La Catedral de las Sílfides

siéntate a oír las historias del viento


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Palabras al viento

Las sílfides, a veces también llamados silfos, son uno de los cuatro tipos de espíritus elementales. Están asociadas al aire, al viento y los pensamientos. Pueden ser tan pequeñas como una mariposa o lo suficientemente masivas como para cubrir el cielo a su paso. Es fácil reconocerlas por sus ganas siempre presentes de danzar y arremolinarse.

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Las sílfides son aquellas que impulsan el vuelo de los gigantescos rocs e inspiran la música de los cantos de ballena. Son espíritus locuaces y charlatanes, transportando chismes hasta los grandes oídos de los gnomos y soplando historias en las largas orejas de los elfos. Conocen todos los cuentos, las mentiras y los chistes. Son infantiles y juguetonas, haciendo bailar a las hadas, despeinando a los dientes de leones y jugando con todo lo que no esté firmemente agarrado al suelo.

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Los cantos de ballena son llamados así por el ruido que hacen al pasar, el cual se suma al viento para agregarle un toque de magia.

Pero también son espíritus llenos de sabiduría: han sido parte de la respiración profunda de los maestros alcanzando la iluminación, han mantenido vivos los mantras a través de los años y llevado el ritmo de los tambores tribales hasta el último rincón del planeta.

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Tolkien, como yo, era un amante de los rocs. Siendo de una ciudad ventosa, crecí viendo las figuras de estos masivos espíritus contorneándose con el polvo que levantan al batir sus alas.

 

Todos los espíritus de la naturaleza, las plantas, animales y aquellos humanos conscientes de su existencia celebran a los elementales; pero mientras las salamandras y su fuego son veneradas, las ondinas y su agua son agradecidas, y los gnomos y su tierra son honradas, las sílfides son el centro de su propia fiesta.

Llenas de danza, porque las hadas no irán a una fiesta a la que no puedan bailar, de canciones y diversión, visitan los árboles centrales de los bosques, aquellos llamados catedrales por su tamaño y sacralidad. Y una vez los animales se hubieron cansado, que los cantos se hubieron acabado y los espíritus hubieron encontrado donde sentarse, se hace un gran silencio.

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A veces las catedrales no son tan obvias en el paisaje, pero siempre sobresaldrán por la intensa energía que las rodea.

Las sílfides, entonces, comienzan a narrar sus historias.

Historias que han oído susurrar, que desde el cielo han visto ocurrir o que han inventado mezclando las palabras que se han gritado a sus ráfagas. Con su sabiduría, lengua rápida y almas pacíficas, las sílfides derraman su magia sobre los invitados y se aseguran así de cumplir algunas de sus tantas misiones: que los sueños susurrados al cielo lleguen a quien pueda cumplirlos, que ese mensaje soltado al viento alcance los oídos indicados y que el paso de cada ser por el mundo jamás sea olvidado.

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Desde hace un tiempo quiero traerles el origen del nombre de esta página, así que aquí está.

Esto no es algo que yo inventara, todo es parte de las creencias que yo sostengo y que me han llegado a través de distintas corrientes filosóficas y espirituales.

Espero disfrutaran la breve narración y por favor háganme saber si les gustó que integrara imágenes o les parece que las interrupciones en el texto perjudican más de lo que aportan. Estoy probando hacer de esta página una experiencia más sensorial, para que ese narrador en la cabeza de cada uno no se aburra.

Magia, viento e inspiración para todos.

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Honrado, bendecido, seco y partido

El cielo rugió; los dioses anunciaron que hablarían a través de mí.

Me eligieron para ser el canal que dejara una marca ahí donde durante cientos de años estuve sentado; observando, meditando, recibiendo caricias de las manos que pasan cerca y viendo hachas y sierras caer sobre hermanos míos que, por la misma voluntad divina, no estaban destinados a llegar tan lejos.

Comenzó con una chispa intensa, una luz, una mirada entre cielo y tierra, besándose a través de mí. Mi cuerpo, tan lleno de vida, tan marcado por historias y ofrendas, inmune al pasar de los años como una estrella inmortal, fue golpeado por esa pasión.

Me recorrió un escalofrío y el fuego se llevó mi agua. La intensidad de las vidas de aquellos dioses me arrancó mis hojas y me despojó de mi identidad. Un sutil ronroneo creció en un rugido y las montañas y los volcanes me envidiaron: sus avalanchas y erupciones jamás podrían haber quebrado el aire con tanta fuerza, jamás podrían haber expresado tal ardor por la vida.

Mi suave piel, desnuda sin mi corteza, se tiñó de blanco con la luz que cayó sobre mí, llenándome de la luz propia de los ángeles cuando bajan al mundo a hablar en voz alta. Luego se apoderaron de mí el naranja, rojo y dorado, clamando por ese lienzo sin pintura en el que me había convertido, tornándome en un atardecer como tantos miles había presenciado desde mi pequeño lugar en el mundo.

Luego, negro.

Y silencio.

