La Catedral de las Sílfides

siéntate a oír las historias del viento


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Batalla sangrienta

La batalla estaba en aquel punto en el que ya casi acababa, pero el cansancio de tanta lucha hacía que los últimos minutos se estiraran más que un gato al despertar. Y, como si aquello no fuera suficiente, su útero comenzó a doler.

Gruñó y se dio unas palmaditas de consuelo en el abdomen. “Falta poco” se dijo a sí misma. Respiró hondo y acomodó su armadura. Tenía calor y se sentía sucia por tanto sudor, tierra y sangre. En su tierra natal todo era hielo y nieve; el agotamiento tras una batalla sólo se mostraba en moretones y algún que otro calambre. El calor atrapado entre su piel y el metal, la sofocación que le causaba la tela y el cuero… Era innatural.

Decidió quitarse el casco, porque aunque eso la dejara desprotegida, prefería que le rompieran la cabeza antes que tener que seguir aguantando la incomodidad que le causaba.

Ya pocos soldados quedaban combatiendo. El general, Sir Hass, había asustado con su magia a los más cobardes, y los valientes no eran los suficientes como para oponer resistencia a un ejército tan numeroso. A pesar de todo, ésta había sido una fácil.

Un hombre con una lanza dio el golpe de gracia a una soldado herida y luego miró a Escala, quien debía sobresalir en el paisaje por no estar combatiendo con nadie en ese momento.

-Mujeres. Un ejército de mujeres. –Escupió y la miró con desprecio-. Su lugar no es la guerra.

-¿Ah, sí? –respondió Escala con tono amenazador en lo que se acercaba-. ¿Cuál es nuestro lugar?

-Entre perfumes y flores, tal vez. Aquí sólo hay espacio para hombres; para muerte, dolor y sangre.

-¿Dijiste dolor y sangre? –Su boca se contorsionó en una mueca cruel a la vez que una contracción se extendía por sus entrañas, retorciéndole los músculos desde adentro-. Tú no tienes idea lo que hacemos las mujeres con la luna, ¿verdad?

-¿Se convierten en lobos? –bromeó el hombre poniéndose en guardia. Escala sonrió, tomó su espada con tanta fuerza que se dejó los nudillos blancos, y la desenvainó.

-Eso quisieras.


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¡Nuevos espíritus acercándose!

Lu Ten fue el único hijo nacido de Lu Tse, la luna, y Tab Ban, un lamub’arr negro. Solía hablar con su madre todas las noches y cazar con su padre todos los días. Cuando decidió vivir con ella, siguiéndola a las profundidades de su reino, una poderosa magia lo tocó.
Esta historia será parte del libro de cuentos tradicionales de los alas’arr, esa raza de magnificencia física y espiritual.
¡Quédense cerca para no perderse nada!
Cuentos ya disponibles:


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Un nombre al azar

–Gäelum –murmuró el rey para sí mismo, cómodamente sentado en el trono del duque mientras éste y su familia lo rodeaban–, ¿de dónde viene?

–Es una reinterpretación del viejo nombre de la ciudad, “Kaetsum” –respondió el duque.

–Significaba “montaña brillante” en Angok –agregó la duquesa.

–No me gusta –dijo Isaac–. Es muy largo. ¡Gäel! Eso es; breve, intenso, poderoso. Cuatro letras son más que suficientes para un nombre.

–¿Está seguro, majestad…?

–Sí. Iniciamos una nueva era y necesitamos una nueva energía. Los nombres definen quiénes somos y no quiero que ustedes sean una reinterpretación de una ciudad muerta. Gäel es un buen nombre.

–Pero cambiar un nombre por capricho…

–Me gusta –acotó uno de los hijos del duque, sentado en el piso–. Y no creo que sea un capricho, el rey tiene razón: los nombres portan energías y a veces esas energías pueden debilitarse por su vejez y anclar a su portador en el pasado. Seguramente los dioses nos renombrarían si viviésemos tanto como una ciudad, por los mismos motivos. ¿No hacen algo así los alas’arr?

–Me gusta este chico –dijo Isaac señalándolo–. ¿Es su heredero, lord Garden?

–No, Dragon es mi heredero. Silent es mi segundo hijo.

–Una lástima… –Miró otra vez al muchacho–. ¿Te gustaría trabajar para mí?

–Sería un enorme honor, majestad, aunque se suponía que serviría de banderizo para mi hermano.

