La Catedral de las Sílfides

Ven a oír las historias del viento

Sueño: De confianza (Revolución Reign)

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Hoy llegué a uno de esos días en los que la vida parece que no se moviera más. No es que se haya detenido el tiempo, ni que no ocurra nada interesante, simplemente parece que cuando camino, lo hago en marte. No sé si esto me explique bien.

Me pasé la tarde divagando por los pasillos de la mansión. Por si nunca nos has visitado, en nuestra mansión viven aproximadamente mil seiscientas personas, prácticamente medio pueblo coexiste puertas adentro (el resto son campesinos, ladrones y comerciantes nómades). Los corredores y escaleras son inmensos, para que nunca sientas claustrofobia, y hay jardines por doquier con una inmensidad de animales exóticos que asombra. Estuve parte de mi tiempo en la zona de reptiles. ¿Sabes? Son inmensos, y muchos tienen grandes dientes, pero se comportan casi como mascotas. Como todos a mí alrededor.

No puedo quejarme, la vida es tranquila puertas adentro, pero demasiado tranquila. No puedo levantarme un día sin sentir que algo se escabulle entre los muros y a nuestras espaldas. ¡No puede la vida ser así de pacífica sin que algo esté siendo terriblemente ignorado! El gobernador sin duda algo tiene que ver, algo esconde, pero no se supone que sea yo quien se queje, soy uno de sus hijos. Ni el mayor, ni el menor, ni el más listo, ni el más tonto, ni el más guapo ni el más feo. Soy tan absolutamente promedio que de no ser por mi apellido, podría ser ninja, nadie jamás me notaría.

Mi hermana mayor en cambio… es hermosa y su voz es el deleite de la burguesía. Mi hermanita pequeña es la ternura de los corredores, tan bonita y abrazable como una cría de tigre. Mi hermano mayor es un gran guerrero, su destreza y fuerza son reconocidas hasta en otras mansiones, ni hablar de su belleza que marea mujeres. Mi hermano menor nació siendo un sabio y sus tutores no se cansan de hablar maravillas de su superdotado cerebro. Y yo, soy el promedio.

¿Pero de qué he de quejarme? ¿De que nada jamás pasa? Bueno, pasan muchas cosas, pero siempre cosas buenas o tranquilas. Jamás he visto a nadie alterado puertas adentro. Y tampoco tengo motivos para iniciar yo una revuelta: soy un hijo querido y consentido al igual que el resto. Mis padres jamás han permitido que nos falte nada y posiblemente eso jamás cambie.

Vida miserable.

—–

Mi hermana mayor me invitó a ir al teatro con el muchacho de clase media con el que siempre anda. A mi padre no le gusta porque lleva su rubio cabello “demasiado” largo: le toca los hombros por lo que se pone una cola de caballo, pero no da el brazo a torcer con cortárselo. Además, es una deshonra importante la diferencia de poder en los apellidos, pero mi hermana ha salido con él desde hace tiempo y, para no crear discordia, mi padre no se queja.

Me encantaría ver discordia.

Ya en el teatro (por si te lo preguntas, también está dentro de la mansión), nos sentamos en la primera fila, lo más a la izquierda que se puede estar. Es un sitio bastante incómodo, pero por algún motivo, “los de la familia del gobernador tienen privilegio y se sientan adelante”. Yo preferiría atrás, al medio, donde mi cuello no sufra.

No te aburriré contándote de qué iba la obra. Simplemente saltaré a la parte en la que, aburrido en mi asiento, noté a alguien vigilándome desde detrás del telón. Me puse de pie, subí al escenario y, sin dejarme iluminar, crucé la cortina escarlata.

De inmediato me vi en una lucha con alguien con un cuchillo. Reaccioné rápido buscando información sobre él que me diera ventaja: era joven, tal vez tuviera uno o dos años más que yo, de contextura similar, su negro cabello no era muy corto, pero lo suficiente como para no poderme agarrar de él. Su velocidad era muy buena y su habilidad de ataque también. Lo único de lo que pude aferrarme para equipararnos era que no parecía tener más armas.

Esquivé una estocada y con mi mano izquierda tomé el filo del cuchillo. Ignorando el dolor, lo empujé y se lo quité. Sin caer, dio unos pasos atrás y respiró agitado. Ahora yo estaba armado. Pareció oír algo y entonces salió de su postura de combate y se quitó la peluca. Su cabello en realidad era rubio y de alguna forma su parecido conmigo se acrecentó, tal vez porque mi cabello era claro también, aunque no rubio.

Nos miramos y oí música. Mi hermana se había puesto de pie y, sin vergüenza, comenzado a cantar a toda voz, como una de las mejores sopranos que era puertas adentro. La obra de teatro perdió protagonismo y las luces se difuminaron en aquella esquina. El telón, desgarrado por el combate, terminó de rasgarse por su propio peso y reveló la sangrienta escena que se desarrollaba.

