La Catedral de las Sílfides

Ven a oír las historias del viento

Revolución Reign: Príncipe – Capítulo 3

2 Comments

Capítulo anterior: https://lacatedraldelassilfides.wordpress.com/2016/01/31/revolucion-reign-principe-capitulo-2/

—————————-

Había creído que a partir de aquel momento Path no dejaría de aparecer en mi vida, como si fuese a cruzarme con sus ojos desgarradores de almas cada vez que doblara una esquina, entrara en mi habitación o hasta abriera mi ropero; pero no ocurrió. O se había tomado muy en serio los retos de Star, o el encuentro con Snow lo había espantado.

No pregunté por él ni intenté buscarlo y casi de inmediato renuncié a la comodidad de la casa de Rock para volver al castillo. Ya no sabía quién ocultaba qué y sentir que ya no había nadie en quien confiar, lentamente estaba destruyéndome por dentro.

Mi padre continuó su gobierno como si nada hubiese pasado y, dos días después de ya no tener a Snow a su lado, informó oficialmente que se había retirado para vivir con su familia en el área residencial norte de la clase media. Nadie cuestionó la veracidad de sus palabras y no volvió a saberse nada de él, su esposa o sus hijos.

Tardé en darme cuenta del motivo por el que de pronto me portaba tan bien, yendo a todas mis clases de piano, sin discutir ni hacer berrinche y hasta sonriendo en la mesa: estaba aterrado. ¿Sabría padre que yo sabía de su bastardo? Tal vez suponía que había sido Path el causante de la muerte de Snow, por lo que si alguien nos había visto juntos y llegaba el rumor a él, tal vez pensaría que yo estaba en su contra; y si eso ocurría no debería tomarse mucho tiempo en hacerme desaparecer también y decir que me había mandado a vivir con Snow.

Starling se comportaba como la muñeca estúpida que siempre había fingido ser y me pregunté si acaso tendría tanto miedo como yo. Si padre descubriera quién era ella en realidad y que tenía planes contra él, ¿la perdonaría por ser hija suya? Luego de invertir tanto en su educación me resultaba difícil creer que no le tendría piedad, pero algo en mi interior me decía que nadie estaba del todo a salvo. Path y Rock definitivamente no lo estaban.

Comencé a evitar a los farseers y no entraba en discusiones con ellos cuando accidentalmente me los encontraba. No más faltas de respeto ni resoplidos en sus autoritarias caras; no levantar la voz o escapar mientras me hablaban; y definitivamente no olvidar saludar cada vez, como el educado y obediente hijo que se suponía que yo era.

Sorsz notó de inmediato el cambio en mi actitud y comenzó a perseguirme allí a donde iba. Estaba convencido de que quien me hiciera el corte en la mano me había hecho algo más y no detendría su vigilancia sobre mí hasta atrapar al culpable. Siempre había entrado en mi habitación sin golpear a la puerta, pero ahora lo hacía tan a menudo que resultaba irritante, y a veces sólo se me quedaba viendo antes de volver a salir.

Entre mi paranoia y su acoso, sumado a que había convencido a Northern de que también me vigilara, no tardé mucho en saturarme; pero como no me animaba ya a refugiarme en lo de Rock y que mi padre no supiera qué hacía yo durante días, decidí que simplemente me tomaría una tarde para mí, y esperaba nadie notase mi ausencia.

Tomé uno de mis libros y me escabullí hasta la cocina de la guardia. Allí era fácil ser ignorado porque, siendo que tantos hombres exigían tanta comida, los trabajadores a duras penas tenían tiempo para mirar alrededor. Pasé desapercibido como quería, aún habiendo robado un poco de pan y, al estar completamente seguro, me agaché y metí bajo la gran mesada del fondo. Gateé como hacía de niño, pasé por detrás de los barriles de harina y frutas secas, y llegué a la trampilla que estaba en el muro, bien escondida de las miradas.

La abrí y pasé gateando, cerrando tras de mí sin hacer mucho ruido, y seguí por el oscuro conducto. Lo había descubierto en mi infancia y era un lugar excelente: nadie sabía dónde estaba y tenía acceso fácil a tanta comida como se me antojase, además de que no salía del castillo, por lo que si se me interrogaba a mi regreso, mentir era mucho más fácil.

Empujé la reja oxidada y salí al décimo tercer jardín. No conocía a nadie que supiera que existía, por lo que el número se lo había asignado yo. Algunos jardines eran simples patios empedrados donde no entraban más de veinte personas sin comenzar a odiarse intensamente; por lo que encontrar éste, tan amplio y verde, había sido una bendición. La tierra estaba perfectamente nivelada y había una galería de piedra un metro más alta que cubría toda la circunferencia del lugar, separándose del jardín por una barandilla del mismo material. Plantas no había, árboles tampoco, sólo césped en su estado más salvaje.

Respiré profundo y disfruté de la luz del exterior, del silencio y la soledad; las tres cosas más raras y difíciles de conseguir en Ars Vigil. ¿Por qué había dejado de ir a ese lugar? Abrí los ojos y vi un trozo de metal escondido entre la hierba, reflejándome la luz. Ah, sí, por eso había sido. Pero ya no era un niño, ya no tenía por qué temer a esas cosas. Simplemente cuidaría de mantenerme en la galería y no bajar al césped.

