La Catedral de las Sílfides

Ven a oír las historias del viento

Sueño: Príncipe Perdido

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Recuerdo la noche en la que un joven asustado se apareció en mi casa. Bueno, claro que lo recuerdo, fue anoche. El aura de desesperación que lo rodeaba era intensa pero debido a la distancia entre mis oídos físicos y su boca astral, no lo oí cuando me contó sus problemas. Un montón de mis ángeles lo rodeaban y trataban de consolarlo, pero la energía de ellos no era suficiente para neutralizar al joven aterrorizado.

Me puse en su servicio y fui a donde su problema parecía tener origen. Ya ahora en mis vestiduras astrales, logré cruzar al pequeño barrio energético que hay a tres calles de mi hogar físico. He escapado ahí antes cuando necesito refugio. La gente suele estar demasiado preocupada en sus cosas como para importarles nada y así uno puede llorar tranquilo.

El lugar es bastante simple. No son las impresionantes construcciones angélicas, más bien, parecen dúplex humanos. Muros blancos lisos, escaleras con descansos, agujeros cuadrados en los muros que se hacen llamar ventanas. Abundan los humanos y escasean las mascotas.

Esta vez llegué al sitio donde el barrio tenía sus plantaciones. No me extrañó que vivieran por su propia cuenta, no creo que el barrio físico a tres calles notara de la existencia de este lugar y mucho menos que se preocupara de enviarle provisiones ni nada parecido.

Noté un árbol y un grupo de humanos preocupados a su alrededor. Varios me vieron y finalmente todos pusieron su atención en mí. Me reconocieron como la joven del otro lado que a veces va cuando quiere estar sola –al parecer, la única de mi barrio capaz de cruzar el velo que nos separa- y ante esa prueba de mis habilidades no-humanas (al fin y al cabo, ellos tampoco pueden cruzar para este lado) me formaron un camino hacia un anciano hombre con aire sabio que estaba entre el árbol y el muro detrás (a apenas un metro).

Me recibió con alegría y esperanza, sin duda creía que yo salvaría al barrio de aquel problema. Se apuró en poner en mis manos un viejo libro que estaba bien protegido en una especie de “templo” de madera clavado en el muro. Tenía las hojas apergaminadas y un persistente olor a tinta y polvo. Me fascinó que se me permitiera tocar un libro sagrado de semejante antigüedad.

El hombre sabio comenzó a hablar, era el sacerdote de aquel lugar, protector de la sabiduría y transmisor de las enseñanzas de los antepasados. Me suplicó que lo ayudase a salvar su libro y lo abrió en una página al azar para mostrarme.

La gente a mi alrededor comenzó a llorar y lamentarse en cuanto las palabras comenzaron a esfumarse de la página. El libro se moría sin sus letras allí y todos sabían cuán valioso era aquello que se estaba perdiendo.

El sabio siguió hablando mientras yo lo ignoraba y deslizaba mis dedos por el papel desnudo. Y de pronto palabras nuevas aparecían. No estaba segura que todos pudieran leer aquello, porque no hubo cambios en las actitudes de desesperación. Me desconecté de esa realidad y viajé lejos. Mis ojos “físicos” (los de esa dimensión) se perdieron en un trance en los espacios vacíos entre las letras negras y otro par de ojos se abrieron en otro lugar. Allí me encontré lo que me había llevado hasta el barrio.

El joven que había entrado en mi cuarto buscando ayuda estaba ahí. Se veía abatido pero eso no le quitaba nada de su belleza. Tenía el cabello largo y blanco, lacio como seda. Su cuerpo de piel rosa claro estaba magníficamente decorado con telas de colores suaves y cruzado con cadenas y joyas. Anillos, brazaletes, collares, hasta adornos en su cabello llevaba. Su rostro joven, delicado y sensual estaba tristemente arruinado por unos ojos rojos faltos de sueño. “Curioso” pensé al notar también que sus pupilas eran rojas. Sin duda un muchacho albino. Noté algo más: suspiraba constantemente.

A pesar de ser obviamente un demonio, era pequeño y frágil. Los humanos tienen su auge de fuerza y vitalidad en una determinada etapa de la vida, pero en esta raza uno se empodera cada vez más y más a medida que envejece y aquellos adolescentes sin experiencia son presas fáciles para los asustados humanos que exorcizan todo lo que ven.

Me contó al borde de las lágrimas que estaba asustado. Había un hombre en el barrio que intentaba matarlo para quitarle su leviatán blanco. Me asombré al oír la raza de su mascota, pero fingí tomarlo natural, no necesitaba más espantos el pobre muchacho blanco. Pregunté si era acaso el sacerdote, ya que era totalmente probable que el anciano supiera hacer exorcismos y lo estuviera intentando al ver su sabiduría en papel atacada.

El demonio negó fuertemente con la cabeza y dijo que era alguien más y que sólo por avaricia quería herirlo. El anciano no había probado exorcizarlo aún, sus manifestaciones llevaban poco de suceder y, en realidad, sólo eran intentos desesperados por llamar la atención. El libro sagrado tenía tanto poder que desde su dimensión se veía y él estaba tomando las palabras que había en sus páginas para re-escribir mensajes de auxilio. Posiblemente todo aquello que le hacía a las páginas fuese una ilusión vista desde el barrio y volviera a la normalidad tan pronto como el demonio se rindiera.

Se cubrió el rostro con ambas manos, agotado y desesperado, y lloró. Me conmovió su fragilidad y le aseguré que lo ayudaría. Me sonrió con los ojos iluminados de esperanza y me agradeció reverenciándome profundamente.

Ya más tranquilo, me contó que su nombre era Adonay (me impactó ya que ésta es una de las formas en las que los judíos llaman a Yahvé, pero quédense tranquilos que no hay relación entre este bonito demonio y el Dios, sólo unas cuantas letras) y que era ahijado del rey Lucifer. La madre de Lu era prima de la abuela de Adonay, lo que los convertía en primos lejanísimos, aunque solía ser llamado “sobrino” por el rey. Para los demonios la familia es increíblemente importante y tienen documentado hasta el primo más lejano. Para ellos desconocer un familiar es un hecho impensado, aún si ocurre que no se agradan. Mencionó también al pasar que era un joven príncipe que se había perdido en un paseo al que salió sin guardias. Rió con vergüenza al decir esto último. Sabía que no debía hacerlo y a estos seres no les gusta desobedecer ni la ley ni la tradición (mucho menos la tradición).

Le pedí que esperara y parpadeé conscientemente para volver al barrio. Varios habían notado mi ausencia y el anciano me miraba expectante. Le di la buena noticia de que su libro estaba a salvo y le informé del pedido de auxilio del demonio príncipe. Se espantó al saber que había alguien entre su gente que era capaz de cazar a un joven indefenso para quitarle sus pertenencias espirituales. La gente enfureció y salió en busca del culpable con un aire justiciero. Sentí que todos ellos muy bien sabían quién era aquel hombre.

Crucé el velo y regresé a mi hogar físico. Llamé a mis ángeles y a Noir (un espectro sin cara que vive conmigo desde hace un tiempo) y les pedí que buscaran al príncipe y lo refugiaran en casa mientras encontrábamos cómo enviarlo a su hogar. Y agregué antes de que partieran: “Cuídenlo bien, que tiene apenas doscientos años”.

Soñado la madrugada del 23-12-11

~Ancient Forest

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