La Catedral de las Sílfides

Ven a oír las historias del viento

Honrado, bendecido, seco y partido

1 Comment

El cielo rugió; los dioses anunciaron que hablarían a través de mí.

Me eligieron para ser el canal que dejara una marca ahí donde durante cientos de años estuve sentado; observando, meditando, recibiendo caricias de las manos que pasan cerca y viendo hachas y sierras caer sobre hermanos míos que, por la misma voluntad divina, no estaban destinados a llegar tan lejos.

Comenzó con una chispa intensa, una luz, una mirada entre cielo y tierra, besándose a través de mí. Mi cuerpo, tan lleno de vida, tan marcado por historias y ofrendas, inmune al pasar de los años como una estrella inmortal, fue golpeado por esa pasión.

Me recorrió un escalofrío y el fuego se llevó mi agua. La intensidad de las vidas de aquellos dioses me arrancó mis hojas y me despojó de mi identidad. Un sutil ronroneo creció en un rugido y las montañas y los volcanes me envidiaron: sus avalanchas y erupciones jamás podrían haber quebrado el aire con tanta fuerza, jamás podrían haber expresado tal ardor por la vida.

Mi suave piel, desnuda sin mi corteza, se tiñó de blanco con la luz que cayó sobre mí, llenándome de la luz propia de los ángeles cuando bajan al mundo a hablar en voz alta. Luego se apoderaron de mí el naranja, rojo y dorado, clamando por ese lienzo sin pintura en el que me había convertido, tornándome en un atardecer como tantos miles había presenciado desde mi pequeño lugar en el mundo.

Luego, negro.

Y silencio.

Los animales huyeron y los espíritus dejaron de cantar. Los otros árboles llevaron su atención a mí para verme explotar en gracia divina. Extasiado, admiré mi nuevo color ceniciento: soy un grito en el paisaje, una mancha en esta tierra, una fisura en el tiempo. Soy un guerrero pintado para combatir y un sabio con tatuajes que celebran su iluminación.

En lo que duró un instante, mi cuerpo, ahora blanquecino y seco, mutó como una tormenta de verano y, aunque se mantuvo en pie, ya no me encontró en él.

Luego de cientos de años viendo tantas noches caer, yo fui mi propio y último atardecer.

——————————————–

Volviendo de viaje de Temuco, Chile, vi la silueta de un gran árbol seco en la neblina. La cordillera estaba tapada de espíritus de agua que no dejaban ver nada más, pero este cuerpo muerto tan lleno de historias se anunció con la presencia de una deidad y se impuso ante todo lo demás, clamando por mi atención y devoción.

Muchos dicen que los escritores tenemos historias por contar. Yo en realidad creo que no es tan importante qué haya en mí, sino qué historia quiere ser contada a través de mí. De todos los servicios que los humanos hemos venido a ofrecer al mundo, ser testigos de su belleza y poner por escrito su magia es el que me tocó a mí.

Si les gustó este breve relato, agradézcanlo a la próxima tormenta que vean o al siguiente árbol que crucen en su camino. Yo apenas fui una herramienta para su manifestación, nada distinta a mi lapicera.

Por mi parte, agradezco a los espíritus, desde al hada más pequeña al más gigantesco de los canto de ballena, por bendecirme de este modo. Ojalá pueda seguir escuchando sus historias aún después de que los dioses me llamen para que deje este cuerpo y regrese a ellos.

~Ancient Forest

Advertisements

One thought on “Honrado, bendecido, seco y partido

  1. Pingback: ¿Qué necesito antes de empezar a escribir? – Las tres I | La Catedral de las Sílfides

Leave a Reply

Fill in your details below or click an icon to log in:

WordPress.com Logo

You are commenting using your WordPress.com account. Log Out / Change )

Twitter picture

You are commenting using your Twitter account. Log Out / Change )

Facebook photo

You are commenting using your Facebook account. Log Out / Change )

Google+ photo

You are commenting using your Google+ account. Log Out / Change )

Connecting to %s