La Catedral de las Sílfides

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Revolución Reign: Príncipe – Capítulo 7

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–¡Reign! –oí. Era todo lo fuerte que un susurro puede ser sin convertirse en un grito. Me preparé para abrir los ojos justo cuando algo golpeó mi frente.

–¿Qué haces? –Sorsz estaba allí, mirándome con su cara de estúpido de todos los días.

–Levántate, mini héroe, tenemos que desayunar temprano para nuestra clase de espada. –Así que eso era lo que lo tenía tan contento–. ¡Levántate! –me ladró, pero no había subido el tono.

Salió y me dejé caer en mi mullido colchón. Path me dio un puñetazo al estirarse, haciéndome recordar, del peor modo posible, que estaba allí. Por eso Sorsz susurraba… Por eso tenía esa expresión tan estúpida.

–La próxima vez –le dije haciéndolo apartarse–, duerme en el sofá.

–¿Qué tiene de malo tu cama?

–Yo estoy en ella.

–No me molestas, eres muy quieto.

–¡Tú no! Además Sorsz piensa que pasa algo más entre nosotros.

–¿Y crees que esté celoso? –inquirió con picardía abrazándome por la cintura. Disfruté el golpe que le di como pocas cosas en mi vida, principalmente porque no estaba en posición de devolvérmelo. Path rió a carcajadas y rodó hasta caer al piso; allí se acostó boca abajo y se acomodó otra vez–. Hasta tu piso es cómodo –dijo con una sonrisa.

–Ah, ahora no quieres dormir en la cama –comenté con acidez. No respondió más que exagerando su comodidad, por lo que lo golpeé con la almohada. Justo entonces la puerta se abrió y Sorsz volvió a asomarse en silencio, mirándonos fijamente.

–Ash supervisará nuestra clase –dijo serio–, así que desayunará con nosotros. Apúrate.

–Está bien, ya voy.

–Ya está ahí, apúrate.

–Ya entendí –repetí lentamente. Él me miró como si acaso fuese tonto y bajó la voz.

–¡Se va a dar cuenta! Esconde a tu enamorado y mantenlo callado.

–¡Hola! –saludó Path. Nuestro hermano lo miró unos segundos antes de responder.

–Hola –dijo como si acaso no pudiese creer que esa hueca cabeza rubia hablase. Luego volvió la vista a mí y cerró la puerta.

Me bajé de la cama pisando la espalda de mi hermano y me vestí mientras él invadía mi cama otra vez, tan dramáticamente que me pregunté si realmente había entendido la advertencia de Sorsz. Lo ignoré y me apresuré al comedor.

Ash estaba sentado en el lugar que correspondía a Sorsz y mi hermano estaba en el mío. Me senté en la cabecera, lugar de mi padre, y recibí sus miradas de sorpresa como un halago. Desayunaríamos sólo nosotros tres, por lo que me permití ser un poco más rebelde; y si el farseer me delataba, confiaba que a mi padre no le importaría o, por el contrario, lo encontraría valiente y lo aprobaría.

Nadie habló mientras comíamos. Sorsz se veía animado, pero noté que se frotaba el abdomen. Era un gesto sutil y disimulado, pero lo atrapé haciéndolo más de una vez. Por lo visto aún no había mejorado del dolor que le imposibilitara cenar la noche anterior. Parecía un joven príncipe con semejante despliegue de delicadeza.

Ash se absorbía tanto en sus pensamientos como solía hacer Crown, lo que hacía fácil observarlo, ya que no se daba cuenta. Tenía más años de los que aparentaba a simple vista: su mirada perdida y expresión distante revelaban que tenía, tal vez, la edad de mi padre.

