La Catedral de las Sílfides

Ven a oír las historias del viento


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Mis sombras y las tuyas

Con lo ligero de su sueño, de inmediato comenzó a despertar. Había luces y sonido llegando desde el living comedor, pero él vivía solo. Intentó ignorar lo que ocurría. El cuerpo le pesaba y no tenía suficiente energía como para dejar la cama, pero de a poco la curiosidad comenzaba a picarle.
Tras un sonoro refunfuño, se levantó y salió de su habitación. El televisor estaba encendido y su consola conectada. Al final del cable del mando estaba un desconocido enmascarado de pelo blanco. En silencio se sostuvieron la mirada, a pesar de que la máscara blanca ocultaba las facciones del invasor. Alan rompió el contacto primero para ver a qué estaba jugando, autorizando así al hombre a reanudar su actividad.
-¿Cómo hiciste eso? –preguntó el dueño de casa señalando la pantalla. El enmascarado alzó el control y le mostró una combinación de botones-. Llevo días intentando pasar esa parte.
-Podrías haber buscado en internet –respondió el hombre. Su voz era suave y afilada, como la de quien está acostumbrado a ser hiriente con las palabras.
-Eso es para los débiles de voluntad –discutió Alan y se dejó caer en el sofá junto a él.
El enmascarado no discutió y continuó jugando. El dueño de casa comentaba lo que hacía, ya por completo despierto y profundamente compenetrado en la historia que se desarrollaba en la pantalla.
-Quiero una cerveza –dijo irguiéndose-. ¿Quieres una cerveza? –El hombre giró su cabeza hacia él y su máscara se desvaneció como si no hubiera sido más que humo. Su rostro era pálido, casi albino, y su piel tersa como la porcelana. Tenía ojos azules con largas pestañas blancas como su cabello. Su nariz y pómulos eran delicados y nada prominentes, su mandíbula tampoco estaba muy marcada. En realidad, sus facciones eran tan suaves y delicadas como los de una doncella-. Eres la alucinación más bonita que he tenido. –El hombre alzó una ceja y Alan se levantó-. ¿Cerveza?
-No –respondió con severidad. Sin la máscara de por medio, su voz era más cruel.


¡Hola lectores! Esto que leyeron es algo que hace mucho empujaba por salir de mi espíritu. Un día se convertirá en una novela, pero por ahora sólo tengo este primer acercamiento a la psiquis de Alan. Es posible que escriba un par de escenas más pronto; las compartiré con ustedes entonces.
Gracias por leerme y seguir conmigo a pesar de mis largas ausencias (bien justificadas, ¡lo juro!)
Amor y muchas letras
Ancient Forest

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Revolución Reign: Príncipe – Capítulo 5

Capítulo anterior: https://lacatedraldelassilfides.wordpress.com/2016/03/14/revolucion-reign-principe-capitulo-4/

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El tiempo pasaba y lentamente volvía a sentirme cómodo con mi vida. El temor hacia mi padre menguaba a paso firme ya que él parecía no albergar sospechas hacia mí. Por otro lado, Star y Rock avanzaban reuniendo recursos para su revolución, y Path comenzó a sentirse más confiado a mi alrededor.

Creí que su actitud natural ya se había mostrado cuando nos conocimos, dado que no parecía tener inhibiciones, pero poco a poco descubrí que me había equivocado: gritaba sin previo aviso para asustarme durante un momento de silencio, se reía a carcajadas de mis errores, saltaba a mis brazos para saludarme y cada dos por tres se aparecía a medianoche en mi habitación para dormir conmigo porque yo me negaba a ir a su casa tan a menudo como él quería. Era un dolor de cabeza, pero su despreocupada sonrisa me daba confianza; sabía que podía contarle lo que quisiera sin que se escandalizara y que guardaría mis secretos como si fuesen suyos.

Recordé esa confianza, la hice tan corpórea como me fue posible y golpeé la puerta. La duda me embargó de inmediato como un rápido chispazo de pánico, pero cuando decidí irme, Star me abrió. Me paralicé, olvidándome para qué había ido; ella se quedó mirándome.

–¿Qué haces en mi puerta?

–Cometer un error, tal vez –balbuceé. Mi hermana me miró desconfiada y se giró para mirar dentro de su habitación.

–¿Podrían darme un momento para estar con mi hermanito? –preguntó con dulzura. Oí un coro de voces afirmativas, unos cuantos movimientos, y una multitud de doncellas salió conversando ávidamente–. Pasa –dijo entrando. La seguí cabizbajo preguntándome por qué me aterraba ella más que nuestro padre–. Siéntate –me ordenó quitando los bordados a medio terminar de las sillas y apilándolos en la mesa que coronaba la antesala. Creí que me preguntaría algo o me ladraría una orden como hacía con sus rebeldes, pero se quedó en silencio: estaba tan incómoda como yo–. Y… ¿cómo te estás llevando con Path?

–Bien, bien. Es… agradable.

–Él te quiere mucho.

–Lo sé, lo sé. –Volvimos a quedarnos callados. Me obligué a recordar que yo era así naturalmente: hablaba poco y me comunicaba menos. Me había acostumbrado a que Path me hostigara con preguntas y con su presencia me hiciera hablar, pero sólo era así con él. Con el resto de mis hermanos nunca había sido fácil; aunque ahora sentir a Star como una desconocida lo dificultaba–. Él… me contó algunas cosas de la rebelión, pero no mucho.

