La Catedral de las Sílfides

Ven a oír las historias del viento

Revolución Reign: Príncipe – Capítulo 1

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Saludos queridos lectores, comienzo a compartir los primeros siete capítulos de mi novela, “Revolución Reign” en celebración de que pronto estará ya disponible en librerías de todo país de habla hispana (cuando esté listo haré una entrada explicando cómo se puede conseguir).

Estos siete capítulos son de muestra, para que vean si la historia los engancha y atrapa. Siéntanse libres de dejarme comentarios o preguntas.

Muchas gracias por el apoyo de siempre. ¡Que disfruten la lectura!

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¿Cuántas veces he sentido esto ya?

Bufé sonoramente ante uno de los farseers de mi padre que me sermoneaba y eso lo hizo parar. Tal vez mi padre lo tuviese en alta estima, pero eso no le daba autoridad para hablarme así. El título de farseer indicaba que en presencia era casi como él, pero casi, y eso era algo que ni él ni sus compañeros parecían entender.

–Me decepciona, lord Reign –dijo con su típica cara de asco. ¿Cómo era su nombre?

Siguió hablando pero lo ignoré; no le permitiría a un sirviente decirme qué hacer o cómo vivir. Azoté la puerta para que no me siguiera y caminé mezclándome entre la multitud; o al menos intentándolo, ya que la gente, por respeto a mi autoridad o por miedo a mi persona, me evitaba. Ahí por donde fuera, mi presencia dejaba una estela que era fácil de seguir. Siempre era igual.

Llegué al jardín y me senté en las escaleras. Allí no solía haber farseers y los guardias no se sobrepasaban conmigo. Respiré profundo y miré al cielo unos segundos, pero abandoné rápidamente la idea. Lo odiaba profundamente. El jardín era uno de los pocos lugares en los que podía estar solo, pero el aplastante techo celeste me enfurecía.

Mi ciudad se llamaba Ars Vigil y no envidiaba nada a una cárcel: no tenía ventanas al mundo exterior y las puertas no eran más que un cuento para asustar a los niños. Sí veíamos el exterior, pero sólo en los jardines, donde un pequeño trozo de cielo asomaba entre los muros. Todos se mostraban agradecidos con esos sitios sin nunca notar que aquel era un eterno recordatorio que estábamos atrapados, que toda la vida que llegaría a nosotros era lo que pudiésemos meter allí adentro.

El ducado, Gäel, había sido tiempo atrás abandonado por nuestro rey, de quien no sabíamos nada. Los dioses se habían ido, con excepción del Rey de los Muertos y la Muerte; y el exterior ya no intentaba volver a entrar. Los dioses, la vida y el rey. Estábamos solos.

Por eso odiaba el jardín, pero por eso iba. Allí se podía respirar y volver a sentir que uno vivía, disfrutar el instante de luz, aire y naturaleza. Era casi como estar en un tiempo mejor, aunque no era posible olvidar del todo que uno aún estaba dentro de una ciudad rutinaria, pesada y gris.

Y entre todo eso estaba yo: imponente ante la rutina y con un alma tan pesada que tenía que arrastrarla cada vez que me movía para evitar perderla. Gris entre los grises, muerto entre los muertos. Odiaba a quienes amaban el jardín y yo lo amaba, odiándome así por sobre todas las cosas.

Los grandes héroes del pasado, a quienes yo admiraba, solían afirmar en sus discursos que en ellos no había nada especial, que simplemente eran quienes se habían levantado contra lo que estaba mal para luchar por un mundo mejor. Según ellos, un héroe existía en cada uno de nosotros y se mostraba cuando uno estaba dispuesto a hacer lo correcto.

Pero no era más que teoría. En la vida de mis libros de historia jamás llegó ese héroe a Ars Vigil; ellos sólo existían en los cuentos que se narraban a los niños y que comentaban los hombres cuando se habían embriagado lo suficiente.

Muchas veces me había soñado en grandes batallas, donde el mundo se movía siguiendo a ese héroe de corazón resoluto. Todos los hombres que lo seguíamos añorábamos libertad y sabíamos que nuestras vidas bien valían sacrificadas por un ideal, aún si no conseguíamos nada, aún si aquella lucha sólo era para demostrar que no nos rendiríamos; que aunque la muerte estuviese asegurada, la preferiríamos antes de someternos obedientemente a lo que estaba mal.

Pero sólo eran sueños.

Cada vez despertaba con la sensación de caos y victoria, de muerte y renacimiento. Salía de la cama de un salto y trastabillaba fuera de mi habitación, sólo para observar a la gente ir y venir por los pasillos en sus miserables vidas. La desesperación me desgarraba, y a veces gritaba, a veces hasta lloraba, antes de por completo despertar y olvidar las aventuras en las que había estado y resignarme a que no vivía rodeado de los más grandes personajes que habían pisado el mundo, ni nunca lo haría. Alejaba a los sirvientes de mí volviendo a esconderme tras la máscara que se había hecho pasar por mi rostro durante tanto tiempo y así mi vida continuaba.