Su cabello era oscuro y sus cejas estaban muy pobladas, rasgos extraños en el sur. Su mandíbula bien marcada, manos gigantescas y no pocas cicatrices a pesar de que usualmente no iba armado, terminaban de completar su apariencia de forastero. Pero no era posible que…

–¿De dónde eres, Ash? –pregunté con inocencia. Él se sobresaltó de inmediato y Sorsz me miró confundido–. Oí hace un tiempo que algunas personas entraron a la ciudad en algún momento… hace muchos años –Ash entornó la vista, tal vez había sido un error decir aquello–. Supongo que era mentira, no es algo que creyera de todos modos –me encogí de hombros.

–Nací en Obsidione –dijo finalmente–, en un pueblo pequeño llamado Salto del Valle. –Lo miré con una sonrisa–. Sé que me veo extraño aquí, pero era bastante común en el norte. Si me ponía de espaldas con mis amigos, a mi madre le tomaba al menos tres intentos adivinar cuál era yo –comentó alegre por el recuerdo. Era la primera vez que lo veía con tal expresión.

–Pero entonces tu nombre no puede ser Ash –apuntó mi hermano–, tienes que tener un nombre en Magno Romance.

–No es un nombre que guste recordar. –Jugueteó con un trozo de pan.

–¿Tan malo es? –Se aventuró Sorsz. El farseer sonrió, tensando la cicatriz en su mejilla.

–Capricho. En Daggard ustedes me llamarían “Whim”.

–¿Y por qué quisiste cambiártelo? –pregunté.

–Era el día de mi cumpleaños catorce; oficialmente en el norte eres un hombre a esa edad, así que estaba muy emocionado. Me fui a escalar, disfrutando mi nueva libertad, y vi un fénix. Era muy pequeño y tenía un ala rota; parecía que alguien lo había golpeado con una piedra. Fui a tomarlo, pero se inmoló justo entonces. Esperé que se hiciera una pila de cenizas, pero no fue así: el fuego sólo creció en tamaño hasta ser una inmensa llamarada, la cual se apagó con el aleteo del ave, que ya se veía adulta. Me miró unos instantes y emprendió vuelo.

»Me cambió esa experiencia. Las cenizas ya no eran el final del que el fénix renacería, sino un instante en el acto de la transformación. Tomé ese nombre y, cuando llegue aquí, comenzaron a decirme Ash, porque no todos pronunciaban bien la palabra en mi idioma.

–¿Y cómo llegaste aquí exactamente? –inquirió Sorsz. El farseer pareció recordar con quiénes estaba. Se puso serio y volvió a ser el perro a punto de morder que siempre era.

–Eso no les incumbe. Terminen de comer y quédense quietos un cuarto de hora, luego caminen otro cuarto y vayan a la sala de armas. Middlelos recibirá. –Se puso de pie violentamente y agarró el plato que le correspondía, acostumbrado a llevarlo a la cocina.

–¡Alto, alto! –protestó Sorsz–. ¿Middle? No hay ningún Middle decente en Ars Vigil.

–Su padre decidió que él era el hombre que debía instruirlos.

–¡¿A ambos?! –exclamó mi hermano, ahora sí estaba horrorizado–. Yo debo estar en una clase mucho más avanzada que Reign. Él ni siquiera sabe agarrar una espada.

–Vaya a protestar con su padre si no le gustan sus decisiones, lord Sunrise. –Inclinó la cabeza en un saludo forzado y salió casi como si marchara. Sorsz inmediatamente perdió toda su alegría y no intentó esconder el hecho de que estaba de muy mal humor.

Acabamos el desayuno y seguimos órdenes, pero en vez de caminar, nos quedamos la media hora echados en el salón de té sin hablar. Mi hermano bostezaba y me hizo considerar dormir, pero fue entonces cuando decidió que tenía ganas de conversar.

–¿Cómo está tu relación con Path?

–Bien –dije sin más. Sorsz no parecía conforme, pero no quería hablar de eso con él.

–¿Cómo es él?

–Alegre –me encogí de hombros–, risueño.

–¿Qué hace para vivir?

–Ropa.

–¿Y vive bien con eso?

–Vive –puntualicé.

–No debería pasar necesidad siendo tu compañero.