–¿Querías preguntarme algo a mí?

–No sé. ¿Quiero saber? Tú sabes y me conoces. ¿Podré soportar la verdad de lo que padre haya hecho?

–Hace una lunación o dos habría dicho que sí, que tal vez te hubiese dado igual. Siempre fuiste tan distante y apático que pensé que nada te importaba… pero Path dice que tienes un corazón que se conmueve fácilmente, así que ya no estoy segura. Yo no quiero que sufras. –Su expresión se transformó y nuevamente era la dulce y cariñosa hermana de siempre–. Haría lo que fuera por mantenerte a salvo de todo daño. A ti y a los demás.

–¿Aún a Sorsz?

–Aún al cabeza de roble –afirmó revoleando los ojos–, sí.

–Él será el duque si padre abdica. ¿Confías tanto en él?

–Lo suficiente. Hay un buen corazón debajo de toda esa tozudez.

–Supongo. Él no me parece tan… tan así como se ve que es –dije dubitativo–. Es decir, si tú finges… ¿por qué no lo haría él?

–Porque padre lo ama y entre ellos dos hay una confianza plena. Sorsz es su mano derecha y participa de todas sus reuniones y audiencias, y tiene voz y voto en la toma de cualquier decisión. ¿Por qué tendría que fingir?

–No sé –me encogí de hombros–. Hace un tiempo… padre lo golpeó.

–¿Lo viste golpearlo?

–Bueno, no, pero tenía el labio partido y salía de su estudio.

–Hace mucho padre no levanta la mano a nadie, su gente lo hace por él.

–¿Crees que Sorsz no se defendería de un guardia o farseer?

–No si padre no se lo permite.

–Bueno, es cierto –coincidí y volvió el silencio–. Entonces, ¿crees que es un tonto?

–No es tan listo como tú. Él habrá dejado su espada de madera de lado para tomar una pluma y aprender a escribir más o menos cuando tú lo hiciste, y te lleva siete años.

–Yo empecé a escribir muy temprano…

–Y se nota hoy día, serás un gran consejero para él. Será importante que levantes la voz cuando él se siente al poder; y si tu corazón es tan valioso como Path me jura que es, sabrás guiarlo por el mejor camino.

–¿Y por qué yo?

–Tengo planes para mí misma.

–¿Y Rock? ¿Por qué no Path? Path sí que tiene un corazón más grande. Me sorprende que le quepa en ese pecho flaco que tiene.

–Path… No es seguro que él pueda participar aún si tenemos éxito con la rebelión. Además ama su trabajo y no está dispuesto a dejarlo por ahora, no importa qué tan insignificante sea o qué tan poca ganancia le deje.

Yo sabía que tenían una buena relación, considerando lo independiente que era él y lo controladora que era ella, pero aún así los veía discutir a menudo, y Path siempre parecía salirse con la suya. Jamás había oído qué los tenía peleando, pero ahora entendía.

–No es insignificante si lo hace feliz –respondí defendiéndolo–. Y si él puede vivir con lo que gana, entonces está bien. No tiene por qué vivir como nosotros, él no necesita tanto y siempre dice que derrochamos. Yo creo que está bien.

–Sólo se apega a ese trabajo porque le recuerda a su madre. –La placa con el nombre de Leaf se presentó en mi mente y me preparé para batallar.

–¿Qué tiene de malo?

–No es bueno para él, debería dejar eso atrás y seguir adelante.

–¿Y por qué crees que sabes tú lo que es mejor para él?

–¿Acaso tú sabes? No te ha tocado verlo mal. No sabes lo que es encontrarte con que no ha comido en dos días y que bajo ningún concepto quiera aceptar ayuda. Uno solo de mis collares podría darle de comer durante un año, pero él se niega por serle fiel a la memoria de alguien que ya no existe.

–La muerte puede apartarte, pero no borra tu existencia. Leaf aún existe, aunque no esté viva, y tienes que respetar que ella aún sea importante para él.

–Que sobreviva es importante para mí, y supongo que para ti también. Si realmente lo quieres no vas a dejar que sea un idiota.

–Tú eres la idiota –respondí bajando la voz, había una parte en mi interior que rogó no haber sido oída, pero por otro lado se lo hubiese gritado en la cara.

–¿Disculpa?

–¡No me gustas! Antes eras amable y dulce. ¡Ahora te abusas del poder y la influencia que tienes sobre Path, como si acaso él te debiera algo por el mero hecho de existir!

–¡Estaría muerto de no ser por mí!

–¡Tal vez morir sea mejor que estar preso! –grité sin siquiera pensarlo. Ella se detuvo en seco y noté lo que acababa de hacer. Sentí que me desinflaba.

–¿Así te sientes? –preguntó con su voz cantarina–. ¿Preso? –Escapé de su mirada y me puse de pie, pero ella me alcanzó en la puerta antes de que la abriera–. ¿Reign? ¿Te sientes tan mal aquí que prefieres morir? Háblame, hermanito –suplicó acariciando mi espalda. Un escalofrío me recorrió y ella se apartó apenas un centímetro, el suficiente para liberarme.

Salí y fui hasta mi habitación como si algo malvado estuviese pisándome los talones. Abrí la puerta y cerré tras de mí. Jadeaba y sentía que las piernas me fallarían. Me hubiese arrojado a mi cama para descansar mi mente unos minutos, pero no pude: Path estaba allí, plácidamente dormido como si acaso no fuese ése el lugar más peligroso y aquella la posición más vulnerable en la que pudiera estar.

