La Catedral de las Sílfides

Ven a oír las historias del viento


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Olor a vida

Hoy tenía que ir a encontrarme con algunas personas por un posible trabajo, así que a media tarde salí de casa en dirección al colegio que está en el barrio sentado frente al mío.

Cuando me fui, la casa olía a apresto y tela, mi madre estaba planchando. Cruzando la puerta el olor era a césped y árboles, aunque algo muy suave. Una cuadra más allá se presentó el olor a carne de la rotisería que está cerca (siendo vegetariana, el olor no me resultó nada agradable).

Pero esos olores son comunes, cotidianos. Cuando llegó el momento de cruzar el puente que separa una colección de casas de otra, me preparé para una experiencia intensa. Ese otro barrio es mucho más activo que el mío, que tiene una presencia más residencial, por lo que huele distinto también.

Identifiqué nafta, combustión, grasa de motor. Tapizado nuevo de algún auto y aire acondicionado. Ese olor mezcla de olores que emana un colectivo al abrir su puerta y el de algunos perros que viven en la zona. Aroma a pino alrededor de la iglesia y a cera de vela cuando te acercas a la puerta.

Cuero de la cartera de una mujer, perfume, tal vez alguien que no se haya bañado. Césped cortado, eucalipto y neumáticos gastándose sobre el asfalto.

Un fumador, ¿es eso marihuana?, papel caliente y tinta de una tienda donde vive una fotocopiadora. Plástico del kiosco y agua estancada de un charco que nunca se termina de filtrar.

Y de pronto, una brisa. Una brisa que trae un olor que se lleva todo lo demás.

Mis pies se convencen de estar caminando sobre suave arena a pesar del pesado pavimento siendo tan gris como siempre ha sido. El rugido del motor de los autos se convierte en el murmullo lejano del viento en una gruta y las hojas agitadas de los árboles fingen ser una marea constante despeinando su playa.

El sol brilla un poco más fuerte y encandila mi sentido de realidad por un instante. Luego, todo vuelve a la normalidad.

Sigo caminando y saludo a la panadería. A la harina y la levadura que, por un instante, triunfaron en su lucha por la creación de un paraíso en medio de un barrio agitado.

Sigo caminando, ahora con ese edén de gluten latiendo dentro de mí.

¿A qué dios le agradezco por la existencia del olor del pan?

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Hola lectores, gracias por leerme en mis aventuras por mi cotidianeidad. He de decir que no soy fan del pan per se (nunca lo como, de hecho), pero el olor es otro tema. Seguro los ángeles huelen a pan recién salido del horno y son igual de esponjosos y calentitos cuando los abrazas.

¡Nos leemos!

~Ancient Forest

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Game Over

Estoy en una misión: debo atravesar el calabozo de Damasco y llegar a la salida del otro lado. Mis compañeros de equipo me ha advertido de monstruos y bestias en el camino, pero ninguno es tan buen jugador como yo en esto. Nadie es tan bueno como yo en esto.

El calabozo es más alto que ancho y hay poca luz, pero yo he sido criado en las sombras. El tiempo de respawn de las curas es bajo, por lo que podré contar con ellas, aunque tenga que desviarme de mi camino para encontrarlas.

Hay muchos obstáculos de enormes dimensiones en el piso, por lo que decido usar mi entrenamiento y avanzar por el techo. Con suficiente cuidado y sigilo, esta misión será fácil.

Ni bien entro, descubro al boss de este nivel: un gigante torpe y medio desnudo. Está mirando una caja de luz como una de las primas tontas de los dragoneros a un foco. Por lo intensa de su mirada, no tardará en comenzar a golpearse la cara contra el objeto.

Avanzo lentamente, no quiero sobresaltarlo y provocar un ataque. En este nivel no parece haber hordas ni otros enemigos. Todo es sospechosamente fácil…

Decido aprovechar la calma del calabozo para subir de nivel, por las dudas que haya un final boss cercano. Paseo un rato revisando cada escondrijo del mapa y juntando lo necesario. No necesito más armas de las que ya cargo, por lo que descarto el peso extra sin mucho lamento.

De pronto, me empiezo a marear. Los monstruos grandes del calabozo huyen y los pequeños caen muertos sin advertencia. El gigante algo ha hecho, alguna magia ancestral e invisible.

