La Catedral de las Sílfides

siéntate a oír las historias del viento


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Cómo y por qué poner nombre a los capítulos de tu libro

Saludos almas curiosas, bienvenidos a una nueva entrada de utilidades para escritores. Este es un tema en el que he estado pensando estos últimos días e, interesantemente, google no me ha dado resultados (en español) cuando investigué quién más se había dedicado a él (más allá de un par de foros discutiendo el tema): los nombres de los capítulos de un libro.

¡Pero, Ancient Forest, mi libro no tiene capítulos!

Bueno, a no ser que tu libro tenga entre dos y cinco páginas, déjame contarte de la vez que me prestaron un libro de casi cuatrocientas páginas (diciéndome que era una obra maestra) y el cual nunca leí por el mero hecho de que no tenía capítulos ni divisiones.

Sé que no soy la única que decide motivarse a leer con “un capítulo al día” o que, enganchada con la trama, dice “un capítulo más”. Si tu libro no tiene pausas para que el lector pueda levantarse de la silla a cubrir sus necesidades básicas y hacerle saber a sus familiares que todavía vive, la lectura podría acabar mal.

Bueno, si ya te convencí de que necesitas capítulos, vamos a lo importante: ¿para qué sirve nombrarlos?

Leí por ahí que no sirven para nada, que es mejor poner solo números y ya. Yo no creo eso. En general las cosas que no sirven para nada no existen. Incluso aquello que más inútil parece puede liberarnos del estrés, divertirnos un rato o servirnos de regalo para que alguien que nos frustra comparta lo que sentimos.

Los nombres de los capítulos son una excelente manera de rastrear en el índice dónde empieza esa escena que queremos releer, de ganarnos al lector cuando abre el libro para encontrar algo que lo convenza de comprarlo, de luego provocarle ganas de leer (¿quién no ha visto el título del capítulo siguiente y ha decidido adentrarse un poco más en el insomnio en vez de resignarnos al atrayente poder de la almohada?), y, si está bien hecho, el nombre de un capítulo le agregará valor a la historia.

Además, y esta es enteramente mi opinión, el nombrar capítulos es una parte íntima del proceso creativo. Me gusta darles un nombre como parte de su identidad ni bien acabo de corregirlos; lo veo casi como la culminación del dar a luz un montón de palabras en un papel (pantalla en mi caso).

”¿Cómo?” se preguntarán. Analicemos la magia detrás de cada opción:

La primera es dar el nombre de un personaje a los capítulos. Puede ser de un personaje que entrará o será el foco de lo que pase en dicho capítulo.

George R. R. Martin utiliza este recurso en la saga “Canción de hielo y fuego”, dejando ese espacio para anunciar quién narrará lo que leeremos a continuación. Aunque no es algo que yo haría, debo admitir que se ven geniales las citas de los personajes. “A Game of Thrones, Chapter 64, Daenerys VIII”. Me encanta, es casi bíblico. Aunque tristemente sirve sólo si los narradores abundan, de otro modo se torna repetitivo.

La segunda opción es la que más he visto: utilizar una palabra (que puede ser en cualquier idioma, de cualquier época o incluso estar inventada) o frase que anuncie lo que va a ocurrir en el capítulo. Esto lo vimos, por ejemplo, en Harry Potter y [inserte aquí elemento mágico] o la magnífica saga de Patrick Rothfuss, Crónica del asesino de reyes.

Hay una parte negativa a esto: así como algunos desubicados de antaño ponían más de diez nombres a sus hijos (los miro a ustedes, padres de Picasso), hay algunos autores a los que se les va la mano con el nombramiento.

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Pablo Diego José Francisco de Paula Juan Nepomuceno María de los Remedios Cipriano de la Santísima Trinidad Ruiz y Picasso, y su perro.

No me hace feliz la idea de hablar mal de un libro cuando quien lo creó aún vive, por lo que no daré los datos específicos, pero un capítulo de una obra que se cruzó en mi camino se llamaba, y no es broma: “En el que [protagonista] experimenta muchos sentimientos intensos y discordantes en un espacio muy corto de tiempo; también se narra aquí la verdadera historia de [otro personaje] y de cómo perdió su oreja, junto con otros acontecimientos de gran importancia para este relato.”

La idea es que el lector que ya leyó el capítulo entienda de dónde viene el nombre y que el que no lo leyó sienta curiosidad por eso que estás insinuando que pasará (ej. “Revelación” en El nombre del viento), no escupir una reseña del capítulo. Esto lo había visto solamente en Las aventuras de Pinocho y es tan gracioso que incluso en la Wikipedia dice “El libro tiene un total de 36 capítulos que se titulan y se pueden resumir de la siguiente manera”. Así es, queridos lectores; lean los títulos de los capítulos de este clásico y no tendrán que enfrentarse al resto del libro. Increíblemente útil para cuando tu profesora de literatura te lo dé como parte del programa de la materia.

La tercera opción es similar a la segunda (a veces se usan ambas en un mismo libro), pero en vez de enfocarnos en lo que pasa en el capítulo, miramos hacia lo que le pasa a algún personaje (en general, el narrador o protagonista). El capítulo 8 de mi libro Revolución Reign: Príncipe es llamado “Running from myself” (escapando de mí mismo). Esto no sólo resume qué siente el personaje con todo lo que está ocurriéndole, sino que también nos muestra un poco de la historia en sí (Reign busca alejarse de un hombre llamado Myself).

Nota importante antes de continuar: si van a usar frases o palabras en otros idiomas, no hagan lo que yo poniendo solamente la traducción como nota al pie. El índice también la va a necesitar.

Cuarta opción (y una que no he visto hasta ahora pero me gustaría): revelar información que el libro no nos da de otro modo. Puede ser algo muy trivial (“Mi último día con el pelo rosado”) o complejo (“Siempre me arrepentí de no decirle que lo amaba”).

Mi autora favorita, Robin Hobb, en la Trilogía de los Vatídico agrega debajo del nombre de cada capítulo un texto adicional. Allí te cuenta del folklore del mundo que creó: su historia, sus pueblos, las creencias, costumbres y rumores. Es una magnífica forma de introducirte a esa realidad y hacerte enamorar de ella sin saturar la novela de información que la harían parecer un manual cultural.

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Si te gusta la fantasía medieval y no has leído todavía esta saga, ¡hazlo! Si ya la conoces o leíste, ¿por qué no estás leyéndola de nuevo?

Quinta opción, y funcionando más que nada para libros históricos o escritos a modo de diario (como algunos de los libros de la saga Assassin’s Creed de Oliver Bowden): poner la fecha en la que transcurren los hechos narrados. Así de simple. Ya sea del calendario gregoriano, judío o cualquier otro (inventado incluso), poner fechas dará carácter de documento a tu novela, lo cual puede ser de gran ayuda para llevar al lector al estado mental de credulidad que necesitas.

Si decides utilizar esta idea, asegúrate de que tienes todas las fechas bien puestas y que no te has equivocado, que un solo número fuera de lugar puede hacer que el capítulo 5 ocurra un año antes que el 4 y eso anulará por completo el poder de esta opción.

La sexta opción la vi en El profeta de Khalil Gibrán y en un montón de series de televisión: usar una frase de base. En dicho libro, la mayoría de los capítulos se llaman “sobre [inserte aquí tema del que habla el profeta]”, lo cual los une y hace parecer un diario o rejunte de discursos reales. En la serie Friends los capítulos empiezan con “the one with” (traducción: el de/del), ejemplo: “el del apagón” o “el de cuando Chandler no recuerda qué hermana era”. Genera una curiosa conexión y efecto de continuidad, y sin duda es una idea que tiene mucho potencial.

La séptima opción (¡respiren hondo que ya casi acabamos!) es una que nunca vi pero amé cuando leí sobre ella en una página en inglés sobre nombres de capítulos. La autora menciona que, en una novela no publicada suya, integraba los nombres de los capítulos a lo que ocurría en la trama. Así, por ejemplo, tras el capítulo que termina con una explosión, viene uno llamado “¡Boom!”.

Creo que sería trabajoso utilizar este recurso de manera constante en un libro, pero no imposible, y el resultado tiene el potencial de un nobel.

Y octava y última opción que se me ocurrió/encontré por ahí: utilizar la temática del libro para convertir en arte los nombres de los capítulos.

Digamos que tu libro trata sobre una mujer enamorándose de la cultura china; ¿qué tal utilizar proverbios o frases de grandes maestros de ese país? Si tu libro nos sumerge en la magia de los viajes en el tiempo, ¿por qué no usar frases de grandes filósofos y científicos sobre el tema?

Algo importante: si quieres usar frases famosas (como el slogan de alguna marca), ten presente que es muy probable que tengan copyright y debas pedir permiso. Investiga antes, google es tu amigo.

En el libro El vuelo del dragón de Anne McCaffrey, los capítulos tienen poemas por nombres. Tal vez podrías poner frases de canciones, nombres de pigmentos, o incluso jugadas de ajedrez (sé que vi esto en un libro, me encantaría recordar cuál era).

Apodérate de la temática de tu libro y explótala. El proceso artístico no tiene por qué detenerse en la trama y los personajes; así como lo dejamos invadir y adueñarse de la portada, del lomo de la contraportada y la reseña, dejémoslo también alcanzar el índice y revolucionarlo.

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Y luego está esa saga cuyo título en el lomo apunta hacia un lado en la primera parte y hacia el otro en la segunda.

Sin más que decir, gracias por acompañarme en esta larga entrada. Espero les haya dado algunas ideas (que son bienvenidos de compartir en la sección de comentarios) o, al menos, les sirviera de inspiración.

Si quieren leer leer más utilidades para escritores, recuerden que tengo una categoría entera sobre esto y una serie de entradas sobre los pasos para convertir tu manuscrito en un libro (en hiatus hasta que me ocupe de proyectos con una apremiante fecha límite).

¡Hasta la próxima entrada!

~Ancient Forest


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La Palabra Perfecta – Kiel

Hola a todos. Sé que este capítulo ya estaba disponible en la página de mi abrazadora infinita, pero quería agregarlo aquí para que todos lo pudieran disfrutar.

Este es el segundo capítulo de mi libro “La Palabra Perfecta”, que nos revela los pensamientos y cavilaciones de aquellos seres encargados de buscar las almas de los fallecidos. Quien se presenta en esta situación es Kiel, un hombre sereno y de gran corazón que ve a la vida desde su lado más bello.

Además, está disponible también el capítulo de Mikhail. Si lo quieres leer, click aquí.

El libro, en caso de que te atrape, lo puedes comprar haciendo click aquí o, si eres de mi ciudad, Neuquén (Argentina), contáctate directamente conmigo. Si eres de cualquier otra provincia o incluso otro país, puedes pedirlo a la editorial en el link que dejé y te lo enviarán sin ningún problemas.

¡Disfruten la lectura!

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Cuando acepté buscar las almas de personas que fallecieran debido a enfermedades que no se hubieran contagiado, jamás creí que pasaría tanto tiempo entre gente joven. En todos los planos tengo siempre mucho trabajo, todas las razas me exigen mucho, pero los humanos de Tierra sobrepasan el límite.

El hombre al que sigo ahora tiene treinta y nueve años. Está casado y tiene dos hijos, un varón y una nena. Su familia está feliz con él, a pesar de las pocas horas que pasa con ellos. Es una buena persona, cariñosa y de sonrisa fácil, pero lleva tiempo exigiéndose demasiado. Su corazón no aguantará mucho más.

Llevo siguiéndolo varios días pero nadie reparó en mi presencia aún. Su secretaria señaló que se mataría si no se tranquilizaba, pero él no hizo caso. Pronto tendrá vacaciones. Como todos, está convencido que aguantará hasta que tenga tiempo libre.

El Rey teme que nos volvamos locos, pero dudo que entendiera la total dimensión de la locura en la que viven inmersos los que aún viven. Trabajar para poder obtener lo que desean, obtener lo que desean para ser felices, morir antes de completar el ciclo porque su mundo funciona solo mientras a ellos les falte algo, mientras haya algo más por lo que seguir trabajando. Si todos fueran felices, este sistema demencial se caería a pedazos.

Me pregunto si quienes crearon este monstruo son tan devotos a él como quienes lo alimentan.

Mi alma asignada se prepara para salir de su casa una última vez. Mana de su pecho una sombra oscura que ha estado creciendo los últimos días. Su hija lo besa, su hijo se cuelga de su brazo. La sombra pierde fuerza a medida que da un abrazo a cada uno y les dice que los ama. Su esposa es la última. Susurro a su oído para alertarla. La sensación de urgencia logra entrar en su consciencia, pero es demasiado buena para decir nada. No agregará exigencias a su marido pidiéndole que no se vaya. Lo considera egoísmo y él ya mucho hace por la familia. Su hija me percibe pero no me entiende. Mi presencia amable y cruel es demasiado contradictoria para su corta edad. Decide no hablar de mí.

Cruza la puerta y la sombra vuelve a apoderarse de su pecho. No está nada bien. Se sube a su auto y parto con él a su trabajo. El camino es lento y el tráfico abundante, empeorando todo. Comienza a irritarse. Sabe que llega tarde y las llamadas apurándolo no hacen ningún bien a su cuerpo y mente ya alterados.

Veo a su ángel guardián enviando señales: familias pasando un momento juntos, un perro relajándose al sol, una ambulancia que nos obliga a detenernos a un costado del camino; pero el hombre está lejos de entender que debe parar en más de un sentido. El pobre ser de luz repara en mi presencia, sabe que sus intentos son en vano; pero es un ser de fe y no puede escapar a su naturaleza así como una hoja arrojada a un río no puede hacer más que ser llevada por la corriente.