Me acerqué y toqué su hombro, pero se limitó a girarse, dándome la espalda, y seguir durmiendo.

–¡Path! –lo llamé a la vez que lo sacudía violentamente y se agitó en sueños. Un momento más tarde abría los ojos y me sonreía.

–Buenos días, hermanito.

–Buenos días nada, es media tarde. ¡No puedes estar aquí!

–Lo siento –bostezó–, vine a buscarte y no estabas, y me senté y tu cama era muy cómoda… y me acosté y… –cerró los ojos para indicar que se había dormido y volvió a ocurrir.

Consideré despertarlo, pero tal vez no era tan malo que estuviese ahí: había ido sólo a cambiarme para asistir por primera vez a una de las reuniones del consejo de mi padre, y como todos sabían del gran acontecimiento, nadie entraría allí una vez yo saliera.

Caminé hasta mi mueble, saqué la ropa que usaría y comencé a desvestirme. Mi padre finalmente me integraría en las actividades del ducado y, por algún motivo, eso me emocionaba. Cuando Sorsz fuese el duque, yo sería su mano derecha. Mi poder aumentaría y mis influencias también… y tal vez… tal vez pudiese hacer algo por Starling, porque aunque seguía enfadado con ella y no entendía del todo sus motivos, sabía que su pedido era justo. Aún no había decidido unirme a la rebelión pero votaba por ellos; aunque casi con la misma intensidad deseaba que no hubiera problemas.

Tal vez asistiendo al futuro duque pudiese encontrar una solución a través de la diplomacia. Sonreí imaginándome como un gran héroe y agradecí que mi hermano durmiese. Era tonto e infantil, pero me hacía ilusión imaginarme en un libro junto a héroes.

Oí un golpe y al girarme encontré que ya no estaba solo: Sorsz posó la mirada en mí, luego en Path y en mí otra vez. Alzó una ceja y exhaló sonoramente con una sonrisa torcida.

–Mejor… les doy espacio –dijo con picardía y cerró la puerta. Sentí helándoseme la sangre y trastabillé tras él fuera de la habitación.

–Sorsz, espera –lo adelanté y empujé para acorralarlo contra la pared–. Lo que viste…

–Oye, no es mi asunto lo que hagas en la cama, mini héroe –respondió con cierta burla. ¿Qué? Ah, eso había pensado… Bueno, sin duda era el menor mal.

–Entonces, ¿puedes prometerme que no vas a decirle a nadie?

–No sé, creo que a mamá le gustaría saber que su hijo ya está en actividad –rió.

–Sólo fue una vez –necesitaba una mentira rápido–. Estoy… pagándole… quiero experimentar… no creo volver a hacerlo.

–¿Estás pagándole a un hombre que se durmió en tu cama aún vestido? –Soltó una carcajada–. O tú eres un pésimo cliente o él un desastroso vendedor.

–Búrlate lo que quieras, pero, por favor, no le digas a nadie –él se puso serio–. Por favor, de verdad te lo pido.

–Difícil no decirle nada a nadie si tú no me dices nada a mí. ¿Quién es? En serio ahora.

–Es… un amigo.

–Vamos, Reign, tú no tienes amigos.

–Escucha, haré lo que sea para que guardes esto en secreto. –En mi mente no había parecido tan mala idea como cuando lo dije–. Dime el precio de tu silencio, te lo pago –él alzó una ceja y miró a la habitación, pero la cortina se interpuso y protegió a Path de su mirada–. Ese chico es… –continué, tenía que convencerlo– es una persona realmente maravillosa y ha sufrido demasiado. No quiero darle más problemas… y créeme que tú tampoco. Por favor.

–¿Cómo se llama?

–Path.

–Path –repitió volviendo la vista a la ventana. “Por favor, cede” supliqué para mis adentros. “Cede”–. Está bien. –Suspiré aliviado–. Pero paga mi precio: a partir de ahora, estás de mi lado. Serás fiel a mí y obedecerás cada orden que te dé. La primera será que no le cuentes de este trato a nadie, ni a tu enamorado.

–Está bien.

–La segunda orden es de padre en realidad; quiere hablarte antes de que empiece la reunión así que apúrate a cambiarte y alcanzarnos.

–Está bien –repetí con la mente atontada. Sorsz me apartó y se fue. Yo regresé casi sin energía a mi habitación y cerré la puerta. Path aún dormía.

Me acerqué y me senté en la cama. Lo hubiese golpeado pero era incapaz de siquiera tocarlo; se veía demasiado indefenso. Suspiré y me quedé allí. Sentía como si estuviese llorando, aunque definitivamente no lo hacía. Ya no tenía ganas de ir a la reunión del consejo de mi padre y el hecho de tener que apurarme me desganaba aún más.

–¿Qué pasa? –preguntó Path. A duras penas podía mantener los ojos abiertos.

–Nada, vuelve a dormir. Te despertaré cuando regrese.

–Bueno –se acomodó y respiró profundamente. ¿Cómo podía estar tan tranquilo? Sorsz había estado a punto de arruinar su vida–. Reign, ¿tienes algún secreto?

–¿Secreto? –repetí sintiéndome acorralado. Había olvidado que Path sabía siempre dónde estaba, tal vez hubiese alguna forma de que supiera lo que había hablado con Sorsz.