Huyo hacia la salida. Si la alcanzo podré luego ver qué hacer o en qué momento entrar para poder cruzar a salvo hasta el otro lado. Corro y corro, pero mis sentidos están atontados y tropiezo, perdiendo mi hábil agarre al techo.

Caigo y necesito apenas un instante para saber que lo he hecho sobre el gigante. Me bajo de él corriendo a toda prisa, pero se ha percatado de mi presencia y ha abandonado su brusca quietud.

Intento escapar mientras lo veo usando su magia, pero no llego muy lejos antes de caer en su merced: me ha aprisionado en un hechizo de cristal y no puedo correr más allá de en círculos en un minúsculo espacio. Los muros del cristal mágico anulan mis poderes y no puedo trepar por ellos; estoy condenado.

Finjo mi muerte, esperando así desalentarlo de aplastarme y enviarme al último sitio de respawn que tengo asignado. Funciona, pero su programación como el boss de la primera parte del calabozo de Damasco no es quitarme vidas, sino impedirme el paso.

Su hechizo me lleva a la entrada y me arroja fuera de su guarida sin piedad. Golpeo el piso, frustrado, y miro hacia arriba en lo que el gigante pone una magia a custodiar el calabozo. Está cerrado y ahora tendré que esperar otras ocho horas para poder volver a acceder a ese nivel.

¡Rayos!

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Hola a todos, espero les haya gustado ese breve cuento que se me ocurrió como tantas cosas se me ocurren: un evento estúpido y un chispazo de inspiración.

Aunque seguro que esa condenada araña que me cayó en la cara no tenía tanta imaginación…

Ancient Forest

 

PD: La saqué en un frasco de nutella vacío.


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Brujos de la lluvia

Esto es algo que escribí hace tiempo, cuando una familia de cuises nos visitaba diariamente para comer en el césped que hay frente a casa. Era normal que nos quedáramos mirándolos engordar hasta que ellos hacían contacto visual y se volvían más cautos. Finalmente huían a esconderse.

Una tarde me pregunté cómo nos verían ellos a nosotros y, bueno, aquí el resultado:

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Hoy mi hermano y yo salimos por primera vez a los campos. Mi madre siempre dice que es un lugar de peligros, por lo que nos hizo estar muy atentos a todo lo que ocurriese.

Por un buen rato todo estuvo muy tranquilo. Aprendimos rápido cuáles eran los lugares donde esconderse en caso de sentir miedo. “No somos una raza guerrera” siempre dice madre, “cuando haya amenaza, corran”. Mi hermano y yo aprendimos rápido. Se hizo durante generaciones, desde muy pequeños oímos los cuentos de horror de aquellos que habían corrido muy lento.

Mi abuelo nos contó siempre las historias y leyendas de la familia. De niños oíamos fascinados, pero a medida que uno se hace más grande, son cosas difíciles de creer. Mi hermano era más escéptico que yo, también más valiente. Esas eran cualidades de perdición, decían. Yo temí por él a veces.

A medida que avanzábamos por el campo, me pregunté si esto era. El césped a veces crujía bajo mis pies y se quebraba donde estaba amarillo. Mi madre nos llevó a zonas más fértiles donde la tierra nos daba sus regalos para poder comer. Los árboles daban sombra y era fácil y cómodo sentarnos allí a disfrutar. Mi hermano se quedó atrás, inventándose una aventura en el bosque que servía de barrera entre el mundo verde y el gris.

Noté frente a nosotros, allá lejos, una gran cueva de tierra blanca y piedras rojas. Todas las historias que mi abuelo nos contaba regresaron a mí. Mi madre me regañó por la distracción y me instó a seguir trabajando en la tierra mientras pudiésemos. Mi hermano se rio a lo lejos. Él se creía muy valiente.

Luego de un tiempo de paz se oyó un gran crujido a la distancia. Algo en la cueva se movía. Mi madre se puso alerta y yo también. De pronto, de allí, salió una inmensa criatura. “El guardián”, susurré recordando las historias. Pero tras él, había alguien más grande aún. Era grande como los árboles y uno de sus pasos abarcaba lo que yo tendría que haber corrido con todas mis fuerzas. Mi madre me advirtió que no me moviese pero instintivamente corrí. Llegué al bosque barrera y mi hermano sólo sintió curiosidad. Quiso acercarse y su bravura me dio valor. Fuimos juntos junto a nuestra madre y nos quedamos allí.