–Bueno, considéralo. Quisiera tener una entrevista contigo cuando termine de reordenar a mi gente.

–Lo tendré en consideración.

–¿Ha pensado en algún nombre para el nuevo reino, mi rey? –preguntó la duquesa–. En caso de que los lores Veneno y Card acepten su propuesta.

–Aún no…

–Debería ser un nombre poderoso y con autoridad –habló Dragon por primera vez–. Así como Bellion lo fue.

–No, Bellion hablaba de guerra y convulsión –opinó el duque–. El nuevo debería ser un nombre que hable de la paz y estabilidad que nuestro rey traerá a estas tierras, del comienzo de una nueva era. Puedo verlo, somos el principio de algo grande.

–En el principio estaba la Palabra… –murmuró Isaac para sí mismo.

–¿Majestad?

–Génesis. El nombre será Génesis.

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“Kaetsum” fue mal escrito en algún momento de la historia, olvidando un escriba hacer el palito de la T, convirtiéndola en L. “Kaelsum” a “Kaelum” por mala pronunciación y eventualmente fue convertido a “Gäelum” con el pasar de los años. Estas mutaciones son increíblemente comunes en todos los idiomas y, sí, la mayoría se dan por errores de escribas, hablantes nativos analfabetos o extranjeros con fuertes acentos.


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Libérame

Tenía seis años, una sonrisa traviesa, una mente tan dispersa como la de cualquier niño que no hubiese dormido en un par de días y la energía de un cachorro con histeria. No había charco en el que no saltara ni ardilla a la que no intentara atrapar. Un bosque allí, tras el pequeño castillo del marqués de Daem, recibía visitas suyas todos los días. Originalmente ese mágico lugar había logrado satisfacer su pequeña imaginación, pero con el pasar de los años ésta se había hecho más y más grande al punto de que ni entrometerse en el más sofisticado ritual de hadas lo sacaba del aburrimiento que le generaba el que el mundo se moviese tan lento.

Sin embargo, no había otro lugar en el que jugar, por lo que Set paseaba entre los robles cada vez que tenía oportunidad. Las ardillas ya habían aprendido a evitarlo y los mapaches sabían que solía tirar comida, por lo que lo acompañaban cada vez que se sentaba y le intentaban robar lo que fuera que tuviera en las manos.

Ese día llegó a un lugar que no conocía. Creía haber tomado el mismo camino, pero en algún momento debía haberse distraído. No era algo inaudito, sin duda. Tiró el trozo de pan que le quedaba tras de sí y se giró para ver a los mapaches pelearse por él, pero no lo habían seguido. Era extraño. Tampoco cantaban las aves ni se oía el río.

Avanzó por un camino que parecía que los árboles habían abierto para él hasta encontrarse con una gran roca a la que el césped no se atrevía a acercarse. Corrió hasta ella y caminó a su alrededor con gran emoción. Estaba repleta de sellos mágicos y escrituras extrañas.

Dio unos saltitos y soltó un grito que habría destrozado los oídos de su madre. Había buscado algo nuevo con lo que jugar por mucho tiempo y finalmente tenía algo ahora. Le aclaró a la roca en voz alta que ahora le pertenecía y luego se acercó y la palmeó con ambas manos.

No sabía qué reacción esperaba, pero “ninguna” no era aceptable.

Corrió a los matorrales y rebuscó en ellos, trayendo de regreso la primera rama que encontró. Golpeó la roca varias veces, cuidando de azotar los símbolos que se veían más complejos y especiales, pero seguía sin ocurrir nada.

La rama se le partió y él azotó el piso con un pie y gruñó con fuerza: había un espíritu en esa roca, lo sabía, y lo despertaría aunque tuviera que mostrar todo ese feo carácter que su padre le decía que estaba prohibido por el rey.

La pateó y siguió golpeándola, hasta se subió a ella, pero nada. El espíritu era terco o dormía con la pesadez de su abuelo, ese que tenía que esperar a que soltara un ronquido para saber que no se había muerto mientras no miraba.

Decidió que utilizaría otra rama, alguna más gruesa o con espinas… No, le arrojaría piedras a la distancia. Sí, eso era lo mejor.

Emocionado, se bajó de un salto y tropezó, cayendo de bruces.

Se levantó y se limpió las manos en el pantalón, notando que dejaba atrás unas pequeñas manchas rojas. Se miró las manos, notando que alguna pequeña piedra le había levantado un poco la piel y sangraba.