La vida es bella y este humano lo sabe; recuerda lo que es ser joven y libre. Pero las desgracias nunca le ocurren a uno, y los infartos solo son para quienes maltratan su salud y pasan sus días con amargura. Está lejos de entender que, si solo la gente así muriera, su mundo sería muy distinto a lo que es.

Pero distinto no es, y lo que determina la vida y la muerte no es la bondad con la que uno camina por el mundo, sino la bondad con la que uno se trata a sí mismo. Esta inocente alma está convencida de que vivirá mucho solo por ser un buen padre, marido y amigo. Ha olvidado mirar en su interior y cuidar de sí mismo. Ha vivido demasiado preocupado por ser un buen ejemplo para sus niños sin detenerse a disfrutar la vida con ellos tanto como desea hacerlo, tanto como se dice que hará cuando esas vacaciones por fin lo alcancen.

Realmente lo siento por esta vida, pero mantengo la esperanza de que todo sirva de enseñanza para la próxima. Mi corazón se conmueve por el suyo y me entristezco, pero estoy bien. Mientras sea capaz de reconocer mis propias penas, no me veré ahogado en ellas. Mientras conozca mis límites y los respete con gran amor, no enloqueceré como el Rey teme. Nada malo puede ocurrirme mientras recuerde que soy un ser sintiente, mientras no me permita dejar lo que queda de mi vida de lado. Puedo ser un cuervo, pero un cuervo no es todo lo que soy. No soy una gota de agua perdida en un océano titánico; yo tengo el océano y su voluntad dentro de mi pequeña existencia de gota. Moverme acorde a los grandes ciclos no significa que sea arrastrado por ellos. Yo bailo en armonía con la marea y soy la marea.

Me gusta ese pensamiento, recordaré compartirlo con mi alma asignada una vez que se corte el hilo de plata que la une a su cuerpo y pueda llevarla conmigo al otro lado del velo. Recuerdo que tenía un libro donde escribía poesías. Debí haberlo perdido al morir, pero tal vez alguno de mis descendientes lo tenga aún.

No, el papel no puede haber durado tanto, yo morí hace mucho.

Comenzaré a escribir uno nuevo. Siempre hay alguien dispuesto a canalizarme, aún sin saberlo, y tomar nota de lo que digo como si fuesen ideas propias. Mejor aún, tal vez consiga inspirar a ese alguien para que mezcle sus ideas con las mías. Siempre quise compartir un diario de poemas. Sí, eso haré, y agradeceré a mi alma asignada por haberme inspirado en cuanto llegue el momento en el que podamos hablar.

Detiene el auto de golpe y se lleva una mano al pecho. Su tiempo ya está por terminarse. Su expresión me indica que sabe lo que ocurre. Le señalo el teléfono y su consciencia lo percibe. Lo agarra pero no logra marcar. Lo deja caer y exhala una última vez.

Tomo su mano y cuento hasta tres para animarlo a soltarse. El hilo de plata se corta sin mi intervención. Su alma vuelve a ser libre. Ya no hay más horarios que lo aten ni juicios a los que responder.

Me mira y me ve. Le sonrío y le doy la bienvenida a la vida.


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Abrazo infinito

Saludos lectores, quería pasar a dar el pequeño aviso de que hay un capítulo más disponible de “La palabra perfecta”, esta vez en una página amiga llamada “Abrazo infinito”.

Pasen a leerlo y a conocer el trabajo de quien lo compartió, mi buena amiga y compañera de palabras, Poli, que no se queda atrás con la magia que hacer nacer de su lapicera.

https://abrazoinfinito.wordpress.com/2016/04/29/kiel-la-palabra-perfecta/

¡Abrazos infinitos para todos!


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Revolución Reign: Príncipe – Capítulo 7

Capítulo anterior: https://lacatedraldelassilfides.wordpress.com/2016/04/07/revolucion-reign-principe-capitulo-6/

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–¡Reign! –oí. Era todo lo fuerte que un susurro puede ser sin convertirse en un grito. Me preparé para abrir los ojos justo cuando algo golpeó mi frente.

–¿Qué haces? –Sorsz estaba allí, mirándome con su cara de estúpido de todos los días.

–Levántate, mini héroe, tenemos que desayunar temprano para nuestra clase de espada. –Así que eso era lo que lo tenía tan contento–. ¡Levántate! –me ladró, pero no había subido el tono.

Salió y me dejé caer en mi mullido colchón. Path me dio un puñetazo al estirarse, haciéndome recordar, del peor modo posible, que estaba allí. Por eso Sorsz susurraba… Por eso tenía esa expresión tan estúpida.

–La próxima vez –le dije haciéndolo apartarse–, duerme en el sofá.

–¿Qué tiene de malo tu cama?

–Yo estoy en ella.

–No me molestas, eres muy quieto.

–¡Tú no! Además Sorsz piensa que pasa algo más entre nosotros.

–¿Y crees que esté celoso? –inquirió con picardía abrazándome por la cintura. Disfruté el golpe que le di como pocas cosas en mi vida, principalmente porque no estaba en posición de devolvérmelo. Path rió a carcajadas y rodó hasta caer al piso; allí se acostó boca abajo y se acomodó otra vez–. Hasta tu piso es cómodo –dijo con una sonrisa.

–Ah, ahora no quieres dormir en la cama –comenté con acidez. No respondió más que exagerando su comodidad, por lo que lo golpeé con la almohada. Justo entonces la puerta se abrió y Sorsz volvió a asomarse en silencio, mirándonos fijamente.

–Ash supervisará nuestra clase –dijo serio–, así que desayunará con nosotros. Apúrate.

–Está bien, ya voy.

–Ya está ahí, apúrate.

–Ya entendí –repetí lentamente. Él me miró como si acaso fuese tonto y bajó la voz.

–¡Se va a dar cuenta! Esconde a tu enamorado y mantenlo callado.

–¡Hola! –saludó Path. Nuestro hermano lo miró unos segundos antes de responder.

–Hola –dijo como si acaso no pudiese creer que esa hueca cabeza rubia hablase. Luego volvió la vista a mí y cerró la puerta.

Me bajé de la cama pisando la espalda de mi hermano y me vestí mientras él invadía mi cama otra vez, tan dramáticamente que me pregunté si realmente había entendido la advertencia de Sorsz. Lo ignoré y me apresuré al comedor.

Ash estaba sentado en el lugar que correspondía a Sorsz y mi hermano estaba en el mío. Me senté en la cabecera, lugar de mi padre, y recibí sus miradas de sorpresa como un halago. Desayunaríamos sólo nosotros tres, por lo que me permití ser un poco más rebelde; y si el farseer me delataba, confiaba que a mi padre no le importaría o, por el contrario, lo encontraría valiente y lo aprobaría.

Nadie habló mientras comíamos. Sorsz se veía animado, pero noté que se frotaba el abdomen. Era un gesto sutil y disimulado, pero lo atrapé haciéndolo más de una vez. Por lo visto aún no había mejorado del dolor que le imposibilitara cenar la noche anterior. Parecía un joven príncipe con semejante despliegue de delicadeza.

Ash se absorbía tanto en sus pensamientos como solía hacer Crown, lo que hacía fácil observarlo, ya que no se daba cuenta. Tenía más años de los que aparentaba a simple vista: su mirada perdida y expresión distante revelaban que tenía, tal vez, la edad de mi padre.

Su cabello era oscuro y sus cejas estaban muy pobladas, rasgos extraños en el sur. Su mandíbula bien marcada, manos gigantescas y no pocas cicatrices a pesar de que usualmente no iba armado, terminaban de completar su apariencia de forastero. Pero no era posible que…

–¿De dónde eres, Ash? –pregunté con inocencia. Él se sobresaltó de inmediato y Sorsz me miró confundido–. Oí hace un tiempo que algunas personas entraron a la ciudad en algún momento… hace muchos años –Ash entornó la vista, tal vez había sido un error decir aquello–. Supongo que era mentira, no es algo que creyera de todos modos –me encogí de hombros.

–Nací en Obsidione –dijo finalmente–, en un pueblo pequeño llamado Salto del Valle. –Lo miré con una sonrisa–. Sé que me veo extraño aquí, pero era bastante común en el norte. Si me ponía de espaldas con mis amigos, a mi madre le tomaba al menos tres intentos adivinar cuál era yo –comentó alegre por el recuerdo. Era la primera vez que lo veía con tal expresión.

–Pero entonces tu nombre no puede ser Ash –apuntó mi hermano–, tienes que tener un nombre en Magno Romance.

–No es un nombre que guste recordar. –Jugueteó con un trozo de pan.

–¿Tan malo es? –Se aventuró Sorsz. El farseer sonrió, tensando la cicatriz en su mejilla.

–Capricho. En Daggard ustedes me llamarían “Whim”.

–¿Y por qué quisiste cambiártelo? –pregunté.

–Era el día de mi cumpleaños catorce; oficialmente en el norte eres un hombre a esa edad, así que estaba muy emocionado. Me fui a escalar, disfrutando mi nueva libertad, y vi un fénix. Era muy pequeño y tenía un ala rota; parecía que alguien lo había golpeado con una piedra. Fui a tomarlo, pero se inmoló justo entonces. Esperé que se hiciera una pila de cenizas, pero no fue así: el fuego sólo creció en tamaño hasta ser una inmensa llamarada, la cual se apagó con el aleteo del ave, que ya se veía adulta. Me miró unos instantes y emprendió vuelo.

»Me cambió esa experiencia. Las cenizas ya no eran el final del que el fénix renacería, sino un instante en el acto de la transformación. Tomé ese nombre y, cuando llegue aquí, comenzaron a decirme Ash, porque no todos pronunciaban bien la palabra en mi idioma.

–¿Y cómo llegaste aquí exactamente? –inquirió Sorsz. El farseer pareció recordar con quiénes estaba. Se puso serio y volvió a ser el perro a punto de morder que siempre era.

–Eso no les incumbe. Terminen de comer y quédense quietos un cuarto de hora, luego caminen otro cuarto y vayan a la sala de armas. Middlelos recibirá. –Se puso de pie violentamente y agarró el plato que le correspondía, acostumbrado a llevarlo a la cocina.

–¡Alto, alto! –protestó Sorsz–. ¿Middle? No hay ningún Middle decente en Ars Vigil.

–Su padre decidió que él era el hombre que debía instruirlos.

–¡¿A ambos?! –exclamó mi hermano, ahora sí estaba horrorizado–. Yo debo estar en una clase mucho más avanzada que Reign. Él ni siquiera sabe agarrar una espada.

–Vaya a protestar con su padre si no le gustan sus decisiones, lord Sunrise. –Inclinó la cabeza en un saludo forzado y salió casi como si marchara. Sorsz inmediatamente perdió toda su alegría y no intentó esconder el hecho de que estaba de muy mal humor.

Acabamos el desayuno y seguimos órdenes, pero en vez de caminar, nos quedamos la media hora echados en el salón de té sin hablar. Mi hermano bostezaba y me hizo considerar dormir, pero fue entonces cuando decidió que tenía ganas de conversar.

–¿Cómo está tu relación con Path?

–Bien –dije sin más. Sorsz no parecía conforme, pero no quería hablar de eso con él.

–¿Cómo es él?

–Alegre –me encogí de hombros–, risueño.

–¿Qué hace para vivir?

–Ropa.

–¿Y vive bien con eso?

–Vive –puntualicé.

–No debería pasar necesidad siendo tu compañero.

–Nadie debería pasar necesidad.

–Sí, esa forma de pensar te ha hecho ganarte algunos problemas.

–Lo vale.

–¿Cómo puede valerlo si no puedes cambiar nada?

–Cambiaré las cosas. No sé cómo, pero me niego a vivir en un mundo tan injusto.

–Señores, ¿cuánto tiempo más van a estar aquí? –dijo Ash apareciendo nuevamente. Lo miramos con aburrimiento, inmóviles, y se enfadó–. ¡Arriba, ahora! Su padre me envió a supervisarlos y no permitiré esta holgazanería bajo mi guardia. ¡Arriba!

Nos levantamos con toda la extenuación que nos fue posible expresar y caminamos juntos. Me preocupaba que el tal Middle fuera un incompetente, no me gustaba aprender mal ni aún aquello que no quería aprender, pero que aquello matara el buen ánimo de Sorsz fue un alivio. Sentir que estábamos juntos en el sentimiento me resultaba agradable.

Middle era el hombre con el bigote más feo que había visto jamás. El vello facial era raro en el sur, ya que habíamos heredado lo lampiño de los elfos y teníamos que rondar los veinte años para que nos empezara a crecer, por lo que muchos de aquellos que desarrollaban barba o bigote se lo afeitaban por simple estética, yo entre ellos. Mi padre y Sorsz se permitían dejar crecer el vello y no era fácil decirles que no les quedaba bien, aunque nunca dejaban pasar más de unos días antes de agarrar la navaja. Nuestro nuevo maestro de espadas, por otro lado, habría asqueado al más velludo norteño.

Me costaba dejar de mirarlo y eso me hacía perder el hilo de la conversación, lo cual no era muy grave porque Sorsz no hacía más que discutir. Él quería un trato acorde a sus años de práctica, pero Middle se negaba rotundamente a acceder a esa demanda, diciendo que, dado que no nos conocía, empezaría con ambos desde el principio. Si mi hermano demostraba sus capacidades, tal vez, y tal vez fueron las palabras que reanimaron la discusión, le permitiría pasar a una clase más avanzada.