–Yo tengo uno –dijo con una sonrisa. Sus ojos ya estaban cerrados y en cualquier momento se dormiría–. Te lo contaré después. –Volvió a dormirse y yo me quedé allí, perdiendo el tiempo. Podría haber estado allí hasta mi muerte, pero finalmente mi padre o uno de sus hombres hubiesen entrado hechos una furia en mi habitación y descubierto a Path.

Me levanté con pesadez y caminé hasta la sala del consejo. No había nadie afuera más que los dos guardias que custodiaban la puerta, lo que me indicaba que la reunión había empezado sin mí. Golpeé con suavidad y entré. Sorsz de inmediato me fulminó con la mirada, pero lo que me hizo notar lo verdaderamente grave de mi impuntualidad, fue el hecho de que mi padre no se mostró enojado, sino que, al contrario, me ignoró. Era más fácil lidiar con él cuando sabías que quería golpearte que cuando no estabas seguro de si estaba planeando silenciosamente tu muerte.

Bajé la cabeza para hacerle saber que estaba avergonzado, pero ni aún así me miró; estaba demasiado interesado en uno de sus farseers, Ash, quien le daba su reporte.

La reunión fue más aburrida de lo que había imaginado en mis peores momentos. Mis esperanzas de ser la gran influencia política que salvara a Ars Vigil de una lucha armada, lentamente se desvanecían. Me sentía pequeño e inútil, además de ignorante. Sorsz estaba sentado como si acaso fuese la estatua de un rey mientras que yo no podía dejar de moverme en mi asiento, incómodo en todos los significados de esa palabra.

–Algunos… –comenzó dubitativo un farseer que debía tener apenas algunos años más que Sorsz– de los que tienen menos recursos están disconformes con la seguridad. Se quejan de los guardias –explicó llanamente–, dicen que son abusivos.

–¿Cuántos dicen eso? –preguntó mi padre.

–No los suficientes para que le quiten el sueño.

–Bien –resopló conforme–. Rowan, ¿cuándo es la fiesta de cumpleaños del marqués Jade? –preguntó como si fuese algo realmente importante. Me quedé mudo. Sorsz ni se inmutó por el cambio de tema–. El año pasado lo olvidé y él sí que se ocupó de quitarme sueño –bromeó y todos rieron. Mi hermano mostró apenas una sonrisa.

–Falta aún una lunación, milord –respondió el viejo consejero tosiendo un poco–. Me ocuparé de avisarle, así que puede estar tranquilo.

–Bien, bien. Dame tu reporte, Sense –habló al farseer joven.

–¿No harás nada? –dijo una voz ligeramente más aguda que la del resto. Sólo noté que había sido la mía cuando todos los ojos se posaron en mí. Mi padre finalmente me miró, primero con asombro, pero lentamente su semblante se oscureció y sentí que acababa de cometer el error de mi vida–. Los guardias… –continué, ya no podía empeorarlo– hacen cosas horribles.

–¿Y tú cómo sabes? –Inquirió mi padre.

–Lo he visto. Estuve un día allá… buscando hilo para un bordado de Star… y oí que los guardias hasta habían asesinado a un hombre por dormir en la calle.

–Dormir en la calle es ilegal –puntualizó Sorsz mirando fijamente a la mesa.

–¡No tenía un hogar! ¿Acaso es ilegal ser pobre? Porque si es así, es responsabilidad del duque cambiar eso. Castigar a la gente no sirve, no los ayuda a mejorar su estilo de vida. ¡Nadie quiere ser pobre!

–Claro que no, hijo –dijo mi padre sonriéndome, luego de unos momentos de silencio–. Ser pobre no es ilegal, qué tontería –rió y todos lo imitaron, más por compromiso que por encontrarlo gracioso–. Entonces, ¿Sense? –Pero mi boca no quiso quedarse cerrada.

–Padre, haz algo –interrumpí. Él me miró; comenzaba a exasperarse y se notaba en su carencia absoluta del odio que lo caracterizaba–. Tu gente vive mal.

–Hijo, si tienes tres limones y tres personas, ¿cómo los repartes?

–¿Uno para cada uno?

–Y así creas caos. Los humanos no estamos hechos para convivir. Dales igualdad y se matarán para diferenciarse. Sólo dándole a uno dos limones, a otro uno y al tercero dejándolo sin nada, es como mantienes equilibrio. El rico podrá dirigir sin que lo cuestionen y el pobre obedecerá y se contentará con lamer las cáscaras. Los que menos tienen son felices con poco.

–¡Pero es injusto!

–¡Tonterías! Los pobres se mostrarían felices si supieran que su modo de vida es lo que mantiene este sistema funcionando y a la sociedad en paz.

–¡Pero…!

–Ya has hablado suficiente –dijo con autoridad alzando una mano para detenerme, luego volvió la vista a Sense y lo instó a dar su reporte una vez más.

Me quedé callado, sintiendo la injusticia como agujas enterradas bajo mis uñas. Sentía ganas de llorar, pero sabía que sólo me daría más problemas si lo hacía. Me quedé callado intentando imitar la postura de mi hermano, pero nada logró hacerme sentir que el final de la reunión no llegó luego de una eternidad.

Me levanté deprisa, pero mi padre carraspeó para llamar mi atención, indicándome que volviera a sentarme en cuanto lo miré. Obedecí con la cabeza gacha y esperé mientras la sala se vaciaba deprisa. Sorsz salió sin siquiera mirarme y sentí eso como una nueva traición: como mi hermano mayor, debió rescatarme.