–Nadie debería pasar necesidad.

–Sí, esa forma de pensar te ha hecho ganarte algunos problemas.

–Lo vale.

–¿Cómo puede valerlo si no puedes cambiar nada?

–Cambiaré las cosas. No sé cómo, pero me niego a vivir en un mundo tan injusto.

–Señores, ¿cuánto tiempo más van a estar aquí? –dijo Ash apareciendo nuevamente. Lo miramos con aburrimiento, inmóviles, y se enfadó–. ¡Arriba, ahora! Su padre me envió a supervisarlos y no permitiré esta holgazanería bajo mi guardia. ¡Arriba!

Nos levantamos con toda la extenuación que nos fue posible expresar y caminamos juntos. Me preocupaba que el tal Middle fuera un incompetente, no me gustaba aprender mal ni aún aquello que no quería aprender, pero que aquello matara el buen ánimo de Sorsz fue un alivio. Sentir que estábamos juntos en el sentimiento me resultaba agradable.

Middle era el hombre con el bigote más feo que había visto jamás. El vello facial era raro en el sur, ya que habíamos heredado lo lampiño de los elfos y teníamos que rondar los veinte años para que nos empezara a crecer, por lo que muchos de aquellos que desarrollaban barba o bigote se lo afeitaban por simple estética, yo entre ellos. Mi padre y Sorsz se permitían dejar crecer el vello y no era fácil decirles que no les quedaba bien, aunque nunca dejaban pasar más de unos días antes de agarrar la navaja. Nuestro nuevo maestro de espadas, por otro lado, habría asqueado al más velludo norteño.

Me costaba dejar de mirarlo y eso me hacía perder el hilo de la conversación, lo cual no era muy grave porque Sorsz no hacía más que discutir. Él quería un trato acorde a sus años de práctica, pero Middle se negaba rotundamente a acceder a esa demanda, diciendo que, dado que no nos conocía, empezaría con ambos desde el principio. Si mi hermano demostraba sus capacidades, tal vez, y tal vez fueron las palabras que reanimaron la discusión, le permitiría pasar a una clase más avanzada.

La clase comenzó con la forma correcta de agarrar una espada; de madera para evitar que yo matara a alguien accidentalmente. Middle iba muy lento en sus explicaciones y hablaba como si quisiera exasperar aún más a mi hermano. Los golpes básicos me fueron mostrados una y otra vez antes de permitirme practicarlos.

Finalmente nuestro maestro accedió a hacer algunos movimientos con Sorsz, por lo que me aparté para no interrumpir todo el despliegue de violencia que veía venir.

–¿Whim? –pregunté acercándome al farseer.

–No me llame así, lord Reign.

–Lo siento, quería preguntarte… ¿Alguna vez viste un dragón?

–Sí, lord Reign –respondió con un suspiro agraviado–, compartimos frontera con ellos.

–¿Has peleado alguna vez con alguno? ¿Así es como conseguiste esas cicatrices?

–¿Me veo lo suficientemente estúpido como para iniciar una pelea con un dragón?

–No necesariamente tendrías que haberla iniciado.

–No, nunca he peleado con un dragón. Ellos no dejan cicatrices, sólo muerte.

–Pero los hay pequeños, sé que son muchas razas.

–Aún esos son más grandes que un caballo y escupen fuego. Además, mientras más pequeños, más astutos.

–Entiendo. ¿Cuánto tiempo te tomó viajar hasta aquí?

–Una lunación y media.

–¡¿Una y media?! Carga pesada entonces.

–Sí, veníamos con muchas cosas.

–¿Veníamos quiénes?

–Por favor vuelva a su clase, lord Reign.

–¿Por qué viniste aquí?

–Eso es personal, vuelva a su clase ahora.

–¿Es cierto lo que dicen de los norteños? ¿Son realmente tan diferentes?

–Sí, lo somos, por favor –insistió extendiendo su mano.