Yo no era más que un cadáver reanimado por el poder de la rutina, por el impulso de seguir haciendo, día tras día, lo que todos hacían, lo que siempre todos habíamos hecho y lo que se supone que debíamos seguir haciendo hasta nuestra muerte. Rebelarse contra eso y buscar una vida nueva era estúpido y descabellado. Al fin y al cabo, con una vida tan perfecta, siendo noble, teniendo todo lo que se me podía ocurrir tener, ¿por qué querría cambiar algo? Tal vez me moviera el día que encontrara la respuesta, pero hasta entonces no planeaba para mi vida nada más que un lento andar hacia su final.

Revolvieron mi cabello y me aparté sobresaltado mientras mi hermano mayor pasaba a mi lado con su ánimo absurdo de siempre. Él no estaba vivo, nadie lo estaba, pero fingía que sí y eso me hacía rabiar. Nunca dejaba de sonreír y ponía demasiado esfuerzo en ser optimista.

Llegó al jardín y comenzó con su acto de siempre: ejercicios de precalentamiento para llamar la atención y luego peleas con su espada contra un enemigo imaginario. Un grupo de mujeres tan descerebradas como él cayó a sus pies, desarmándose en halagos idiotas, compitiendo por atraer su atención para compartir una noche de intimidad con su hombría. No era un secreto que para él había una mujer para cada noche del año, pero ellas parecían dispuestas a renunciar a su dignidad por él. Nuestro padre no lo había forzado a un compromiso aún por lo que disfrutaba de su libertad más de lo que un noble debiera. Cumpliría pronto treinta años y no parecía que fuese a dejar de ser tan inmaduro.

Dejé escapar un suspiro de consternación. No había en la sangre de Sorsz una gota de similitud con la mía, no entendía cómo eso y yo podíamos haber sido engendrados del mismo modo por el mismo par de personas.

–Reign –me llamó acercándose–. Ven, entrena conmigo.

–No.

–Ven, una chica está interesada en ti.

–No me importa.

–Claro que sí, ya llevas una lunación siendo un hombre. Vamos, deja al niño atrás y acepta tu destino como el atractivo noble que eres. –Bufé exasperado y me levanté.

Siempre hacía lo mismo, siempre gustaba de ridiculizarme y lo que más me molestaba era que ingenuamente yo había creído que ahora que tenía veintidós ya no lo haría.

Comencé a subir las escaleras, pero Sorsz me detuvo agarrándome el pie a través de las rejas de la barandilla.

–Ven aquí, mini héroe, eres un hombre y debes comenzar a comportarte como tal. Ya eres mayor de edad y eso significa que comenzarás pronto a involucrarte en actividades sociales. Sería bueno para ti si comienzas ahora, conmigo, sin presiones, en vez de en una celebración con padre respirándote en el cuello.

–No voy a ir a ninguna celebración, nunca.

–Fue inteligente eso de que como regalo de cumpleaños te dieran el día libre justo en la celebración del equinoccio, pero no vas a poder hacerlo siempre.

–Obsérvame.

–Reign…

–Escucha esto –ladré enojado–: nacemos solos y moriremos solos, así que no puedes culparme por querer vivir mi vida del mismo modo: ¡solo! –Me solté de su presa agitando el pie violentamente y subí pisando fuerte.

Mi hermanita más chica, Northern, estuvo a punto de saludarme al cruzarnos en el camino, pero mi expresión debió desalentarla. Ella siempre buscaba no molestar a nadie y esa costumbre suya era un alivio.

Llegué arriba y miré atrás. Mis hermanos, ambos con su cabello negro, se habían unido en una demostración a las admiradoras de Sorsz. Mi hermano era atractivo y elegante; exudaba sexualidad y hombría. Tenía un cuerpo prolijo y fuerte, además de atrapantes ojos grises y una sonrisa llena de confianza. Northern tenía apenas quince años, pero justamente el no ser más que una niña le daba un aire de ternura difícil de ignorar. Era cálida y alegre, siempre sabía cuándo hablar y qué decir y eso la hacía hacer amigos allí donde estuviese.

Resoplé y me aparté; podía encontrar un mejor lugar en el que estar solo. El castillo a veces me resultaba chico y asfixiante, pero siempre había algún rincón vacío en el que esconderme. Si no, en los días de mayor actividad, me entretenía paseando por la zona alta, incomodando a la nobleza con mi presencia, o en la media, donde vivía mi cuñado. Él era una persona que había logrado agradarme por el simple hecho de que nuestra relación era bajo mis reglas: dejándome en paz cuando necesitaba silencio, bromeando cuando estaba yo de buen humor, y compartiendo conmigo lo justo y necesario como para dejarme conocerlo sin encontrarle algo que me hiciese odiarlo.

Decidí ir a su casa, sabiendo que allí podría leer, dormir, comer algo y volver al castillo cuando quisiera sin que mi madre se pusiese histérica por no tenerme cerca. Empujé a los guardias que custodiaban el paso de una clase social a otra y no intentaron detenerme. Era bien conocido mi linaje y más aún mi mal carácter, por lo que todos buscaban no irritarme a no ser que fuese estrictamente necesario.