Mi padre se levantó último y caminó hasta quedar de pie a mi lado. Yo estaba sentado, así que no sólo me sentí diminuto, sino totalmente vulnerable.

–Hijo, ¿sabes por qué quería que vinieras antes de empezar? –Negué con la cabeza–. No –remarcó y esperó sin quitarme los ojos de encima. Apreté los puños en un intento absurdo de controlar mi pánico–. Era para decirte cuál es tu lugar aquí.

–Lo siento, sé que no debí interrumpir.

–Está bien, te traje para que aprendas, y tal vez así la enseñanza se arraigue más en tu mente que si simplemente te la decía –se agachó a mi lado, poniendo una mano en la mesa y otra en el respaldo de mi silla: ahora sí no había a dónde correr–. Tú aquí eres un inútil –dijo intenso–, ignorante y estúpido. No importa cuánto hayas estudiado, la vida no es un libro que hayas leído. ¿Entiendes?

–Sí, padre –respondí evitando el contacto visual.

–Bien. Valoraré que a partir de ahora te quedes callado y escuches, hablarás sólo cuando yo te pida que lo hagas.

–Sí, padre.

–Bien –se levantó–. Y me gusta eso de que empatices con los pobres –dijo sin una pizca de sarcasmo–, pero tienes que entender que para la sociedad en la que vivimos, es inconcebible pensar en no tenerlos. La vida no es justa y, viviendo en igualdad, todos sólo podríamos tener muy poco. Si tú quieres seguir teniendo todo lo que quieras cuando lo quieras y vivir sin preocuparte de morir por una insignificancia, tienes que entender que hay alguien que tiene que tener menos. ¿Comprendes, hijo?

–Sí, padre.

–Muy bien. –Se puso de pie–. Hoy no cenarás, no quiero ver ni que aparezcas en el comedor, eso hará que no olvides este error –dijo y guardó silencio. Si me hubiese gritado y golpeado habría sido más fácil.

–Sí, padre –repetí una última vez. Él me dio unas palmaditas en la cabeza y salió.

Me abracé a mí mismo y me encogí de miedo. Yo conocía a mi padre, sabía leerlo y lo entendía: aquel gesto no había sido de cariño, sino de aprobación, como el que se le hace a una mascota en premio por su obediencia; yo no era su hijo, era su más desobediente pertenencia, y me domaría a cualquier precio.

Trastabillé hasta la puerta y la abrí con temor, pero no había nadie afuera. Me aliviaba no tener que salir bajo la mirada de desaprobación de algún farseer ni la de reproche de uno de los consejeros, pero que no estuviera mi hermano me decepcionó: ¿Por qué no estaba ahí? ¿Por qué se había ido? Él era el mayor, se suponía que me cuidaba. Me había estado persiguiendo durante fases para que no me pasara nada, y cuando finalmente algo pasaba, desaparecía. ¿No se le había ocurrido pensar que lo necesitaría? ¿O mi conducta había sido tan reprochable que hasta él necesitaba despreciarme?

Pero había alguien que no iba a despreciarme; no, eran muchos. La imagen de Path había aparecido ante mí, y tras él vi a Star y Rock, y detrás de ellos a todos y cada uno de los involucrados en la rebelión, aunque a la mayoría no los conocía más que de vista.

Sentí mi mente encendiéndose y cuerpo acelerándose. En la sala del consejo había recibido silencio y miradas reprobatorias, pero si contara lo sucedido entre los rebeldes, aplaudirían mi valor y se mostrarían tan consternados como yo ante las palabras de mi padre.

¿Que los pobres debían de sentirse felices de serlo porque así nuestra sociedad funcionaba? ¿Qué le hacía pensar que ellos querían seguir viviendo en una sociedad así? ¿Qué tan sorprendido se vería mi padre al descubrir que aquellos sin nada tenían las dos manos libres para tomar uno de sus malditos limones y hacer justicia?

Por primera vez en mi vida, troté hasta mi habitación y abrí la puerta con una sonrisa claramente visible, pero Path no estaba allí para recibirme. Debía haberse ido al décimo tercer jardín, había dicho que iba a contarme algo. Giré sobre mis talones y choqué con alguien que había aparecido tan sorpresivamente que me hizo saltar del susto.

–¿Se fue tu novio? –preguntó Sorsz serio.

–¿Qué quieres? Estoy ocupado. –Intenté sortearlo, pero, casi imitando perfectamente nuestro encuentro previo pero con los roles cambiados, me arrinconó contra la pared.

–¿Hay algo que confesarme, esclavo? –Mi buen humor se esfumó en un instante.

–Mi vida no te pertenece.

–¡Ah! ¿Debo entonces enviarle a Path los saludos de la familia? –Inquirió con malicia. ¿Por qué no se había olvidado su nombre?–. Eso pensé. Fuiste muy tonto hoy.

–Ya sé, ya me regañaron, no tienes que hacerlo de nuevo. –Lo intenté empujar, pero era fuerte y la presión que ejercía sobre mi hombro no me dejó separarme de la pared.

–No, sí tengo que hacerlo de nuevo; ¿en qué estabas pensando?

