La Catedral de las Sílfides

Ven a oír las historias del viento


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Príncipes sin control, princesas sin cadenas

¿Qué tal si los príncipes que quedan hoy día son aquellos que aceptaron sus matrimonios arreglados mientras que los aventureros con complejo de rescatistas se extinguieron tras molestar a suficientes princesas?

Tal vez ellas al fin se hartaron de ver sus siestas interrumpidos por invasores no bienvenidos dando besos no deseados. Tal vez la promesa de poder, oro y vestidos inflados dejó de conquistarlas. Tal vez el “¡pero soy encantador!” dejó de sonar a buena excusa para no poner una orden de alejamiento. Tal vez esos ególatras subidos al trono del mundo al fin fueron arrestados por andar vendiendo cuentos baratos.

O tal vez…

Tal vez ellas se aliaron con sus dragones. Tal vez descubrieron que ese poder para escupir fuego y hacer temblar la tierra estaba en ellas mismas. Tal vez reclamaron su naturaleza y admitieron que podían desear volar libres y hacer oír sus rugidos sin dejar de ser educadas y delicadas cual flores si así lo deseaban.

Tal vez ellas al fin se cansaron de tener que esperar a que alguien más las rescatara para ver sus vidas al fin empezar, y prefirieron salir y enamorarse durante la aventura, formando parte de ella y cabalgando junto a sus príncipes como conquistadoras en vez de ser el premio tras la conquista.

Y, quién sabe, tal vez vivieron felices para siempre.


Crédito de la imagen a John Atkinson.

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Batalla sangrienta

La batalla estaba en aquel punto en el que ya casi acababa, pero el cansancio de tanta lucha hacía que los últimos minutos se estiraran más que un gato al despertar. Y, como si aquello no fuera suficiente, su útero comenzó a doler.

Gruñó y se dio unas palmaditas de consuelo en el abdomen. “Falta poco” se dijo a sí misma. Respiró hondo y acomodó su armadura. Tenía calor y se sentía sucia por tanto sudor, tierra y sangre. En su tierra natal todo era hielo y nieve; el agotamiento tras una batalla sólo se mostraba en moretones y algún que otro calambre. El calor atrapado entre su piel y el metal, la sofocación que le causaba la tela y el cuero… Era innatural.

Decidió quitarse el casco, porque aunque eso la dejara desprotegida, prefería que le rompieran la cabeza antes que tener que seguir aguantando la incomodidad que le causaba.

Ya pocos soldados quedaban combatiendo. El general, Sir Hass, había asustado con su magia a los más cobardes, y los valientes no eran los suficientes como para oponer resistencia a un ejército tan numeroso. A pesar de todo, ésta había sido una fácil.

Un hombre con una lanza dio el golpe de gracia a una soldado herida y luego miró a Escala, quien debía sobresalir en el paisaje por no estar combatiendo con nadie en ese momento.

-Mujeres. Un ejército de mujeres. –Escupió y la miró con desprecio-. Su lugar no es la guerra.

-¿Ah, sí? –respondió Escala con tono amenazador en lo que se acercaba-. ¿Cuál es nuestro lugar?

-Entre perfumes y flores, tal vez. Aquí sólo hay espacio para hombres; para muerte, dolor y sangre.

-¿Dijiste dolor y sangre? –Su boca se contorsionó en una mueca cruel a la vez que una contracción se extendía por sus entrañas, retorciéndole los músculos desde adentro-. Tú no tienes idea lo que hacemos las mujeres con la luna, ¿verdad?

-¿Se convierten en lobos? –bromeó el hombre poniéndose en guardia. Escala sonrió, tomó su espada con tanta fuerza que se dejó los nudillos blancos, y la desenvainó.

-Eso quisieras.