–Una cosa más. –Me acerqué–. ¿A ti también te resulta desagradable el bigote de Middle? –pregunté en susurros. Nuevamente fui tomado de sorpresa por una carcajada, pero no recibí más respuesta, ya que al farseer le costó demasiado recuperar la compostura.

Volví donde el maestro y Sorsz, y ambos me interrogaron con la mirada. Ash no reaccionaba así con facilidad y era bien sabido, pero quise guardarme el secreto de mi victoria.

Los días continuaron del mismo modo, pero algo sí cambió: comencé a seguir a Ash más que a los otros dos farseers, además de que lo empecé a llamar Whim cuando nadie más estaba cerca para oírme. Aprendí qué tipo de preguntas lo hacían entrar en guardia y querer alejarme, y cuáles otras lo emocionaban y hacían hablar. Comprendí que su amargura y mal carácter eran debidos a aquel forzado silencio que debía guardar sobre su identidad e historia, y eso me hizo querer saber la historia de los demás: Grass, Sense y el fallecido Snow; pero Whim me obligó a prometerle que no hablaría, convenciéndome al decirme que ni él ni yo escaparíamos vivos si alguno era lo suficientemente tonto como para hacer saber de nuestras conversaciones a Throne.

A pesar de las protestas de Sorsz, las clases continuaron y la tensión familiar desapareció. Mi madre comenzó a obsesionarse con cuidar a Sorsz debido a sus continuos dolores de estómago, pero él no tardó en ponerse firme y pedirle que parara.

Esperé a un día en el que mi padre se mostró de especial buen humor y conseguí obtener algunas cuantas conquistas tras lo que consideré mi mejor trabajo manipulativo en años. Compré a Path, pagando con el mayor exceso posible, un vestido para Northern por su cumpleaños. Mi hermana gritaba de emoción mientras nuestro medio hermano le tomaba las medidas, lo cual me hizo considerar presentarlos, pero él me indicó con un rápido vistazo que prefería mantenerse en el anonimato: demasiado difícil había sido ya haber logrado aquel encuentro en privado y hacer que ella prometiera no hablar de él sin preguntar por qué.

No hubo más cambios en mi vida a partir de entonces y todo se estabilizó, como ocurría cada año luego de las tres fases libres de año nuevo que mi padre nos concedía en lo que él buscaba maestros para nuestras clases.

Lo único que me molestaba era Sorsz. Había dejado de pedirme que le contara todo lo que hacía y ya no me amenazaba con Path, pero justamente eso me tenía inquieto. Siempre estaba de mal humor y parecía empeorar día a día. El estómago no había dejado de dolerle y eso lo mantenía lejos de la mesa muy a menudo, además de hacerlo ausentarse de sus obligaciones para con el ducado. Eso último estaba bien para mí, ya que mi padre me había encargado tomar su lugar, por lo que socialmente se me veía en una posición mayor y estaba aprendiendo con gran velocidad. Cada noche dormía con la tranquilidad de estar haciendo algo útil con mi vida. Finalmente la rebelión se alejaba y dejaba espacio a un futuro pacífico.

–¡No! ¡No, no, no! –gritó Middle golpeando la punta de su espada de madera contra el piso. Yo me había alejado para hablar con Whim, por lo que me sobresalté ante semejante reto. Mi hermano era excelente con la espada, pero aquel día lo había visto terriblemente disperso, por lo que no me costó imaginar lo que ocurría–. ¡No está siquiera escuchándome, lord Sunrise! –Sonreí por haber acertado, pero la expresión de Sorsz me quitó la alegría.

Se veía oscuro, un poco más de lo que lo había visto los días anteriores. Bajó la vista, distrayéndose otra vez, y pude verlo odiando algo lejano, algo que estaba escondido en la profundidad de su mente. Middle se enfadó ante aquel pequeño gesto.

–¡Lord Sunrise! –lo llamó golpeándolo con la punta de su espada en el vientre.

–Oh, arpías –exclamé sabiendo lo que vendría. Sorsz se dobló sobre sí mismo, retorciéndose de dolor mientras se agarraba el estómago con su mano libre.