–¡En que es injusto! ¿Realmente piensa que los pobres son felices? ¿En serio dijo eso? Yo creo que si los pobres supieran que ellos son quienes deciden si la sociedad sigue así o no, las cosas cambiarían en un instante –dije chasqueando los dedos.

–¿Y tú crees que esos pobres tienen consciencia de cuánta muerte dejarían atrás? –Su pregunta me tomó desprevenido–. ¿Crees que te dejarían a ti vivir? ¿Crees que un cerbero no te comería sólo porque te gustan los perros?

–¿Y qué quieres que haga? ¿Nada? ¿Cómo puedes vivir tan tranquilo sabiendo que padre no hace nada por la gente que es golpeada por no tener dónde dormir cada día? –Bajó los brazos, liberándome, pero su expresión indicaba que no había terminado conmigo aún.

–Eres inteligente, Reign, pero temerario; no deberías dejar que esa pasión loca que tienes por la justicia hable por ti, no en voz alta al menos.

–¿Qué se supone que haga? –No entendía del todo sus palabras, pero ahora dudaba de su postura ante mi padre; algo, no sabía qué, me indicaba que tal vez no era tan fiel.

–Sólo… –balbuceó– ten cuidado. –Arqueé una ceja. ¿Estaba genuinamente preocupado por mí? Su expresión de intranquilidad fue fugaz y nuevamente volvió a ser el severo lord que se creía demasiado importante como para entender por qué alguien en el mundo no lo amaba–. Si sigues metiendo la cabeza donde no te llaman, alguien terminará cortándotela.

–¿Es una amenaza?

–Una advertencia, tontito –dijo golpeándome en la frente con la mano abierta. Me quedé sobándome la marca roja mientras esperaba que se metiera en su habitación, para que no viera a dónde iría. Luego de un tiempo prudente, me encaminé a la cocina de la guardia.

Path estaba en el jardín, como esperaba, pero igual se las había ingeniado para sorprenderme de algún modo: el césped había sido cortado y estaba casi al ras del piso, como si fuese una mullida alfombra verde brillante. Ya no había ni una pieza de metal a la vista y, en cambio, estaban los huesos desnudos apilados tras mi hermano, quien estaba allí sentado, observando una calavera con atención. Ante él había una fosa y una pila de tierra que no llevaba mucho tiempo allí.

–¿Qué haces? –Le pregunté.

–Intento adivinar su nombre –respondió sin perder la concentración.

–¿Y cómo vas?

–Coin, creo que es Coin.

–¿Y qué tipo de moneda? ¿Una escama, una garra, un cuerno o un colmillo? –Finalmente despegó los ojos de la calavera y me miró.

–Un colmillo –afirmó–, pero sólo porque nunca tuve uno en mis manos y ahora podré alardear con mis amigos –rió y me senté a su lado. Yo tampoco había tenido una de aquellas conquistas de oro nunca, pero porque mi sola presencia y nombre eran suficientes para conseguirme lo que quisiera.

Nunca me había preocupado, pero ahora se me antojaba realmente importante: si la rebelión triunfaba y el cerbero no me perdonaba, tendría que huir, y entonces mi nombre sólo me pondría en peligro. Sin saber trabajar ni hacer nada, no llegaría muy lejos.

–¿Qué te preocupa, hermanito? –preguntó gateando hasta la fosa y dejando la calavera dentro con sumo cuidado.

–La rebelión.

–¿Pasó algo?

–No, pero… Cuando salí de la reunión del consejo de mi padre y comencé a buscarte, estaba seguro de que quería ser parte, pero ahora tengo miedo. Si padre triunfa y se queda en el poder, seré un traidor y tendré que irme; y si los rebeldes triunfan, nada me garantiza que no querrán deshacerse de mí por tener la sangre de mi padre.

–¿”Sangre de mi padre”? –Rió–. Reign, por favor, nadie va a matarte por tus ancestros.

–No sé, es muy propio de los elfos el juzgarte por tus raíces.

–Te preocupas demasiado. Starling no va a permitir que nada malo nos pase.

–¿Cómo? ¿Y si luego de correr del poder a nuestro padre se dan cuenta que Sorsz es igual y que eso indica que no pueden confiar en ninguno de nosotros?

–Te preocupas demasiado –repitió meneando la cabeza y cargando más huesos entre sus brazos para llevarlos a la fosa–. Si algo tan malo llega a ocurrir, sabremos liberarnos. Podríamos venir aquí.

–¿Y echarnos a tu fosa con ellos?

–No creo que sea muy cómoda –respondió mirando dentro. Exhalé sonoramente, cansado de su optimismo–. Este lugar es una puerta, Reign. ¿No te has dado cuenta? El castillo está cerrado, pero lugares como éste están más allá del control de Throne. Aquí él no nos puede tocar; éste es un portal de libertad, a partir de aquí somos libres.

–Ser libre es algo más que elegir dónde morir de hambre.

–Creo que no me has entendido.

–Creo que estás loco. No somos libres, Path. Sé que te gusta pensar que sí, pero no.

–Yo soy libre –dijo con confianza–, porque yo elijo qué sentir y pensar. Mírate tú, estás tan domesticado por esta cárcel que aunque sacaran las paredes seguirías encerrado.

–No es cierto.

–¡Lo es! Estúpido es el que piensa que es libre en la cárcel, pero igual de condenado está aquel que piensa tan fervientemente que no hay salida, que se niega siquiera a intentarlo.