De inmediato recordó todas las historias que su abuelo le contaba cuando no había otro adulto deteniéndolo, esas historias viejas y oscuras, llenas de guerra y gente muriendo.

Se giró hacia la roca y apoyó la mano herida en ella esperando que aún hubiese suficiente sangre como para que el espíritu estuviese conforme con el ofrecimiento.

Se apartó para ver, maravillado, que había logrado dejar una mancha y dio unos pasos atrás, preparándose para lo que fuese a ocurrir.

Las dos motitas de sangre que había dejado se unieron a través de una fisura que se abrió de golpe, extendiéndose hasta partir en dos a la roca con un fuerte estruendo un momento más tarde.

Sintió una gran emoción embargándolo y obligándolo a contener el aliento en lo que una figura se materializaba sobre aquel objeto que le había servido de cárcel por quien sabe cuánto tiempo.

Era más grande que Set por unos quince años tal vez, según denotaba su espalda pequeña y rostro de facciones suaves. Tenía extraños ropajes marrones en distintos tonos con muchos detalles, incluyendo un chaleco con cadenas y unas botas altas que realmente no necesitaban tantos cintos para ajustarse. Completaban su atuendo unas extrañas cosas que parecían unos grandes lentes con cintas para ajustarlas en torno a la cabeza en vez de patillas.

-¿Qué año es, chico?

-No-no sé…

-¿Dónde estamos? –preguntó el espíritu quitándose las cosas extrañas del rostro y subiéndolas hasta dejarlas apoyadas en su cabello azabache.

-¡Esa sí la sé! ¡Marquesado Daem, ducado Leras!

-¿Quién está a cargo?

-El marqués Brook[1].

-No, chico, el duque. –Se bajó de la roca y se agachó para quedar a su nivel. Set pudo ver sus grandes ojos amarronados, llenos de una inocencia contrastante con la adulta malicia de su sonrisa.

-¿Lord Temperance[2]?

-¿Ese sádico llegó al poder? –dijo levantándose de golpe-. ¿Dejo el lugar diez minutos y…? –Volvió su atención al niño-. Muy bien, mocoso, gracias por la información.

-¡Mi nombre es Set!

-Sit[3]… Suena apropiado.

-¡Set!

-Como sea.

-¡No, no como sea! Yo te liberé, así que ahora tienes que bendecirme.

-¿Bendecirte? Yo no hago eso.

-Eres un espíritu terrible. ¡Pensé que con todas esas marcas en la roca ibas a ser un dios por lo menos!

-Eh, mocoso –se volvió a arrodillar ante él con expresión severa. Ya no había rastro de sonrisa-, yo soy más que un dios.

-¡Entonces bendíceme!

-¿No tienes un dáimôn al que le importes?

-Ella nunca me dio un don… Claramente no le importo lo suficiente. Yo te solté –exclamó arrugando la barbilla como si fuese a llorar-, ¡me tienes que bendecir!

-Eres un grano en el culo, ¿verdad? –Se levantó y tomó una postura pensativa-. Por otro lado… si te doy un poco de mi poder como don, podrías ser el grano en el culo de mucha gente.

-¡Y prometería nunca ser uno en el tuyo!

-Eres un buen negociante, mocoso –dijo con una gran sonrisa-. Considérate bendecido. -Dibujó en el aire con un dedo dejando un rastro de luz blanca. Set se cuidó de memorizar el sello completo, lo dibujaría en todos lados.

La luz se extendió desde el dibujo y llenó el ambiente, cegando al niño casi tanto como su alegría. Cuando su vista se hubo recuperado, el extraño “más que un dios” ya no estaba. Las aves volvieron a cantar y el césped se mostraba por todos lados como si nunca hubiese habido un lugar en el que no se hubiera atrevido a crecer.

La única evidencia de que todo aquello que había ocurrido era real, era que la roca permanecía partida.

-¿Entonces? –preguntó con una sonrisa insistente.

-Lo único que creo de tu historia es la parte donde el espíritu te llamaba “mocoso” –respondió el maestro caballerizo con expresión aburrida.

-Lo del grano en el culo sonaba creíble también –comentó al pasar un joven que barría. Ambos cruzaron miradas maliciosas y rieron.

-¡Es cierto! Más-que-un-dios me dio este don y ya demostré que lo tengo. ¿Me contratará o no? –golpeó el piso con un pie y esbozó su mejor cara de poca paciencia.