Alzó la cabeza y su expresión se transformó: una ira asesina brillaba en sus ojos y sus dientes se mostraban con tanta rabia que mi propio hermano se me hizo desconocido.

Su mano apretó el puño de su espada y abanicó con tanta fuerza que oí el aire cortándose. Middle esquivó el golpe con su cuerpo, pero no tuvo el tiempo suficiente para retroceder completamente, por lo que Sorsz le dio de lleno en el brazo derecho, destrozándoselo y salpicando sangre a varios metros.

Whim se puso de pie, pálido, mientras el maestro de armas gritaba de dolor. Mi hermano arrojó la espada astillada contra la pared con tanta furia que terminó de partirla, y salió azotando la puerta mientras murmuraba improperios que yo nunca había oído.

Nos acercamos con el farseer al maestro de armas, quien se miraba la fractura expuesta con la boca abierta, ya sin aire para seguir gritando.

–Lord Reign –me sacó Whim de mi ensimismamiento–. Vaya a buscar ayuda.

–Ah, sí, sí –eché un último vistazo y, tras un escalofrío de asco, salí a tropezones.

Una hora más tarde me presenté en la puerta de mi padre, con un poco de sangre en la ropa y náuseas en la boca del estómago. Me detuve ante el guardia en la puerta, quien me saludó con una sonrisa temerosa. Dentro del estudio de mi padre se oía la discusión más acalorada que hubiese podido ocurrir entre dos sureños.

–¿Llevan toda la hora…? –Dejé la pregunta sin terminar y señalé la puerta.

–Sí, lord –tragó con dificultad–. Tendré que pedirle que sea paciente. –La puerta se abrió violentamente, pegándole al guardia y tirándolo al piso. Sorsz salió con la misma rabia con la que había dejado la clase de espada y pasó junto a mí sin siquiera verme–. Adelante, milord –indicó el guardia levantándose con tanta decencia como le fue posible recuperar.

Pasé fingiendo valía y me encontré ante mi padre, rojo y despeinado, y un estudio revuelto. Las cosas del escritorio estaban en el piso y el respaldo de la silla dejada allí para su invitado estaba hecho añicos. Sense y Grass estaban recogiendo lo caído y trataban de no hacer contacto visual con mi padre ni entre ellos.

–¿Qué quieres? –me preguntó él, jadeando.

–Ash me pidió que viniera, padre, para hacer el reporte en su lugar.

–¿Dónde está ese inútil?

–Aún con Middle, creyó que era importante que una figura como la suya siguiese todo lo que ocurría, ya que el maestro no me tiene en alta estima a mí.

–¿Y Middle?

–Un hailer lo está atendiendo, pero dice que no podrá salvarle el brazo.

–Sunrise, condenado salvaje… –gruñó.

–Middle lo golpeó en el estómago y le ha estado doliendo…

–¿Te vas a poner de su lado? –Mi padre me asustaba cuando estaba tranquilo, ya que nunca había llegado al punto de perder los estribos, pero ahora los había perdido. Y con total certeza, yo nunca había sentido tanto miedo.

–No, padre… Yo sólo… reportaba lo ocurrido.

–Bien, ahora lárgate. Ah, ahí estás –dijo mirando a la puerta. Whim había entrado y estaba recién recuperándose del impacto que le había causado el estado de la habitación.

–Milord –reverenció profundamente. Comencé a caminar a la puerta con la lentitud suficiente como para darme tiempo a oír algo–. Traigo los honorarios del hailer Rye[2] y la renuncia de Sir Middle, además de…

La puerta se cerró y dejé de oír. Caminé al comedor, donde sólo estaba Crown, mirando fijamente un tablero de madera pintado. No había fichas, pero parecía estar jugando de algún modo. Me acerqué y me apoyé contra el respaldo del sillón.

–Buena noticia para ti, ya no sentirás envidia de nuestras clases de espada.