La clase comenzó con la forma correcta de agarrar una espada; de madera para evitar que yo matara a alguien accidentalmente. Middle iba muy lento en sus explicaciones y hablaba como si quisiera exasperar aún más a mi hermano. Los golpes básicos me fueron mostrados una y otra vez antes de permitirme practicarlos.

Finalmente nuestro maestro accedió a hacer algunos movimientos con Sorsz, por lo que me aparté para no interrumpir todo el despliegue de violencia que veía venir.

–¿Whim? –pregunté acercándome al farseer.

–No me llame así, lord Reign.

–Lo siento, quería preguntarte… ¿Alguna vez viste un dragón?

–Sí, lord Reign –respondió con un suspiro agraviado–, compartimos frontera con ellos.

–¿Has peleado alguna vez con alguno? ¿Así es como conseguiste esas cicatrices?

–¿Me veo lo suficientemente estúpido como para iniciar una pelea con un dragón?

–No necesariamente tendrías que haberla iniciado.

–No, nunca he peleado con un dragón. Ellos no dejan cicatrices, sólo muerte.

–Pero los hay pequeños, sé que son muchas razas.

–Aún esos son más grandes que un caballo y escupen fuego. Además, mientras más pequeños, más astutos.

–Entiendo. ¿Cuánto tiempo te tomó viajar hasta aquí?

–Una lunación y media.

–¡¿Una y media?! Carga pesada entonces.

–Sí, veníamos con muchas cosas.

–¿Veníamos quiénes?

–Por favor vuelva a su clase, lord Reign.

–¿Por qué viniste aquí?

–Eso es personal, vuelva a su clase ahora.

–¿Es cierto lo que dicen de los norteños? ¿Son realmente tan diferentes?

–Sí, lo somos, por favor –insistió extendiendo su mano.

–Una cosa más. –Me acerqué–. ¿A ti también te resulta desagradable el bigote de Middle? –pregunté en susurros. Nuevamente fui tomado de sorpresa por una carcajada, pero no recibí más respuesta, ya que al farseer le costó demasiado recuperar la compostura.

Volví donde el maestro y Sorsz, y ambos me interrogaron con la mirada. Ash no reaccionaba así con facilidad y era bien sabido, pero quise guardarme el secreto de mi victoria.

Los días continuaron del mismo modo, pero algo sí cambió: comencé a seguir a Ash más que a los otros dos farseers, además de que lo empecé a llamar Whim cuando nadie más estaba cerca para oírme. Aprendí qué tipo de preguntas lo hacían entrar en guardia y querer alejarme, y cuáles otras lo emocionaban y hacían hablar. Comprendí que su amargura y mal carácter eran debidos a aquel forzado silencio que debía guardar sobre su identidad e historia, y eso me hizo querer saber la historia de los demás: Grass, Sense y el fallecido Snow; pero Whim me obligó a prometerle que no hablaría, convenciéndome al decirme que ni él ni yo escaparíamos vivos si alguno era lo suficientemente tonto como para hacer saber de nuestras conversaciones a Throne.

A pesar de las protestas de Sorsz, las clases continuaron y la tensión familiar desapareció. Mi madre comenzó a obsesionarse con cuidar a Sorsz debido a sus continuos dolores de estómago, pero él no tardó en ponerse firme y pedirle que parara.

Esperé a un día en el que mi padre se mostró de especial buen humor y conseguí obtener algunas cuantas conquistas tras lo que consideré mi mejor trabajo manipulativo en años. Compré a Path, pagando con el mayor exceso posible, un vestido para Northern por su cumpleaños. Mi hermana gritaba de emoción mientras nuestro medio hermano le tomaba las medidas, lo cual me hizo considerar presentarlos, pero él me indicó con un rápido vistazo que prefería mantenerse en el anonimato: demasiado difícil había sido ya haber logrado aquel encuentro en privado y hacer que ella prometiera no hablar de él sin preguntar por qué.

No hubo más cambios en mi vida a partir de entonces y todo se estabilizó, como ocurría cada año luego de las tres fases libres de año nuevo que mi padre nos concedía en lo que él buscaba maestros para nuestras clases.

Lo único que me molestaba era Sorsz. Había dejado de pedirme que le contara todo lo que hacía y ya no me amenazaba con Path, pero justamente eso me tenía inquieto. Siempre estaba de mal humor y parecía empeorar día a día. El estómago no había dejado de dolerle y eso lo mantenía lejos de la mesa muy a menudo, además de hacerlo ausentarse de sus obligaciones para con el ducado. Eso último estaba bien para mí, ya que mi padre me había encargado tomar su lugar, por lo que socialmente se me veía en una posición mayor y estaba aprendiendo con gran velocidad. Cada noche dormía con la tranquilidad de estar haciendo algo útil con mi vida. Finalmente la rebelión se alejaba y dejaba espacio a un futuro pacífico.

–¡No! ¡No, no, no! –gritó Middle golpeando la punta de su espada de madera contra el piso. Yo me había alejado para hablar con Whim, por lo que me sobresalté ante semejante reto. Mi hermano era excelente con la espada, pero aquel día lo había visto terriblemente disperso, por lo que no me costó imaginar lo que ocurría–. ¡No está siquiera escuchándome, lord Sunrise! –Sonreí por haber acertado, pero la expresión de Sorsz me quitó la alegría.

Se veía oscuro, un poco más de lo que lo había visto los días anteriores. Bajó la vista, distrayéndose otra vez, y pude verlo odiando algo lejano, algo que estaba escondido en la profundidad de su mente. Middle se enfadó ante aquel pequeño gesto.

–¡Lord Sunrise! –lo llamó golpeándolo con la punta de su espada en el vientre.

–Oh, arpías –exclamé sabiendo lo que vendría. Sorsz se dobló sobre sí mismo, retorciéndose de dolor mientras se agarraba el estómago con su mano libre.

Alzó la cabeza y su expresión se transformó: una ira asesina brillaba en sus ojos y sus dientes se mostraban con tanta rabia que mi propio hermano se me hizo desconocido.

Su mano apretó el puño de su espada y abanicó con tanta fuerza que oí el aire cortándose. Middle esquivó el golpe con su cuerpo, pero no tuvo el tiempo suficiente para retroceder completamente, por lo que Sorsz le dio de lleno en el brazo derecho, destrozándoselo y salpicando sangre a varios metros.

Whim se puso de pie, pálido, mientras el maestro de armas gritaba de dolor. Mi hermano arrojó la espada astillada contra la pared con tanta furia que terminó de partirla, y salió azotando la puerta mientras murmuraba improperios que yo nunca había oído.

Nos acercamos con el farseer al maestro de armas, quien se miraba la fractura expuesta con la boca abierta, ya sin aire para seguir gritando.

–Lord Reign –me sacó Whim de mi ensimismamiento–. Vaya a buscar ayuda.

–Ah, sí, sí –eché un último vistazo y, tras un escalofrío de asco, salí a tropezones.

Una hora más tarde me presenté en la puerta de mi padre, con un poco de sangre en la ropa y náuseas en la boca del estómago. Me detuve ante el guardia en la puerta, quien me saludó con una sonrisa temerosa. Dentro del estudio de mi padre se oía la discusión más acalorada que hubiese podido ocurrir entre dos sureños.

–¿Llevan toda la hora…? –Dejé la pregunta sin terminar y señalé la puerta.

–Sí, lord –tragó con dificultad–. Tendré que pedirle que sea paciente. –La puerta se abrió violentamente, pegándole al guardia y tirándolo al piso. Sorsz salió con la misma rabia con la que había dejado la clase de espada y pasó junto a mí sin siquiera verme–. Adelante, milord –indicó el guardia levantándose con tanta decencia como le fue posible recuperar.

Pasé fingiendo valía y me encontré ante mi padre, rojo y despeinado, y un estudio revuelto. Las cosas del escritorio estaban en el piso y el respaldo de la silla dejada allí para su invitado estaba hecho añicos. Sense y Grass estaban recogiendo lo caído y trataban de no hacer contacto visual con mi padre ni entre ellos.

–¿Qué quieres? –me preguntó él, jadeando.

–Ash me pidió que viniera, padre, para hacer el reporte en su lugar.

–¿Dónde está ese inútil?

–Aún con Middle, creyó que era importante que una figura como la suya siguiese todo lo que ocurría, ya que el maestro no me tiene en alta estima a mí.

–¿Y Middle?

–Un hailer lo está atendiendo, pero dice que no podrá salvarle el brazo.

–Sunrise, condenado salvaje… –gruñó.

–Middle lo golpeó en el estómago y le ha estado doliendo…

–¿Te vas a poner de su lado? –Mi padre me asustaba cuando estaba tranquilo, ya que nunca había llegado al punto de perder los estribos, pero ahora los había perdido. Y con total certeza, yo nunca había sentido tanto miedo.

–No, padre… Yo sólo… reportaba lo ocurrido.

–Bien, ahora lárgate. Ah, ahí estás –dijo mirando a la puerta. Whim había entrado y estaba recién recuperándose del impacto que le había causado el estado de la habitación.

–Milord –reverenció profundamente. Comencé a caminar a la puerta con la lentitud suficiente como para darme tiempo a oír algo–. Traigo los honorarios del hailer Rye[2] y la renuncia de Sir Middle, además de…

La puerta se cerró y dejé de oír. Caminé al comedor, donde sólo estaba Crown, mirando fijamente un tablero de madera pintado. No había fichas, pero parecía estar jugando de algún modo. Me acerqué y me apoyé contra el respaldo del sillón.

–Buena noticia para ti, ya no sentirás envidia de nuestras clases de espada.

–¿Qué pasó?

–Sorsz atacó al maestro.

–¿Lo mató? –preguntó con cierta alegría mórbida.

–¿Qué? ¡No! Sólo le lastimó un brazo –respondí incómodo. Crown se mostró decepcionado y dejó de hacerme caso–. Pero renunció, así que… –Él me indicó que me largara.

Sorsz no estuvo presente durante el almuerzo ni tampoco apareció a cenar. Sabíamos que se había encerrado en su habitación, pero nadie quiso ir a buscarlo. No había forma de saber qué sentía, y me preocupaba que aún estuviese furioso. Por suerte, feliz no sería; estaba seguro que sólo el más pequeño de los varones de la familia tenía un humor tan tétrico.

Me acosté y entregué al sueño. Me alegraba ya no tener que lidiar con Middle y poder dormir un poco más, aunque sí me daba un poco de lástima saber que ya no podría usar la espada para ganarse la vida. Imaginaba que mi padre lo compensaría, pero desconocía cuán generoso podía ser en esos casos.

¡Reign! –gritó alguien en mi sueño. Miré alrededor pero no había nadie–. ¡Reign! –insistió. Era una voz masculina, pero no tenía un rostro para ella. La imagen de lo que me rodeaba se empezó a esfumar y escuché una vez–. ¡¡REIGN!! –Salté en mi cama, totalmente despierto, y arrastré la mano hacia arriba por la pared para encender la luz, pero estaba solo–. ¡Reign, por favor! –suplicó la voz sin cuerpo.

–¿Tú otra vez? –pregunté mirando al techo.

Tu hermano te necesita, ¡ahora! –dijo contagiándome su urgencia. Pateé las sábanas y corrí al pasillo. Tenía tres hermanos, pero por algún motivo no dudé sobre cuál hablaba.

–¿Sorsz? –llamé encendiendo las luces de su habitación. Él estaba en su cama en posición fetal, dándole la espalda a la puerta–. ¿Estás bien? –Puse una mano en su hombro y eso pareció hacerlo soltar un quejido que estaba guardando. Lágrimas caían de sus ojos en un llanto lleno de dolor. Se asía el estómago con fuerza con ambos brazos–. Estás enfermo.

Reign –volví a oír una voz, ya mucho más calma–. Aquí estoy para ayudarte. Ve a la cocina, te guiaré.

–Ya vengo, Sorsz –le avisé y corrí hasta la cocina. Todas las luces estaban apagadas, por lo que las encendí y miré alrededor–. ¿Qué hago?

Busca un frasco con semillas blancas. Son redondas y no muy grandes –indicó.

–¿Cómo sabes que hay?

No hay una cocina de castillo que no las tenga, se muelen para dar un sabor picante a las comidas, pero si las disuelves en leche funcionarán para tu hermano. –Encontré un frasco de vidrio y reconocí las semillas en su interior; ciertamente eran muy comunes. Lo tomé y fui a llenar una taza con leche.

–¿Lord Reign? –preguntó una voz y me giré abruptamente, casi soltando el frasco. El guardia que estaba de servicio aquella noche me miró–. ¿Está todo bien?

–Sí, sí –mentí sin saber por qué–. Sólo quería leche porque no me puedo dormir.

–No se entretenga –ordenó, aunque sonó más como un pedido.

–Ya me voy –le dije con una sonrisa boba y él se alejó. Llené la taza con la leche del tanque y quité la tapa al frasco de semillas–. ¿Cuántas?

¿Cuánto pesa tu hermano?

¿Cómo saberlo? Ochenta kilos, tal vez… o un poco menos, no lo sé. No ha comido estos días.

Pon cuatro semillas entonces, bastarán.

¿Qué hacen estas cosas?

Calmarán el dolor y lo harán dormir –explicó mientras veía las semillas empezar a disolverse, tiñendo la leche de amarillo.

–¿Por qué estás ayudándome? –pregunté mientras dejaba todo en su sitio y regresaba a la habitación de Sorsz–. ¿Quién eres?

Yo soy tu aliado ahora.