–¡No hay esperanza! –le grité rabioso. Tenía razón y lo sabía, pero no podía admitirlo, algo me lo impedía. No, no podía ser tan fácil como decía. No podía tener razón.

–¡Qué tú no tengas no significa que no haya! –respondió apasionado y de pronto sentí que estaba discutiendo con uno de los guerreros de mis sueños.

–¿Por qué eres así?

–Yo soy como tú. A mí las desgracias me han golpeado y arrollado con la misma crueldad con la que tu mente te ha hecho percibir el mundo, pero yo decidí hace mucho tiempo que la victoria por mi vida sería mía.

Su postura se afirmó y me sentí una rata ante un tigre. Ya no era el Path alegre que escupía flores cada vez que abría la boca, ahora era un guerrero feroz que respiraba fuego.

Siempre había creído que en Ars Vigil todos nacíamos en nuestro propio y muy personalizado pozo, al cual cada desgracia le echaba tierra hasta terminar de matarnos; pero ahora una certeza se abría paso en mi interior: ese chico flaco y mal alimentado había nacido como todos nosotros, tal vez incluso en peores condiciones de las normales, pero de algún modo se había desenterrado; de algún modo había decidido su libertad y había pasado por sobre todo lo que la sociedad le había dicho que era infranqueable.

Me quedé en silencio, oyéndome respirar. Para mí, reírse así, pensar así, siempre había sido signo de debilidad, pero aquel chico no podía ser vencido. Podría decirme que conquistaría una montaña escalándola con las manos desnudas y le habría creído.

–Ésta es mujer. –Tenía otra calavera en las manos–. Se llama Letter[6]. ¿La conoces? –Negué con la cabeza–. Ella parece recordarte a ti –¿Recordarme? ¿Qué quería decir eso? Tomó otros huesos en brazos y los llevó a la fosa; ya no quedaban muchos.

–¿Hablas… con ellos? –Me animé. Path me ignoró–. ¿Qué te dicen?

–No mucho –respondió distraído. Miré a los huesos que aún faltaban enterrar y me recorrió un escalofrío–. No te pueden hacer daño así que no temas. No son ellos los peligrosos –agregó y me dio la espalda como si hubiese algo interesante que mirar del otro lado. Me levanté y me puse de pie tras él. Aún arrodillado giró la cabeza y me dejó ver su rostro. No supe en qué momento se había puesto a llorar, pero de pronto estaba bañado en lágrimas. Imité su postura, sin dejar de mirarlo, pero sin poder entender qué pasaba. Él volvió la vista a los huesos–. He oído que dicen que los espíritus que quedan atrás son aquellos que no están en paz, pero no es así, las almas están hechas de paz.

–¿Y con qué hablas tú?

–Memorias. La mente sí puede no encontrar paz y quedarse atrás. Hay excepciones, claro –se enjugó las lágrimas–; sí he visto espíritus, pero la mayoría son memorias, repitiendo lo que hicieron sus últimas horas o días, sin darse cuenta que todo ya terminó.

–¿Y… no te dan miedo? –Él meneó la cabeza, riendo.

–Las memorias de otros no pueden dañarte más de lo que te dañaría alguien gritándote su historia a la cara.

–¿Y entonces por qué las lágrimas? –Lo tomé desprevenido, parecía haber creído que no preguntaría tan directamente.

–Bueno, eso es… es… –Bufó–. Se dicen muchas cosas de la gente como yo.

–¿Cosas reales? –Se encogió de hombros. No importaba, él las creía–. ¿Qué dicen?

–Ya sabes… que un humano no debería tener un don que pertenece al Rey de los Muertos y la Muerte.

–Pero lo tienes.

–Supongo –dijo sin más. No lograba entender qué pasaba y Path, por primera vez desde que lo conociera, parecía no estar dispuesto a ser directo conmigo.

–¿Qué pasa? ¿Por qué te pone mal? –Una luz se encendió en mi mente–. ¡Así es como sabes siempre dónde estoy! Los espíritus te avisan –él sonrió, atrapado en la travesura.

–También son quienes me han mostrado los túneles y salas secretas.

–Qué útil –se me antojó dejándome caer para quedar sentado. Pero algo aún no encajaba–. Entonces, ¿por qué lloras? ¿Hay alguna desventaja? –Nuevamente su sonrisa se borró. Usualmente su alegría predominaba aunque su ánimo era cambiante, pero esto era ya demasiado.

–Depende de lo que creas.

–¿Y tú qué crees?

–Ya sabes…

–No, no sé, explícame –me miró y entendí que estaba siendo demasiado duro ante un tema delicado; sus ojos me suplicaron piedad.

–Algunos dicen que cuando vives rodeado de muerte te conviertes… en un… bueno, en un emisario del Rey… Dicen que tu presencia hace morir a la gente –dijo rindiéndose a la angustia–. Cuando mis tías se enteraron de mi don, se fueron. Ellas le habían dicho a mi madre que la ayudarían a cuidarme, pero se echaron atrás.

–Tu madre… –de pronto entendí.

–Ella dijo que eran tonterías y se negó a deshacerse de mí.

–¡Y tenía razón, Path! Son tonterías –¿Desde cuándo esa alma necesitaba consuelo?

–Ella murió y tú… tienes miedo. Yo te digo que voy a protegerte y quiero hacerlo, pero… ¿Cómo cuidarte de mí mismo? Soy egoísta, no puedo pensar en vivir lejos de ti, de Star y de Rock. Quiero aferrarme a ustedes y no dejarlos ir nunca porque sé que soy débil solo…

–No termines la frase, es una tontería. Son sólo supersticiones.