Doblé la esquina donde estaba aquella panadería que me gustaba y me detuve. Al final del pasillo estaba aquel joven rubio otra vez. Parecía como si acaso quisiera que lo encontrase sin importar dónde estuviera o hacia dónde mirara. Contuve la respiración mientras se acercaba, pero en ningún momento su atención se posó en mí, lo que hizo obvio que me ignoraba adrede porque no era posible que no me viera. Finalmente pasó de largo y pude volver a respirar; cuando me volteé, ya no estaba.

Ese chico me alteraba los nervios: su ropa desgastada lo señalaba como alguien disonante en la comunidad noble y hasta en la parte alta de la clase media; tampoco parecía servir a nadie, pero aún así se movía como si tuviera impunidad para andar por donde quisiera.

Pero lo peor eran sus ojos. Ese par de estrellas verde manzana parecían ver a través de los huesos y las pocas veces que se habían posado en los míos me hacían sentir el alma atravesada por un relámpago.

Un escalofrío me hirió el cuello y me obligué a avanzar como si nada hubiese ocurrido. Ansiaba olvidar la existencia de ese joven, pero seguía apareciéndose, y cuando no en persona, en mis sueños, recordándome algo que olvidaba al despertar.

–¿Dónde te habías metido? –me gritaron a mi espalda. Me volteé con el corazón en la boca y por primera vez en mi vida me alivió ver que sólo era mi madre. No contenta con sólo gritarme, me sujetó violentamente del brazo como si fuese yo un criminal en fuga.

–Estaba aquí –me defendí.

–Sabes que no quiero que te apartes de mí. No te permito crecer tan rápido.

–No he cambiado, madre.

Con todos era igual, pero yo fallaba en ver la diferencia que había con el yo de una lunación atrás. Mi madre me acercó y me besó la mejilla con tanta rudeza que me dolió, agarrándome luego violentamente de la muñeca y arrastrándome de regreso al castillo. Hubiera llorado; me imaginé haciéndolo, pataleando, gritando y golpeando todo a mi alrededor, pero la espontaneidad infantil hacía mucho me había dejado.

Hace algunos años llegué, de una forma que ignoro, a una zona desconocida. Un par de adornadas puertas dejaba pasar una extrañísima luz dorada por sus hendijas. Esa luz me gritaba que abriese y mirase. Sentí el brillo vivo en mis ojos y me atreví a extender la mano hacia aquel misterio, pero me detuvieron. Un sujeto enorme me agarró y aunque me resistí, nada pude hacer con mi pequeño y débil cuerpo ante aquel monstruo entrenado. Me arrastró de regreso al salón y mi madre me dio la peor golpiza correctiva de mi vida, mientras que mi padre puso guardias a seguirme por lunaciones.

Aquella puerta fue lo más cerca que jamás estuve de ver un atardecer, uno de esos momentos de leyenda que ocurren una vez al día, que, de no ser por esa experiencia, habría dudado que fuesen algo más que delirios de los escritores de antaño.

Desde aquel entonces mis permisos habían disminuido y a mi madre le aterraba no saber dónde estaba a todo momento. A pesar de los años el miedo no la abandonaba, aunque mi padre me había quitado ya a los guardias, seguramente tan hartos de mí como yo de ellos.

Había muchas veces buscado esas puertas y siempre había resultado inútil; no sólo Ars Vigil era inmenso y laberíntico, sino que siempre tenía un par de ojos encima, ya sea de los guardias o de algún noble chismoso que le fascinaba inmiscuirse en mis asuntos.

De todos modos dudaba atreverme a abrirlas en caso de encontrarlas otra vez. Había perdido mi oportunidad y terminado convirtiéndome en un preso que odiaba su cárcel con la misma intensidad con la que temía dejarla.

–Buenos días, Reign –me saludó Rock mientras se ajustaba la cinta negra que ceñía su cabello color mostaza sin dejar de sonreírme. Me pregunté cómo lo hacía; en sus ojos amarronados había un poco de aquel brillo a pesar de su vida de clase media, a pesar de los malos tratos de los nobles que lo miraban por sobre sus hombros, a pesar de Gäel y nuestras vidas bajo techo.

–Buenos días, Rock.

–Te afiné el piano –dijo con un gesto amable.

–Gracias. –Esa cosa me odiaba tanto como yo a ella.

–Toca algo hijo –insistió mi madre a distancia con un tono de voz relajado e increíblemente dulce. Aquel sofá en el que se echaba tenía algo que calmaba el fiero cerbero que vivía en su interior.

Me senté y obedecí. De chico había sido instruido tan severamente en ese arte que no me resultaba artístico en absoluto. Tocar el piano y martillar eran lo mismo para mí, sólo que mis manos de noble no tenían permitido agarrar un martillo y sí estaban obligadas a mantenerse a diario cerca de las teclas que me recordaban a barrotes. Toqué desapasionadamente por unos cuantos minutos mientras en mi mente se sumergía en la nada.