–¿Sorsz? –Me senté a su lado e intenté voltearlo–. Esto va a calmar el dolor –le dije y eso lo hizo erguirse de inmediato. Bebió con avidez hasta vaciar la taza y se dejó caer sobre su almohada–. Tranquilo, estarás bien –le dije con una sonrisa–. ¿Quieres que despierte a alguien? Puedo buscarte a un hailer –ofrecí. Había uno encargado específicamente de atender a la familia, pero no recordaba su nombre ni dónde vivía. Sorsz negó con la cabeza y tomó mi mano entre las suyas, dejándolas sobre su abdomen. Estaba pálido y sudaba.

–Hazme compañía –pidió aún sollozando.

–Estaré aquí –respondí y lo vi cerrar los ojos. Unos minutos más tarde se había calmado lo suficiente como para volver a dormir, pero no quise irme.

En sueños se agitaba, a veces con mucha violencia. Parecía luchar contra un enemigo imaginario; pero no era el guerrero confiado de siempre, su expresión estaba llena de miedo.

–El dragón… –Se sobresaltó luego de una hora–, dile al dragón… que venga –tosió.

–¿Dragón?

Esas semillas pueden causar alucinaciones –explicó la voz, que no se había hecho oír desde su presentación.

–Llamaremos al dragón en la mañana, Sorsz.

–Sunrise –corrigió–. Dime Sunrise –cerró los ojos–. Necesito mi nombre otra vez.

–Sí, Sunrise. Buscaremos a tu dragón en la mañana. Duerme un poco más.

¿Estás bien?

–Lo estoy –susurré para que mi hermano no me oyera, pero ya había vuelto a caer en un sopor profundo.

Debo ausentarme, pero no te preocupes, las estrellas dambo lo mantendrán sin dolor. Que sus alucinaciones no te asusten.

–No lo harán, gracias –sonreí al techo y volvió todo a sumirse en silencio, a excepción de Sorsz, que gemía ocasionalmente.

Cerré los ojos, descansando tanto como me era posible sin dormirme. Mi hermano se agitaba y despertaba constantemente, pero no parecía estar realmente despierto, ya que sus incoherencias eran más propias del mundo de los sueños que de la realidad.

–¿Dónde está Path? –dijo horas más tarde. Salí de mi ensueño abruptamente y lo miré.

–¿Path? En su casa, durmiendo.

–Llévatelo –suplicó con desesperación–. Va a ir por él.

–Nadie va a ir por él, Sorsz, tranquilo. –Acomodé su cabello, pero al regresar mi mano junto a mí, volvió a tomarla.

–Tenías razón, a veces hay que matar al cerbero –me miró a los ojos por primera vez en la noche y exclamó con pasión–. ¡Por favor, mata al cerbero!

–Lo mataré, Sorsz, no te preocupes.

–No, no podrás matarlo –se lamentó dejándose caer otra vez–. Ya nadie puede matarlo. –Cerró los ojos y unas lágrimas cayeron–. Tenías razón. ¡Llévatelos! –me gritó–. ¡Llévatelos a todos!

–Me los llevaré, lo prometo.

–¡A Northern, a Crown… a Path también! ¡A todos! ¡El cerbero los va a matar a todos!

–No lo hará, yo mataré al cerbero cuando termine de cuidarte. Vuelve a dormir. –Lo empujé y cerré sus ojos con mi mano. Sollozó un poco pero no siguió luchando.

–Vault[3] –lloró–, perdóneme, por favor perdóneme…

–Está bien, te perdono.

–Perdóneme… –Acaricié sus manos con mis dedos libres y él suspiró–. Medianoche…

–No es medianoche, está casi amaneciendo. –Él me miró con unos ojos desconocidos.

–Sir Vault… ¿qué le pasó a Midnight? –preguntó con gran tristeza en su voz. Finalmente entendí que hablaba de una persona, pero estaba lejos de saber quién era. Creí ver una sombra con mi vista periférica y me giré sin pensarlo dos veces.

–¡Arpías! –exclamé saltando hacia atrás y retrocediendo. El ser no me vio, pero era imposible que yo viera otra cosa que no fuera él: todo de negro, envuelto en una capa y cubriéndose la cabeza con una capucha. Sus manos estaban enguantadas en blanco y una luz negra emanaba de él como si su sombra estuviese extendiéndose en todas direcciones.

El Rey de los Muertos y la Muerte avanzó un paso hacia mi hermano, sereno. Extendió su mano hacia el pecho de Sorsz y lo atravesó como si fuese agua. Mi hermano no profirió ningún sonido de dolor ante ese acto, ni tampoco reaccionó en cuanto el Rey sacó de allí una pequeña bolita de luz amarillenta. Luego de eso, desapareció.

Gateé de regreso hasta la cama, pero me paralicé en el lugar al hacer contacto visual con los ojos vacíos de mi hermano.

–¿Sorsz? –pregunté temblando. Todo en él estaba inerte. La mano que me había aferrado toda la noche colgaba laxa del borde de la cama. Mi mente se desconectó y entonces ya no pude pensar. La puerta se abrió de un golpe abrupto y Crown entró.

–¿Qué pasa? ¿Quién grita? –preguntó y me miró. Lo miré sin entender, pero fue entonces cuando caí en la cuenta de que mi boca estaba abierta y mi garganta vibraba con un grito intenso y desgarrador. Crown miró a Sorsz y se cubrió la boca con horror.

Se acercó a él mientras entraba a la habitación el guardia que había visto horas antes, espada en mano. Tras él llegaron más personas, pero ya no supe quiénes eran. No entendía qué pasaba. Un par de brazos me estrujaron y oí a Starling hablándome fuerte al oído, suplicándome que me calmara y dejara de gritar, pero yo seguía sin poder oírme.

Me cerró la boca con un abrazo que me rodeó el cuello y entonces registré lo que ocurría a mi alrededor: mucha gente estaba allí, entrando y saliendo. Mi madre lloraba, pero no la había visto entrar; Northern estaba consolándola a costa de la expresión de su propia tristeza. Mi padre se arrodilló junto a Starling y me palmeó un hombro.

–¿Estás bien, soldado? –me preguntó. Mi cuerpo temblaba y me aferraba a mi hermana como si el piso pudiese desaparecer en cualquier momento.

–Sólo necesita calmarse –dijo ella. Él afirmó y volvió a poner sus ojos grises en mí.

–Fuerza, hijo –me alentó. Lo miré levantarse, alto y poderoso, y me aflojé. Volví la vista a Star y ella me acarició el rostro con delicadeza.

–Todo está bien, Reign –dijo. Me apoyé en ella y cerré los ojos. Ella besó mi cabeza y, sentí la vibración en su pecho cuando me habló con su voz cantarina–. Todo estará bien.

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Bueno lectores, gracias por seguir esta saga que tanto amo. Lamentablemente este es el último capítulo de distribución gratuita, por lo que si quieren continuar leyendo, deberán adquirir el libro en este enlace a mi querida editorial megustaescribir. Tanto la versión digital como en papel tienen todos los cincuenta y tres capítulos (con nombres), un prólogo y epílogo, y dos mapas (uno del continente, Aurantis, y otro del reino humano, Génesis).

Nuevamente, gracias por su lectura y apoyo de siempre. Saber que están ahí, con sus tímidos “me gusta” o sus valientes comentarios, significa el mundo para mí.

~Ancient Forest


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Revolución Reign: Príncipe – Capítulo 6

Capítulo anterior: https://lacatedraldelassilfides.wordpress.com/2016/03/31/revolucion-reign-principe-capitulo-5/

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Suspiré, sonreí y hubiese bailado, pero me dejé caer sobre el piano para que el golpe de mi cabeza hiciera por mí el sonido de victoria. Aquella era mi última clase; luego de almorzar comenzarían mis estudios formales y no tendría que volver a oír ni pensar en aquella horrible música. Muse, mi maestra, palmeó mi espalda con elegancia y me deseó una buena vida con una sonrisa auténtica. Aunque aquel instrumento fuese su pasión, entendía que yo no la compartiera. Agradecí profundamente y me levanté. Me sentía renovado y con tanta energía que corrí a la cocina de la guardia.

Como el décimo tercer jardín se había convertido en nuestro lugar de encuentro con Path, me había ocupado de convertir en habitual mi presencia entre los guerreros. Como ahora participaba de las reuniones del consejo, en las cuales no había vuelto a hablar excepto cuando me lo pedían, todos creían que mi constante paseo entre los guardias, a veces hasta acompañando a los farseers, se debía a mi interés en aprender. Bueno, ése era un beneficio secundario y mi padre se mostraba conforme con ello, por lo que lo hacía con alegría.

Sorsz también estaba más contento conmigo y, aunque cada noche me buscaba para preguntarme qué había hecho en el día, no se entrometía tanto como había esperado; usualmente no tenía siquiera que mentirle para tenerlo conforme.

Path comenzó a contarme sobre sus amigos muertos sin titubear, aunque estaba casi seguro que no había abandonado su temor a que su presencia me matara. La voz que percibiera aquel día sólo la había oído yo, lo cual me ganó que Path se riera de mí y me preguntara a cada oportunidad que tenía si seguía oyendo la voz del “espíritu acosador”.

Esas bromas que me asustaban le encantaban, así que comencé a desquitarme: tomé bajo mi protección a una sirvienta demasiado temerosa de mi padre como para delatarme y, bajo la promesa de cuidarla o la amenaza de destruirla, me obedecía sin dudarlo. Con eso asegurándome su lealtad, me animaba a darle una canasta con algo de carne, pan, sal y el mejor hilo que Star me cedía, y la enviaba a casa de Rock para que él le diera todo a Path; confiaba en la sirvienta, pero no lo suficiente como para darle información sobre el verdadero destinatario de aquellas cosas. Mi hermano originalmente se resistía, pero cuando descubrí el tiempo exacto que debía dejar pasar entre un regalo y otro, todo comenzó a ir mejor.

Seguía siendo tan flaco como siempre, pero se notaba que había ganado peso. Su cuerpo estaba en mejor forma y los largos músculos de sus brazos se marcaban lo suficiente como para hacerme pensar dos veces antes de darle un golpe, ya que eso siempre nos llevaba a un forcejeo que yo siempre perdía. No podía quejarme: perder me molestaba, pero sus victorias indicaban que se había puesto más fuerte que yo, y eso de algún modo me hacía feliz.

–Buenos días, maestro –saludé a Ink.

–Por favor, milord, a estas alturas ya soy más su compañero de lectura que su maestro –se volteó a verme y se quedó estupefacto–. Pero bueno, ¿y esa sonrisa?

–Algunas cosas han salido bien –respondí sin más, él rió. Ink había sido mi maestro de historia desde que comenzara mi amor por las cosas viejas y ya habían pasado tantos años que era uno de los pocos que yo sentía que genuinamente me quería.

–Me enfelice saber que ha disfrutado su descanso –dijo divertido. Sí, el trato formal seguía, pero su amor por inventar palabras le daba aquel aire relajado que me agradaba. Hablar con él era como leer un buen libro; un buen y muy extraño libro–. Le conseguí lo que me pidió –dijo rebuscando en su enorme bolso de cuero con cuidado; había muchas cosas allí que eran frágiles, por lo que nunca era un trabajo sencillo extraer algo, pero finalmente encontró y sacó un pequeño libro con tapas de un cuero muy poco trabajado y me lo tendió–. Su propio ejemplar de “War thoughts”. Sé que se lo prometí para su cumpleaños, pero no pude conseguirlo antes; los escribas no gustan mucho de Last porque su prosa no es muy… –hizo un floreo con una mano– distinguida.

–Lo sé. –Recibí el pequeño libro–. Me costó entenderlo la primera vez, pero lo vale –afirmé convencido mientras lo ojeaba con cuidado, el papel era realmente fino–. Gracias.

–A usted –respondió sorprendido–. Realmente ha cambiado algo –señaló divertido.

–¿Tanto? –pregunté como si exagerara; cerca de ese hombre me pasaba de hablar de más y nunca me había molestado, pero ahora tenía cosas que proteger con mi silencio.

–Sí, pero no se hable más. Comencemos la clase –dijo girándose de forma teatral. Había entendido que no quería profundizar en el tema y él siempre respetaba mi privacidad.

Se sentó con elegancia, enganchó sus rizos anaranjados detrás de sus orejas y comenzó la clase sin demorarse.

–¿Dijiste hacha? –pregunté captando una palabra de lo que había dicho en una larga frase que no escuché por estar divagando. Ink me miró con severidad.

–Sí, Daevir era muy diestro con ella, aunque rara vez iba armado.

–Me sorprende que siquiera supiera usar un arma siendo rey.

–En tiempos de guerra, un soberano competente sabe que estará frente a su ejército en cualquier momento y debe saberse preparado.

–Entiendo. Ser rey ha de ser difícil.

–La teoría dice que no es difícil ya que te has preparado para ello, pero no comparto ese pensamiento. Leer libros te hace inteligente, pero no comprensivo; y ambas cualidades son indispensables en cualquier persona con poder.

–Mi padre no es comprensivo –hablé sin pensar.

–¿Intenta decirme que no considera que su padre sea buen duque? –preguntó con severidad, pero no respondí. Si mi maestro me delataba estaría en graves problemas–. Me sorprende compartir una opinión tan particular con usted –dijo sosteniéndome la mirada, pero esta vez, no lo reconocí. ¿Siempre habían sido tan astutos y despiertos los ojos de mi maestro? Me sonrió con complicidad y pareció realmente conforme–. Es todo por hoy, puede irse a casa.