Comencé a caminar con una mano sobre la barandilla mientras comía el pan que había tomado de la cocina. Sabía que debía pedirles permiso para estar allí y así evitar que se enfadaran por mi sola presencia, pero hablarles me resultaba aún peor. Tal vez si hacía silencio no notarían que estaba allí.

Por la periferia de mi visión vi algo moverse y como si eso no hubiese bastado para hacer que el terror calara hasta mis huesos, una sombra saltó hacia mí con un rápido “¡bu!”.

Retrocedí, golpeé la barandilla, giré y caí en el césped sobre mi estómago. Arriba, Path reía a carcajadas y cuando me levanté estaba agarrándose el estómago del dolor que le ocasionaba no poder parar de reír.

–¿Qué haces aquí? –pregunté enojado.

–¿No viniste aquí para que te buscara? –dijo confundido con los brazos aún en el abdomen. Aún su cuerpo se contraía con algunas risas sofocadas.

–¿Cómo saber que sabías de este lugar?

–Dijiste “sabes encontrarme”; creí que sabías que podría encontrarte ahí donde fueras y que habías venido aquí para que nadie nos viera. –Me giré para enfrentarlo, pero no pude hablar. Tenía razón en que era un buen lugar para una reunión secreta, pero me daba escalofríos sentir que él sabría siempre dónde estaba. Era peor que Sorsz. Se levantó y miró al jardín–. ¿Qué hay ahí? –Señaló entre el alto césped a uno de los trozos de metal.

–¡No vayas…! –grité, pero ya estaba saltando la barandilla. Me mordí el labio y me pregunté si debía correr y dejarlo a su suerte o esperar y vernos sufrir a los dos.

–¡Mira, un yelmo! –dijo alzándolo–. Oh, disculpe señor no vi que estaba ahí dentro –le dijo a la calavera, luego me miró a mí con inocencia–. ¿Quién es?

–No sé, no los toques, se enfurecen.

–¿En plural? ¿Hay más? –Miró alrededor mientras estrujaba la cabeza del hombre muerto contra su pecho.

–Sí, hay muchos escondidos en el césped. Hay más en las habitaciones del fondo –señalé al final del jardín–; pero no les gusta que los toques. Deja a ese y vuelve aquí. –Me ignoró–. ¡Path! ¡No debes molestar a los muertos!

–¿Por qué? Ellos también se aburren. Y ve a saber cuánto tiempo llevan aquí.

–Debes dejar que el Rey de los Muertos y la Muerte venga a buscarlos y ya, no intervengas –ladré, pero no me hacía caso y no me animaba a bajar y sacarlo de allí a rastras.

–Mira, aquí está tu cuerpo –le dijo a la calavera con el yelmo.

–¡Path!

–¡Vamos Reign! Nunca desaparecerán con tanto metal. Les haremos un favor quitándoles todo esto y enterrándolos. Por lo pronto, amigo, aquí tienes tu cuerpo. –La dejó y volvió–. Busquemos un par de palas y hagamos una fosa.

–¿Acaso no le tienes miedo a nada?

–¿Por qué habría de tener miedo? Es gente, como tú y yo. Con menos carne.

–La magia de los muertos es poderosa, podrían maldecirte. –Path rió a carcajadas.

–No, Reign, morir no te da poderes mágicos.

–Está bien, haz lo que quieras, pero cuando yo no esté aquí. –Él me miró serio.

–Realmente te asusta.

–¡Si! ¡Y tú eres un tonto por tomártelo tan a la ligera!

–Está bien, está bien, tranquilo. Lo haré cuando esté solo. Ven, vamos a conocernos mejor –propuso con alegría y no me permitió discutir.

Resultó que aquel chico era un optimista sin remedio y eso casi que nos convertía en opuestos irreconciliables. A pesar de estar pasando momentos difíciles en su vida, siempre veía el lado alegre, y reía y lloraba casi a toda hora. Me exasperaba.

Comenzó a soltar lágrimas al contarme el miedo que había vivido los días anteriores, seguro de que nuestro encuentro con Snow había firmado mi sentencia de muerte. La culpa lo corroía y me abrazó y lloró como si acaso ya estuviésemos en mi funeral.

Había creído que las lágrimas le habían dado demasiado brillo a sus ojos, pero en ese momento me di cuenta de qué era eso que veía: la vida que todos perdíamos al crecer, él no la había perdido. Por eso lloraba, simplemente porque podía. Su corazón latía, él estaba vivo, totalmente vivo. La rutina no lo había tomado y ni en sus ojos ni en su alma existía ese gris que a mí me había tomado hacía tanto.

Quise preguntar cómo lo había hecho, pero me asustó lo que podría haber respondido; podría haber sido demasiado difícil como para lograrlo, o peor aún, podría haber sido tan fácil que no tendría más opción que armarme de un valor que no tenía, extender el brazo y tomar la solución en mis manos.