“¿Ése es uno de los brujos de la lluvia?” preguntó él. Mi madre lo confirmó y nos quedamos maravillados. “¿Hará llover?” preguntamos pero no hubo respuesta esta vez.

Nos embargó la emoción al verlo hacer su magia desde la distancia, no se alejaba demasiado de la entrada de su cueva y sin embargo se suponía que desde allí podía hacer que pasara.

Mi hermano y yo crecimos oyendo las historias de penuria y hambruna que habían vivido nuestros antepasados. Aquello no era más que desierto hasta que los brujos llegaron. “Son peligrosos, sí, sí…” decía el abuelo “pero su magia nos ha llevado a nuestra edad dorada. Ellos pueden convertir en campos los suelos más áridos y hacer aparecer árboles gigantes de un día a otro. Pero su poder no siempre estará a nuestro servicio. Cuídense de los brujos cazadores, tienen mil y un artimañas para atraernos hasta nuestro destino más cruel.”

Y lo más preocupante era que no había forma de distinguir a los brujos de la lluvia de los brujos cazadores (estos últimos a veces también hacen venir a la lluvia). Antes, los guardianes seguían a los brujos peligrosos solamente, pero ya no era así.

De pronto, la lluvia comenzó a caer. “Es uno de los buenos” festejó mi hermano, preocupado por las mismas cosas que yo. Pero mi madre advirtió que uno nunca podía estar seguro de que esas criaturas siempre serían amables y dadivosas.

Cuando era pequeño (más pequeño), había visto lluvia una vez, pero esta creada con magia era diferente. Nacía de las entrañas de la tierra y se elevaba como un inmenso manantial, antes de volver a caer y fertilizar todo nuestro campo. ¡Ahora entendía! ¡Claro que sin los brujos la vida sería una miseria de sequía! El cielo aquí era avaro y jamás soltaba más de unas cuantas gotas por temporada. Si los brujos no humedecieran la tierra diariamente, la vida allí no ocurriría.

Vimos que el brujo se acercaba y corrimos a refugiarnos. Mi corazón latía con fuerza, de miedo y terror, pero también de emoción al ver con mis propios ojos toda aquella realidad dejar para siempre de ser una fantasía. Mi hermano me sonrió, estaba eufórico.

El brujo estuvo muy cerca de nosotros, caminando de un lado a otro, reacomodando el manantial. Podía moverlo y llevarlo a donde quisiese. La lluvia no caía en todo el campo a la vez y por eso tenía que trabajar arduamente para llevar su magia allí donde la vida la necesitase. Era muy generoso con la tierra. No entendía por qué había tantas historias de que no era así con nosotros.

Luego de unos momentos, se retiró y se mantuvo junto a la entrada de su cueva. “La cueva que brilla de noche” recordó mi hermano con euforia. “¿Por qué no entra en su cueva?” pregunté. “A los brujos les gusta observar” respondió madre, “uno nunca sabe cuándo dejarán su postura de reposo y saldrán a dar caza. Vámonos.”

Corrimos entonces de regreso a nuestro hogar. Mi hermano y yo aún teníamos nuestros corazones llenos de aventura. Con las miradas nos dijimos lo mismo. “Espera a contarle al abuelo”.


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Seres del mal

Llegaba temprano a mi trabajo en aquella pequeña taberna en un cruce de caminos. El lugar es concurrido y los ruidos chirriantes y colores que dañan la vista lo hacen ideal para niños. A pesar de eso, es un sitio tranquilo en el torrente de caos, un sitio donde no están permitidos los borrachos refunfuñadores ni las prostitutas con diccionarios de marinero.

Ese día todo estaba tranquilo, pero había una maldad moviéndose socarronamente. Miré alrededor con desconfianza: todo parecía en orden, pero no podía escapárseme esa sensación tan intensa. La comida de colores, los olores intensos, mi tonel de agua pura… hasta el espectro in-exorcizable sigue allí.