-¿Por qué no trabajas en el negocio de tus padres? –inquirió el primer hombre con un suspiro.

-¡No! ¡Ellos no me pagan nada! Quiero ganar mi propio dinero y comprarme un castillo.

-¿Un castillo? –soltó una risotada-. Tienes once años, ¿cuánto crees que voy a pagarte?

-Más que nada, seguro. –Se plantó con firmeza y sin quitarle los ojos de encima al hombre. Ya estaba viejo y no tenía mucha paciencia, por lo que no tardaría mucho más en quebrarse.

-Está bien –suspiró. Set sonrió, sorprendido de que no hubiese tenido que llegar a llorar-. Pasaré luego a hablar con tus padres para asegurarme de que realmente aprueban que trabajes aquí y no me estás mintiendo.

-¡No estoy mintiendo!

-Ve con el perrero, seguro tiene algunas pulgas para que atrapes.

-¡Pero yo quiero trabajar con los caballos!

-No, a ellos no te acercarás hasta que no vea que tus manos son tan hábiles como tu lengua. –Tiró un rápido manotazo a su rostro, casi pellizcándole el labio con esa mano llena de suciedad de establo. El niño alcanzó a hacerse hacia atrás y finalmente decidió no discutir. No aún, no ese día, no esa mañana.

No esa hora.

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Este es un boceto del inicio de uno de los libros que tengo planeados escribir en el futuro. Cuenta la historia de Set, un niño travieso e insoportable que se las ingenia para ganarse la atención de un espíritu mayor y comenzar una aventura que está más allá de las limitaciones de su plan de vida cósmico.

El libro no tiene nombre aún, pero tanto Set como el espíritu (Cadena) son personajes recurrentes en otras de mis obras. Actualmente pueden ver a Set en mi libro “La Palabra Perfecta” y en un futuro tanto a Set como a Cadena en la segunda parte de la trilogía “Revolución Reign” (aún en proceso).

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[1] Arroyo.

[2] Templanza.

[3] Siéntate.


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El Revés del Viento – Prólogo

Este es el prólogo de un libro que tengo en mente. Los primeros capítulos están bocetados pero el libro está lejos de ser publicado. La historia está ligada a mi trilogía, Revolución Reign, ya que el personaje principal aquí es uno de los hermanos de Reign, Crown. Es posible que este libro avance de a saltos y tropezones; no tengo una fecha de finalización en mente, pero me gustaría que salga a la vez que el segundo libro de la trilogía.

¡Que disfruten la lectura!

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Ars Signum era una ciudad de tres ciudades.

La primera, tan magnánima como su nombre, era la ciudad de la que hablaban los libros, sobre la cual soñaban los eruditos, y aquella en la cima de la lista de prioridades de todo mago y trovador que se preciara. Era la ciudad del duque y los nobles exiliados, que escapaban de sus llamados al deber pero se mantenían reacios a olvidar quienes eran.

Pero por sobre todo, era la ciudad de los arcos inmunes al frío y al fuego, de los robustos puentes de almas incorruptibles, y de los castillos de tiempos dragónicos, inmensos y silenciosos, con muros llenos de espíritus dispuestos a susurrar sus historias a quienes callaran por tiempo suficiente.

Tiempo.

La primer ciudad era un lugar de tiempo. Tiempo que fluía lentamente y llevaba fluyendo miles de años antes de que el primer humano se animase a abrir sus ojos al mundo.

La segunda era la ciudad del pueblo y los mercaderes, de la leña y el vino especiado, de las tabernas ruidosas y los bailes animados.

Esta ciudad no contaba con las cálidas enseñanzas de espíritus ancestrales, pero poseía el brillo del ligero batir de alas de las hadas; débiles ante los colores con los que se teñía la piedra blanca con la caricia del sol del atardecer.

Hadas, humanos, dragones. Todos tenían lugar en la segunda ciudad, y lo ocupaban con regocijo.

La tercera y última era una que muchos se esforzaban en creer que no existía. No estaba a la vista y nada la caracterizaba, pero Ars Signum era suya.

No era un lugar de hadas, no era un espacio para historias.

La tercer ciudad tenía por rey al silencio y por ley a las sombras. Sus habitantes vestían de oscuridad y andaban con la cabeza gacha, desesperados por impedir que una chispa de astucia en sus ojos fuese más allá de sus capuchas.