–¿Padre…? –dudé, la respuesta era una obviedad, pero no estaba seguro de soportar verificarlo–. Te conoce –afirmé, incapaz de formularlo como pregunta.

–Sí. No sé cuándo oyó de mí, pero cuando yo lo hice, él ya sabía.

–Entiendo. Esa vez de la golpiza…

–Fue la primera vez que nos encontramos. Vine a pedirle un favor y…

–¿Y te mandó a golpear?

–No. Me negó la ayuda que pedí, lo amenacé y entonces me mandó a golpear.

–No te imagino amenazando.

–No disfruté hacerlo. –¿Qué llevaba a un joven tan optimista a ese límite?

–¿Y no pensaste en… hablar simplemente? Si dieras un paso al frente destruirías el matrimonio de mi padre y su gobierno.

–Y tu vida. ¿Qué harías si no fueras noble? –De pronto su rostro se iluminó–. ¡Podrías trabajar conmigo! Te pincharías los dedos al principio, pero estoy bastante seguro de que aprenderías a coser botones en un instante.

–No creo que coser sea lo mío…

–Es relajante. Sino podrías trabajar de escriba. En la nobleza todos saben leer y escribir, pero fuera del área donde la gente come cuatro veces al día, es una habilidad rara.

–¿Tú no sabes?

–Sí sé. Mi madre insistió en que aprendiera, y también a sumar y restar. Fueron clases caras pero lo valieron. ¿Destruyo tu vida entonces?

–Creo que mejor no… –respondí y nos sumimos en el silencio.

En Gäel y la mayoría de los ducados del sur, a pesar de que el divorcio no acarreaba problemas sociales ni morales, una vez que una pareja se sentaba al poder, la sociedad presionaba para que salieran juntos o aguantasen hasta su muerte. Un líder soltero era aceptable, un líder enamorado, comprometido, casado o viudo, también; pero uno que hubiese fracasado en su vida romántica era interpretado como alguien que indudablemente fracasaría en su vida política.

Mi madre había escondido su infidelidad por eso. Ella vivía demasiado cómoda y era demasiado inútil en cualquier labor como para poder aceptar vivir desterrada de la zona noble. Además era la última de su familia, por lo que si se divorciaba, no habría condes ni marqueses que pudieran compartir los beneficios de sus títulos con ella, y llegaría sin demoras a la zona pobre a hacer el trabajo que la sociedad le impusiera.

Intenté ignorar el hecho de que mis hermanos y yo, inútiles por profesión, quedaríamos sin nada y viviríamos de lo que mendigáramos en los pasillos si eso llegase a ocurrir. Bueno, Sorsz podía ser un buen guardia y Star trabajar como actriz o cantante. Mis hermanos más chicos y yo estábamos condenados; a menos que aprendiésemos a coser botones para Path.

Pero Star tenía un plan… ¿Incluiría renunciar a mi vida? ¿Quitarnos del poder era parte de su idea? ¿Querría sentarse ella al poder o destruir por completo nuestra forma de gobierno? Ambas me parecían improbables, pero ahora ya no podía estar seguro de nada.

–¿En qué piensas? –preguntó Path deslizándose para quedar recostado en el piso, con la cabeza descansando en mi antebrazo; era una postura realmente incómoda, especialmente si a eso se le sumaba que tenía que mirar hacia arriba y atrás para poder verme.

–Si te digo te vas a reír.

–Seguramente, soy tu hermano, para eso estoy. –Lo empujé para que se quitara de mi antebrazo y se sentó–. Cuéntame, tenemos que recuperar el tiempo perdido.

–Estos días he estado muy asustado. Estoy seguro que mi padre nunca me haría daño, pero luego de lo que ocurrió con Snow…

–También le temo a ese hombre. No sólo por lo que pueda hacerme sino por lo que podría hacerle a la gente que me importa. No sé qué haría si llegase a pasarles algo.

–¿Cómo terminaste involucrado en todo esto? Sé que no querías vivir sin tus hermanos, pero ¿llegar a organizar un grupo armado?

–Esa fue Star –dijo deteniéndome–. Yo quería algo mucho más pacífico, aunque ahora sé que no hay una vía pacífica para esto. Cuando tengamos los suficientes hombres nos levantaremos contra Throne, no hay otra forma de que escuche a nuestra petición.

–¿Y la petición cuál es? ¿Quiere Star ser duquesa?

–No, no queremos hacerle nada a la familia ni forzar al ducado a cambiar de gobierno, sólo que nuestro padre se responsabilice de lo que ha hecho y sea juzgado por sus crímenes –mi mente se detuvo. ¿Crímenes? No, aún no quería saber eso.

–Pero tendría que dejar el poder de ser encontrado culpable.

–Sí, pero aún así no es Star la heredera, sino Sunrise.

–¿Y todo ese grupo está bien con eso?

–Sí, sólo queremos un líder justo. Si Sorsz puede serlo, lo aceptaremos.

–¿Y lady Leaf? ¿Qué opina ella de todo esto?

–Mi madre… –lo meditó un momento– ¿Te gustaría conocerla?

–Oh, no. No sé si sea seguro para ella, no quisiera que esté en peligro.

