La Catedral de las Sílfides

siéntate a oír las historias del viento

Game Over

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Estoy en una misión: debo atravesar el calabozo de Damasco y llegar a la salida del otro lado. Mis compañeros de equipo me ha advertido de monstruos y bestias en el camino, pero ninguno es tan buen jugador como yo en esto. Nadie es tan bueno como yo en esto.

El calabozo es más alto que ancho y hay poca luz, pero yo he sido criado en las sombras. El tiempo de respawn de las curas es bajo, por lo que podré contar con ellas, aunque tenga que desviarme de mi camino para encontrarlas.

Hay muchos obstáculos de enormes dimensiones en el piso, por lo que decido usar mi entrenamiento y avanzar por el techo. Con suficiente cuidado y sigilo, esta misión será fácil.

Ni bien entro, descubro al boss de este nivel: un gigante torpe y medio desnudo. Está mirando una caja de luz como una de las primas tontas de los dragoneros a un foco. Por lo intensa de su mirada, no tardará en comenzar a golpearse la cara contra el objeto.

Avanzo lentamente, no quiero sobresaltarlo y provocar un ataque. En este nivel no parece haber hordas ni otros enemigos. Todo es sospechosamente fácil…

Decido aprovechar la calma del calabozo para subir de nivel, por las dudas que haya un final boss cercano. Paseo un rato revisando cada escondrijo del mapa y juntando lo necesario. No necesito más armas de las que ya cargo, por lo que descarto el peso extra sin mucho lamento.

De pronto, me empiezo a marear. Los monstruos grandes del calabozo huyen y los pequeños caen muertos sin advertencia. El gigante algo ha hecho, alguna magia ancestral e invisible.

Huyo hacia la salida. Si la alcanzo podré luego ver qué hacer o en qué momento entrar para poder cruzar a salvo hasta el otro lado. Corro y corro, pero mis sentidos están atontados y tropiezo, perdiendo mi hábil agarre al techo.

Caigo y necesito apenas un instante para saber que lo he hecho sobre el gigante. Me bajo de él corriendo a toda prisa, pero se ha percatado de mi presencia y ha abandonado su brusca quietud.

Intento escapar mientras lo veo usando su magia, pero no llego muy lejos antes de caer en su merced: me ha aprisionado en un hechizo de cristal y no puedo correr más allá de en círculos en un minúsculo espacio. Los muros del cristal mágico anulan mis poderes y no puedo trepar por ellos; estoy condenado.

Finjo mi muerte, esperando así desalentarlo de aplastarme y enviarme al último sitio de respawn que tengo asignado. Funciona, pero su programación como el boss de la primera parte del calabozo de Damasco no es quitarme vidas, sino impedirme el paso.

Su hechizo me lleva a la entrada y me arroja fuera de su guarida sin piedad. Golpeo el piso, frustrado, y miro hacia arriba en lo que el gigante pone una magia a custodiar el calabozo. Está cerrado y ahora tendré que esperar otras ocho horas para poder volver a acceder a ese nivel.

¡Rayos!

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Hola a todos, espero les haya gustado ese breve cuento que se me ocurrió como tantas cosas se me ocurren: un evento estúpido y un chispazo de inspiración.

Aunque seguro que esa condenada araña que me cayó en la cara no tenía tanta imaginación…

Ancient Forest

 

PD: La saqué en un frasco de nutella vacío.

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