La Catedral de las Sílfides

siéntate a oír las historias del viento

Bajo el Vestido

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Ella bajó las escaleras con gran alegría y se permitió saltar los últimos dos escalones a pesar de los zapatos que llevaba ese día. Las joyas que colgaban de su cuello brillaron con su mismo júbilo y su vestido lleno de volados se agitó como si no aguantase las ganas de bailar.

Un grupo de damas la recibió sin tanta euforia, haciéndole espacio en la conversación por la simple pérdida de altura que significaría no hacerlo. Dos hermanas desenvainaron sus abanicos y escondieron sus expresiones llenas de prejuicio tras ellos. La joven Adelaide no pareció darse por aludida y agitó su cabello rubio con elegancia, trayendo hacia sí el recuerdo de haberse hecho la manicura, la cual necesitó urgentemente mostrar a sus compañeras de habladurías.

Aparté la vista cuando sus ojos cruzaron fugazmente los míos y regresé mi atención a los hombres que me rodeaban, sin deshacerme de la imagen de aquella dama tan superficial e ingenua.

La noche se movía con ligereza. Muchos se encontraban en un baile serio y aburrido que más que un coqueteo era una excusa para deshacerse de la rigidez de tantas horas de pie. ¿Yo? Yo me senté y esperé a que el alcohol hiciera lo suyo.

Me relajaban las fiestas y me divertían los hombres nobles. Sus máscaras caían con rapidez y, cuando ya no había más de ellos de lo que reír, las damas recién comenzaban a alegrarse. Un ritmo perfecto.

Dejé mi copa y caminé, mirando quiénes seguían allí y en pie. Muchos habían caído en la comodidad de una charla relajada, otros habían partido cuando la decadencia comenzó.

Adelaide estaba del otro lado del salón, caminando hacia una puerta con gran prisa. Seguía sobria, pero había estado bebiendo, lo que la haría una presa que caería fácilmente ante un elegante y seductor cazador como yo.

Me apuré tras ella y la vi doblar en un pasillo. La alcancé y tomé del brazo con firmeza pero sin una rudeza que pudiera espantarla. Su voz aguda resonó en mis oídos preguntándome qué hacía, a lo que respondí guiñándole un ojo y pidiéndole que confiara. Sabía qué hacer y confiaba en mi habilidad para satisfacer a una dama embriagada por el alcohol y mi propio perfume.

Entramos en una habitación, cerré la puerta con un pie y le di un giro para que estuviera en mis brazos. Sentí su resistencia indicándome que no podía confiar tanto en lo que hubiera bebido; mis dotes tendrían que compensarlo.

Tomando su mano, hice que diera una rápida vuelta y la dejé caer sobre la cama que estaba deseosa de prestarnos sus servicios. Ella cayó forcejeando y le prometí que tendría una buena noche en lo que desajustaba rápidamente su corsé, revelando su masculino pecho plano y abdominales marcados. Su cabellera rubia había caído para revelar una cabeza pelirroja. Sus brazos se fortalecieron en un instante y me dedicó una sonrisa maliciosa, a la vez que me entregaba una vez más aquella forzada voz femenina.

“Buenas noches” dijo él con tono seductor. Luego un golpe.

Dolor, negrura.

Inconsciencia.

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One thought on “Bajo el Vestido

  1. 🙂

    Que tiempo has dedicado a tremendo a porte y hay demasiadas cosas que no sabía que me has enseñado, esta maravilloso..
    te quería reconocer el tiempo que dedicaste, con unas infinitas gracias, por preparar a gente como yo jijiji.

    Saludos

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