Con los caminos teñidos por sus pisadas invisibles, el fugaz vistazo de sus existencias era todo lo que la gente necesitaba para no poder olvidar que, en algún lugar oculto, la tercer ciudad existía.


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Plegarias (primera parte)

El joven miró al cielo, fundiendo el brillo de su mirada con la luz que los hermanos nocturnos emanaban desde el otro lado del universo.

-¿En qué mundos vaga su mente ahora, Disantaea-neb?
-¿Cuál es el más lejano? –Murmuró en respuesta sin regresar a la realidad, luego frunció el ceño-. ¿Crees que los sahídires estén viendo el mismo cielo?
-Ha de ser aún de día en la Tierra Hogar.
-¿Tan distante es? –Preguntó volviendo la cabeza. Las plumas oscuras que entornaban su rostro relampaguearon con la luz de la luna.
-No tan lejos, Nesu.
-Pero no podemos llegar allí –se lamentó meneando la cabeza. El silencio se apoderó de ambos durante un tiempo que se alargó enormemente, hasta que finalmente el boháiride mayor se levantó. Abrió su pecho al echar sus hombros hacia atrás y extendió sus brazos hasta su límite. Luego volvió a encogerse en su lugar y a recuperar su expresión melancólica-. Iré a rezar –dijo como si se lo ordenase a sí mismo. Reaea afirmó; Disantaea era el único que aún no perdía la fe, pero sabía que cada día sus plegarias eran más huecas. Pronto llegaría el día en el que ni él sería capaz de mantener la fe en el único dios con un rostro conocido en aquel mundo extraño, y no había día que el pequeño boháiride plateado temiera más.

Disantaea agitó los brazos y sus largas y delgadas manos se convirtieron en inmensas plumas cobrizas, extendiendo sus alas lo suficiente para aguantar el peso de su cuerpo. Esperó un momento, como si algo más buscase ser dicho por él, pero finalmente avanzó un paso y se dejó caer. Casi de inmediato reapareció en un elegante planeo, atrapando el viento bajo su cuerpo; y se adentró en la seguridad de la noche que simpatizaba con el oscuro plumaje que cubría el resto de su cuerpo.

Reaea atrajo sus piernas contra su pecho y las rodeó con sus brazos emplumados, luego escondió su cabeza entre sus rodillas y se animó a volver a alzar su rostro sólo cuando su corazón estuvo lo suficientemente desnudo, como la tradición en su sangre se lo exigía. Unió sus manos, entrelazando cuidadosamente sus dedos en señal de sumisión y miró a la distancia.

-Entre mis padres y mis hijos –susurró-; entre el cielo y la tierra; yo aquí, a quien han llamado Raeia, pido que mis palabras sean oídas –las comisuras de sus labios cayeron y de sus ojos manaron lágrimas-. Por favor hagan que el gran Fayenza oiga a Nesu… por favor, que oiga a Disantaea-neb –sollozó-. Queremos volver a casa, Fayenza. No ignores nuestras súplicas ya más.

Enjugó sus lágrimas con torpeza y un ruido a su espalda lo sobresaltó, haciéndolo levantarse. Su cuidador había subido hasta el techo con una gran escalera y lo miraba con tristeza. No era común que llorasen aquellas criaturas.

-Birthmark –balbuceó el pequeño boháiride-, ¿qué haces…? ¿Oíste mi nombre? –Preguntó horrorizado.
-No, Reaea-neb, no oí nada –lo tranquilizó. El humano entendía, había sido adiestrado bien y respetaba aquella idea, aunque pocas cosas le resultaban tan absurdas-. Astridae-hemef me ordenó llevarlo a dormir, es tarde ya –dijo con su voz grave. No tenía autoridad, pero con el niño a su cargo, sabía hacerse respetar-. ¿Y Nesu-neb?
-Rezando –respondió acercándose al hombre con una sonrisa burlona. El hombre afirmó, aunque su rostro no expresaba seguridad, no había entendido por qué se había reído su señor tan de pronto.
-Es grande ya para tener un niñero, ¿verdad? –Bromeó. Reaea afirmó y saltó a su espalda, sentándose en sus hombros. El hombre comenzó a bajar, pero antes de llegar al piso, el boháiride saltó y corrió por la calle oscura.
-¡Nesu! –Exclamó deteniéndose frente a él, quien le sonrió; pero el resto de su expresión estaba lejos de manifestar cualquier vida-. ¿Estás herido? –Preguntó el pequeño al verlo arrastrando las alas por el piso. Disantaea negó, puso más esfuerzo en la sonrisa y le acarició la cabeza sin desarmar sus alas.
-Tal vez aquí los dioses sean sordos –exclamó alzando un hombro en señal de alegre indiferencia. Sus ojos, por un momento, volvían a mostrarlo a él.