–¿Qué pasó?

–Sorsz atacó al maestro.

–¿Lo mató? –preguntó con cierta alegría mórbida.

–¿Qué? ¡No! Sólo le lastimó un brazo –respondí incómodo. Crown se mostró decepcionado y dejó de hacerme caso–. Pero renunció, así que… –Él me indicó que me largara.

Sorsz no estuvo presente durante el almuerzo ni tampoco apareció a cenar. Sabíamos que se había encerrado en su habitación, pero nadie quiso ir a buscarlo. No había forma de saber qué sentía, y me preocupaba que aún estuviese furioso. Por suerte, feliz no sería; estaba seguro que sólo el más pequeño de los varones de la familia tenía un humor tan tétrico.

Me acosté y entregué al sueño. Me alegraba ya no tener que lidiar con Middle y poder dormir un poco más, aunque sí me daba un poco de lástima saber que ya no podría usar la espada para ganarse la vida. Imaginaba que mi padre lo compensaría, pero desconocía cuán generoso podía ser en esos casos.

¡Reign! –gritó alguien en mi sueño. Miré alrededor pero no había nadie–. ¡Reign! –insistió. Era una voz masculina, pero no tenía un rostro para ella. La imagen de lo que me rodeaba se empezó a esfumar y escuché una vez–. ¡¡REIGN!! –Salté en mi cama, totalmente despierto, y arrastré la mano hacia arriba por la pared para encender la luz, pero estaba solo–. ¡Reign, por favor! –suplicó la voz sin cuerpo.

–¿Tú otra vez? –pregunté mirando al techo.

Tu hermano te necesita, ¡ahora! –dijo contagiándome su urgencia. Pateé las sábanas y corrí al pasillo. Tenía tres hermanos, pero por algún motivo no dudé sobre cuál hablaba.

–¿Sorsz? –llamé encendiendo las luces de su habitación. Él estaba en su cama en posición fetal, dándole la espalda a la puerta–. ¿Estás bien? –Puse una mano en su hombro y eso pareció hacerlo soltar un quejido que estaba guardando. Lágrimas caían de sus ojos en un llanto lleno de dolor. Se asía el estómago con fuerza con ambos brazos–. Estás enfermo.

Reign –volví a oír una voz, ya mucho más calma–. Aquí estoy para ayudarte. Ve a la cocina, te guiaré.

–Ya vengo, Sorsz –le avisé y corrí hasta la cocina. Todas las luces estaban apagadas, por lo que las encendí y miré alrededor–. ¿Qué hago?

Busca un frasco con semillas blancas. Son redondas y no muy grandes –indicó.

–¿Cómo sabes que hay?

No hay una cocina de castillo que no las tenga, se muelen para dar un sabor picante a las comidas, pero si las disuelves en leche funcionarán para tu hermano. –Encontré un frasco de vidrio y reconocí las semillas en su interior; ciertamente eran muy comunes. Lo tomé y fui a llenar una taza con leche.

–¿Lord Reign? –preguntó una voz y me giré abruptamente, casi soltando el frasco. El guardia que estaba de servicio aquella noche me miró–. ¿Está todo bien?

–Sí, sí –mentí sin saber por qué–. Sólo quería leche porque no me puedo dormir.

–No se entretenga –ordenó, aunque sonó más como un pedido.

–Ya me voy –le dije con una sonrisa boba y él se alejó. Llené la taza con la leche del tanque y quité la tapa al frasco de semillas–. ¿Cuántas?

¿Cuánto pesa tu hermano?

¿Cómo saberlo? Ochenta kilos, tal vez… o un poco menos, no lo sé. No ha comido estos días.

Pon cuatro semillas entonces, bastarán.

¿Qué hacen estas cosas?

Calmarán el dolor y lo harán dormir –explicó mientras veía las semillas empezar a disolverse, tiñendo la leche de amarillo.

–¿Por qué estás ayudándome? –pregunté mientras dejaba todo en su sitio y regresaba a la habitación de Sorsz–. ¿Quién eres?

