La Catedral de las Sílfides

siéntate a oír las historias del viento

Cuentos de la Manada 1

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-Niños, les voy a contar de esa vez en la que me enfrenté al enemigo más astuto y escurridizo que haya existido –comenzó el viejo lobo sentado en la Roca de las Mil Historias. Los cachorros oían con las orejas en punta y las colas agitándose violentamente-. Yo era joven e inexperto, había estado en más cacerías dentro de mis sueños que fuera de ellos, pero mi alma ya era indomable y nada escapaba de mis ojos sagaces.

»Había seguido al alfa desde que abriera mis ojos por primera vez, y me uní a su manada ni bien él decidió formar una. Aquellos eran tiempos de escasez, y recién aprendía a aullar a la luna cuando tuve que defendernos por primera vez, ya que el alfa me eligió primero para ser un guardián. -Los cachorros jadearon de asombro y uno dejó escapar un aullido tan salvaje como su joven alma.

»Aquella tarde estaba echado a la sombra de unos árboles, descansando antes de una cacería. En mi corazón bullía ese futuro tan cercano y en mi mente ladraban los recuerdos de todas mis cacerías previas; estaba inquieto. Y entonces lo vi: a mi espalda una bestia se escabullía de mi visión. Yo sabía que era un maestro de la manipulación, así que le gruñí para que se apartara, pero no cedía terreno.

»Me quedé muy quieto, fingí ignorarlo, pero lentamente fui agazapándome –dijo tomando la postura. Los cachorros oían con gran atención y sus ojos se abrían más y más a cada segundo-. Me acomodé y lo miré: estaba justo frente a mis ojos y se quedó muy quieto, sabiendo que no escaparía. Tomé impulso y salté, pero mi enemigo era rápido y me esquivó.

»Corrí tras él, pero huyó de mí, intentando posicionarse a mi espalda para saltar sobre mí. Era una bestia engañosa y despiadada, así que no me rendí. Lo seguí, gruñendo y ladrando, mordiendo y arañando. La batalla duró hasta que cayó el sol, pero finalmente vencí; lo atrapé en mis fauces y suplicó clemencia. Es por eso, niños, que no deben nunca rendirse. La bestia acecha, siempre está muy cerca, pero siempre triunfarán si sus espíritus se mantienen fuertes.

El alfa, Kris, rió y se levantó, estirando las patas.

-A dormir, niños –anunció. Los cachorros se levantaron y corrieron, empujándose y gruñéndose. Esos cuentos del viejo Paul les agitaba las mentes y les dificultaba dormir, pero llamaban a los mejores sueños.

Lilly se acercó a North y caminaron juntas hasta el lugar donde dormirían esa noche.

-Hoy el viejo Paul nos contó mi cuento favorito otra vez –dijo North con emoción.

-¿El de esa vez que atrapó su propia cola?

-¡Sí! –celebró. Lilly sonrió.

-Nunca se cansa de ese…

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