La Catedral de las Sílfides

siéntate a oír las historias del viento

Libérame

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Tenía seis años, una sonrisa traviesa, una mente tan dispersa como la de cualquier niño que no hubiese dormido en un par de días y la energía de un cachorro con histeria. No había charco en el que no saltara ni ardilla a la que no intentara atrapar. Un bosque allí, tras el pequeño castillo del marqués de Daem, recibía visitas suyas todos los días. Originalmente ese mágico lugar había logrado satisfacer su pequeña imaginación, pero con el pasar de los años ésta se había hecho más y más grande al punto de que ni entrometerse en el más sofisticado ritual de hadas lo sacaba del aburrimiento que le generaba el que el mundo se moviese tan lento.

Sin embargo, no había otro lugar en el que jugar, por lo que Set paseaba entre los robles cada vez que tenía oportunidad. Las ardillas ya habían aprendido a evitarlo y los mapaches sabían que solía tirar comida, por lo que lo acompañaban cada vez que se sentaba y le intentaban robar lo que fuera que tuviera en las manos.

Ese día llegó a un lugar que no conocía. Creía haber tomado el mismo camino, pero en algún momento debía haberse distraído. No era algo inaudito, sin duda. Tiró el trozo de pan que le quedaba tras de sí y se giró para ver a los mapaches pelearse por él, pero no lo habían seguido. Era extraño. Tampoco cantaban las aves ni se oía el río.

Avanzó por un camino que parecía que los árboles habían abierto para él hasta encontrarse con una gran roca a la que el césped no se atrevía a acercarse. Corrió hasta ella y caminó a su alrededor con gran emoción. Estaba repleta de sellos mágicos y escrituras extrañas.

Dio unos saltitos y soltó un grito que habría destrozado los oídos de su madre. Había buscado algo nuevo con lo que jugar por mucho tiempo y finalmente tenía algo ahora. Le aclaró a la roca en voz alta que ahora le pertenecía y luego se acercó y la palmeó con ambas manos.

No sabía qué reacción esperaba, pero “ninguna” no era aceptable.

Corrió a los matorrales y rebuscó en ellos, trayendo de regreso la primera rama que encontró. Golpeó la roca varias veces, cuidando de azotar los símbolos que se veían más complejos y especiales, pero seguía sin ocurrir nada.

La rama se le partió y él azotó el piso con un pie y gruñó con fuerza: había un espíritu en esa roca, lo sabía, y lo despertaría aunque tuviera que mostrar todo ese feo carácter que su padre le decía que estaba prohibido por el rey.

La pateó y siguió golpeándola, hasta se subió a ella, pero nada. El espíritu era terco o dormía con la pesadez de su abuelo, ese que tenía que esperar a que soltara un ronquido para saber que no se había muerto mientras no miraba.

Decidió que utilizaría otra rama, alguna más gruesa o con espinas… No, le arrojaría piedras a la distancia. Sí, eso era lo mejor.

Emocionado, se bajó de un salto y tropezó, cayendo de bruces.

Se levantó y se limpió las manos en el pantalón, notando que dejaba atrás unas pequeñas manchas rojas. Se miró las manos, notando que alguna pequeña piedra le había levantado un poco la piel y sangraba.

De inmediato recordó todas las historias que su abuelo le contaba cuando no había otro adulto deteniéndolo, esas historias viejas y oscuras, llenas de guerra y gente muriendo.

Se giró hacia la roca y apoyó la mano herida en ella esperando que aún hubiese suficiente sangre como para que el espíritu estuviese conforme con el ofrecimiento.

Se apartó para ver, maravillado, que había logrado dejar una mancha y dio unos pasos atrás, preparándose para lo que fuese a ocurrir.

Las dos motitas de sangre que había dejado se unieron a través de una fisura que se abrió de golpe, extendiéndose hasta partir en dos a la roca con un fuerte estruendo un momento más tarde.

Sintió una gran emoción embargándolo y obligándolo a contener el aliento en lo que una figura se materializaba sobre aquel objeto que le había servido de cárcel por quien sabe cuánto tiempo.

Era más grande que Set por unos quince años tal vez, según denotaba su espalda pequeña y rostro de facciones suaves. Tenía extraños ropajes marrones en distintos tonos con muchos detalles, incluyendo un chaleco con cadenas y unas botas altas que realmente no necesitaban tantos cintos para ajustarse. Completaban su atuendo unas extrañas cosas que parecían unos grandes lentes con cintas para ajustarlas en torno a la cabeza en vez de patillas.

-¿Qué año es, chico?

-No-no sé…

-¿Dónde estamos? –preguntó el espíritu quitándose las cosas extrañas del rostro y subiéndolas hasta dejarlas apoyadas en su cabello azabache.

-¡Esa sí la sé! ¡Marquesado Daem, ducado Leras!

