La Catedral de las Sílfides

siéntate a oír las historias del viento

Azkaban te da la bienvenida

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Qué extraño, no recordaba que hubiera un puente aquí… ni una isla allá. Pero la dirección es la correcta, así que cruzo sin pensar mucho y me adentro en el terreno rocoso. Un torreón simple y añejo es el único edificio, agregando una pincelada de lobreguez al paisaje ya macabro. ¿Quién había diseñado aquel lugar? Era una desgracia arquitectónica. Seguramente por eso no lo hubiera visto antes; mi cerebro habría hecho un esfuerzo faraónico para ignorar aquel monstruo gris que se recortaba contra el paisaje.

Reviso mi lista de entregas y ésta me confirma que allí debo ir. Azkaban, tercer piso, celda 5 2/3, junto a la escalera. En el borde de la hoja alguien escribió “bwahaha”, lo cual me había hecho gracia en un primer momento, pero ya no. Representaba demasiado bien el espíritu de aquel lugar. Tal vez incluso fuese el nombre del puente. No me habría sorprendido.

Entro al lugar y me encuentro que, afirmativamente, es una prisión. Parece abandonada a simple vista, pero no tardo en ver celdas ocupadas. Algunas risas delirantes quiebran el silencio y me replanteo mis elecciones de vida. Más vale que saque una buena propina de esto.

La celda 5 2/3 tiene a un hombre muy descuidado en ella. Parece que no se ha bañado en meses. Su cabello es un asco y me esfuerzo por no mirarle las manos porque sé que comerá con ellas.

-¿Una pizza napolitana con ajo como para matar un vampiro? –pregunto leyendo mi lista de entregas con el mono-tono más profesional que puedo esgrimir.

-Sí, sí, aquí –me responde extendiendo su mano entre los barrotes de su celda. Le acerco la pizza teniendo cuidado de que no pueda agarrarme; no se me ha pasado por alto que allí no hay guardias para salvar mi vida.

El hombre asalta la caja con fiereza y come como si no hubiera un mañana, parando sólo para tragar y para echarme unos billetes. Luego pone una porción de pizza sobre otra y me las entrega.

-Dáselas al perro de allá –me indica.

-Los perros no deben comer ajo –digo sin pensar. ¿Por qué demonios hay un perro en una celda? ¿Qué clase de lugar es ese?

-Está bien, no es un perro en realidad. ¡Eh, Sirius! Muéstrale tu fea cara –grita a la negra criatura. En un parpadeo, el can se convierte en un hombre engarbado, tan sucio y desprolijo como mi cliente. Intento no pensar mucho en eso y le entrego las porciones de pizza, las cuales recibe sin mirarme a los ojos y murmurando algo ininteligible.

-¿Qué es este lugar? –pregunto sin poder salir de mi asombro.

-Es una prisión –responde mi cliente-, una prisión para magos.

-Vaya magia la de ustedes –exclamo retrocediendo unos pasos del hombre-perro.

-No sabes lo que me costó conseguir este aparatito muggle –dijo mostrándome un celular. Nunca oí la palabra “muggle”, pero supongo que es un insulto, una joya de la jerga carcelaria, así que no pregunto-. Generalmente comemos las ratas que podemos cazar, pero se están reproduciendo poco últimamente. Hay que tener cuidado; si las matamos a todas, nos quedaremos sin comida.

-¿No hay un alcaide a cargo de este lugar? ¿O policías o agentes penitenciarios?

-No, estamos a nuestra suerte.

-Pero… esto no es una condena carcelaria, es una reclusión mortal. Son más esclavos que presidiarios, y la esclavitud es ilegal en Inglaterra desde 1833.

-Sabes mucho para estar al servicio de una pizzería.

-Soy estudiante de trabajo social, reparto pizzas para pagarme la carrera. ¿No tienen familiares allá afuera que protesten por estas medidas? –Dudé-. ¿El gobierno sabe?

-El gobierno nos puso aquí.

-Se armaría un escándalo a nivel internacional si se supiera de este lugar.

