La Catedral de las Sílfides

Ven a oír las historias del viento

Sueño: Jugando en el río

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Esa mañana llegó de visita una lejana prima. Su tez morena y abundante cabello rizado sobresalía entre nuestras caras pálidas y le daba un aire distinto a la mansión. A los pocos minutos se apareció allí un vecino, amigo de mi prima, de cuando ella aún vivía por allí. Suplicó que la ayudásemos con él, y mis múltiples hermanos y yo accedimos con picardía.

Dejamos la mansión con el abrigo suficiente y corrimos hasta la colina, donde el bravo río había quedado detenido en el tiempo gracias a la helada de la noche anterior. Era prácticamente entrar en un cuento de hadas al ver el agua correr debajo de aquella capa de hielo. Mis hermanos repartieron tablas de nieve y trineos, todos distintos uno de otro, y nos dejamos caer por el sinuoso sendero de hielo.

Varias veces lo hicimos, la diversión era inmensa. El invierno siempre traía juegos nuevos y el frío no lograba desalentar ni al más grande ni a la más chica de la familia.

Se detuvo el tiempo para mí también en cuanto vi al amigo de mi prima golpeando el hielo a medida que bajábamos. Inconsciente, seguramente, del peligro que acarreaba esa expresión de dominio sobre la naturaleza.

Inmediatamente el tiempo volvió a correr, el hielo se partió, siendo llevado por la fuerza del agua, destrozando todo lo que la noche helada había creado, y arrastrándonos a todos nosotros.

El agua estaba fría. La sentí rodearme y abrazarme, centímetro a centímetro, y punzarme a la vez que su frío me quemaba. El sufrimiento no se prolongó. Pronto sentí un brazo fuerte sujetándome. De algún modo, logró sacarme y llevarme a la seguridad del césped que con esfuerzo los jardineros mantenían.

Los sirvientes se acercaron con mantas y nos cubrieron. Noté que todos ya habían sido sacados del agua, mi hermano mayor y yo éramos los últimos. El frío había anulado mi percepción del tiempo y había resumido la agonía.

Miré alrededor y noté que mi hermana más pequeña no estaba allí. Claramente recordaba haberla visto deslizándose en la colina, justo frente a mí, en un trineo.

-¡Lavor! –Grité corriendo hacia él en cuanto lo vi. Era uno de los sirvientes de casa y a quien más confianza yo tenía-. ¡Lavor!
-Señorita –respondió en calma. Su rostro joven jamás se alertaba, su cabello blanco le confería la presencia y sabiduría de un anciano.
-Mi hermana, no está, ve a buscarla por favor –supliqué. Él me miró intentando buscar una excusa para escapar de aquel pedido. La vida poco le importaba. Los problemas nada lo turbaban-. Por favor, Lavor –repetí sabiendo que cedería, y así lo hizo. Tomó aire y con pesadez, salió a buscarla.

Soñado la madrugada del 21-04-12

~Ancient Forest

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