-¿Quién está a cargo?

-El marqués Brook[1].

-No, chico, el duque. –Se bajó de la roca y se agachó para quedar a su nivel. Set pudo ver sus grandes ojos amarronados, llenos de una inocencia contrastante con la adulta malicia de su sonrisa.

-¿Lord Temperance[2]?

-¿Ese sádico llegó al poder? –dijo levantándose de golpe-. ¿Dejo el lugar diez minutos y…? –Volvió su atención al niño-. Muy bien, mocoso, gracias por la información.

-¡Mi nombre es Set!

-Sit[3]… Suena apropiado.

-¡Set!

-Como sea.

-¡No, no como sea! Yo te liberé, así que ahora tienes que bendecirme.

-¿Bendecirte? Yo no hago eso.

-Eres un espíritu terrible. ¡Pensé que con todas esas marcas en la roca ibas a ser un dios por lo menos!

-Eh, mocoso –se volvió a arrodillar ante él con expresión severa. Ya no había rastro de sonrisa-, yo soy más que un dios.

-¡Entonces bendíceme!

-¿No tienes un dáimôn al que le importes?

-Ella nunca me dio un don… Claramente no le importo lo suficiente. Yo te solté –exclamó arrugando la barbilla como si fuese a llorar-, ¡me tienes que bendecir!

-Eres un grano en el culo, ¿verdad? –Se levantó y tomó una postura pensativa-. Por otro lado… si te doy un poco de mi poder como don, podrías ser el grano en el culo de mucha gente.

-¡Y prometería nunca ser uno en el tuyo!

-Eres un buen negociante, mocoso –dijo con una gran sonrisa-. Considérate bendecido. -Dibujó en el aire con un dedo dejando un rastro de luz blanca. Set se cuidó de memorizar el sello completo, lo dibujaría en todos lados.

La luz se extendió desde el dibujo y llenó el ambiente, cegando al niño casi tanto como su alegría. Cuando su vista se hubo recuperado, el extraño “más que un dios” ya no estaba. Las aves volvieron a cantar y el césped se mostraba por todos lados como si nunca hubiese habido un lugar en el que no se hubiera atrevido a crecer.

La única evidencia de que todo aquello que había ocurrido era real, era que la roca permanecía partida.

-¿Entonces? –preguntó con una sonrisa insistente.

-Lo único que creo de tu historia es la parte donde el espíritu te llamaba “mocoso” –respondió el maestro caballerizo con expresión aburrida.

-Lo del grano en el culo sonaba creíble también –comentó al pasar un joven que barría. Ambos cruzaron miradas maliciosas y rieron.

-¡Es cierto! Más-que-un-dios me dio este don y ya demostré que lo tengo. ¿Me contratará o no? –golpeó el piso con un pie y esbozó su mejor cara de poca paciencia.

-¿Por qué no trabajas en el negocio de tus padres? –inquirió el primer hombre con un suspiro.

-¡No! ¡Ellos no me pagan nada! Quiero ganar mi propio dinero y comprarme un castillo.

-¿Un castillo? –soltó una risotada-. Tienes once años, ¿cuánto crees que voy a pagarte?

-Más que nada, seguro. –Se plantó con firmeza y sin quitarle los ojos de encima al hombre. Ya estaba viejo y no tenía mucha paciencia, por lo que no tardaría mucho más en quebrarse.

-Está bien –suspiró. Set sonrió, sorprendido de que no hubiese tenido que llegar a llorar-. Pasaré luego a hablar con tus padres para asegurarme de que realmente aprueban que trabajes aquí y no me estás mintiendo.

-¡No estoy mintiendo!

-Ve con el perrero, seguro tiene algunas pulgas para que atrapes.

-¡Pero yo quiero trabajar con los caballos!

-No, a ellos no te acercarás hasta que no vea que tus manos son tan hábiles como tu lengua. –Tiró un rápido manotazo a su rostro, casi pellizcándole el labio con esa mano llena de suciedad de establo. El niño alcanzó a hacerse hacia atrás y finalmente decidió no discutir. No aún, no ese día, no esa mañana.

No esa hora.

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Este es un boceto del inicio de uno de los libros que tengo planeados escribir en el futuro. Cuenta la historia de Set, un niño travieso e insoportable que se las ingenia para ganarse la atención de un espíritu mayor y comenzar una aventura que está más allá de las limitaciones de su plan de vida cósmico.

El libro no tiene nombre aún, pero tanto Set como el espíritu (Cadena) son personajes recurrentes en otras de mis obras. Actualmente pueden ver a Set en mi libro “La Palabra Perfecta” y en un futuro tanto a Set como a Cadena en la segunda parte de la trilogía “Revolución Reign” (aún en proceso).

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[1] Arroyo.

[2] Templanza.

[3] Siéntate.

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