–No lo estará, y creo que entenderás mucho más de mí así. Ve a casa de Rock esta noche, di que dormirás allí, yo te voy a buscar.

–¿Seguro?

–Sí –me sonrió y, con un movimiento ágil, se levantó y alejó. Creí que iba a voltearse a decir algo, pero sólo se encaminó hacia el lugar del que había salido cuando me hubo asustado. Un instante más tarde me encontré solo otra vez.

Volví a la lectura, pero una pregunta me distraía: ¿por qué los espíritus no se habían agitado? Cada vez que me había tropezado con un hueso o que la búsqueda de un regalo de cumpleaños para Sorsz me había llevado a intentar apoderarme de una de sus espadas, habían comenzado a oírse fuertes pisadas y golpes de metal contra metal, acompañados de una agitación feroz que parecía que iba a aplastarme el corazón.

Pero a pesar de que Path había movido aquel cráneo, todo estaba tranquilo. ¿Habría sido porque no les temía? O tal vez su forma tan natural de tratarlos… O tal vez simplemente no había empezado aún. Decidí que era hora de partir.

Salí a la cocina y me quedé escondido bajo la mesa hasta que encontré el momento perfecto para salir y fingir que no había hecho nada raro. No permití que mi encuentro con Path me distrajera y completé mi día como si quisiera hacer llorar de alegría a mi madre.

En la noche Sorsz insistió en acompañarme a casa de Rock y no pude impedírselo. Algo sospechaba, pero nuestro cuñado pareció convencerlo con su actuación en cuanto llegamos. Luego de unos intercambios de palabras ácidas pero con sonrisas amables, mi hermano me llamó “bebé” imitando a madre, pellizcó mis mejillas, y se fue dejándome humillado. Por suerte nadie más que Rock estaba mirando y sus risas nunca eran muy hirientes.

–¿Quieres comer algo? –preguntó–. Si no cenaste aún, hazlo aquí.

–Ya lo hice –respondí extrañado.

–Bien. Path te buscará pronto, así que no salgas. Yo iré a la zona rebelde, tengo que…

–No me digas –interrumpí–, no me cuentes. No quiero saber.

–Como quieras, kelpie. En la mesa hay un poco de pan, carne, queso y una botella de vino. Llévate todo y déjalo allá. Bajo ningún motivo dejes que tu hermano te convenza de traerlo de regreso.

–¿No es de mala educación? –pregunté con cierta prudencia. Llevar comida a alguien que te invitaba era un gran insulto; casi escupirle en la cara a tu anfitrión que no pensabas que fuera capaz de recibirte con toda la dignidad que creías merecer.

–Sí, y se resistirá, así que demuéstrale todo lo terco que eres. Que se diviertan juntos entonces –sonrió–, adiós.

–Adiós.

–Adiós –dijo Path cuando Rock acababa de cerrar la puerta. Me giré sobresaltado y lo encontré allí, como si hubiese atravesado la pared–. Hola, ¿estás listo?

–Sí, vamos.

–Oh no, no así –me señaló–. Si vas vestido así tendremos problemas.

–¿Qué tiene de malo?

–¡Llamas mucho la atención! No queremos que grites que eres el hijo del duque.

–Pensé en eso y me puse la ropa más modesta que tengo. –Él rió.

–Bueno, menos mal que yo pienso mejor.

Path me llevó hacia una de las habitaciones de la casa de Rock y rebuscó en un gran mueble antiguo. Me hizo quitarme los zapatos, me dio unas botas de cuero mal trabajado y recibió mi camisa y saco. Luego me dio una camisola vieja con mangas que se ensanchaban un poco antes de alcanzar las muñecas y entonces se ajustaban con firmeza. Ambas prendas me quedaban largas pero ajustadas, indicando que sólo podía haber pertenecido al que era un poco más alto y más flaco que yo: Path.

–El pantalón puedes quedártelo, no se nota tanto –dijo cerrando las puertas del mueble y mirándome. Si mi madre me hubiera visto vestido así, habría llorado.

–Bueno, mejor. –Acomodé el cuello de la camisa y él agarró y miró una de mis manos.

–Sí, no le muestres tus manos a nadie; se nota mucho que no has trabajado nunca.

–Eres demasiado detallista –critiqué cruzándome de brazos–. Además tú lo dijiste hoy; podría ser un escriba, eso no lastimaría mis manos. –Path me miró con incredulidad y me mostró sus manos. Tenían algunos callos viejos y las uniones de sus uñas sangraban–. No me engañas, eso es porque seguro te las muerdes.

–Bueno, sí –admitió–, pero los callos y cicatrices no. No importa de qué trabajes, sólo un noble no tiene que cargar agua hasta su casa al menos una vez al día.

No discutí y él se dio por victorioso. No se me había ocurrido que alguien tendría que cargar agua, pero si cada casa hubiese tenido un pozo, la ciudad se habría desmoronado.