-¡Deja de defendernos, somos escoria! –me grita un hombre desde otra celda. La angustia en su voz me hace un nudo en la garganta.

-Esto está mal… –repito mirando a mi cliente. Él me devuelve una mirada cansada.

-Somos magos tenebrosos, chico. Asesinos y criminales de guerra.

-Pero aun asesinos se pueden rehabilitar. Especialmente si fueron asesinos en tiempos de guerra, donde el matar o morir lleva a la gente a traicionar sus propios valores con tal de salvarse o proteger a sus seres queridos.

-No según nuestro ministro. La mayoría aquí tenemos prisión perpetua y es por eso que no les importa si nos rehabilitamos o no.

-¿Pero y las apelaciones? ¿Y la libertad condicional? ¿Reducción de condena…?

-Nada, nada.

-¡Es terrible!

-Y díselo a Sirius –señala al hombre-perro-, él es inocente. Todos aquí lo sabemos.

-¿Qué? ¿Y su abogado no tiene instancias para apelar la condena?

-¿Abogados? ¡Pff! Sobreestimas nuestro sistema legal. Él ni siquiera tuvo un juicio.

-¡¿Qué?! ¡¿Qué clase de juez lo condenó?! Tiene que ser destituido de inmediato y juzgado por crímenes de lesa humanidad.

-No fue un juez, fue el director del Departamento de Seguridad Mágica, que actualmente es nuestro primer ministro.

-¡¿Quién eligió ministro a ese monstruo?! ¿La gente sabe de esto?

-La gente sabe y celebra que estemos encerrados aquí. Somos asesinos, ¿sabes? –repite con una mueca perturbada.

-Sí, ya sé, pero… ¿Es por eso que no hay agentes penitenciarios en este lugar? ¿Para que nadie denuncie las terribles condiciones en las que viven?

-Hay unos seres custodiándonos, dementores se llaman. Ellos se alimentan de felicidad y pueden comerse nuestras almas.

-No vi ninguno de esos –medito. Pensaría que todo no es más que el delirio de un hombre loco, pero no puedo ignorar que algo mágico hay habiendo visto al hombre-perro.

-Los muggles no pueden verlos, pero ahí están, a toda hora, alimentándose de nosotros.

-Pero si esto es parte de un mundo mágico, ¿por qué no poner seres que destilen amor y felicidad? ¿Por qué torturar a almas ya atormentadas por pasados difíciles si se ha demostrado que la empatía y el cariño pueden mover montañas? Tal vez no a los que tengan alguna psicopatía, pero al menos a algunos rehabilitarías.

-Sería agradable –dice blandiendo un trozo de pizza con un gesto pensativo-. Una cárcel donde uno sólo sienta felicidad y alegría. Ciertamente disuadiría a los del otro piso que están planeando fugarse. Por cierto, ¿cómo es que te ves tan bien?

-¿A qué se refiere?

-¡A los dementores! Aunque no los veas deberían haberte afectado. ¿Por qué no te ves miserable? –Esta vez es mi turno de mostrarle a aquel lugar una risotada sombría.

-Señor, estoy en época de exámenes finales. Yo ya no sé lo que es la felicidad.

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Dedicado a la futura trabajadora social Noelia Rueda y a todos los estudiantes a los que les han robado sus almas a través del sistema educativo. Los dioses se apiaden de sus existencias.

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Si les gustó esta entrada, sepan que tengo otro escrito de Harry Potter esperándolos.

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4 thoughts on “Azkaban te da la bienvenida

  1. Pingback: Harry Potter arruinó mi vida | La Catedral de las Sílfides

  2. Muy bonito. Junto a tu blog, esta tarde he descubierto otros muy buenos, en los que me pierdo ente tanta creatividad y delicadeza. Con mucho gusto te sigo. Por cierto, voy a tener que leerme Harry Potter, porque tu entrada me ha gustado mucho y no me he leído nada de la saga. Un fuerte abrazo y, encantado de conocerte.

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  3. Pingback: ¡Hijo, Hagrid te va matar! | La Catedral de las Sílfides

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