–Gracias, maestro –respondí aún algo aturdido. Algo acababa de cambiar entre los dos y era difícil de creer: luego de años de leer codo a codo y debatir ideas hasta entrada la noche, un simple comentario nos había hecho encontrarnos con la chispa rebelde del otro.

Reverencié sutilmente aunque no me miraba y salí mientras se entretenía ordenando los libros en su bolso. Aquel día, por ser el primero, tenía además la clase de economía, a la que fui de inmediato. Tenía más ganas de encontrarme con Path para contarle todo que de ir a clases, pero tenía fe que sería una clase breve.

Quien daba las clases resultó ser una mujer, Lack, tan severa que estuve en todo momento sintiendo que si cometía un error me golpearía con la vara que agitaba amenazadoramente. Finalmente lo hizo, pero para corregir mi postura: me obligaba a sentarme como si estuviese tomando el té con el rey y a hablar como si mil escribas tomaran nota de lo que decía para la posteridad.

No estudiamos nada, como preví que sería, pero un repaso por el programa que había preparado para mí me entusiasmó lo suficiente como para no dejarme sentir que había perdido mi tiempo yendo allí: Lack creía que sólo sería un buen consejero para mi hermano si lograba llenar cada carencia que él tuviera y, después de entrevistarlo, había descubierto que eran muchas. Sorsz era un hábil guerrero y sus profesores de estrategia decían que no habría batalla que no ganara, pero en lo que refería a dirigir un ducado… Bueno, Lack dejó en claro que dudaba de sus capacidades.

No había quejas por mi parte: que mi conocimiento fuese tan amplio como llegase a necesitar en el peor de los casos era exacto lo que quería. A pesar de mis reservas iniciales, salí de la primera clase con una sonrisa y una sensación de que aquel sería un gran año.

–Milord –dijo acercándose la sirvienta pelirroja a mis órdenes ni bien volví al castillo.

–Buenas tardes, Faith, ¿qué necesitas?

–Sólo quería que supiera que hay un farseer buscándolo.

–¿Farseer? ¿Cuál?

–No sé cuál, milord… me lo dijeron… y como no trabajo hace mucho aquí no los conozco aún. –Bajó la cabeza, avergonzada y con rubor apareciendo en sus mejillas.

–¡Lord Reign! –se oyó una voz potente gritándome. La sirvienta se volteó para ver de dónde había salido.

–Supongo que ése es él.

–Gracias Faith, harías bien en alejarte –ordené. Ella reverenció y salió a paso rápido. Volví la vista al farseer y me alegró que pareciera no haber oído. Grass[7] era la única farseer mujer, pero su cabello corto, ropa masculina y carácter feroz la hacían parecer un hombre; y sabía que había golpeado a guerreros y sirvientes por igual al confundirla–. Buenas tardes.

–Su padre está buscándolo, quiere verlo en su estudio ahora –dijo con una brazada que me indicaba que no tenía un segundo para dudar.

Comencé a caminar con elegancia con la mujer a mi espalda y traté de percibir qué pensaba ella, para saber si debía estar alerta por mi seguridad o la de Faith, o por ambos o ninguno; pero finalmente no dio señales que me permitieran preocuparme y llegué a la puerta más inquieto aún: si algo pasaba, no tenía idea, y no quería bajar la guardia.

Mi padre estaba sentado en su silla con su fuerte presencia, pero no parecía estar de mal humor. Me invitó a acercarme y descansó su peso apoyándose en su gran escritorio.

–¡Reign! ¿Cómo estuvo tu día? –Sonrió amable.

–Muy interesante –respondí devolviéndole el gesto y sentándome. Ash, sentado detrás de mi padre, bostezó y comenzó a cabecear–. Ink me regaló un libro, repasamos la segunda era humana y me dijo que comenzaremos con la tercera mañana. Lack me contó qué quería lograr conmigo en las clases y acordamos los días y horas en los que nos encontraríamos.

–¿Qué quiere lograr contigo?

–Quiere que sepa de tantas formas de manejar la economía como sea posible, aún en los peores casos, para poder servir a Sorsz apropiadamente cuando él me necesite –expliqué sin dar mucha importancia. Mi padre se quedó mirándome en silencio y finalmente afirmó.

–Qué bien, hijo –sonrió. ¿No le había agradado mi respuesta? Realmente parecía estar forzando aquella reacción–. Te has portado muy bien, parece que finalmente has madurado. Tengo grandes expectativas puestas en ti. Sigue portándote bien.

–Me esforzaré.

–Bien, bien –afirmó y se volteó–. ¡Ash! –Gritó. El farseer dio un respingo y en un segundo estuvo de pie–. Tráeme té.

–¿Yo, lord? –Preguntó asombrado, ése no era su trabajo.

–Estoy enseñándole a mi hijo a no permitir que sus empleados duerman en el trabajo –me miró y sonrió. Reí lo suficientemente alto para complacerlo, no demasiado para que Ash me odiara–. Muévete –le ordenó con fiereza. El hombre se puso en movimiento de inmediato–. Y tú, sigue así –me dijo–, ya puedes irte.

–Sí, padre, gracias.

Me abrieron la puerta y dejé salir primero a Ash, quien tropezó por ir aún medio dormido. Lo seguí y vi en el pasillo, jugueteando con sus propios dedos, a Faith. Pasé frente a ella y comenzó a seguirme, últimamente parecía un pequeño perro obediente.

–¿Necesitabas algo más?

–Bueno, sé que será mañana cuando usted pedirá que lleve comida a su cuñado –respondió en voz baja–, pero hoy llegó un pequeño cargamento con algunas cosas.

–¿Y son cosas que no pueden esperar a mañana?

–No el azúcar, milord –susurró–; el jefe de la cocina la guardará en el depósito privado de su familia cuando llegue a supervisar el servicio del primer turno de la cena de la guardia. Si quiere enviarle azúcar a su cuñado, debería decírmelo ahora. –Me detuve y me volteé a mirarla. Sabía que era leal a mí porque la tenía vigilada, pero aquel límite no le había pedido que lo cruzara.

–¿Crees poder?

–Sí, lord –dijo con seguridad, su rostro se iluminó con una sonrisa y me pregunté qué clase de satisfacción sacaba de aquello; tal vez fuera una ladrona frustrada que había encontrado su pasión en el trabajo que le había dado–. Esta noche, antes de que llegue el jefe Season; siempre están todos muy ocupados como para mirar qué hace el que está al lado.

–Entonces hazlo –ordené. Ella reverenció con alegría y siguió su camino. Primero Ink y ahora Faith… ¿Cuántos más habrían por ahí usando máscaras tan creíbles?

Avancé por el pasillo hasta la cocina y apenas estuve lejos de ojos curiosos y oídos atentos, me escabullí al décimo tercer jardín, donde Path hablaba solo y reía a carcajadas. Bueno, sabía que no estaba solo, pero era más fácil pensar que aquello era resultado de su locura particular que comenzar a hilar fino en el hecho de que allí había gente que yo no veía. Me detuve con cierto pánico, pero ninguna risa ni voz me sorprendió, por lo que me relajé con un suspiro. Si Path estaba loco era un alivio, pero si lo estaba yo y la voz que me hablara la había imaginado, celebraría embriagándome hasta caer muerto.

–¿Loco aún? –pregunté acercándome.

–Eso quisieras. –Qué bien me conocía–. Me encanta que seas tan cobarde.

–No soy cobarde –dije sentándome y dándole un puñetazo en un hombro.

–Y me encanta que lo niegues –agregó contento. Volví a golpearlo y, antes de darme cuenta, estaba boca abajo con mi hermano trabando uno de mis brazos tras mi espalda. Debía aprender a no dejarme llevar tan fácilmente–. Di que soy el hermano atractivo y te suelto.

–¡No! ¡Eres feo como pegarle a una madre! –forcejeé. Él rió y se dejó caer a mi lado. Me acomodé y froté mis brazos. Alimentar a Path sólo había hecho que su brutalidad habitual pasase de ser un inconveniente a un peligro.

–¿Cómo estuvieron tus clases? –preguntó descansando su cabeza en sus manos.

–Interesantes. Aún no puedo creer que haya acabado con el piano.

–Eso es una lástima, me hubiese gustado oírte tocar alguna vez.

–No en esta vida –afirmé con severidad y él me sonrió; esperé que eso significara su renuncia al tema–. Estoy contento.

–Te ves contento.

–Hay algo que quiero decirte, con respecto a la rebelión. –Él se irguió–. Los apoyo, de verdad, pero siento que no puedo ser parte de algo así. No soy un guerrero.

–Tú eres lo que tú haces de ti con tus creencias. ¿No eres tú acaso el que ve el mundo gris y se acusa a sí mismo de ser de igual modo? Tus creencias, aún las que no son sobre ti mismo, determinan quién eres; y si dices que no eres un guerrero… no lo serás.

–Pero creo que tampoco quiero serlo.

–Ah… –dijo deteniéndose de pronto– entonces está bien –se encogió de hombros–. Lamentaré que no estés con nosotros, aunque imagino que Starling estará contenta de saber que no te involucrarás.

–Quiero hacer un cambio –le aseguré–, pero quiero hacerlo sin tener que luchar. Hasta ahora mis estudios no fueron más que acumular conocimiento que me interesaba, pero Ink y Lack comenzarán este año a instruirme buscando que realmente logre entender el mundo para así poder cambiar lo que está mal como consejero de Sorsz.

–Eso es excelente –exclamó con una sonrisa. Sus ojos de manzana chispearon de alegría–. ¡Lo harás!

–Siempre eres tan… –sonreí–. ¿Por qué? Sé que dijiste que tú tendrías la victoria de tu vida, pero ¿en qué momento empezaste a ganar esa batalla?

–Me alegra que preguntes –apuntó y se levantó de un salto–. Es hora de mostrarte mi segundo secreto –me tendió una mano y me recorrió un escalofrío–. Por esto te pedí que vinieras hoy –sonrió y agitó la mano para que la agarrara–. Éste es el último, lo prometo.

Me agarró de la mano con fuerza y me obligó a levantarme. Lo seguí a través del jardín con cierta reserva, pero recordándome que confiar en él siempre había valido el dolor y la angustia por los que solía hacerme pasar.

Lo miré, él se veía nervioso, pero en absoluto parecía que fuese a llorar, por lo que tal vez no era un mal secreto; al contrario, parecía que no aguantaba la intensidad de la sorpresa que me daría. Me relajé un poco por eso: si alguien sufriría, al menos sólo sería yo esta vez.

Se detuvo ante una de las puertas de las habitaciones del fondo y me miró con un extraño brillo en los ojos.

–¿Entraste aquí antes?

–No, a ningún cuarto; temía molestar a los espíritus. –Me asaltó el pánico y me aferré a su brazo–. ¿Qué guardas ahí? –Mi hermano rió.

–Qué cobarde eres –dijo abriendo la puerta. La habitación se veía normal desde fuera, aunque una sensación extraña me erizaba los pelos de la nuca–. Vamos despacio –propuso.

–¿Hay algo ahí que vaya a saltarme al cuello? –pregunté asustado; ya no me importaba que viera mi miedo, de todos modos no había hecho un buen trabajo escondiéndolo.

–No, no. Nadie quiere herirte ni asustarte, éste es un regalo para ti.

–¿Por qué vacilamos tanto entonces?

–Pensé que tal vez estabas más cómodo así –dijo con una expresión extraña que no logré descifrar. Dio un paso largo para entrar y me hizo relajar mi agarre, pero me rehusé a soltarlo. Dudaba ser capaz de usarlo de escudo si algo pasaba, pero era inevitable sentirme más seguro teniéndolo entre mi cuerpo y lo que fuera que íbamos a encontrar allí.

El lugar estaba empolvado y parecía haber sido un dormitorio, dado que había allí una cama. Pero nada más indicaba que hubiese servido para ese propósito: no había muebles para guardar ropa, ni siquiera uno de aquellos precarios baúles que se usaban en el norte. ¿Quién habría dormido allí? ¿Por qué se habría ido y dónde estaban sus cosas? ¿Sería uno de los esqueletos abandonados afuera?

Path me miró, expectante y advertí que estaba divagando demasiado: volví a analizar el lugar con cuidado; ¿había algo allí que estuviera perdiéndome? La habitación era pequeña y estaba casi vacía, con excepción de la cama, una pequeña mesa, y mucho polvo y oscuridad reclamando todo.

Entonces entendí: veía. Había luz entrando por la puerta, luz real del exterior; pero del otro lado de la habitación, tras una cortina rasgada que se veía pesada, ocurría lo mismo. Mi hermano se adelantó y descorrió la oscura tela con cuidado, no lo suficiente como para dejarme ver, pero sí lo necesario para cegarme; llevaba un minuto acostumbrándome a la oscuridad, y toda una vida a la luz falsa que nos acompañaba durante el día en el interior.

Path cruzó, mirándome mientras lo hacía. Avancé tras él y crucé, cuidando mis pisadas para no tropezar con lo que parecían ser escombros. Pateé algunas piedras y entendí: aquello no era una puerta, tampoco una ventana, sino un hueco en la pared.

Hice sombra a mis ojos con una mano y sentí a Path agarrándome del brazo, como si quisiera impedirme retroceder u obligarme a avanzar. Parpadeé varias veces y en unos pocos segundos todo comenzó a aclararse: verde, un bosque, terreno elevado y curvilíneo, y cielo, demasiado cielo, muy extenso y pesado como para sostenerse allí arriba él solo.