Yo soy tu aliado ahora.

–¿Sorsz? –Me senté a su lado e intenté voltearlo–. Esto va a calmar el dolor –le dije y eso lo hizo erguirse de inmediato. Bebió con avidez hasta vaciar la taza y se dejó caer sobre su almohada–. Tranquilo, estarás bien –le dije con una sonrisa–. ¿Quieres que despierte a alguien? Puedo buscarte a un hailer –ofrecí. Había uno encargado específicamente de atender a la familia, pero no recordaba su nombre ni dónde vivía. Sorsz negó con la cabeza y tomó mi mano entre las suyas, dejándolas sobre su abdomen. Estaba pálido y sudaba.

–Hazme compañía –pidió aún sollozando.

–Estaré aquí –respondí y lo vi cerrar los ojos. Unos minutos más tarde se había calmado lo suficiente como para volver a dormir, pero no quise irme.

En sueños se agitaba, a veces con mucha violencia. Parecía luchar contra un enemigo imaginario; pero no era el guerrero confiado de siempre, su expresión estaba llena de miedo.

–El dragón… –Se sobresaltó luego de una hora–, dile al dragón… que venga –tosió.

–¿Dragón?

Esas semillas pueden causar alucinaciones –explicó la voz, que no se había hecho oír desde su presentación.

–Llamaremos al dragón en la mañana, Sorsz.

–Sunrise –corrigió–. Dime Sunrise –cerró los ojos–. Necesito mi nombre otra vez.

–Sí, Sunrise. Buscaremos a tu dragón en la mañana. Duerme un poco más.

¿Estás bien?

–Lo estoy –susurré para que mi hermano no me oyera, pero ya había vuelto a caer en un sopor profundo.

Debo ausentarme, pero no te preocupes, las estrellas dambo lo mantendrán sin dolor. Que sus alucinaciones no te asusten.

–No lo harán, gracias –sonreí al techo y volvió todo a sumirse en silencio, a excepción de Sorsz, que gemía ocasionalmente.

Cerré los ojos, descansando tanto como me era posible sin dormirme. Mi hermano se agitaba y despertaba constantemente, pero no parecía estar realmente despierto, ya que sus incoherencias eran más propias del mundo de los sueños que de la realidad.

–¿Dónde está Path? –dijo horas más tarde. Salí de mi ensueño abruptamente y lo miré.

–¿Path? En su casa, durmiendo.

–Llévatelo –suplicó con desesperación–. Va a ir por él.

–Nadie va a ir por él, Sorsz, tranquilo. –Acomodé su cabello, pero al regresar mi mano junto a mí, volvió a tomarla.

–Tenías razón, a veces hay que matar al cerbero –me miró a los ojos por primera vez en la noche y exclamó con pasión–. ¡Por favor, mata al cerbero!

–Lo mataré, Sorsz, no te preocupes.

–No, no podrás matarlo –se lamentó dejándose caer otra vez–. Ya nadie puede matarlo. –Cerró los ojos y unas lágrimas cayeron–. Tenías razón. ¡Llévatelos! –me gritó–. ¡Llévatelos a todos!

–Me los llevaré, lo prometo.

–¡A Northern, a Crown… a Path también! ¡A todos! ¡El cerbero los va a matar a todos!

–No lo hará, yo mataré al cerbero cuando termine de cuidarte. Vuelve a dormir. –Lo empujé y cerré sus ojos con mi mano. Sollozó un poco pero no siguió luchando.

–Vault[3] –lloró–, perdóneme, por favor perdóneme…

–Está bien, te perdono.

–Perdóneme… –Acaricié sus manos con mis dedos libres y él suspiró–. Medianoche…

–No es medianoche, está casi amaneciendo. –Él me miró con unos ojos desconocidos.