Ars Vigil tenía tres zonas bien marcadas aparte del castillo: la alta, donde vivía la nobleza, siempre bien iluminada, de piedra blanca y pulida, con pasillos amplios, gente de andar elegante y ropas costosas; un lugar donde difícilmente alguien supiera lo que significaba trabajar y vivir sin que alguien atienda todos tus caprichos; la media, con mucha más gente que se mantenía siempre ocupada, las paredes igual de limpias y los caminos más estrechos y llenos de negocios de rubros increíblemente variados, músicos molestándote lo suficiente como para que sueltes una conquista y los hagas callar, y una inmensa variedad de mujeres sin decoro alguno dispuestas a satisfacer a quien estuviese lo suficientemente desesperado y tuviese el oro suficiente; y la parte baja, la cual jamás había pisado y menos aún pensado en visitar. Allí vivía la gente “pobre, sucia y sin esperanza que no puede ser salvada de sí misma”, en palabras de mi madre. Mi padre seguramente opinaba igual, pero hubiese quedado mal que él lo dijera en voz alta. Trabajadores, para resumir.

Los pobres fabrican, los de clase media venden, los nobles compran. Es toda la conexión que hay entre unos y otros. Alguien de clase baja jamás subía, alguien noble jamás bajaba, sólo la clase media se movía con libertad entre los pocos y muy custodiados pasillos que conectaban las tres zonas de Ars Vigil. En realidad, es válido mencionar que un noble podía bajar si quería, tal vez para comprar por su propia cuenta en vez de utilizar a un criado, pero, sinceramente, ¿quién lo hubiera hecho? Si tenías dinero o un título, siempre alguien haría lo que tú necesitaras por ti.

Sin embargo, para la clase media subir era más dificultoso: necesitabas un permiso y ropa decente para esquivar a los guardias y no había forma de burlarlos, ya que siempre vigilaban, siempre estaban alerta. Además, no existían esas famosas “puertas traseras” por las que escabullirte de las que hablaban en sus diarios los que alguna vez fueron libres. Aquí sólo hay tres caminos para verte cara a cara con un noble: tener permiso, tener una citación o ser una prostituta costosa; y pagarás muy caro si intentas algo diferente.

Siempre he pensado que esa puerta a la libertad se encontraba en la zona alta, porque llegué a ella sin tener registro de haber cambiado de área, pero podría no ser así. Por allí entraban provisiones y la materia prima de la que vive la ciudad: hilos, telas, lanas. Sería normal que aquello accediese a través de la zona media, donde los que tenían dinero podrían comprar y trabajar; aunque el trabajo de fabricar ropa, tapicería y demás era llevado a cabo en su mayoría en la zona baja.

Terminé la canción de forma improvisada para disimular los errores que había cometido por divagar; los presentes me aplaudieron y Rock, conforme con su trabajo, se retiró en compañía de la mayor de mis hermanas, Starling. Habían sido amigos desde niños y ella lo eligió como futuro marido a una edad en la que la mayoría de las damas no piensan siquiera en conseguirse un novio; pero aún así se les tenía prohibido expresarse cariño y, muy respetuosos ellos de las órdenes de padre, apenas se tomaban de la mano. No era extraño, ni siquiera estaba mal visto, pero padre no era capaz de aceptar que su hija mayor ya no era una niña. Para él, ella seguía jugando con muñecas de porcelana, siendo cuidada por una niñera y aplaudiendo ante espectáculos de sombras y marionetas. Sonreí preguntándome qué ocurriría si él los descubriera manteniendo relaciones alguna vez, como me había ocurrido tiempo atrás.

Si para mí fue ciertamente un impacto, mi padre sufriría un colapso cardíaco y moriría allí mismo, pero descarté la alegría que me proporcionaba la idea cuando me di cuenta que era más probable que quien muriera en consecuencia, fuese el buen Rock.

Yo siempre había sido de pocos amigos, siempre me había gustado ser así, pero Rock y Star eran como padres postizos, de esos a los que realmente se aprecia por sus trabajosos esfuerzos de comunicarse y tener una relación agradable con uno. Ellos dos eran las únicas personas a las que genuinamente les deseaba una larga vida.

–Toca otra, hijo –insistió mi madre trayéndome a la realidad.

–Madre, estoy cansado, ¿puedo retirarme?

–No rechaces un pedido de tu madre. Toca y luego puedes irte.

Suspiré resignado y, en cuanto me dispuse a tocar, la puerta se abrió y entró el mensajero de feos dientes con el cual mi madre engañaba a mi padre. Había considerado delatarla, pero no era mi trabajo hacerlo así como no era mi trabajo usar martillos.

El hombre hablaba escandaloso con ella así que me ahorré tocar, pero no me atreví a ponerme de pie y salir. No porque me significara nada que me regañaran, sino por las acusadoras y horribles miradas de quienes estaban en el salón viendo el espectáculo, que solían durar días. Para peor, los nobles, aunque bien educados al saludar y conversar, aman apuñalarse por las espaldas y cada reto por parte de mi madre se esparcía como una historia excelente y me acosaba aún hasta cuando ya había olvidado qué había hecho.

–Qué masculino se ve hoy, joven lord. Su cabello parece más oscuro con esta luz –dijo con ese tono de voz irritante.

En mi familia todas las mujeres tuvieron siempre el cabello gris y todos los hombres el cabello negro. Excepto yo. Mi cabello era como el de Star y me daba tantos problemas y hacía víctima de tantos prejuicios como veces en mi vida había parpadeado. Al parecer, mi cabello gris indicaba que, aunque no fuera como una chica, tendría los gustos de una. Para empeorarlo, Northern había nacido con el cabello negro, como si me hubiese arrebatado la hombría que me correspondía.

