nada más; él no era un hombre que celebrara una victoria.

El almuerzo acabó en silencio y me dirigí a mi clase de piano. Muse[7], mi maestra, remarcó también mi actual obediencia, entre las muchas cosas que solía decir cada día. Yo simplemente respondí a todo con un cabeceo mientras me mantenía concentrado en mis asuntos. Algo de Sorsz casándose no me gustaba, pero tal vez fuese algo bueno después de todo; tal vez indicaba que padre estaba pensando en dejar el poder y pasárselo, quedándose con un pacífico retiro de consejero, con menos problemas y responsabilidades.

¿En qué quedaría el grupo rebelde de Star si padre abdicaba? ¿Continuarían igual para pedir justicia por aquellos supuestos crímenes cometidos o preferirían ahorrarse la revolución y dejar todo en el olvido?

Pasé varios días dándole vueltas a ese pensamiento, pero siempre acababa en el mismo punto: dependía de qué tan graves fueran los crímenes que se le adjudicaban, y yo no estaba listo aún para saber cuáles eran. ¿Tenía algo que ver el pedido de los rebeldes con la libertad que el padre de Rock había perdido? Tal vez quisieran abrir la ciudad… No, era una locura. No creía que hubiese mentido, pero no podía descartar que hubiese estado bromeando.

Aparté el pensamiento de mi atención y en cambio me fijé en que la puerta del estudio de mi padre se abría. Sorsz salía dando un portazo, indicándome que los guardias no le habían abierto. Estaba enojado y se refregaba el puño por la boca. Cuando se acercó vi el por qué.

–Tienes sangre…

–¡Ya sé! –respondió con rudeza. Era extraño verlo así, pero más extraño me resultaba el saber que o mi padre o alguno de sus guardias lo había golpeado… En realidad tendría que haber sido mi padre; Sorsz le hubiese devuelto el golpe a cualquier guardia y habrían terminado en una lucha que le dejaría más heridas que esa.

Moría de ganas de preguntar qué había pasado, pero sabía que mi hermano no dudaría en golpearme si ponía a prueba la poca paciencia que debía quedarle. Decidí no seguirlo hasta que estuviese tranquilo.

Starling estaba tomando el té con mi madre y Northern, mientras Crown jugaba contra sí mismo una partida de Elemental Dissension. Su expresión tan profundamente concentrada me hizo imposible resistir la tentación de ir a molestarlo, así que me acerqué a empujarlo para que me hiciera espacio para sentarme. Me gruñó pero me dejó un lugar.

Luego de una taza de té y una charla superficial que encantó a mi solitaria madre, me disculpé y caminé hasta la habitación de Sorsz, que era la siguiente a la mía. Entré sin golpear como mi hermano hacía y él se sobresaltó ante la irrupción. Había estado escribiendo y ahora tapaba el papel con una mano para que no lo viera.

–¿Qué hacías? –pregunté.

–Lárgate –gritó–, estoy ocupado.

–¿Si? –fingí inocencia–, ¿por qué? ¿Qué hacías? –Me acerqué a donde estaba y él salió a interceptarme.

–Nada que te importe, lárgate. –Abrió la puerta y me empujó fuera.

–Asesinaron a Snow –dije luego del traspié. Sorsz me agarró de la ropa y me arrastró al interior de su cuarto con la misma agilidad con la que me había sacado.

–¿Eres estúpido, acaso? ¿Cómo se te ocurre decir algo así donde pueden oírte?

–Entonces sabías. Padre mintió.

–¡Claro que…! Claro que padre mintió, tonto –dijo bajando la voz–. Los farseers no son queridos en la ciudad y alguien mató al único armado. Si la gente lo supiera, los demás estarían en peligro. Padre lo ocultó para protegerlos.

–¿Y su familia?

–Se mudaron a la parte norte de la clase media. –No terminaba de convencerme pero porque no quería ser convencido–. Ahora dime cómo es que tú sabes que lo mataron.

–Si quieres información, tendrás que pagarme con información. Lo que dijiste es útil pero no vale lo que sé –apunté con elegancia. Sorsz alzó una ceja y me sonrió.

–Ay, mini héroe, eres tan tierno cuando eres tan tonto. –Lo miré con incredulidad y él volvió a abrir la puerta–. Vamos, lárgate, estoy ocupado.

Salí, intimidado por la dulzura tan propia de Star que había habido en esa orden y recibí un portazo en la cara. Tardé unos segundos en dejar el estupor y volver a ser yo mismo; pateé su puerta y me alejé. Sí, sabía que era ignorante, pero no tenía por qué tratarme así. Además, ¿quién se creía que era? ¿El duque? Bueno, no, no lo era. No aún.

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