La Catedral de las Sílfides

Ven a oír las historias del viento

Aventuras fuera de este mundo

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El hombre a cargo era un sujeto que daba un poco de miedo. Tenía el pelo rojo, larguísimo, y unas marcas en las mejillas que de lejos parecían tatuajes y no quise ver de cerca por si resultaba que eran algo como las agallas de los peces.

Se presentó como Codrag Zedarth y nos pidió que no nos alejáramos del grupo ni nos acercáramos a los nativos, ya que eran primitivos y muy agresivos con los extraños. Estando a dos mil ochocientos millones de kilómetros de la Tierra y sin saber bien cómo había llegado allí, nunca se me hubiera ocurrido desobedecer, pero la advertencia no pareció tener el mismo efecto en todos nosotros.

Decidí alejarme de los que claramente eran extraterrestres con disfraces humanos y me pegué al que parecía genuinamente de mi raza: un joven de mi edad y pelo castaño, algo desalineado, que se mostraba increíblemente aburrido con el recorrido turístico.

Me presenté como Shiva, dado que Codrag nos prohibió usar nuestros nombres reales, y él dijo que le eligiera yo un pseudónimo. En base al gato/dios de la serie Natsume Yuujinchou que también es poseedor de ese aire de “ya lo sé todo, deja de hablarme”, decidí apodarlo Madara.

Ambos teníamos el mismo símbolo bordado en la ropa y yo sabía que ese símbolo representaba a la Tierra, por lo que teníamos que ser humanos, ¿no? No, Codrag no tardó en decir que éramos un representante por raza dentro del Sistema Solar. Ignoré a los de los planetas restantes y me enfoqué en Madara. Ambos compartimos el momento de realización.

“¡¿Eres reptiliano?!” exclamé eufórica a la vez que él me reflejaba con un asqueado “¿eres una humana…?”, pero nuestras reacciones opuestas no nos impidieron pasar juntos el resto del día. Además, el que él fuera el primer reptiliano que conocía en mi vida me impidió enojarme cuando me llamaba “primate”. Comencé a decirle “reptiloide” para que supiera que los dos podíamos jugar al mismo juego.

Luego de varias horas de recorrer la zona, llegamos a una especie de desierto con los vientos más fuertes que jamás he sentido (¡aun siendo neuquina!). Nos detuvimos en un mirador apartado de la tormenta para ver el paisaje y utilicé un pequeño aparato, como un celular pero totalmente transparente, para escanear el lugar y que me diera información.

Lo que más sobresalía allí era una gran torre que mi dispositivo dijo que tenía ochocientos kilómetros de alto. Lamentablemente no dio la circunferencia pero no necesitaba ese dato para admirar toda su magnificencia. Me quedé observándola largo rato con Madara a mi lado, aún algo aburrido, hasta que el jefe nos dijo que había nativos cerca y debíamos volver a la nave urgentemente. El paseo había acabado.

Eché un último vistazo al imponente paisaje ura… ¿”uraniense”? y fui tras el grupo, prometiéndome que al volver a la Tierra revisaría en internet porque no había forma que esa torre no se viera desde su atmósfera.

No fue hasta que Codrag me hubo devuelto a mi planeta que recordé que Urano no está disponible en Google Earth.

Aún.

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Saludos lectores, aquí les dejo otro sueño raro que tuve hace unos años. Crean lo que quieran de él, son libres de interpretarlo a gusto (y pueden dejar su idea en los comentarios si gustan, no voy a prejuzgar ni criticar).

Importante dato: no soy fan de los extraterrestres ni nada de eso. De hecho, la sola idea de algunas razas (como los grises) me da bastante miedo, así que evito todo programa sobre ovnis y aliens porque luego no puedo dormir.

¡Gracias por su lectura y nos vemos en la próxima entrada!

~Ancient Forest

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