Azoté mi cabeza contra el piano y mi madre me ordenó que saliera al igual que a los sirvientes, seguramente para tener más intimidad con el mensajero. Me puse de pie rápidamente para no darle la opción de arrepentirse y escapé a toda prisa.

Alcancé a mi hermana y cuñado y él me autorizó a quedarme en su casa, aunque por primera vez noté cierta reserva en su voz. Star removió mi cabello con ansiedad con sus largos y delicados dedos mientras su perfecto rostro buscaba qué expresión hacer.

–Estás tan atractivo, cariño –sonrió y me acarició ambas mejillas con los pulgares–. Estás creciendo muy rápido.

–No he cambiado nada –respondí por millonésima vez.

–Ven con nosotros al teatro, lo pasaremos bien los tres.

–Sabes que odio el teatro.

–Sólo odias la gente que nos rodea cuando entramos –indicó con una astucia de la que no la creía capaz mientras me tocaba la punta de la nariz–. Una vez allí, lo disfrutarás. ¿Sí, hermanito? ¿Nos regalarías un momento para estar contigo?

Suspiré y acepté mi derrota. Ella me abrazó cuidando de que fuese un cariño tan sutil que no renegase de él y me obligó a caminar de la mano con ella.

Allí nos dieron una cálida bienvenida, ya que como hijos de la persona más rica y poderosa en Ars Vigil, siempre era buena publicidad tenernos rondando. Un grupo de nobles desesperados de acercarse un poco más al poder nos atormentó como yo sabía que ocurriría. Cuando no tienes vida tienes que vivir de la de otros.

Nos sentamos en la primera fila, tan cerca de la salida como se podía. No me quejé porque a pesar de lo fácil que fue anticiparse al futuro dolor de cuello, me alegraba la idea de estar junto al pasillo. No tenía a nadie a mi izquierda que fingiera interesarse en tener una amistad conmigo, y a mi derecha Star no hablaría, disfrutaba tanto el teatro que su pequeña mente se abstraía por completo, olvidándose de todo. Siempre la había alentado a que actuara, era notorio su amor por el escenario, pero padre consideraba que aquel era un trabajo de inútiles, gente que sólo sobrevive gracias al aburrimiento de la nobleza y que de no ser por eso, sólo les quedaría la opción de mendigar.

Me incliné hacia adelante y noté a Rock sujetando la mano de Star con fuerza. Él era su otro sueño frustrado por padre y supuse que eso lo hacía simpatizar con el teatro como si fuese un buen amigo con quien podía darse palmaditas de compasión en la espalda.

La aburrida obra resultó ser un fiel reflejo de la vida del fracasado del guionista a quien conocía bien por lloriquear arrastrándose tras la nobleza, buscando dinero que cayera de sus manos por compasión para así pagar sus obras. Casi podía ver cómo aquel hombre escuálido, envejecido antes de tiempo por el abandono de su mujer, lloraba sobre los borradores de su patético trabajo. Aquella persona prefería morir antes de escribir un final feliz por lo que fue fácil anticiparse a lo que ocurriría sobre el escenario.

Pasado un buen rato me harté de fingir que estar ahí me interesaba. Ya ni siquiera sabía cómo sentarme. Y en eso, sentí que mi alma se sacudía. Tosí esperando que nadie me hubiese visto colapsar tan horriblemente sin motivo, pero entonces mis ojos se encontraron con el culpable y entendí qué pasaba: ese joven de ojos verdes estaba allí, mirándome desde un costado del escenario, casi escondido por la pesada cortina.

Maldije al primer dios que vino a mi mente: verlo dos veces el mismo día era una desgracia. Debió notar mi horror porque lo vi reírse. Clavé mis ojos en los suyos. Ese malnacido sabía lo que me ocasionaba y estaba disfrutando con mi sufrimiento.

Furioso y decidido a aplastarlo de una vez, me puse de pie y eso lo asustó. Desapareció tras la cortina y me apuré a darle caza: debía atraparlo antes que la obra terminara y se reactivaran los hechizos de luz o mi desaparición llamaría la atención.

Nunca había estado tras el escenario por lo que me costó evitar chocar con todo lo que había, pero luego de un minuto logré llegar a un área iluminada llena de ropa y disfraces extravagantes. Allí un joven de pelo negro cosía distraídamente un adorno de encaje a un vestido ya demasiado lleno de detalles.

–¿No has visto pasar a un chico rubio? –le pregunté.

–Por allá. –Señaló sin voltear a verme, pero girando su cabeza lo suficiente como para tener un vistazo fugaz de la intensa luz verde manzana que emanaban sus ojos. Me acerqué y le quité la peluca de un violento manotazo–. ¡Hey! –exclamó frotándose la cabeza–. Te llevaste un poco de mí con eso.

–¿Quién eres y por qué estás siguiéndome?

–Yo no estoy siguiéndote –dijo despreocupadamente mientras volvía su atención al vestido. Lo giré con brusquedad y empujé para acorralarlo contra la mesa.

–No intentes siquiera mentirme. –Él me miró preocupado y luego alzó la vista, abriendo mucho los ojos.