Y de pronto lo veo: un segundo espectro, sentado en la barra con actitud sobradora. Se sonríen con el primero de un lado al otro de la taberna. Se coquetean y escupen a los clientes como parte de su cortejo. Insultan en frente de los niños en idiomas que no conocen las palabras buenas.

Me estremezco y me giro a mi compañera, exigiendo una explicación.

-¡Ah! –Exclama con una sonrisa que le achina los ojos-. Es que yo invoqué al primer espectro.

-Ajá… ¿y?

-Y como no se iba, bueno… -y rió tontamente.

Aún hoy día sigo preguntándome por qué invocó al segundo. ¿Se sentiría solo nuestro ser del mal? ¿Lo angustiaría no tener una compañera con la que maldecir? Cada mañana que entro en la taberna los veo, saludo y alimento. Se abusan de nuestra ignorancia para exorcizarlos, así como se abusaron del espíritu inocente de mi compañera para lograr entrar en nuestro mundo protegido.

Son seres del mal, te digo…

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¡Saludos, queridos lectores! Espero hayan disfrutado la pequeña entrada. Esta vez la historia está ubicada en mi actual lugar del trabajo, un puesto de golosinas y juguetes en un shopping; y va dedicada a mi compañera, sin la cual esta historia nunca habría nacido.

Caro, colega, si algún día ves esto, por favor, explícame: ¿por qué inflaste el segundo globo si sabías que el primero no se vendía?

~Ancient Forest


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Un lugar misterioso en una tierra lejana

Durante mi último viaje a las lejanas tierras de Córdoba, fui arrastrada por mis amigas a una extraña posada llamada starfucks (o algo así, era un nombre que recuerdo obsceno. Tal vez fuese un prostíbulo). Allí nos sentamos en una magnífica mesa de madera propia de una cálida taberna, haciéndome sentir en el exterior el embate del frío invierno medieval aún en plena primavera. Junto a nosotras se ubicaron un grupo de cortesanas con ánimos alterados y un puñado de monedas de oro que habrá pertenecido a sus nobles padres, que indecorosamente gastaron en café y unas bolas de pan oscuro que los humanos reconocen como “muffins”. Posteriormente, y con el nombre de “Señora de Nick Jonas” escrito sin titubeos en uno de los vasos, juntaron lo que habían comprado y pasaron el siguiente minuto apuntándoles con gigantescos aparatos futuristas que mostraban el símbolo de la mordida manzana del edén con orgullo, indicando que habían pagado la posibilidad de ese acto con la expulsión del paraíso donde la gente se mira a los ojos cuando habla.

Miré alrededor buscando enanos y elfos en aquella taberna, pero no los encontré. Miré a mis amigas y refiriéndome a las cortesanas a nuestro lado exclamé: “Yo creí que esta raza no existía.”


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Ayúdalos, Aracne!

Aquí me encuentro, en mi cálido hogar, rodeado de todo lo que jamás podría necesitar. No miro arriba a menudo, mi mundo tiene el tamaño exacto y todo lo que deseo que tenga, aunque más allá de los altos muros celestes algunos dicen que hay algo más… pero peligroso también.

De pronto, de aquel mundo desconocido cae un gigantesco alien con un instrumento que escapa a la lógica de mi existencia. Me escondo tanto como puedo mientras lo veo haciendo ruido, agitando esa gran y extraña rama, y destruyendo así todo a su paso.

Rezo a la Gran Diosa que no se acerque y por un largo tiempo se mantiene lejos, pero finalmente decide venir. Me aferro a lo que es mío pero no hay forma de escapar a la brutalidad con la que despedaza mi hogar y ahuyenta a los míos.

Corro lejos mientras mi alma se agita desesperada y elevo un grito al cielo que cada vez me parece más lejano: “Oh, Aracne, ¿por qué nos has abandonado?”.


Del otro lado de la escoba:
Yo: OH POR DIOS PERO QUE ARAÑA TAN GRANDE!

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Un poco de humor para iniciar esta nueva sección, en la que contaré algunas experiencias comunes de mi vida, del modo en el que yo las vivo. Esta sucedió el 5 de noviembre del 2013, mientras me encontraba limpiando la pileta en casa durante una tarde soleada y solitaria.

~Ancient