Dejé escapar mi aliento mientras intentaba mirar a los lados con mi visión periférica: nada estaba allí para sostener todo aquello, y lentamente y sin un crujido amenazador que advirtiese a quienes estábamos debajo, comenzaba a caer. Jadeé. Mi corazón martilleaba con tanta fuerza que me hacía zumbar los oídos y no podía oír nada. Di un paso atrás y algo me hizo tropezar y quedar demasiado indefenso ante todo aquello. El cielo se desplomó sobre mí y todo su peso me aplastó el pecho con tanta fuerza que no pude respirar.

Boqueé buscando aire y, apenas pude juntar el suficiente para hacer mi mente funcionar, me giré y arrastré al interior de la habitación otra vez. La oscuridad me acogió con un dulce abrazo y me quedé tendido bajo su protección. Sentía como si acabara de correr por el castillo escapando de una golpiza severa, la cual de todos modos parecía haber recibido.

Sentí una mano en mi brazo y una mirada: los ojos manzana de Path fueron un baño de agua fría; casi había olvidado que estaba allí conmigo. Él me sonrió y me frotó con fuerza.

Abrí la boca para manifestar el horror de casi haber muerto, para disculparme por haberlo dejado atrás aún siendo parte de mi sangre, pero no salió ningún sonido, no más que un inteligible jadeo que bien podría haber sido de un moribundo.

–No te apures –me dijo con una dulzura y comprensión paternal que no recibía ni de mi propio padre. Intenté erguirme, pero él nuevamente me empujó para que me acostara–. No te apures –repitió. Afirmé y dejé la cabeza en el piso.

Me relajé y mis músculos se aflojaron. Me oí exhalar abruptamente y la oscuridad lentamente borró la luz que entraba por la puerta, por el hueco en la pared y, finalmente, se llevó también a Path.

 

Cuando la luz reapareció, lo hizo con fuerza. Los colores tardaron más de lo normal en asentarse y las figuras estuvieron mucho tiempo sin ser más que manchas borrosas.

–¿Volviste? –preguntó Path como un eco lejano. Me moví despacio; la espalda me ardía. Froté mis ojos y parpadeé varias veces–. ¿Reign? –Insistió mi hermano, su voz tenía un tinte de preocupación. Giré la cabeza y lo encontré mirándome.

–¿Qué pasó?

–Te desmayaste –dijo sin siquiera sonreír. ¿Por qué no estaba burlándose de mí?

–¿Por qué? –Me apoyé en mis manos y me senté. El roce de mi ropa me causó un gran dolor y entendí que definitivamente me había lastimado la espalda. Al tocar, no toqué sangre, pero sí sentía la piel herida, como si me hubiese raspado.

–¿No lo recuerdas? –Alcé la vista para mirarlo y noté que estaba otra vez en el jardín. Al fondo, la puerta cerrada que había cruzado momentos antes se impuso ante todo lo demás como si me pateara en la frente.

–S–sí me acuerdo –balbuceé–. Pero… ¿Qué…? ¡El cielo! ¡S–se caía! –Miré arriba, temeroso, pero no parecía haber cambiado nada–. ¿Qué clase de sorpresa fue esa? ¡Vas a matarme con tus secretos!

–Lo siento, no pensé que fueses a vivir con tanta intensidad el poner un pie afuera.

–¡Eso no fue afuera! ¡Eso fue…! –Me sobresalté. En un segundo mi respiración se normalizó, pero sólo fue una calma momentánea; sabía y sentía que estaba todo en mi vida a punto de derrumbarse–. Path… eso… ¿a qué te refieres con…?

–Calma –dijo acariciando mi cabeza. Ya estaba tranquilizándose, pero yo sólo sentía que empeoraba–. También me asusté la primera vez que descubrí que el mundo no tenía un techo –sonrió–, pero no recuerdo haberme desmayado.

–N–no entiendo. ¿Eso fue… fuera?

–Sí, fuera de Ars Vigil. Sí, está muy cerca –adivinó–. A un par de muros de distancia, donde siempre ha estado.

–El cielo se caía, estoy seguro. Sentí que me aplastaba.

–Bueno, pero no te aplastó, ¿o sí? Estás aquí, entero, y yo también –aseguró frotándome la espalda, justo donde tenía la herida. Solté un quejido de dolor, pero me ignoró.

Mi corazón latía fuerte y mi estómago estaba revuelto; hubiese vomitado de no ser porque lo tenía vacío.

Path se acercó un poco más y me abrazó como si temiera partirme. Luego se quedó allí, sin moverse, generándome calma. Lentamente respiraba con más profundidad y volvía a sentir mi cuerpo completamente al servicio de mi voluntad. Mi hermano me abrazó con más fuerza y entendí que se había asustado. Al desmayarme lo había hecho creer que su sorpresa acababa de matarme y eso sólo lo habría convencido de aquella estúpida creencia de que su don mataba a la gente que se animaba a acercarse a él y quererlo.

–¿Estás bien? –pregunté. Él se apartó, se le habían caído algunas lágrimas.

–Sí. –Se veía pálido. Se enjugó las lágrimas con cierta rudeza.

–En el norte dicen que los hombres no lloran –decidí bromear–. Dicen que es de niños y dementes.

–Bueno, yo sé cuál quieres tú que yo sea –dijo divertido atrapándome por el cuello con un brazo, pero esta vez no me costó tanto repelerlo. Sonreía, pero no era su felicidad de siempre y eso parecía quitarle fuerza.

–¿Estás bien? –Volví a preguntar–. ¿Quieres que busque algo de comer en la cocina?

–Estoy bien. Tú busca algo, te desmayaste. –Se puso de pie y me obligó a levantarme–. Vamos, ¡ve! –Me empujó. Me giré para protestar y una voz habló por mí.

Quiere estar solo –dijo con suavidad–, tú no eres capaz de entender lo que significó esto para él. Déjalo hablar con quienes sí lo entenderán.

–¿Qué pasa? –inquirió Path mirándome con seriedad–. ¿Te vas a desmayar otra vez?

–No, no; estoy bien –afirmé seguro. Otra vez, él no lo había oído, pero no lo había imaginado. Esa voz estaba allí–. Creo que tengo hambre. ¿Estarás bien solo?

–Claro que sí. Iré a dormir hoy contigo, a menos que quieras venir a casa.

–Tú ven, ambos dormimos mejor y mi padre no me dejará irme a dormir con Rock habiendo empezado mis clases.

–¿Tienes clases mañana?

–Sí, temprano… con la espada –recordé con asco.

–Si te permites no ser tan gruñón, podrías hasta divertirte. Bueno, vete y come algo.

–Te veo en la noche –saludé alejándome–. Voz –susurré–, estoy confiando en ti.

Llegué al hueco junto a la puerta, me agaché y pasé. Me asustaba dejar a mi hermano solo, pero sentía que estaría bien. Si alguien era invencible, ése era él; y sus amigos invisibles estarían allí para ayudarlo si algo pasaba. Además, sabiendo que en la noche iría a visitarme, no tendría que esperar tanto para asegurarme que no le hubiese ocurrido nada malo.

Recordé aquel paisaje infinito y me recorrió otro escalofrío, que esta vez me hizo golpear la cabeza contra la pared del conducto. Me sentí ligeramente mareado otra vez, por lo que me apuré. Decidí que comería a escondidas, antes de mostrarme en la cocina, para que nadie me viera con el rostro pálido. Si mi madre llegaba a enterarse de mi desmayo, dejaría su enojo de lado y volvería a tratarme como si jamás hubiese llegado a la mayoría de edad.

Llegué al final y robé una fruta a ciegas de un canasto. Pensé que había tomado una mandarina, por la textura y color de su cáscara, aunque era algo más oscura. Tras la primera mordida noté mi error con gran repugnancia: un limón rojo. No era algo que no me gustara, pero cuando uno se prepara para algo ácido, encontrarse con una fruta tan dulce es horrible. Tragué rápido y seguí comiendo intentando no sentirle demasiado el sabor.

Oí un pequeño bullicio a la distancia y la cocina se silenció. Varios salieron a ver qué ocurría justo cuando un grito agudo llegaba desde más allá de la puerta. Salí de mi escondite y me apuré a seguir a la multitud. Los sirvientes que ya estaban allí se abrieron para dejar un camino para mí, mientras susurraban informándose entre ellos de mi presencia.

Presté atención y oí a un hombre gritando improperios. Alcé la cabeza y avancé para ver qué ocurría, y vi caer al piso a una sirvienta con el cabello corto y rojo oscuro.

–¡Faith! –exclamé acercándome. Se cubría el rostro, por lo que no la vi bien hasta que le tendí una mano y la tomó para levantarse. Tenía un corte en su ceja derecha que sangraba y un área roja justo debajo. Miré alrededor y me encontré con Season, el jefe de la cocina, que tenía el rostro contraído en una mueca de furia–. ¿Qué pasó?

–¡Atrapé a esta… esta… sucia ladrona robándome! –escupió. Me erguí sujetando a Faith a mi lado.

–¿Estaba tomando azúcar? –pregunté con serenidad. Season se calmó abruptamente–. Porque yo le pedí que lo hiciera. –La expresión del hombre fue una clara respuesta–. ¿Eres tonta, acaso? ¿Por qué no dijiste que yo te había enviado? –Faith pareció encogerse de miedo, por lo que suavicé mi mirada para que entendiera que debía actuar conmigo.

–¡No estaba! –dijo ella–. ¡Cuando llegué aquí, él no estaba! Y usted dijo que me debía apurar a llevarle el azúcar, así que decidí entrar y tomarla simplemente, pensando que su orden me protegería; pero cuando llegó no quiso escucharme.

–Entonces, Season, usted llegó tarde a su turno y cuando lo hizo, sin preguntar, acusó a una de mis sirvientas personales de robar y la golpeó sin oír lo que tenía para decirle. ¿Es eso correcto? –Season, un hombre grande y bien conocido por su carácter áspero, retrocedió.

–Es… eso correcto, milord –admitió esforzándose por mantener su entereza. Su hijo, Winter, quien además era uno de los amigos de la infancia de mi hermana Starling, estaba allí; pero por más que me diera lástima hacerlo ver aquello, ya no había vuelta atrás.

–Sepa entonces que lo culpo a usted por esta estupidez –me acerqué y él afirmó su postura, esperando mi embestida–. Y que le quede claro que la próxima vez que golpee a un sirviente, se lo haré lamentar –dije bajando la voz para intimidarlo, pero no demasiado como para que nadie más me oyera–. Tal vez yo no sea el duque, pero aún tengo el poder necesario para hacer su vida miserable. Espero no volver a encontrarme con usted de este modo.

Season no respondió más que con una sonora y profunda respiración, así que me giré, tomé a Faith de un brazo y la llevé afuera. Lo oímos gritar algunas órdenes y todos se movieron de regreso a sus trabajos. Faith suspiró y yo sentí que me desmayaría.

–Gracias, milord, gracias. Gracias.

–Yo te metí en eso, no te podía dejar sola –afirmé con tanta elegancia como me fue posible. Ella pareció no notar que me había asustado a mí mismo más que a Season–. No tomes nada más por ahora, esperaremos a que las cosas se calmen.

–Sí, milord.

La dejé ir y la miré alejarse sin moverme. Ella varias veces volteó la cabeza sin detener su andar. Finalmente salió por una puerta y me aflojé. Froté mi rostro, respiré profundo y enderecé mi espalda.

¿De dónde había sacado yo tanta fuerza? Jamás había amenazado a nadie, menos aún me había parado entre alguien con autoridad y un sirviente. Oí a alguien aguantando una carcajada y miré alrededor, pero estaba solo.

–¿Te estás riendo de mí? –pregunté al aire. La risa aumentó en volumen y me contagió ligeramente. Se oía amable, inocente tal vez–. ¿Quién eres? –quise saber–. ¿Por qué sólo yo te puedo oír? ¿Por qué Path no? –La risa se apagó lentamente y sentí que aquel ser me prestaba atención, como evaluándome y viendo si valía la pena responderme o no.

Yo no estoy aquí por Path –dijo finalmente.

–¿Entonces por quién? ¿Por mí? –Silencio–. ¿Hola? –La presencia ya no estaba. Me quedé esperando hasta que noté a un guardia mirándome desde el fondo del pasillo como si yo estuviese loco. Tosí y caminé en sentido contrario.

Había sido un gran avance, pero tenía otra cosa en qué pensar: ya no podría enviar comida a Path utilizando a Faith, pero dejarlo adelgazar no era una opción. Además, si se enteraba que había habido algún problema, protestaría y comenzaría a rechazar lo que intentara darle. Podía sacar comida de la cocina por mi cuenta, con la excusa de tener hambre, y llevarla al jardín, pero tendría que hacerlo casi a diario y eso cruzaba en exceso el límite tácito que había puesto mi hermano con respecto al tema.

Por otro lado, tomar mucha comida de una sola vez sin llamar la atención sería difícil; no porque fuese a ser echada en falta, los guerreros de la guardia comían a todas horas sin dar tregua, sino porque mi presencia llamaba mucho la atención. Que alguien lo hiciera por mí había sido ideal, pero no sabía de otro sirviente en el que pudiera confiar tanto como en Faith. Ella había entrado hacía poco tiempo, por lo cual aún no tenía amigos y buscaba desesperadamente que alguien la protegiera del tirano que mi padre era con los sirvientes.