Path entró en la habitación contigua y reveló una puerta trampa tan bien escondida que uno no la habría visto si no estaba buscándola. Entró sin pensarlo dos veces y yo miré con detenimiento: estaba totalmente oscuro y salía de él un aire frío y húmedo que calaba los huesos. Path llegó al fondo y me llamó, pero recordé la comida que nos había dejado Rock y le dije que regresaría a buscarla. Lo oí protestar mucho más de lo que esperaba, pero aún así no me impidió hacerlo. Corrí a la cocina y regresé con rapidez, me resigné a bajar y comencé a seguir a Path sin seguir discutiendo. No veía su rostro en la oscuridad, pero el silencio que guardaba me indicó que estaba ofendido. No me extrañaba y no lo reproché.

Luego de varios minutos se detuvo ante una hendija por donde pasaba luz y se quedó observando por ella unos momentos, luego aflojó la madera, salió y me tendió una mano para ayudarme a salir. De inmediato me encontré completamente desorientado, ya que nuevamente estábamos en un lugar al que no había ido jamás.

Path volvió a acomodar la tabla y me instó a seguirlo. Me inquietaba hasta el terror tener que depender tanto de él, pero no tenía motivos para pensar que planeaba algo malo; al contrario, cuando lo había necesitado no había dudado en arriesgar su propia vida para ayudarme. Aún así mi mente estaba en alerta y no podía bajar la guardia.

Finalmente dejé de pensar en eso cuando las viejas botas que tenía casi me mataron y Path me regañó por no caminar bien. No me tardé en protestar, pero cierto era que llamaba demasiado la atención; a pesar de que era ya tarde y había muy poca gente en los pasillos, bastaba que sólo una persona nos reportara a los guardias para meternos en problemas.

Tardé en darme cuenta en dónde estábamos, pero al notarlo, me sentí un idiota porque era realmente obvio. A nuestro alrededor sólo había pasillos angostos, negocios con puertas desvencijadas, gente con expresiones vacías y guardias que iban de un lado a otro como si acaso pudiesen olfatear crimen: ésa era la zona más baja de Ars Vigil, la clase pobre.

El lugar se veía sucio y olía aún peor, como si algún borracho sin bañarse por varias lunaciones hubiese orinado por los rincones. El exceso de perfumes en algunas áreas sólo empeoraba la situación.

–Haz que no sea tan obvio que no eres de aquí –susurró Path.

–¿En serio tú vives entre todo esto?

–No, yo vivo en esta clase pero en el área siguiente.

–¿Y por qué pasamos por aquí?

–Hay muchos prostíbulos de ese lado y quienes más los usan son guardias, así que era peligroso llevarte por ahí.

–Es amable de tu parte –dije tapándome la boca y nariz con una mano. Path rió y aceleró el paso, pero yo me detuve. Mi hermano lo notó y regresó a apurarme.

–No lo mires así, eres muy evidente –me retó, pero era más fuerte que yo.

–¿Qué hace ahí?

–Duerme.

–¿Por qué no en su casa? –pregunté ingenuo.

–No tiene. –Aferró fuerte mi mano y apuró más aún su paso para salir de aquella plaza lo antes posible. Yo no podía dejar de mirar al hombre durmiendo en sus propios desechos.

–Hay una casa por cada gäélico –discutí citando a mi padre.

–Pero no un gäélico en cada casa –dijo Path con tristeza–, muchos no pueden pagar impuestos y las casas quedan vacías.

–Mi abuelo eliminó los impuestos en la zona pobre.

–Y Throne los creó de nuevo. No mires –volvió a repetir, pero esta vez con más urgencia, lo cual sólo tuvo el efecto contrario.

Dos guardias habían caminado hasta el hombre dormido y lo pateaban para despertarlo. Di un paso hacia ellos, pero Path jaló de mi mano y me sacó rápidamente de allí cuando la parte más violenta del encuentro comenzaba. Intenté liberarme, pero mi hermano se giró y me enfrentó.

–No puedes hacer nada –dijo como si no lo lamentara.

–Soy el hijo del duque, claro que puedo.

–No sin ponernos a nosotros dos en peligro.

–¡Pero ese hombre…!

–¡Se moverá a otra plaza que ya hayan revisado y dormirá unas horas hasta el cambio de guardia! ¡Olvídalo!

–¿Qué hacen escondidos aquí? –ladró una voz a mi espalda. Me volteé para encontrarme con un tercer hombre de mi padre. No lo conocía y eso significaba que él tampoco a mí–. ¿Qué tienes ahí? –me preguntó revisando con brutalidad lo que Rock me había dejado. Tomó la botella por el cuello y me dio un empujón–. ¡Largo! –Path tomó mi mano otra vez y nos alejamos. El guardia se volteó y caminó a la plaza, disfrutando su premio.

–Nos robó –dije consternado.

–Sólo el vino. Ése es conocido por siempre estar emborrachándose, así que era de esperarse. Hay otros que disfrutan de la violencia y golpean sin provocación. Hace tres días mataron a un vagabundo por excederse cuando lo corrían por estar durmiendo en la entrada de una casa.

–¡Eso es horrible!

–Y nadie va a intentar convencerte de lo contrario.