–¡Star! –exclamó mirando a mi espalda. Me volteé deprisa, pero allí no había nadie. Era impensable que mi hermana se hubiese levantado de su asiento sin que la obra alcanzara su final. Volví la vista, pero el chico ya no estaba. Qué estúpido de mí.

Corrí hacia una puerta que estaba ya cerrándose y lo vi alejándose al final del pasillo. Avancé a toda velocidad, pero él era mucho más delgado y ligero que yo, y me sacaba ventaja casi sin esforzarse.

Doblé un par de veces por los pasillos hasta que de algún modo volví a la parte trasera del escenario. En la oscuridad pisé algo cilíndrico y caí torpemente, golpeando varias cosas en mi camino al piso. Gateé y me puse de pie, avergonzado; ya no quedaba ni rastro del chico.

Encontré un corte en mi mano que sangraba, haciéndome aceptar mi derrota. Me quité mi chaleco intentando no mancharlo y lo colgué sobre mi antebrazo para esconder la herida de las miradas atentas que sabría que recibiría al salir del teatro. Por suerte, apurando el paso logré escabullirme en primer lugar y ahorrarme los problemas.

Mientras caminaba consideré mis opciones: podía pedir agua en la cocina para lavarme, pero entonces demasiada gente me vería; podía ir al baño, pero lo compartía con mis hermanos, por lo que era probable que me encontraran o vieran sangre si no tenía cuidado y no quería arriesgarme a un interrogatorio que destrozara mi paciencia y acabara haciéndome confesar mi torpeza…

La única opción que me quedaba entonces era ir directo a mi habitación, donde podría esconderme hasta la cena y buscar la forma de limpiarme, y así lo hice. Usualmente me dejaban una fuente con agua para que pudiese lavarme la cara por las mañanas sin tener que ir al baño, tal vez aún estuviese ahí. Gruñí. No debería haber ido al teatro y no volvería a ir. Todo por culpa de ese guionista horrible que no sabía cómo mantener a la gente en su asiento. Abrí mi puerta y me paralicé.

–Hey –saludó el chico rubio desde mi cama. ¿Cómo había entrado? ¿Cómo había llegado antes que yo? ¿No le bastaba acaso con invadir mi alma, tenía que también hacerlo con mi habitación? Cerré la puerta tras de mí y me esforcé en no mirarlo. No me animaba a echarlo–. Traje vendas –dijo alzándolas para que las viera. ¿Se sentía culpable? ¿Era eso lo que lo había hecho dudar sobre escapar o volver? Pero había escapado, ¿por qué ahora regresaba?

Lo ignoré y me moví como si no estuviera. Lavé mi mano en la fuente que, para mi fortuna, aún estaba ahí, y dejé mi chaleco sobre la cama. Luego me senté mientras examinaba la gravedad de mi herida. El muchacho no hablaba, pero me seguía con atención. “¡Lárgate!” ladré en mi mente. ¿Por qué no podía gritárselo? No me habría costado nada con nadie más, pero este chico… Lo miré fugazmente y me vio, aún tenía sus ojos en mí.

¿Qué tenía? ¿Por qué me intimidaba tanto?

Finalmente se acercó y se sentó a mi lado. Tensé los músculos de mi abdomen como si fuese a darme una puñalada, pero no hizo nada más que mirar mi herida conmigo.

–Necesitas puntos –dijo pensativo–. Puedo coserte si quieres –propuso como si no fuese la gran cosa. Aparté la mano abruptamente–. O sólo vendarte si te asustan las agujas. –Me tendió la mano para que le diese la mía. Obedecí esperando que el terror que me generaba no se me notara en el rostro.

–No me asustan las agujas –protesté ofendido.

–¿Puedo coserte entonces? Cicatrizará mejor y más rápido.

–Haz lo que quieras –giré la cabeza con desinterés y me mordí la lengua. Odiaba las agujas casi tanto como a mi imposibilidad de patearlo fuera de mi habitación.

El chico salió y me desinflé en un suspiro. Giré los hombros y la cabeza, y doblé y estiré los dedos de la mano sana. Y de pronto, me acordé.

Tres o cuatro lunaciones antes estaba leyendo en el salón de té de la familia. Usualmente el castillo era tranquilo, pero ese día había oído gritos en el pasillo. Intenté ignorar el escándalo, pero no me dejaba leer y ciertamente la curiosidad me pinchaba.

Abrí la puerta y me encontré con que tres de los guardias más cercanos y fervorosamente obedientes de mi padre estaban dándole una golpiza a un joven. Lo pateaban sin piedad mientras el pobre se doblaba intentando proteger su abdomen y pecho, y se cubría el rostro con ambos brazos.

El ruido de la puerta abriéndose lo alertó y clavó sus brillantes ojos en los míos, suplicándome que lo salvara. Desconocía cuál había sido su crimen, pero viendo sus ropas era claro que no pertenecía al castillo. Tal vez hubiese estado robando, aunque no era muy común. No tenía que intervenir, especialmente porque quienes lo golpeaban eran hombres que casi sin duda habrían recibido una orden directa de mi padre para hacerlo. Me desembaracé de su ruego y cerré la puerta. Volví a mi lectura y olvidé al chico de los ojos verde manzana.