Llegó la hora de cenar cuando sentí que finalmente tenía la solución: pediría dinero a mi padre. Él no se alarmaría por unos cuantos cuernos para comprar un caro abrigo para mí o como regalo para alguno de mis maestros. Yo podría encargarle el trabajo a Path y pagárselo a cien veces el precio que quisiera cobrármelo. Tal vez protestara, pero eventualmente aceptaría un pago si era por su trabajo, y a mi padre no le resultaría extraño que gastara en ello porque las prendas hechas por su bastardo eran dignas de la realeza.

Me senté a la mesa con una sonrisa y miré alrededor. Mi madre aún estaba enojada conmigo por haber dejado el piano y corrió el rostro con un bufido cuando la miré. Crown estaba absorto en su mundo interno como siempre; Northern aprovechó a saludarme con una sonrisa y Starling llegó y se ubicó frente a mí.

–¿Y Sorsz? –pregunté al verla ocupar su lugar.

–No cenará hoy –me explicó–, dijo que no se sentía bien.

–Qué raro siendo que mañana empezamos la clase con espadas. Hubiera creído que ni un dios ofendido le impediría ser el hombre más feliz del mundo. –Mis hermanas rieron y percibí una sonrisa ligera en Crown, aunque bien podría habérsela provocado a sí mismo con algún pensamiento, ya que no parecía estar prestándome atención.

–Y hablando de clases –dijo Northern inclinándose sobre la mesa–, nos divertimos mucho en botánica hoy, ¡la profesora es tan linda! ¿Verdad, Starry?

–Sí, es verdad –sonrió–, es lindo tomar una clase juntas, fue muy buena idea.

–¡Si! ¿Y tus clases cómo estuvieron, Rene?

–¡Ni se te ocurra responder! –Ladró mi madre–. No todo gira en torno a ti, ¿sabes? –Miré a mis hermanas, tan sorprendidas como yo, e hice silencio. Lo sentía por mi madre, pero no habría tormenta que pudiera desatar sobre mí que me hiciera volver a tocar el piano.

–Oí que hiciste algo hoy –me dijo mi padre ni bien se sentó.

–Sí, Season golpeó a una sirvienta a mis órdenes.

–¿Por qué la golpeó?

–La vio tomando algo para mí y pensó que robaba. No le dio tiempo a explicarse y tuve que intervenir.

–Me gustó la actitud, dijeron que te veías tan fiero como uno de mis farseers –sonrió–. Pero fue un error hacer eso. Lo sabes, ¿verdad? –Me recorrió un escalofrío al sentir lo mismo que aquella vez que me regañara por hablar durante la sesión del consejo, aunque ahora no sabía exactamente qué había hecho mal.

–No, padre –admití bajando la mirada, pero manteniendo la cabeza alta, a la espera de una explicación. Eso era lo que él disfrutaba, aleccionarme; aunque era desmedido el horror que me provocaba en aquellas situaciones.

–Le quitaste autoridad al jefe de la cocina; ahora no será visto del mismo modo y cualquiera podrá faltarle el respeto, porque él no puede golpear a quien se lo tenga ganado.

–¡No debería poder golpear a los sirvientes!

–¿Otra vez con esa actitud? Reign, tú eres nadie aquí dentro, y sermoneando a Season lo convertiste en un nadie más nadie que tú. Si él golpea a un sirviente es tema suyo, a ti no te incumbe. Esta no es tu gente, es mía; yo les pago y yo digo qué se hace con ellos y qué no.

Ahora sí bajé la cabeza, pero no por obediencia o vergüenza, sino para que no me viera apretar los dientes con rabia. Para él, éramos su propiedad: los sirvientes, yo, todos. Nos poseía y haría con nosotros lo que se le antojara, estuviera bien o mal.

Los sirvientes se acercaron a dejar los platos en la mesa, pero mi padre alzó su mano para detener al que estaba junto a mí.

–Reign no tiene hambre hoy, así que ya está por irse a dormir.

–Sí, milord –dijo él y se retiró.

Miré a mi padre a los ojos y él me devolvió una mirada curiosa, preguntándose si era yo tan idiota como para realmente desafiarlo. Me levanté, rindiéndome, pero arrojando mi servilleta a la mesa sin cuidado. Sí, me iba, pero enfadado, y quería que estuviera claro. Mi madre se regodeó en el espectáculo, pero mis hermanos se mantuvieron en silencio. Crown me miró mientras me alejaba y me pregunté si acaso él se habría encerrado en su interior con tanta saña porque no aguantaba a nuestra familia ya más.

Me acosté, pero no pude escapar de los ojos grises de mi padre que me miraban con altanería desde el rincón más oscuro de mi mente. Lo odiaba cada día un poco más y, lo que era peor, con más motivos. Tuve que recordarme que no quería luchar, que no era lo que había decidido, y que todo pronto se ordenaría.

Cuando Path llegó, fingí estar dormido. No supe por qué, tal vez inclusive me hubiese hecho bien poder expresar todo mi enojo con alguien que no me juzgara, pero ni aún reconsiderándolo lo hice. Path se quitó sus botas y se acostó en mi cama, en el espacio que le dejé libre. Se esforzó por no tocarme para no despertarme, pero luego de terminar de acomodarse, comenzó a cantar en voz baja:

I asked the gods for something to be in love, and they sent you to be my white sparkling dove…

Nunca lo había oído cantar, aunque usualmente tarareaba lo que entendí que era la melodía de esa canción infantil. Me dejé arrullar por su voz y finalmente me dormí.

Al conocer al grupo rebelde de Star, mi imagen de las guerras de Last se había vuelto difusa y ya no había vuelto a soñar que participaba en ellas. Pero ahora, lleno de rabia y con la voz de Path azuzándome como un abanico al fuego, lentamente mi miedo comenzó a transformarse, y mis sueños nuevamente se llenaron de rebeldía y victoria.

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Revolución Reign: Príncipe – Capítulo 4

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Cuando desperté, las luces ya estaban encendidas y Path cosía un vestido en su mesa de trabajo. Realmente debía encantarle su trabajo para hacerlo desde tan temprano. Me desperecé y estiré tanto como podía mientras bostezaba. La cama estaba lejos de ser tan cómoda como la mía, pero había sido el llanto lo que me hiciera sentir destrozado. Sin embargo, no protesté; demasiado había hecho mi medio hermano dejándomela.

–Buenos días –saludó poniéndose de pie y tomando el vestido por los hombros para desplegarlo ante mí–. ¿Te gusta? Ya casi termino –dijo con orgullo. La pieza era enteramente rosa con un montón de flores blancas cubriendo la parte delantera de la falda, y el pecho.

–¿Hiciste todo eso esta mañana?

–Claro que no, sólo cosí algunas flores. El vestido entero me ha llevado seis días.

–¿Para quién es?

–El marqués Naive[1]. Me lo encargó para regalárselo a su hija en su cumpleaños.

–Ah, sí, no me extraña. Él es conocido por ser muy amable y nunca involucrarse en problemas. Creo que es parte de su bondad el pedir un trabajo así a… a….

–¿Un pobre bastardo?

–No, quería decir a alguien… de menos recursos, en vez de a un sastre de la zona alta.

–Eres tan amable –dijo sonriente como si acaso se burlara. Le saqué la lengua y él volvió a dejar el vestido en la mesa–. ¿Quieres desayunar? Preparé mi especialidad con el pan de Rock y unas frutas que compré mientras dormías.

–No tenías que comprar nada –protesté–. No quiero que gastes ni una escama en mí.

–Déjame honrarte un poco, hermanito, sino me siento más pobre. –Nos sentamos enfrentados y él me tendió un puñado de distintas frutas cortadas en trozos, atrapadas entre dos rodajas de pan.

–¿Frutas… con pan?

–Así no te ensucias las manos comiendo. No sabes la cantidad de agua que ahorro gracias a no tener que lavarme las manos cada vez que como algo. Descuida, me las lavé antes de prepararlos. –Las alzó para mostrármelas–. Además nunca las tengo sucias, algunas telas se manchan muy fácil y tener que lavarlas es un gasto innecesario.

–Entiendo –dije y mordí. Path también comía, pero estaba esperando ver mi reacción–. Sabe muy bien –le sonreí. Su alegría fue inmediata.

–Temía que tu paladar tan fino rechazara cualquier cosa que pudieras encontrar aquí. Pero es una buena señal, ¿verdad? Si padre te rechaza no morirás de hambre.

–Sé sincero, ¿realmente pueden dos personas vivir de lo que tú ganas?

–Tal vez adelgazarías un poco –lo miré con incredulidad–. Descuida, soy tu hermano mayor, no te dejaría vaguear todo el día. Eventualmente encontrarías un trabajo o aprenderías a ayudarme a mí con el mío. –Hizo una pausa y no respondí–. ¿Qué pasa? ¿Te asusta?

–No –mentí–, sólo… estoy algo perdido. –Path afirmó y no insistió con el tema.

La siguiente hora se fue en charlas sobre las frutas que había usado y en mostrarme cómo se armaban y cosían las flores al vestido. No parecía difícil, pero el hecho de que no me dejara intentarlo para no manchar nada de sangre si me pinchaba me indicó que no era tan fácil. O tal vez Path no me tuviese fe; eso también era posible.

A media mañana salimos en dirección a casa de Rock y, por fortuna, el camino que utilizamos no fue el de la noche anterior. Fuimos por un pasillo donde había un prostíbulo junto a otro, todos ellos cerrados y, en consecuencia, con el área completamente vacía.

Path movió una gran placa de piedra en un muro para revelar un angosto y oscuro sendero. Jamás había pensado que había tantos escondrijos en Ars Vigil, pero mi hermano parecía tener un arsenal impresionante en su mapa mental. Caminamos por él un par de metros ignorando los gritos de una acalorada discusión del otro lado de uno de los muros, y bajamos unas escaleras hacia una tenue luz azulada que resultó pertenecer a un extraño farol circular con una cadena.

–¿Qué es? –pregunté. El farol no tenía velas ni aceites y, por ende, tampoco fuego.

–Ni idea, pero encontré un depósito con muchos y los he ido dejando por ahí… Son muy útiles porque nunca se apagan y no queman tampoco –la pasó de una mano a otra haciendo malabares hasta que se le cayó–. Tampoco se rompen –dijo despreocupado y la levantó–. Vamos –me agarró y comenzó a caminar.

–¿Tienes que tomarme de la mano?

–Sí, somos hermanos.

–Yo no hago eso con Sorsz.

–Ése es tu problema. Siempre quise un hermano, así que ahora tendrás que aguantar en lo que cumplo todas mis fantasías.

–Cuando padre te reconozca, inténtalo con Crown y cuéntame cómo te va –reí.

–Bueno –se encogió de hombros y entendí lo que había dicho.

–No crees que padre vaya a reconocerte, ¿verdad?

–¿Tú sí?

–Bueno, no sé. ¿No es parte de lo que quieres? ¿De lo que los rebeldes quieren?

–Claro que no, ellos luchan por justicia e igualdad de derechos y posibilidades. Yo soy sólo un bastardo. Te lo dije aquel día, ¿recuerdas? No me interesan los títulos ni el oro, sólo quiero una familia.

–Entonces, ¿no pedirás a padre que te reconozca?

–No lo necesito. Yo puedo vivir en dónde vivo y cómo vivo. No me molesta trabajar ni pasar un poco de hambre. Hay gente menos afortunada que yo y me molestaría ser beneficiado sólo por ser el hijo del duque.

»Pero sí quisiera tener el permiso de ir al castillo a visitarlos. Si me dejaran el paso libre, no necesitaría nada más. Mi vida sería perfecta –sonrió–. Espero que Sorsz me autorice –dijo soñador–. Parece un buen hermano mayor.

–Depende lo que entiendas por “buen hermano mayor” –Path tomó mi comentario como una broma y no habló más.

Si los rebeldes tenían éxito en lo que fuera que planeaban, Sorsz sería duque y mi padre seguramente fuese degradado en clase social al ver varios de sus títulos removidos. O peor: podría ser exiliado… o condenado a muerte. No, eso no. O… no, no estaba seguro. ¿Qué tan grave sería lo que había hecho? Lo poco que yo había visto ya me parecía deplorable, pero eso no le ganaba más que unas cuantas quejas y una obligación para cambiar unas cuantas cosas. Que los rebeldes esperaran sacarlo del poder indicaba que lo que sabían era grave.

Podía preguntar… Path no dudaría en decirme, pero ¿podría vivir sabiendo la verdad? Me había impactado profundamente lo ocurrido con el farseer Snow y ahora tenía que volver a mi vida sabiendo lo de los impuestos a los pobres y de la “limpieza” de las plazas en la clase baja. Pero no podría enfrentar a mi padre porque todo lo que tenía en mi vida me lo había dado él. ¿Cómo se había animado Star a fundar ese grupo? ¿Por qué? ¿Tan graves eran las cosas que había descubierto? Si fallaba, padre la desterraría y la tacharía de traidora.

La Star que yo conocía no era la real, pero tampoco sabía cuál lo era. ¿Cuándo había comenzado a fingir? Path no había contado con su ayuda cuando Leaf murió, así que debía haberlo conocido después de eso, por lo menos cuatro lunaciones. ¿Cómo había sido Star antes? ¿Qué había cambiado?

Path se detuvo de golpe y choqué con él: habíamos llegado sin que me percatara. Subimos y salimos a la misma habitación de la casa de Rock, lo cual me sorprendió: no había pensado que esos túneles ocultos, además de ir de una zona a otra, estaban lo suficientemente ramificados como para interconectarse y cubrir un área tan extensa.

–Deja esa ropa aquí –indicó–. Dale mis saludos a Rock e insúltalo por lo de la comida.

–¿Ya te vas?