Seguimos caminando en silencio hasta llegar a un área indudablemente más tranquila. Todo estaba más limpio y no se sentía aquel fuerte olor, pero los pasillos seguían siendo angostos y las puertas y ventanas evidenciaban un paso del tiempo atroz. Aunque una llamó mi atención y fue justo donde nos detuvimos. La puerta de Path era vieja pero tenía flores y garabatos de distintos colores decorándola. La pintura estaba comenzando a saltarse de la madera, pero los amarillos, rojos, verdes y violetas seguían siendo una caricia al corazón entre tanta gris decadencia.

Entramos a una casa de una sola habitación de tres metros por tal vez siete u ocho. Al fondo había una única cama con un baúl, contra una pared un sofá, y, enfrente y más cercano a la mitad del lugar, una gran mesa de madera con telas blancas y retazos rosados ordenados de forma excesivamente cuidadosa. A su izquierda había un mueble alto con algunos estantes, y frente a la puerta una barra de madera de un metro por dos dividía la habitación a la mitad y se conectaba a una mesa contra la pared del fondo que seguramente era usada como mesada para lo que sólo pude interpretar que era la cocina.

Path me quitó la comida y dio la vuelta a la barra, sentándose del otro lado y tendiéndome un banco alto. Lo imité y él me miró casi con lástima.

–¿Estás bien? –preguntó.

–Sí, es sólo que… No puedo creer que pase esto. ¡En el castillo nadie sabe!

–Querido e ingenuo hermanito, Throne sabe. Es él quien manda a los guardias a “limpiar” las calles y eso no significa sólo sacar basura.

–Pero ¿qué mal hacen? Demasiada desgracia viven si no tienen siquiera un hogar.

–Yo comparto lo que piensas, pero Throne nunca mostró piedad. Nunca, con nadie.

–Me rehúso a creerlo. –Path me miró con ternura.

–Starling siempre dijo que eras muy duro y frío, con eso de que no gustabas compartir lo que sentías ni permitías que nadie te tocara –me sonrió–. Yo siempre le dije que es tonto esconder un escudo dentro de una armadura, las cosas duras se protegen solas; por lo que detrás de tu coraza sólo podía haber algo frágil y seguramente muy valioso como para que valga la pena protegerlo con tanto celo.

–¿De verdad crees eso?

–Sí. Ahora quisiera saber qué te hizo esconderte. Tú no conocías nada de esto, tú siempre tuviste una vida plena y cómoda en la nobleza. ¿De qué tenías que protegerte?

–No sé. –Jamás me había preguntado qué me había llevado a ser quien era.

–¿Qué te asusta? –inquirió. Dudé y sentí algo clavándose en mi garganta.

–No sé –respondí con mi voz quebrándose. Tosí para recuperar la compostura.

–¿Qué haría que no quisieras vivir más?

–Es que… no estoy vivo siquiera.

–¿Cómo podrías no estar vivo?

–No sé, siempre lo he pensado. Todos vivimos encerrados aquí, siguiendo rutinas y existiendo sólo por existir. Cuando me veo al espejo siento que he muerto hace mucho… No sé explicártelo, nunca se lo dije a nadie. Tú eres diferente, tú estás vivo. Tal vez por eso no puedas entenderlo. –Mi hermano se quedó pensativo–. Es como si todo fuese gris, como si la vida se hubiese ido de todos nosotros. ¡Pero no de ti! ¡Esos colores no te dejaron a ti! Dioses y arpías, ¡hasta hay colores en tu puerta!

–Sí, a mí me gusta vivir.

–¡¿Por qué?! ¡Este lugar es horrible y lo es cada día más! La zona noble me resultaba ya horrible y ahora veo cómo viven aquí y no puedo entender cómo puedes tolerarlo, cómo pudiste sobrevivirlo. –Path afirmó un par de veces con la cabeza y luego se levantó y caminó hasta mi lado.

–Te mostraré –dijo tomando mi mano y haciéndome bajar de la banqueta. Luego me llevó hacia el fondo de la casa, donde entre la mesa y la cama había un pequeño altar con flores y un trozo de corteza que rezaba “Leaf”. El corazón me dio un vuelco.

–Path…

–Mamá, éste es mi nuevo hermano, Reign –me miró–; Reign, mi madre, Leaf.

–Yo… Path, lo siento, no sabía.

–Está bien –sonrió triste–. Reign te llama “lady”, mamá –dijo a la pequeña placa fúnebre de madera y rió–. Él te agradaría mucho –agregó mientras apretaba con fuerza mi mano. Luego volvió a dirigirse a mí, llorando–. Mi madre fue la persona más alegre y determinada que jamás pisó la ciudad. Ella estaba viva, como tú dices, y compartía eso con todos sin distinción. Por eso un día al año ayunábamos y usábamos el dinero que ahorrábamos con eso para comprar pigmentos para la puerta. A los niños siempre les gustó verlas y les devolvía un poco la esperanza, porque traía algo de afuera. Les explicábamos todo sobre las flores y los ayudábamos a volver a creer que había un mundo maravilloso cruzando los muros.

–Pero es un mundo que nunca podrían alcanzar.

