La Catedral de las Sílfides

siéntate a oír las historias del viento

Sueño: De un planeta de agua

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Me aferré a su mano con fuerza para que no desapareciera. Era costumbre suya caminar hacia una sombra y simplemente borrar su existencia entrando en ella cuando algo lo incomodaba.

Se mantuvo firme a mi lado, en su irrompible silencio y se lo agradecí. También yo estaba asustada, pero a la vista de tantos humanos, irnos no era fácil.

Una amiga se adelantó y, con un discurso que fue inventando sobre la marcha, logró sacarnos del aprieto. Tristemente, aquellos humanos tan religiosos eran, a causa misma de su religión, los más peligrosos de todos para gente como nosotros.

Suavicé la fuerza con la que sostenía su mano y aprovechó eso para zafarse. Sus piernas largas le permitieron en dos pasos alcanzar un muro y meterse en él. Mis manos golpearon el ladrillo justo cuando aquella puerta negra que conectaba varias dimensiones se cerró y no lo pude seguir. Lo lamenté, pero entendí que quisiera estar solo y el gran peligro había ya pasado.

Me hice amigos rápido. Pocos y muy fieles. Mi amado también los quería, pero no lo expresaba; simplemente porque él era así y así todos lo entendieron.

Sin perder demasiado tiempo, averiguamos lo que necesitábamos saber: había muchas leyendas de culturas antiguas y extrañas que habían vivido tiempo atrás en esas zonas, desapareciendo misteriosamente y sin dejar rastros.

Navegamos hasta la cueva con mi amado, unos amigos nuestros y dos hombres fornidos que esperaban conseguir algo con lo que trabajar allí y cobrarse algún dinero. Noté que a mi pareja ellos no le gustaban, pero los ignoró sin dificultad.

Entre las cuevas encontramos una casa abandonada, de azulejos rotos y caños oxidados. Mi amado entró en la bañera y se quedó de pie allí mirando el muro mientras los demás inspeccionaban el lugar. Me paré junto a él y acaricié su brazo y su pecho desnudo. La ropa siempre le había molestado y rabiaba cuando tenía que estar en público por eso.

Recordé de pronto su piel real, escondida debajo de aquella. Fría, firme y más gruesa que aquella piel de humano. Proyecté en su cuerpo aquel arco iris de azules que tan perfectamente nos camuflaba al nadar en las profundidades y sentí la nostalgia del hogar golpeándome con fuerza por primera vez. Siempre había querido ser fuerte por ambos y adaptarme rápido a aquel ambiente extraño para que mi amado pudiese hacerlo también.

Posó él su mano en el muro y movió un ladrillo hasta dejar un pequeño hueco. Guiados por el impulso de nuestra gente, comenzamos a quitarlos uno tras otro hasta que finalmente se hizo espacio para que pasáramos con nuestros cuerpos humanos. El mío no, pero el de mi amado era especialmente grande y de espalda ancha. Me tendió él sus manos para hacerme pie y poder introducirme en aquel hueco. Luego me siguió y, por supuesto, nuestros amigos lo hicieron también.

Entre las rocas desnudas se habría paso una playa abandonada. No había que hacer demasiado para que la arena revelase rocas pulidas, talladas, y joyas típicas de nuestros hermanos. Nuestros amigos humanos las confundieron con egipcias, al parecer por símbolos que compartíamos con ellos.

Pedí por favor que no tocaran demasiado. De inmediato habían empezado a juntar para llevarse como trofeo de cazadores de tesoros, jamás entendí ese afán humano de tomar lo que le gusta. Tomar, adueñar, llevar. Cuán difícil era para ellos simplemente ver, apreciar y llevarse nada más que el recuerdo, así otros humanos pudiesen descubrir aquello un día también.

Se decepcionaron ante mi pedido, pero lo comprendieron y cedieron a la tentación.

Uno de aquellos hombres fornidos se acercó a mí a gritos y con expresión pasmada. Había encontrado cadáveres de crías de dragón con su compañero. Mencionó que a pesar de tener el tamaño de un niño pequeño, pesaban lo suficiente como para dormirle los brazos luego de sostenerlas unos minutos. Pregunté si había huevos y lo negó para mi lamento, no habría forma de rescatar a esos hermanos.

Nuevamente pedí que no los movieran ni se los llevaran, que aquel sitio sería su descanso. De algún modo u otro, aquel hombre entendió la importancia de proteger el recuerdo de esas criaturas y vi en sus ojos el secreto guardándose para siempre.

Finalmente nos fuimos de allí en el bote ruidoso. Mi amado tomó mi mano con aire triste. Habíamos terminado nuestra búsqueda sin encontrar nada más que un lugar detenido en el tiempo, donde la vida no era ya compatible con el presente. Sentí su dolor y le compartí el mío. Entre dos siempre es más fácil.

Llegamos a tierra sin poder compartir la emoción de nuestros amigos. Aquella aventura los había unido como portadores de un gran secreto y se veía la alegría en sus caras.

Los miré con cariño y agradecimiento, aumentando la distancia entre nosotros aún sin moverme. Una de las chicas entendió aquel mensaje sin palabras y me devolvió la mirada con angustia, sin saber cómo detenerme, sabiendo que de todos modos no podría hacerlo.

Mi amado se arrojó al agua con un salto ágil y lo seguí. Nadamos hasta perdernos de sus vistas y nos quedamos esperando a nuestros hermanos, que sabíamos estaban en camino para llevarnos a nuestro planeta de agua.

Soñado la madrugada del 26-04-12

~Ancient Forest

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