–Sí, me encuentro con Naive para darle el vestido en un par de horas y aún tengo que terminar unos detalles. Cuando me necesites, ya sabes que te encontraré –sonrió radiante.

Hasta la noche anterior esa frase me hubiese estremecido, pero ahora sólo pude alegrarme. Luego de un segundo, esa alegría se transformó en un terror profundo ante lo que mi padre pudiese hacerle. Me asustaba que aquella rebelión fracasase y alejase a Star de mí, pero el saber que Rock y Path no tendrían tanta suerte me hacía estremecer. ¿Qué sería de mi vida sin esos dos? Abandoné mis inhibiciones y abracé fuerte a mi hermano.

–Cuídate –le pedí, casi que se lo supliqué. Él me devolvió el gesto y palmeó mi espalda.

–Estaré bien, no me tropiezo dos veces con el mismo farseer.

Me besó la mejilla y me despeinó antes de regresar de un salto al pasadizo. Me quedé allí un momento hasta que oí ruidos en la casa y reaccioné. En la cocina estaban Rock y un hombre de cabello cano que parecía estarse por ir. Él me miró un segundo, luego a mi cuñado, saludó y salió.

–Bienvenido. Interesante vestimenta –señaló mi ropa. La miré sin darle importancia.

–Gracias.

–¿Qué pasó? No te ves bien –dijo sentándose e indicando una silla para que lo imitara.

–No me sienta bien esto de encariñarme con gente.

–Sabía que a Path no le costaría ganarse tu cariño.

–¿Por qué no me dijiste que su madre había muerto? No… tal vez… no debías. No sé.

–Creí que a Path le gustaría decírtelo en persona.

–¿Es muy duro? Cuando tus padres mueren.

–No creo que pueda compararme, ellos ya eran mayores. Mi padre se llamaba Key[2]. Él nació en un pequeño pueblo, pero se mudó en su infancia a Ars Thuser[3].

–¿Ars Thuser? –Interrumpí–. Eso está en Caled.

–Sí, es la capital de Caled. Sí, afuera. A los veinte años escapó de casa y se unió a una troupe porque se enamoró de una de las artistas, Opal[4]. Lo aceptaron al principio como asistente del instrumentista y luego como músico, y así pasó muchos años con ellos. Se casó con su enamorada, tuvieron muchos hijos y recorrieron todo el mundo; hasta dieron espectáculos para los nobles wisper en Fate. Vivieron una vida muy bella juntos, hasta que su viaje los llevó a cruzar la frontera de los alas’arr, hacia las Tierras Inexistentes. Buscaban una ciudad alas’arr en la que esperaban poder tocar, pero se perdieron, y si te pierdes en esas tierras… pierdes mucho más. Algunos miembros de la troupe nunca volvieron, entre ellos Opal y uno de los hijos que tuvo con mi padre. Él estaba destrozado.

»Siguió viajando con la troupe, pero ya no quería actuar, y al llegar a Gäel comenzó a desear descansar. Avisó de su retiro y en la última actuación que hizo conoció a mi madre, Hazel[5], que estaba entre el público. Se gustaron de inmediato, pero él aún no se recuperaba, así que fueron muy lentamente en su relación; aunque al momento de marcharse la troupe, él se quedó. Vivieron varios años en un pueblo cercano y un día se mudaron al interior de Ars Vigil. Mi padre ya había tenido sus hijos y su familia, pero mi madre no, por lo que ella insistió y me tuvieron a mí. Soy el único fruto de su unión y llegué lo suficientemente tarde como para que al final algunos pensaran que ellos eran mis abuelos.

–¿Y tus hermanos? Los hijos de tu padre.

–Ellos siguieron con la troupe. Cuando tu abuelo murió y tu padre heredó el ducado, dejamos de saber de ellos porque Throne ya no permitió el contacto con el mundo exterior.

–Pensé que mi abuelo tampoco lo había hecho.

–No eres el único con ese error. El duque Brethren[6] creía que la vida era movimiento y que la ciudad vería su prosperidad condenada si la gente se quedaba quieta; por eso permitía a algunas personas entrar y salir. Hay quienes creen que tu abuelo pensaba abrir la ciudad.

»Mi padre creyó que volvería a ver a sus hijos, pero finalmente la vejez alcanzó a mi madre y la tristeza de su pérdida se lo llevó a él. El Rey de los Muertos y la Muerte vino a buscarlos con un menos de una lunación de diferencia.

–¿Los extrañas? –pregunté con timidez. Él suspiró.

–Sí, la verdad es que sí. ¿Estás bien, kelpie?

–¿Qué pasará si fallan? Los rebeldes… ¿morirían? ¿Padre los mataría?

–¿Eso es lo que te asusta, kelpie? ¿Perdernos? –Me encogí de hombros pero se me arrugó la barbilla, lo que arruinó mi inexpresividad. Rock camufló una sonrisa–. No te voy a decir que no tengas miedo, porque me honra que estés preocupado por nosotros; pero realmente una emoción así no tiene sentido si no haces algo con ella.

–¿Estás pidiéndome que me una a la rebelión?

–Para mí, serías una gran adición. Los rebeldes se motivarían mucho si supieran que hay otro miembro de la familia del duque apoyándonos. Pero no te mentiré, Star no te quiere involucrado. Deberías cambiarte e ir a casa. Tu madre vino buscándote hace rato y mentí con que dormías. Dije que te habías acostado tarde por quedarte leyendo.

Afirmé y me levanté. No me apuré en cambiarme la ropa y hasta me molestó volver a la mía que ajustaba tanto. Rock no estaba cuando salí, lo cual me alivió, ya que no quería abrir la boca y tener que despedirme. No aguantaría otra despedida por lo que quedaba del día.

Ya en el castillo, Northern saltó a mi paso intentando asustarme, pero, tras apenas obtener un ligero sobresalto por mi parte, entendió que yo no estaba de humor. Me abrazó rodeándome el pecho un momento y luego caminó conmigo en silencio. Sorsz la había enviado a vigilarme así que la dejé hacer su trabajo sin resistirme y pasamos juntos al menos media hora hasta que nuestra madre nos encontró y nos llamó a comer.

Mi hermanita intentó interceptarla cuando se acercó a mí, pero ella simplemente la apartó para darme un abrazo tan fuerte y molesto que hubiese escapado si hubiese habido un lugar al cual ir. Quité a Path de mis pensamientos y me esforcé en mantener a raya la idea de vivir con él. Eventualmente un guardia me reconocería y sólo le daría problemas.

–Buenos días, padre –dije en cuanto se sentó. Último pero infaltable, como siempre.

–Buenos días –respondió con voz grave–. ¿El músico te echó tan pronto?

–Sólo fui a pasar la noche, no iba a quedarme más.

–¿Por qué vas?

–No sé –me encogí de hombros. ¿Qué respuesta era educada y más o menos verdadera?–. Es como un refugio… un lugar de descanso.

–¿Necesitas descansar de tu familia?

–De mí mismo en realidad, padre –él afirmó varias veces y comió ni bien los sirvientes llevaron todo a la mesa. El resto de la familia estaba en silencio.

–Te estás portando mejor –siguió hablando mi padre–. He recibido menos quejas de ti este último tiempo. –Me clavó sus intensos ojos grises–. ¿Por qué? –Le sostuve la mirada. Él no era estúpido y sabía que tenía que haber una razón para que cambiara mi actitud.

–Tuve una charla con Sorsz –comencé y lo miré. Él afirmó con tanta sutileza que nadie más que yo, que lo tenía en frente, debió notarlo–. Me hizo entender que ya soy un hombre y que no tiene sentido seguir actuando como un niño.

–¿Oíste eso, Crown? –preguntó mi padre a mi hermanito–. Cuando cumplas veintidós seguirás el buen ejemplo de tu hermano y dejarás de ser el niño malcriado que ahora tienes permitido ser. –El pequeño ni se inmutó–. Me alegra que empieces a madurar –me dijo a mí–. Estoy en los preparativos para el compromiso de tu hermano, así que serás el siguiente. –Me sobresalté ante sus palabras y miré a Sorsz. A eso se debía su silencio y la postura arrogante que estaba faltándole. Padre iba a casarlo y a arruinar su vida de exitoso mujeriego. Mi madre arrojó los cubiertos y se levantó.

–¡No! –exclamó tan fuerte que asustó a los sirvientes que estaban aún cerca–. ¡No casarás a mi niño contra su voluntad!

–Cállate, mujer, es hora de que tu niño madure. Da por hecho que le elegiré una más digna de la que tú resultaste ser.

–No casarás a Sunrise –discutió. Debía estar realmente enojada como para discutir de ese modo con el duque–. Dile, hijo –le pidió–, dile que no vas a casarte porque él quiera. –Así que ésa era su estrategia: armar una pelea y enviar a pelear a alguien más. Todos miramos a Sorsz, esperando ver de qué lado se pondría.

–Tengo casi treinta años, es hora ya. –Sin duda odió cada palabra que salió de su boca, pero la altura y dignidad con la que habló enmudeció a nuestra madre. Padre no dijo ni hizo nada más; él no era un hombre que celebrara una victoria.

El almuerzo acabó en silencio y me dirigí a mi clase de piano. Muse[7], mi maestra, remarcó también mi actual obediencia, entre las muchas cosas que solía decir cada día. Yo simplemente respondí a todo con un cabeceo mientras me mantenía concentrado en mis asuntos. Algo de Sorsz casándose no me gustaba, pero tal vez fuese algo bueno después de todo; tal vez indicaba que padre estaba pensando en dejar el poder y pasárselo, quedándose con un pacífico retiro de consejero, con menos problemas y responsabilidades.

¿En qué quedaría el grupo rebelde de Star si padre abdicaba? ¿Continuarían igual para pedir justicia por aquellos supuestos crímenes cometidos o preferirían ahorrarse la revolución y dejar todo en el olvido?

Pasé varios días dándole vueltas a ese pensamiento, pero siempre acababa en el mismo punto: dependía de qué tan graves fueran los crímenes que se le adjudicaban, y yo no estaba listo aún para saber cuáles eran. ¿Tenía algo que ver el pedido de los rebeldes con la libertad que el padre de Rock había perdido? Tal vez quisieran abrir la ciudad… No, era una locura. No creía que hubiese mentido, pero no podía descartar que hubiese estado bromeando.

Aparté el pensamiento de mi atención y en cambio me fijé en que la puerta del estudio de mi padre se abría. Sorsz salía dando un portazo, indicándome que los guardias no le habían abierto. Estaba enojado y se refregaba el puño por la boca. Cuando se acercó vi el por qué.

–Tienes sangre…

–¡Ya sé! –respondió con rudeza. Era extraño verlo así, pero más extraño me resultaba el saber que o mi padre o alguno de sus guardias lo había golpeado… En realidad tendría que haber sido mi padre; Sorsz le hubiese devuelto el golpe a cualquier guardia y habrían terminado en una lucha que le dejaría más heridas que esa.

Moría de ganas de preguntar qué había pasado, pero sabía que mi hermano no dudaría en golpearme si ponía a prueba la poca paciencia que debía quedarle. Decidí no seguirlo hasta que estuviese tranquilo.

Starling estaba tomando el té con mi madre y Northern, mientras Crown jugaba contra sí mismo una partida de Elemental Dissension. Su expresión tan profundamente concentrada me hizo imposible resistir la tentación de ir a molestarlo, así que me acerqué a empujarlo para que me hiciera espacio para sentarme. Me gruñó pero me dejó un lugar.

Luego de una taza de té y una charla superficial que encantó a mi solitaria madre, me disculpé y caminé hasta la habitación de Sorsz, que era la siguiente a la mía. Entré sin golpear como mi hermano hacía y él se sobresaltó ante la irrupción. Había estado escribiendo y ahora tapaba el papel con una mano para que no lo viera.

–¿Qué hacías? –pregunté.

–Lárgate –gritó–, estoy ocupado.

–¿Si? –fingí inocencia–, ¿por qué? ¿Qué hacías? –Me acerqué a donde estaba y él salió a interceptarme.

–Nada que te importe, lárgate. –Abrió la puerta y me empujó fuera.

–Asesinaron a Snow –dije luego del traspié. Sorsz me agarró de la ropa y me arrastró al interior de su cuarto con la misma agilidad con la que me había sacado.

–¿Eres estúpido, acaso? ¿Cómo se te ocurre decir algo así donde pueden oírte?

–Entonces sabías. Padre mintió.

–¡Claro que…! Claro que padre mintió, tonto –dijo bajando la voz–. Los farseers no son queridos en la ciudad y alguien mató al único armado. Si la gente lo supiera, los demás estarían en peligro. Padre lo ocultó para protegerlos.

–¿Y su familia?

–Se mudaron a la parte norte de la clase media. –No terminaba de convencerme pero porque no quería ser convencido–. Ahora dime cómo es que tú sabes que lo mataron.

–Si quieres información, tendrás que pagarme con información. Lo que dijiste es útil pero no vale lo que sé –apunté con elegancia. Sorsz alzó una ceja y me sonrió.

–Ay, mini héroe, eres tan tierno cuando eres tan tonto. –Lo miré con incredulidad y él volvió a abrir la puerta–. Vamos, lárgate, estoy ocupado.

Salí, intimidado por la dulzura tan propia de Star que había habido en esa orden y recibí un portazo en la cara. Tardé unos segundos en dejar el estupor y volver a ser yo mismo; pateé su puerta y me alejé. Sí, sabía que era ignorante, pero no tenía por qué tratarme así. Además, ¿quién se creía que era? ¿El duque? Bueno, no, no lo era. No aún.

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