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Saludos a todos nuevamente, espero hayan disfrutado la primer parte de este breve cuento. Tengo planeadas dos más, siguiendo siempre a Disantaea, las cuales espero poder hacer y publicar pronto.

Tal vez les llame la atención que siempre haya un rey o príncipe en mis escritos (Disantaea es rey), la verdad es que no es que los haya siempre, sino que coincide que lo que he estado escribiendo son hitos en la historia de este mundo que he creado (Errantia), buscando darle más profundidad. Es difícil crear una historia en un mundo ficticio si el mismo está lleno de entes sin rostro ni cultura; fue por eso que decidí ponerle un alto a mi libro para crear este tipo de cosas, y la verdad es que estoy realmente feliz con los resultados que esto está dándome.

Los eventos narrados aquí ocurren ocho mil años antes de la novela en la que estoy trabajando actualmente (Revolución Reign) y seis mil años antes del nacimiento de los príncipes Isaac e Instinto (del escrito anterior).

Siéntanse libres de dejarme sus comentarios, críticas o correcciones. Recibo todo con gran alegría.

~Ancient

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Notas:

1. Disantaea y Reaea (y Astridae) son una especie de arpía llamada quibti (los humanos, posteriormente, la reconocerán como los “lord arpía”). Su sub-raza es la boháiride, mientras que aquellos que viven en la Tierra Hogar son sahídires. No tienen diferencias biológicas, sólo de lugar de nacimiento; pero la sangre de algunos boháirides está mezclada con la de humanos o elfos por la fusión cultural a la que tuvieron que someterse por no tener un territorio propio. Aquí, Reaea es mestizo y Disantaea es un pura sangre (los nobles de mayor rango siempre son pura sangre).

2. En el idioma de estas criaturas, agregar “-neb” tras un nombre indica que tienes conocimiento que la persona a quien le hablas es superior a ti en rango; en algunos casos, un ligero cambio en la entonación puede además indicar un gran cariño por dicha persona. De forma similar, “-hemef” se utiliza para quien ha tenido algún cargo jerárquico elevado (rey, reina, duque o duquesa; también a veces utilizado en ancianos) pero no ostenta el poder en la actualidad por haberlo pasado en herencia. “Nesu” significa “rey” y se utiliza en reemplazo al nombre, sin artículo y con mayúscula.

3. Reaea se horroriza al ser descubierto por Birthmark porque, para los boháirides, tu verdadero nombre es algo que sólo compartes con los dioses. Los nombres que utilizan entre ellos son todos apodos (aún el de Birthmark, ya que Reaea se niega a llamarlo por su verdadero nombre –Behave-). El nombre de Reaea es Raeia, y Disantaea se llama Disantea.

4. Reaea, luego de eso, ríe al oír “Nesu-neb” porque es una falla gramatical y queda redundante. Sería equivalente a decir “milord-señor”. El idioma de estas criaturas es complicado y tiene muchas palabras sumamente situacionales o que cambian abruptamente de significado según la entonación, lo que ha hecho que Birthmark no lo hable bien.

5. Para los entendidos, Reaea llama “gran Fayenza” al Holder de Abyss.

6. Amaría saber que alguien se ha sorprendido por la complejidad y el desarrollo de esta raza, para luego contarles que la armé en dos días (separados por un par de semanas, pero sólo dos días fueron empleados en el desarrollo de esta intrincada cultura y este cuento). Quiero agradecer a Fede (Reutemann) por la gran ayuda que me dio armando esto; sin aquellas tantas noches de desvelo frente al mapa de Errantia, poco de esto sería posible.


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Cuando un dios ríe

Isaac torció una mueca enfurruñada y giró la cabeza para no mirarlo. Instinto se mantenía impasible y con una expresión de inocencia tal, que era fácilmente creíble que no tenía idea qué era lo que acababa de molestar tanto a su amigo.

