La Catedral de las Sílfides

siéntate a oír las historias del viento

Brujos de la lluvia

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Esto es algo que escribí hace tiempo, cuando una familia de cuises nos visitaba diariamente para comer en el césped que hay frente a casa. Era normal que nos quedáramos mirándolos engordar hasta que ellos hacían contacto visual y se volvían más cautos. Finalmente huían a esconderse.

Una tarde me pregunté cómo nos verían ellos a nosotros y, bueno, aquí el resultado:

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Hoy mi hermano y yo salimos por primera vez a los campos. Mi madre siempre dice que es un lugar de peligros, por lo que nos hizo estar muy atentos a todo lo que ocurriese.

Por un buen rato todo estuvo muy tranquilo. Aprendimos rápido cuáles eran los lugares donde esconderse en caso de sentir miedo. “No somos una raza guerrera” siempre dice madre, “cuando haya amenaza, corran”. Mi hermano y yo aprendimos rápido. Se hizo durante generaciones, desde muy pequeños oímos los cuentos de horror de aquellos que habían corrido muy lento.

Mi abuelo nos contó siempre las historias y leyendas de la familia. De niños oíamos fascinados, pero a medida que uno se hace más grande, son cosas difíciles de creer. Mi hermano era más escéptico que yo, también más valiente. Esas eran cualidades de perdición, decían. Yo temí por él a veces.

A medida que avanzábamos por el campo, me pregunté si esto era. El césped a veces crujía bajo mis pies y se quebraba donde estaba amarillo. Mi madre nos llevó a zonas más fértiles donde la tierra nos daba sus regalos para poder comer. Los árboles daban sombra y era fácil y cómodo sentarnos allí a disfrutar. Mi hermano se quedó atrás, inventándose una aventura en el bosque que servía de barrera entre el mundo verde y el gris.

Noté frente a nosotros, allá lejos, una gran cueva de tierra blanca y piedras rojas. Todas las historias que mi abuelo nos contaba regresaron a mí. Mi madre me regañó por la distracción y me instó a seguir trabajando en la tierra mientras pudiésemos. Mi hermano se rio a lo lejos. Él se creía muy valiente.

Luego de un tiempo de paz se oyó un gran crujido a la distancia. Algo en la cueva se movía. Mi madre se puso alerta y yo también. De pronto, de allí, salió una inmensa criatura. “El guardián”, susurré recordando las historias. Pero tras él, había alguien más grande aún. Era grande como los árboles y uno de sus pasos abarcaba lo que yo tendría que haber corrido con todas mis fuerzas. Mi madre me advirtió que no me moviese pero instintivamente corrí. Llegué al bosque barrera y mi hermano sólo sintió curiosidad. Quiso acercarse y su bravura me dio valor. Fuimos juntos junto a nuestra madre y nos quedamos allí.

“¿Ése es uno de los brujos de la lluvia?” preguntó él. Mi madre lo confirmó y nos quedamos maravillados. “¿Hará llover?” preguntamos pero no hubo respuesta esta vez.

Nos embargó la emoción al verlo hacer su magia desde la distancia, no se alejaba demasiado de la entrada de su cueva y sin embargo se suponía que desde allí podía hacer que pasara.

Mi hermano y yo crecimos oyendo las historias de penuria y hambruna que habían vivido nuestros antepasados. Aquello no era más que desierto hasta que los brujos llegaron. “Son peligrosos, sí, sí…” decía el abuelo “pero su magia nos ha llevado a nuestra edad dorada. Ellos pueden convertir en campos los suelos más áridos y hacer aparecer árboles gigantes de un día a otro. Pero su poder no siempre estará a nuestro servicio. Cuídense de los brujos cazadores, tienen mil y un artimañas para atraernos hasta nuestro destino más cruel.”

Y lo más preocupante era que no había forma de distinguir a los brujos de la lluvia de los brujos cazadores (estos últimos a veces también hacen venir a la lluvia). Antes, los guardianes seguían a los brujos peligrosos solamente, pero ya no era así.

De pronto, la lluvia comenzó a caer. “Es uno de los buenos” festejó mi hermano, preocupado por las mismas cosas que yo. Pero mi madre advirtió que uno nunca podía estar seguro de que esas criaturas siempre serían amables y dadivosas.

Cuando era pequeño (más pequeño), había visto lluvia una vez, pero esta creada con magia era diferente. Nacía de las entrañas de la tierra y se elevaba como un inmenso manantial, antes de volver a caer y fertilizar todo nuestro campo. ¡Ahora entendía! ¡Claro que sin los brujos la vida sería una miseria de sequía! El cielo aquí era avaro y jamás soltaba más de unas cuantas gotas por temporada. Si los brujos no humedecieran la tierra diariamente, la vida allí no ocurriría.

Vimos que el brujo se acercaba y corrimos a refugiarnos. Mi corazón latía con fuerza, de miedo y terror, pero también de emoción al ver con mis propios ojos toda aquella realidad dejar para siempre de ser una fantasía. Mi hermano me sonrió, estaba eufórico.

El brujo estuvo muy cerca de nosotros, caminando de un lado a otro, reacomodando el manantial. Podía moverlo y llevarlo a donde quisiese. La lluvia no caía en todo el campo a la vez y por eso tenía que trabajar arduamente para llevar su magia allí donde la vida la necesitase. Era muy generoso con la tierra. No entendía por qué había tantas historias de que no era así con nosotros.

Luego de unos momentos, se retiró y se mantuvo junto a la entrada de su cueva. “La cueva que brilla de noche” recordó mi hermano con euforia. “¿Por qué no entra en su cueva?” pregunté. “A los brujos les gusta observar” respondió madre, “uno nunca sabe cuándo dejarán su postura de reposo y saldrán a dar caza. Vámonos.”

Corrimos entonces de regreso a nuestro hogar. Mi hermano y yo aún teníamos nuestros corazones llenos de aventura. Con las miradas nos dijimos lo mismo. “Espera a contarle al abuelo”.

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