Los animales huyeron y los espíritus dejaron de cantar. Los otros árboles llevaron su atención a mí para verme explotar en gracia divina. Extasiado, admiré mi nuevo color ceniciento: soy un grito en el paisaje, una mancha en esta tierra, una fisura en el tiempo. Soy un guerrero pintado para combatir y un sabio con tatuajes que celebran su iluminación.

En lo que duró un instante, mi cuerpo, ahora blanquecino y seco, mutó como una tormenta de verano y, aunque se mantuvo en pie, ya no me encontró en él.

Luego de cientos de años viendo tantas noches caer, yo fui mi propio y último atardecer.

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Volviendo de viaje de Temuco, Chile, vi la silueta de un gran árbol seco en la neblina. La cordillera estaba tapada de espíritus de agua que no dejaban ver nada más, pero este cuerpo muerto tan lleno de historias se anunció con la presencia de una deidad y se impuso ante todo lo demás, clamando por mi atención y devoción.

Muchos dicen que los escritores tenemos historias por contar. Yo en realidad creo que no es tan importante qué haya en mí, sino qué historia quiere ser contada a través de mí. De todos los servicios que los humanos hemos venido a ofrecer al mundo, ser testigos de su belleza y poner por escrito su magia es el que me tocó a mí.

Si les gustó este breve relato, agradézcanlo a la próxima tormenta que vean o al siguiente árbol que crucen en su camino. Yo apenas fui una herramienta para su manifestación, nada distinta a mi lapicera.

Por mi parte, agradezco a los espíritus, desde al hada más pequeña al más gigantesco de los canto de ballena, por bendecirme de este modo. Ojalá pueda seguir escuchando sus historias aún después de que los dioses me llamen para que deje este cuerpo y regrese a ellos.

~Ancient Forest


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El Viaje del Viento / Ráfaga de Música

¡Saludos queridos seguidores! Sé que ha estado muy abandonada esta página, pero es porque estoy trabajando incansablemente en la novela que deseo pronto poder publicar, además de otros proyectos de escritura. Si quieren conocer uno de ellos, pueden hacerlo en www.fragmentosdehistoriaperdida.wordpress.com

Paso fugazmente a dejarles uno de los textos que más me ha gustado de lo que he escrito.La historia surgió en un momento de inspiración en un viaje a Junín de los Andes que realicé en el 2007, y fue el primero de una serie de eventos que terminó por cambiar mi vida durante dicho viaje.

¡Disfruten la lectura!

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Hace muchos años, el viento era sólo uno. Sí, sólo uno. Si querías viento, debías salir a buscarlo; mirar aquí y allí, en cada rincón, debajo de cada montaña y detrás de cualquier roca, en todos lados podía estar.

Cuando el viento no estaba en sus viajes, en los que arrastraba hojas y arena o polen y lluvia, descansaba en algún silencioso lugar al que todos los seres vivos acudían, para oírlo cantar. Su voz era dulce; su mirada, pacífica; y su figura, bellísima. Sólo sus conciertos se oían durante horas y hasta días. Nadie se atrevía a interrumpir su magnífica música, no por temor a su cólera, sino a la de los oyentes a los que sólo les importaba oír y oír durante cualquier tiempo, porque nada era más importante.

Las plantas eran las favoritas del viento, pero principalmente los árboles, ya que eran, y aún lo son, sus más fervientes admiradores. Habían aprendido a caminar sólo para escuchar su música; se movían lenta pero decididamente. No se permitían faltar ni a un solo concierto. Muchos morían en el camino, se aventuraban en campañas que sabían que sus frágiles y leñosos cuerpos no resistirían; pero cualquier precio era aceptable, cualquier precio era justo.

Hasta que un muy esperado día, el viento simplemente se hartó. Su translúcido y bondadoso corazón no toleraba más sufrimiento ni más muertes. Llorando de dolor, pero felizmente orgulloso de sí mismo, dividió su alma, para que no haya uno, ni dos, sino miles de vientos en todos lados, donde todos puedan oírlo cantar sin necesidad de someterse a viajes suicidas.

Las plantas entonces pasaron de admiración a un amor apasionado en el que se inclinaban antes el viento cada vez que lo veían pasar, venerándolo por el enorme sacrificio que había hecho por ellas.

Y por un incontable tiempo fue así, el viento pasaba, las plantas se inclinaban, él cantaba, ellas eran felices. Pero llegó el día en el que una nueva raza apareció, una que no sólo había perdido la capacidad de amar y admirar al viento, sino que, también, era capaz de crear máquinas que hicieran ruido por ellos durante todo el día y nunca les molestaban las asombradas miradas y los furiosos murmullos que, aquellos que oían los conciertos, emitían. Ensordecieron a tal punto de creerse los únicos que se comunicaban, los únicos con un lenguaje. No lo escuchan, no lo reverencian, no lo aman.

Espero este cuento te acompañe siempre y represente cada momento en el que lo amaste; pero si nunca tuviste ese sentimiento, aprovecha a buscarlo cada vez que una ráfaga de viento te despeine. Por el contrario, si no te interesa tenerlo, guarda silencio cuando sientas al viento pasar y tengas una planta cerca, respeta su amorosa relación; y si no hay flora a tu alrededor, igual quédate callado, porque ese magnífico y etéreo ser, te está dedicando su amor.