-Yo tengo razón –murmuró el príncipe blanco cruzándose de brazos con violencia.
-No hay “a” –explicó Instinto con paciencia-, sólo “i”, así que no es Aisac sino Isac.
-¡Mi mamá pronuncia Aisac!
-Los padres a veces se equivocan –dijo con la paciencia de un sabio. Isaac contuvo su rabia apretando más los brazos y estrujando su pequeño rostro en una mueca enojada, pero finalmente decidió que su amigo se lo merecía y le sacó la lengua. El norteño suspiró, atestiguando con decepción aquel despliegue de inmadurez, a pesar de que entre ambos no sumaban diez años. El crujido de la puerta interrumpió el berrinche y el príncipe blanco saltó para ponerse de pie, saliendo a toda prisa para encontrarse con su tutor.
-¡Effort, dile que se equivoca! –Chilló el pequeño, ya en la seguridad de aquel par de jóvenes y vitales brazos.
-¿En qué?
-Yo no estoy equivocado –dijo el príncipe del norte con su voz suave mientras se acercaba.
-¡Cállate!
-Sea educado, mi príncipe –lo retó con dulzura Effort-. ¿Qué los tiene discutiendo?
-¡Pronuncia mal mi nombre!
-¿Ah, sí?
-Es Isac ­–dijo Instinto pasando por cada letra con cuidado-, no Aisac. No veo por qué pronunciar una “a” ahí si no hay.
-¡Cállate, estás mal! –Volvió a ladrar el más pequeño de la sala. Effort rió y lo bajó para volver a ponerlos lado a lado. ¿Cómo era posible que aquel par de pequeños cuerpos pudiesen contener tanto carácter?
-Ninguno está mal –dijo conciliador.
-¡Pero yo tengo que estar bien! –Protestó Isaac.
-Ambos están bien –corrigió su tutor.
-Pero sólo yo quiero estar bien –balbuceó el príncipe blanco.
-No puedo hacer nada con eso –admitió Effort bajando los brazos y arrodillándose-, pero, ¿sabe? Yo creo que cuando su dáimôn le dio su nombre, no dijo Aisac ni Isac, sino, sólo… rió –explicó con simpleza. Los niños lo miraron confundidos-. Los dioses no hablan ningún idioma, así que ellos no se expresan como nosotros. Yo creo que cuando el dios que lo cuida fue a darle su nombre, él sólo rió. Y esa risa en nuestro idioma significa Aisac, y en el del príncipe Instinto significa Isac. Así que ambos están bien, sólo hablamos diferente, pero está bien porque los dioses también hablan diferente.
-¿Entonces cómo me llamo?
-Como usted quiera –sonrió y le pellizcó una mejilla con ternura. El príncipe rió y apartó aquella cálida mano con torpeza.
-Está bien pero Instinto es tonto –declaró serio. El aludido alzó una ceja y no discutió. Isaac dio media vuelta y regresó a zambullirse en su baúl de juguetes, dejando a su amigo inmóvil.
-¿Qué pasa, príncipe? –Le preguntó Effort-. ¿Usted también quiere saber qué dijo su dáimôn cuando le dio su nombre?
-No –respondió el pequeño de un sobresalto y lo miró con sus brillantes ojos rojos sin una pizca de duda-. Yo ya lo sé.

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Éste es un fragmento de un proyecto que tengo a futuro, un libro llamado (provisoriamente) Historia de Tres Reinos, que trata sobre la vida del rey Isaac (aún príncipe aquí) y la infancia de su amigo Instinto (también príncipe). El nombre de Effort también es provisorio.

Quise compartir esta breve charla para presentárselos, ya que este peculiar par ha sido una gran influencia en la historia del mundo que he creado (Errantia) y no hay nadie allí que no sepa de ellos; pero además porque creo que aquí uno puede descubrir mucho de mí, de qué cosas impulsan mis escritos y qué bases los sostienen mientras crecen. Espero lo hayan disfrutado.

~Ancient

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Notas:
1.En el Libro de Génesis, Isaac (en hebreo יִצְחָק Yitzhak o Yiṣḥāq en árabe إسحاق Ish’aq, “reirá” o “risa”) es uno de los patriarcas del pueblo de Israel; hijo de Abraham y Sara, su nombre significa “hará reír”.
2.La diferencia de pronunciación se origina debido a que Instinto proviene del norte, donde se habla Magno Romance (español) e Isaac del sur, donde se habla Goidelic (inglés).
3.Instinto tiene cinco años, Isaac cuatro, Effort trece.