–Si está en tu interior, ya lo alcanzaste. Tal vez aquí falten flores, pero yo llevo flores en mi interior todos los días. Yo vivo con esos colores y esas esencias; yo soy eso y tú también lo eres, pero lo has olvidado. ¡Tienes que recordarlo! ¡Tienes que recordar esa vida que tienes, esa vida que eres! Si renuncias a eso estarás perdido; pero si te aferras a tus flores, ningún gris te podrá tocar. Tal vez no puedas impedir el invierno, pero tarde o temprano llegará la primavera. –Dejó de hablar y me miró con sus intensos ojos verdes. Suspiré al notar que no estaba respirando–. No puedes permitir que alguien con algo tan tonto como cuatro paredes te robe tu vida y mate tus flores.

–Pero ya ocurrió, Path. Soy lo que han hecho de mí y no puede una creación cambiar a su creador.

–¿No lo ves? Tú te has hecho a ti mismo excusándote con que fue cosa de alguien más, ¡y así te autorizas a no hacer nada por tu vida! Si has tenido un invierno interior muy largo es inevitable que veas tierra fría y yerma, pero hay semillas ahí.

–No guardo esperanzas para mí.

–Compartiremos las mías –dijo seguro con un asomo de sonrisa. Algunas lágrimas aún caían–, hasta que florezcas otra vez –extendió el brazo hacia atrás y tomó un trozo de tela de la mesa, que luego me tendió. No me había dado cuenta de que había comenzado a llorar–. Ya verás, podrás seguir mi ritmo, sólo mantente sonriendo.

–¿Y por qué no sigues tú mi ritmo?

–¿Y morir los dos? –Rió.

–No, pero… –Me encogí de hombros y me encerré en mi interior. De pronto sentía que ir allí había sido un gravísimo error.

Me senté en la cama y apreté los dientes. ¿Realmente era tan fácil? ¿Seguir sonriendo? ¿Nada más? Quería irme. Quería volver a casa y olvidarme de ese chico, olvidar cada encuentro que habíamos tenido y volver a tener la tranquilidad de creer que mi vida era algo que escapaba de mis manos. Una tranquilidad gris, angustiosa y miserable, pero tranquilidad después de todo.

Path debió adivinar mis pensamientos otra vez porque posó una mano en mi cabeza y cuando lo miré, me sonrió.

–No tengas miedo –dijo–. Sólo es sacrificar un poco de la comodidad, un poco de bienestar a corto plazo, para hacer algo que dure y embellezca el día a día por mucho tiempo. –Lo miré a los ojos en silencio. No se había equivocado al llamarse a sí mismo “un optimista”–. Hay varios niños en esta zona; siempre les alegró mucho vernos pintar y a veces nos ayudaban a hacerlo. Y créeme, no hay nada gris en el mundo entonces. Tal vez haya hambre, cansancio y tristeza; pero estamos todos vivos y estamos vivos juntos.

–¿De verdad es tan fácil? –pregunté con voz queda.

–No, no es nada fácil, pero lo vale, hermanito, te juro que lo vale –dijo arrodillado ante mí. Miré a la corteza con el nombre de Leaf y me pregunté qué clase de mujer habría sido para lograr criar un hijo así sola… y qué podría haber sido lo que la matara. ¿Qué hace que el Rey de los Muertos y la Muerte se lleve a alguien así? Miré a Path, él aún estaba atento a mí.

–¿Qué le ocurrió? –me animé. Él suspiró a la vez que esbozaba una mueca indecisa. Tal vez no debí haber preguntado, pero antes de retractarme, se levantó y se sentó a mi lado.

–Hace medio año mi madre había enfermado de gripe. Estuvo en cama dos días, pero cuando vio que no alcanzaba yo a terminar el encargo que nos habían hecho, se levantó y comenzó a trabajar conmigo. Le dije que no, pero lo hizo igual, decía sentirse peor si estaba quieta. Pasaron días y luego un par de fases y no mejoraba. Su tos seguía y siempre tenía fiebre, pero nada la hacía parar a descansar. El día que se desmayó decidí que no lo aguantaría más.

»Junté todo lo que habíamos ahorrado y lo que gané vendiendo algunas de mis cosas y fui a la zona media. Por algún motivo terminé frente a un boticario que creyó que estaba allí para robar… Bueno, para ser sincero, el agua, pasando el límite diario, es cara, y no me había bañado en días para ahorrar para la medicina que necesitaba mi madre, por lo que no es de extrañar que me mirara con malos ojos desde el primer momento.

»Llamó a un guardia y él me sacó de allí a golpes. Le dije que tenía permiso para estar en la zona media, pero prefirió no creerme y me arrojó por una escalera que daba a la zona baja. Cuando recuperé la consciencia me habían robado hasta las botas –se detuvo y se rascó la nuca, recordando algo que tal vez había querido olvidar–. Lloré en un rincón hasta que no pude más; no quería volver a casa y que mi madre me viera así. Y ahí fue cuando se me ocurrió…

»Sabía que Throne era mi padre desde hacía un tiempo, pero no me había interesado jamás ir a verlo. No sabía que tenía hermanos, no me interesaba saber. Mi madre y yo siempre habíamos podido solos, pero en ese momento la humillación me importó poco, así que busqué ropa en casa de un amigo y fui. Necesitaba su ayuda y como muy grave me diría que no. Bueno, eso creí. Se rió en mi cara y me echó a sus hombres encima. Apenas escapé vivo. Mi madre murió dos días después –finalizó como si ya no soportara hablar más de eso.