Salí de mi ensimismamiento cuando la puerta se abrió y el joven regresó con un pequeño bolso en las manos. Cerró con cuidado y volvió a sentarse junto a mí en mi cama. Silenciosamente volvió a pedirme la mano y con cuidado puso sobre la herida un trozo de la venda que había empapado con una especie de aceite oscuro.

Miré su rostro mientras estaba concentrado en curarme. Tenía una cicatriz en forma de cuña junto al ojo izquierdo, pero nada más. ¿Se había cubierto bien o las marcas las tenía bajo la ropa? ¿Me recordaría? Claro que me recordaría, era imposible que olvidara el rostro del noble egoísta que lo había abandonado para ser asesinado por esos hombres.

¿Debería disculparme?

Quitó el trozo de venda, enhebró una aguja y comenzó a coser la herida. El aceite debía de haber sido un anestésico porque apenas sentía un cosquilleo con cada punto.

¿Por qué estaba atendiéndome? Yo no había sido capaz de protegerlo y él sanaba una herida que no me había causado. Bueno, no directamente. Terminó de coser con destreza y me vendó la mano. El olor del aceite, la imagen de la aguja penetrando mi piel y su presencia me hacían sentir mareado. Recé para no vomitar, hubiese sido patético.

–Ya está –dijo y me sonrió. Sus ojos y su alegría bien podrían haberme matado–. No uses esa mano por unos días y cámbiate las vendas según veas necesario. –Tomó las que le habían sobrado y las acercó para que no se me pasara por alto que estaba dejándomelas.

Se levantó y caminó hacia la puerta. Aún no podía disculparme, pero agradecerle era algo que sí podía hacer. Fui a decir algo, pero el joven se detuvo y giró sobre sus talones mientras la puerta se abría, dejándolo escondido detrás.

–Eh, Reign –dijo Sorsz con su expresión habitual, pero rápidamente se transformó–. ¿Qué ocurrió? –preguntó horrorizado acercándose. El joven rubio se escabulló sin que mi hermano lo hubiese visto.

–Yo… me caí. –Bueno, no era mentira–. No es nada, apenas un corte. Estará bien.

–¿Seguro? Vaya, lo vendaste realmente bien… y con una sola mano –me interrogó en silencio. Fantástico, podía ser tonto para todo excepto para algo como eso–. ¿Está todo bien, hermanito? ¿No debo preocuparme por nada?

–Está todo bien –respondí seguro. Le sostuve la mirada con confianza, pero me incomodaba sentir que estaba rebuscando en mi mente.

–Te cubro esta vez, pero voy a estar vigilándote. Y recuerda que soy tu hermano y puedes contarme lo que quieras, yo siempre voy a estar de tu lado. –Me encogí de hombros como si no me importara–. Ven, es hora de cenar.

–Ya voy. –Sorsz salió y me apuré a guardar las vendas que sobraron y a emparejar el acolchado de la cama para que no evidenciara que había habido dos personas sentadas en él.

Cuando llegué al comedor, mi madre se abalanzó sobre mí con expresión de pánico y me agarró la mano. Sorsz se acercó también, entre suspiros y con una sonrisa de padre paciente.

–¿Te duele, bebé?

–No duele madre y no soy un bebé.

–No fue grave –dijo Sorsz como si fuese la quinta vez que lo repetía.

–¡Grave para ti! –le ladró ella–. Así no podrás tocar el piano… –se lamentó. La idea me sacó una sonrisa que no pude esconder–. No volverán a jugar con esas espadas.

–¡Mamá, sé lo que hago!

–No, no sabes, Sunrise. Te prohíbo que te vuelvas a acercar a tus hermanitos con esa cosa. –Mi madre se encaminó a la mesa exagerando su enojo y Sorsz se me acercó.

–Ya sabes qué dije, delátame y tu próxima cicatriz sí que tendrá mi nombre. –Afirmé y él se enderezó con elegancia.

–¡Reign! –exclamó Star abrazándome por la espalda–. Nos dejaste en el teatro, ¿qué pasó?

–Me aburría –me apuré a responder–. Me fui y me encontré con Sorsz –lo señalé–, así que estuvimos entrenando un poco y me corté –le mostré mi mano. Rock me miró y luego a mi hermano con una amplia sonrisa.

–¿Ah, sí? ¿Lo cortaste? ¿En la palma de su mano? ¿Cómo? –preguntó con astucia–. No me digas que mi inteligente cuñado detuvo un golpe agarrando el filo de tu espada, Sunrise.

–Déjame a mí mi arte y tú dedícate al tuyo, músico –respondió Sorsz con una amabilidad chispeante. Se dirigió a la mesa y yo lo seguí para evitar presenciar la cariñosa despedida de Star y Rock.

Mi padre llegó último a la mesa, entrando en el comedor con su gigantesca presencia. Echó a los sirvientes y guardias que lo acompañaban, y se sentó en la cabecera. Era una porquería de persona, pero nada lo hacía perderse una comida en familia.

–¿Qué te hiciste? –me preguntó al ver que mi mano me dificultaba comer.

–Me corté entrenando con Sorsz.

–¿Peleaste bien?

–Sí, el mini héroe tiene alma de guerrero –respondió Sunrise por mí.