–Mi madre también creía que era una superstición, pero tanta gente lo cree que…

–Una mentira no se convierte en verdad sólo porque mucha gente lo crea. Eso sólo demuestra que la sociedad es estúpida. Tus tías fueron unas estúpidas y todo el que te haya temido también. Tu madre era la verdadera sabia y deberías escucharla a ella. Vivió a tu lado, amándote con toda su alma, durante veintitrés años. ¡Hasta te llevó en su vientre!

–Y murió.

–Todos moriremos un día, no te adjudiques el cumplimiento de la ley de la vida.

–No puedes ignorar el hecho de que si yo no estuviera, mi madre tal vez hubiese tenido el dinero suficiente para poder curar su enfermedad.

–Claro que no. Tal vez cuando eras niño ella gastaba mucho más en ti, pero tú la ayudabas con su negocio. Ella pudo descansar y estar tranquila sus últimos días porque tenía a un hijo maravilloso que la amaba y cuidaba. Si yo fuera ella, ni en mi lecho de muerte, ni aunque hubiese sido tu culpa, me hubiese arrepentido de traerte al mundo. Y como tu hermano no me arrepiento de conocerte. Si muero será totalmente convencido de que no fue tu culpa, pero por sobre todo, será realmente agradecido de todo lo que me has enseñado. Sí, duelen tus palabras a veces, pero porque me haces ver el dolor y la injusticia que ignoraba. Si tú eres la muerte, Path, entonces morir es un despertar, y eso me hace sentir valiente.

Se acercó un poco más, me rodeó la cintura y dejó caer la cabeza en mi hombro. Era extraño consolar a alguien, especialmente a alguien que no había cedido a su postura alegre y optimista ni aún anoticiándome de la muerte de su madre; pero no me resultó desagradable. Amaba a mi hermano y ahora entendía lo que eso significaba: lo seguiría hasta mi muerte si hacía falta. La rebelión no se me antojaba tan aterradora ahora.

Alcé un hueso que estaba a mi alcance y lo miré: tampoco me daba miedo ya. Eran gente, igual que yo. ¿Por qué habrían muerto? ¿Se habrían ido siguiendo a un ser amado en un intento por hacer una diferencia? Las armaduras que habían tenido indicaban que eran guerreros, tal vez hubiesen muerto en combate. Era lógico, pero nunca había pensado en eso, nunca había sido lo suficientemente temerario como para hacerme aquellas preguntas.

Por eso Path me parecía tan sabio: él cuestionaba todo porque no temía a lo que pudiera descubrir, él era realmente libre para hacer y decir lo que quisiera.

Toda mi vida crecí oyendo que yo no era lo suficiente hombre para mi familia y había permitido que eso me condicionara; no me consideraba un guerrero y siempre me veía muy por debajo de Sorsz. Tener el cabello gris claro como la ceniza en vez de negro era una tontería, pero una que me había hecho crecer odiándome y sintiéndome mucho menos digno que mi hermano mayor. ¿Cómo sería crecer oyendo que tu presencia mata a quienes quieres?

Hubiese vivido encerrado y solo, odiando al mundo por no poder permitirme el cariño de nadie. Y tras finalmente perder a quien más me amara, quien se hubiera animado a vivir a mi lado a pesar de lo que dijeran, no podría haberme quitado nunca la sensación de que había sido culpa mía. Me habría colgado, yo no era tan fuerte como para vivir con esa carga.

Pero Path lo había hecho y, a pesar del terror, el impulso por tener una familia que lo amara era más grande que cualquier otra cosa. Él había dicho que ganaría la batalla por su vida y batallaba cada día. Palmeé su espalda y giré el hombro para que se levantara, él me soltó y se enjugó las lágrimas con ambas manos. Era duro verlo tan mal.

–¿Cómo te hiciste esa cicatriz? –pregunté intentando distraerlo. La curiosidad, sin embargo, era genuina–. Ésta –toqué junto a su ojo.

–Una vez que le quité la tijera a mi madre y me caí con ella mientras intentaba escapar. –Lo miré con incredulidad y le di un golpe con los nudillos. Él rió cual niño.

Nos sentamos junto y nos acarició una suave brisa. También era algo que siempre me había asustado, asociándola sin dudarlo a la ira de los espíritus, pero ahora me resultaba pacífica. Path y yo no estábamos solos, pero no tenía la desagradable sensación de sentirme observado; por el contrario, era una compañía que estaba junto a nosotros, disfrutando el aire y la luz que no tenía comparación a la del interior.

Una puerta a la libertad… Tal vez ésa era la sensación tan extraña que tenía. Nunca había experimentado el sentirme totalmente libre para hacer lo que quisiera; poder pensar, sentir y decir sin temer a las consecuencias.

Oí a alguien exhalando el aire por la boca, como si se aliviara un peso de años, y miré alrededor: Path no había sido y estábamos solos, pero aún así aquella presencia estaba, y era tan grande que no podría haber asegurado que no se trataba del mismo jardín.

¿Leaf? –Se me ocurrió preguntar para mis adentros. Dudaba que fuera ella, dado que mi hermano no se había siquiera inmutado, pero definitivamente no esperé que tras una risa alegre como aquel día, una voz respondiera.

No.

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