–Lo siento –susurré.

Path comenzó a dejar caer lágrimas otra vez y sus ojos se llenaron de apatía. Me desesperé al no saber qué hacer, o si siquiera tendría que hacer algo en una situación así. ¿Por qué no estaba allí Star? Ella con un abrazo y una canción de su dulce voz habría resuelto todo. ¿Debía abrazarlo? Él me miró y sonrió radiante. Se levantó, estiró, besó mi frente y preparó el sofá para dormir en él. Mi asombro por tal reacción me impidió moverme y me limité a mirarlo ir y venir.

–Tú dormirás en la cama, el sofá no te resultará cómodo.

–Los besos también me incomodan, pero eso no te detiene.

–Bueno, no –rió–, pero somos sureños y se supone que besar y abrazar a nuestros familiares y seres queridos es parte de nuestra cultura.

–Aún así no me gusta.

–Te gustará porque no voy a dejar de ser yo –dijo con una estúpida expresión de alegría, luego se acostó y se cubrió con una manta–. Buenas noches –dijo dándole un manotazo a la pared para apagar los hechizos de luz.

Me quedé a oscuras con excepción de la luz de los pasillos, que entraba atenuada por la cortina. En el castillo todas las luces se apagaban excepto aquellas en los accesos, que eran vigilados a toda hora. En la zona pobre no era de extrañar que se mantuviesen encendidas; sería imposible tener suficiente gente a custodiar los pasillos y ya había aprendido que a veces el peligro eran los mismos guardias.

Me quité las incómodas botas de Path y me acosté. No podía dejar de pensar que tal vez si hubiese detenido la golpiza de aquel día y tendido mi mano a aquel chico sucio y desesperado, le habría cambiado la vida. Yo no tenía oro, pero sí poder, y tal vez con mi influencia, Leaf no hubiese muerto y Path todavía tendría su tranquila y feliz vida junto a ella.

Mi padre me hubiese odiado, repudiado sin duda, pero podría haber vivido allí con mi medio hermano y su madre; y quién sabe, tal vez hubiese resultado que sería feliz. Path era feliz; sonreía a pesar del dolor, me besaba aunque podría haber querido matarme. ¿Cómo habría sido él cuando Leaf aún vivía? Dos sonrisas constantes, pintando flores en la puerta y alegrando vidas allí donde estuvieran…

¿Por qué? ¿Por qué a mi padre no le había importado matar eso? ¿Qué tan cruel tenía que ser? ¿Qué tan cruel podía llegar a ser?

Apreté los puños y lloré, pero por primera vez en lo que recordaba haber vivido, no fue por mí. Me cubrí los ojos con el antebrazo y mordí con fuerza para evitar que el sollozo me delatara, pero casi de inmediato, Path tomó una de mis manos.

¿Cómo podía tener un gesto así? ¿Cómo podía no odiarme? Cualquiera me hubiese deseado el peor mal existente, pero él era tan amable y su cariño tan auténtico que sólo hacía que me sintiera más culpable aún.

¿Por qué? ¿Por qué no pude ayudarlo cuando me necesitó? ¿Por qué tenía que ser tan egocéntrico?

–Gracias –susurró Path e instintivamente aferré con fuerza la mano que sujetaba la mía. La culpa y el dolor aumentaron mil veces y tuve que girarme para que la almohada me ahogara.

Tal vez ése fuese mi castigo. Tal vez mientras más me doliese en ese momento, antes superaría la muerte de aquella mujer que no conocía. Me animé a mirar a Path, quien estaba atento a mí y, de algún modo, no lloraba. Al contrario, me sonrió y liberó su mano para despeinarme.

–No es tu culpa, no creas que sí –me acarició la cabeza–. Por favor.

Sí, Rock había tenido razón: ese joven de los brillantes ojos verde manzana veía a través de las cosas y había visto a través de mí. Qué vería no me preocupaba, Path nunca podría ser un juez más cruel que el que yo había sido toda mi vida conmigo mismo.

—————————-

Capítulo siguiente: https://lacatedraldelassilfides.wordpress.com/2016/03/14/revolucion-reign-principe-capitulo-4/

Advertisements

2 thoughts on “Revolución Reign: Príncipe – Capítulo 3

  1. Pingback: Revolución Reign: Príncipe – Capítulo 2 | La Catedral de las Sílfides

  2. Pingback: Revolución Reign: Príncipe – Capítulo 4 | La Catedral de las Sílfides

Leave a Reply

Fill in your details below or click an icon to log in:

WordPress.com Logo

You are commenting using your WordPress.com account. Log Out / Change )

Twitter picture

You are commenting using your Twitter account. Log Out / Change )

Facebook photo

You are commenting using your Facebook account. Log Out / Change )

Google+ photo

You are commenting using your Google+ account. Log Out / Change )

Connecting to %s