–Sir Vault… ¿qué le pasó a Midnight? –preguntó con gran tristeza en su voz. Finalmente entendí que hablaba de una persona, pero estaba lejos de saber quién era. Creí ver una sombra con mi vista periférica y me giré sin pensarlo dos veces.

–¡Arpías! –exclamé saltando hacia atrás y retrocediendo. El ser no me vio, pero era imposible que yo viera otra cosa que no fuera él: todo de negro, envuelto en una capa y cubriéndose la cabeza con una capucha. Sus manos estaban enguantadas en blanco y una luz negra emanaba de él como si su sombra estuviese extendiéndose en todas direcciones.

El Rey de los Muertos y la Muerte avanzó un paso hacia mi hermano, sereno. Extendió su mano hacia el pecho de Sorsz y lo atravesó como si fuese agua. Mi hermano no profirió ningún sonido de dolor ante ese acto, ni tampoco reaccionó en cuanto el Rey sacó de allí una pequeña bolita de luz amarillenta. Luego de eso, desapareció.

Gateé de regreso hasta la cama, pero me paralicé en el lugar al hacer contacto visual con los ojos vacíos de mi hermano.

–¿Sorsz? –pregunté temblando. Todo en él estaba inerte. La mano que me había aferrado toda la noche colgaba laxa del borde de la cama. Mi mente se desconectó y entonces ya no pude pensar. La puerta se abrió de un golpe abrupto y Crown entró.

–¿Qué pasa? ¿Quién grita? –preguntó y me miró. Lo miré sin entender, pero fue entonces cuando caí en la cuenta de que mi boca estaba abierta y mi garganta vibraba con un grito intenso y desgarrador. Crown miró a Sorsz y se cubrió la boca con horror.

Se acercó a él mientras entraba a la habitación el guardia que había visto horas antes, espada en mano. Tras él llegaron más personas, pero ya no supe quiénes eran. No entendía qué pasaba. Un par de brazos me estrujaron y oí a Starling hablándome fuerte al oído, suplicándome que me calmara y dejara de gritar, pero yo seguía sin poder oírme.

Me cerró la boca con un abrazo que me rodeó el cuello y entonces registré lo que ocurría a mi alrededor: mucha gente estaba allí, entrando y saliendo. Mi madre lloraba, pero no la había visto entrar; Northern estaba consolándola a costa de la expresión de su propia tristeza. Mi padre se arrodilló junto a Starling y me palmeó un hombro.

–¿Estás bien, soldado? –me preguntó. Mi cuerpo temblaba y me aferraba a mi hermana como si el piso pudiese desaparecer en cualquier momento.

–Sólo necesita calmarse –dijo ella. Él afirmó y volvió a poner sus ojos grises en mí.

–Fuerza, hijo –me alentó. Lo miré levantarse, alto y poderoso, y me aflojé. Volví la vista a Star y ella me acarició el rostro con delicadeza.

–Todo está bien, Reign –dijo. Me apoyé en ella y cerré los ojos. Ella besó mi cabeza y, sentí la vibración en su pecho cuando me habló con su voz cantarina–. Todo estará bien.

—————————-

Bueno lectores, gracias por seguir esta saga que tanto amo. Lamentablemente este es el último capítulo de distribución gratuita, por lo que si quieren continuar leyendo, deberán adquirir el libro en este enlace a mi querida editorial megustaescribir. Tanto la versión digital como en papel tienen todos los cincuenta y tres capítulos (con nombres), un prólogo y epílogo, y dos mapas (uno del continente, Aurantis, y otro del reino humano, Génesis).

Nuevamente, gracias por su lectura y apoyo de siempre. Saber que están ahí, con sus tímidos “me gusta” o sus valientes comentarios, significa el mundo para mí.

~Ancient Forest

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2 thoughts on “Revolución Reign: Príncipe – Capítulo 7

  1. Pingback: Revolución Reign: Príncipe – Capítulo 6 | La Catedral de las Sílfides

  2. Es maravilloso este libro… quiero el tiempo para leerlo enterito 🙂
    Abrazo infinito!

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