La Catedral de las Sílfides

siéntate a oír las historias del viento

El Revés del Viento – Prólogo

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Este es el prólogo de un libro que tengo en mente. Los primeros capítulos están bocetados pero el libro está lejos de ser publicado. La historia está ligada a mi trilogía, Revolución Reign, ya que el personaje principal aquí es uno de los hermanos de Reign, Crown. Es posible que este libro avance de a saltos y tropezones; no tengo una fecha de finalización en mente, pero me gustaría que salga a la vez que el segundo libro de la trilogía.

¡Que disfruten la lectura!

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Ars Signum era una ciudad de tres ciudades.

La primera, tan magnánima como su nombre, era la ciudad de la que hablaban los libros, sobre la cual soñaban los eruditos, y aquella en la cima de la lista de prioridades de todo mago y trovador que se preciara. Era la ciudad del duque y los nobles exiliados, que escapaban de sus llamados al deber pero se mantenían reacios a olvidar quienes eran.

Pero por sobre todo, era la ciudad de los arcos inmunes al frío y al fuego, de los robustos puentes de almas incorruptibles, y de los castillos de tiempos dragónicos, inmensos y silenciosos, con muros llenos de espíritus dispuestos a susurrar sus historias a quienes callaran por tiempo suficiente.

Tiempo.

La primer ciudad era un lugar de tiempo. Tiempo que fluía lentamente y llevaba fluyendo miles de años antes de que el primer humano se animase a abrir sus ojos al mundo.

La segunda era la ciudad del pueblo y los mercaderes, de la leña y el vino especiado, de las tabernas ruidosas y los bailes animados.

Esta ciudad no contaba con las cálidas enseñanzas de espíritus ancestrales, pero poseía el brillo del ligero batir de alas de las hadas; débiles ante los colores con los que se teñía la piedra blanca con la caricia del sol del atardecer.

Hadas, humanos, dragones. Todos tenían lugar en la segunda ciudad, y lo ocupaban con regocijo.

La tercera y última era una que muchos se esforzaban en creer que no existía. No estaba a la vista y nada la caracterizaba, pero Ars Signum era suya.

No era un lugar de hadas, no era un espacio para historias.

La tercer ciudad tenía por rey al silencio y por ley a las sombras. Sus habitantes vestían de oscuridad y andaban con la cabeza gacha, desesperados por impedir que una chispa de astucia en sus ojos fuese más allá de sus capuchas.

Con los caminos teñidos por sus pisadas invisibles, el fugaz vistazo de sus existencias era todo lo que la gente necesitaba para no poder olvidar que, en algún lugar oculto, la tercer ciudad existía.

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