–Bien. –Se volvió a mirarme–. ¿Ya decidiste qué clases tomarás este año?

–Historia… –comencé, como cada año. Estuve a punto de agregar caligrafía, pero era una clase que ya había perfeccionado; no tenía sentido seguir yendo–, y economía.

–Ya tienes veintidós, son tres clases este año para ti.

–Entonces –pensé con cuidado. Mi padre miró a Sorsz.

–¿Y tú?

–Geografía –empezó. Padre frunció el ceño–. Para complementar las clases de estrategia.

–Está bien. Geografía, estrategia, falta una.

–Lanza. Quiero manejar otra arma.

–Pero seguirás con espada. Casi tienes treinta, puedes manejar cuatro clases. Y tu tercera clase será espada –me dijo a mí.

–Pero no me gustan las armas, padre.

–¿Te pregunté acaso? Eres adulto ahora y necesito que sepas manejar algo más que un tenedor. –Abrí la boca para discutir, pero él me advirtió con su mirada severa que una palabra equivocada equivaldría a un golpe bien recibido.

–¿Puedo dejar las clases de piano?

–¡No! –intervino mi madre. Mi padre la ignoró.

–Sí, es una pérdida de tiempo.

–Yo quiero que estudie música, es parte de la tradición de mi familia.

–Te pediré tu opinión cuando me importe, mujer.

–¿Puedo yo entrenar con un arma? –preguntó el varón menor, Crown, en la cabecera opuesta.

–Cuando seas mayor –le respondió mi padre recuperando su tono más cálido habitual, pero aún severo–. ¿Qué clases vas a tomar?

–Estrategia y matemática.

–Bien. ¿Northern? –La pequeña dejó de comer y exageró su postura para pensar.

–Botánica y música. Hoy aprendí una nueva canción en el arpa.

–Qué bien, cariño –respondió padre–. ¿Qué harás tú, Starling?

–¡Estudia botánica conmigo, Starry! –propuso Northern. Star le sonrió.

–Botánica entonces –dijo con una mirada dulce dedicada a nuestra hermanita– y me gustaría este año dedicarme a la costura y el bordado.

–No, elije algo que te haga pensar, que idiotas a mi cargo me sobran.

–Está bien –accedió obediente–. ¿Matemáticas con Crown e historia con Reign y Sorsz?

–Con Sunrise, Reign está en clase avanzada.

–Con Sorsz entonces.

–¿Quieres seguir con la música? –preguntó severo. La pregunta tenía una respuesta obvia ya que en ella se camuflaba “¿quieres seguir con el músico?”.

–Sí, padre, y bordado, si me autoriza.

–Es mucho, recuerda que además tienes que acompañarme en las audiencias públicas.

–Prometo poder con todo y no bajar mi rendimiento.

–Bien, tomo tu palabra. ¿Y tú cómo te harás útil? –preguntó a mi madre, luego rió–. Con un milagro tal vez –se respondió solo. Mi madre no respondió–. Ríete, mujer.

–Quisiera estudiar botánica con mis niñas.

–De ninguna manera, no gastaré mi oro en nutrir un cerebro que no existe. Starling, Northern, esfuércense en sus clases, que no quiero otra así en mi familia.

Nadie habló y la cena continuó con charlas absurdas sobre canciones, arpa y puntos de bordado. Mi madre se mostró como si nada hubiese pasado, pero indudablemente estaba dolida. Debía haber agotado su capacidad para llorar hacía años, cuando comenzaron los maltratos. Aunque fuera algo normal en cierto momento de su vida, padre no parecía dispuesto a perdonarle el hecho de que ya no pudiera darle hijos, y le recordaba lo inútil que era cada vez que tenía oportunidad, como si eso fuese a cambiar algo.

La vi suspirar y enderezar la espalda. Su larga cabellera roja y con algunas canas blancas se agitó ligeramente mientras ella parecía quitar algunos pensamientos de su mente y volver a su entereza habitual. Si no hubiese estado tan herida, agotada y muerta por dentro, habría resplandecido con la belleza que le había transmitido a Starling.

Apenas vacié mi plato pedí permiso para irme y se me concedió. Me levanté y encerré en mi habitación. Había sido un día demasiado largo y necesitaba dormir, pero mi almohada sólo pudo recibirme con una pesadilla que revivía la situación con el chico rubio. Los gritos, las súplicas… Todo era igual, con la excepción de que a medida que lo miraba sin hacer nada, se convertía en mi madre y los tres guardias eran, de pronto, mi padre.

Me alejaba de la situación corriendo sólo para descubrir que en realidad era yo quien ahora escapaba de los guardias. Ellos me alcanzaban y me destrozaban a golpes, aunque justo antes de morir el joven rubio volvía a aparecer. Él no me salvaba, sino que se quedaba mirándome como yo había hecho y, al cesar la pesadilla, seguía allí, pasando el resto del sueño curando mis heridas sin dejar de tararear una canción infantil con una triste sonrisa asomando constantemente de sus labios.

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Capítulo siguiente: https://lacatedraldelassilfides.wordpress.com/2016/01/31/revolucion-reign-principe-capitulo-2/

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One thought on “Revolución Reign: Príncipe – Capítulo 1

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