Levanté ambas manos en señal de rendición. Yo tenía el arma y estaba bañado en sangre (muy notoriamente debido a mi larga chaqueta blanca). Sin duda los dedos apuntarían a mí. ¡A mi! ¡Al hijo del gobernador! Siempre quise ver ocurrir algo que desatara caos, pero mis fantasías jamás incluyeron sangre y muchos menos a mí mismo.

El sujeto que me había atacado me tomó por un brazo y me arrastró fuera de allí. Amablemente me pidió disculpas, se había creído en peligro cuando fui a enfrentarlo. Al parecer mi hermana tenía información sobre esto y su canto fue la señal que le indicó que yo no era enemigo. Al oírla fue cuando se relajó, unos segundos antes de que yo lo hiciera también.

Afirmé con balbuceos, mi corazón aún latía demasiado rápido como para dejarme volver a mi quietud analítica tradicional. Me cubrí con una capa de utilería del teatro y me separé del joven, quien pidió encontrarnos al día siguiente en un bar muy pequeño y casi escondido entre los pasillos (por supuesto, puertas adentro).

Acepté con desconfianza pero finalmente fui. Con ropa limpia y mi mano ya vendada, me aventuré en el oscuro bar. Mi hermana mayor y su noviecito estaban allí, en compañía del barbudo bartender y del joven rubio.

Me acerqué con cuidado y el muchacho preguntó por mi mano con ansioso interés. Sus ojos eran vivaces y sus palabras, rápidas. Le resté importancia mientras el novio de mi hermana me pasaba el diario de ese día. En la portada estábamos nosotros en el teatro bajo el titular “Se hace oficial el matrimonio entre la Alta Doncella y el hijo de los De’Feller”. Releí el título diez veces hasta resignarme a que ésas eran las palabras y bajar a mirar la fotografía. Mis manos, que debieron verse negras por la sangre en la fotografía en blanco y negro, estaban limpias, al igual que mi ropa.

El texto era más de lo mismo: el matrimonio entre mi hermana y el hijo de los fabricantes de instrumentos musicales parecía haber sido anunciado por nosotros de una forma bastante teatral: interrumpiendo la obra con un bello canto y una ficción de una lucha para representar ambas partes de la vida en pareja.

Me fue difícil creer lo que estaba leyendo. Miré a mi hermana confundido y ella, consternada, me confirmó que lo del matrimonio era cierto, pero que sólo habían logrado obtener esa noticia aún no revelada para explicar lo que había ocurrido.

-¿Quién? -Pregunté fuera de mí.
-¿Y quién más? La única persona capaz de hacer a los medios tragarse una noticia tan buena como una lucha en el teatro –respondió casi histérica.
-Tu padre –acotó mi cuñado abrazándola para tranquilizarla.
-¿Pero por qué?
-Por mí –sentenció con tristeza el joven desconocido, bajando la mirada con pena.

Y fue entonces cuando me enteré: aquel chico era nuestro medio hermano. Un hijo bastardo de parte de nuestro padre. El gobernador no era capaz de asumir sus infidelidades en público por lo que había silenciado a amenazas a su amante, aun cuando ella hubo quedado embarazada. El niño creció en soledad puertas adentro, escapando de la verdad tan constantemente como podía. Tras conocer a su media hermana mayor, había decidido reclamar su lugar como descendiente del gobernador, por más que lo único que eso le diese fuese aburrimiento, como a mí.

Mi hermana y su novio nos dejaron un poco de espacio para hablar en la intimidad del bar. Mi recién descubierto hermano me contó la forma en la que veía la vida. Sabía que su aparición generaría nada más que discordia, especialmente luego del accidente en el teatro, pero se llamaba a sí mismo “guerrero de la verdad” y vivir una mentira lo torturaba.

Finalmente nos sonreímos luego de un buen rato y comenzó una charla un poco más informal. Era casi mágico encontrar a alguien en quien uno pudiera confiar tan plenamente, nada más conocerse. Su personalidad se complementaba con la mía y prometía hacerlo el mejor amigo que hubiera yo tenido jamás. Es indescriptible la sensación de conocer a alguien, luego de tantos años de vida, que parece haber estado siempre allí a tu lado.

Disfrutamos el resto de aquellas horas contándonos nuestras vidas. Quería disfrutar esos momentos antes de abalanzarme a lo que sabía que sería una lucha contra nuestro padre para revelar la verdad.

Y al fin, algo, a mis dieciocho años de vida, empieza a pasar.

Soñado la madrugada del 25-01-12

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Aunque no he hecho acotaciones en los otros sueños, tengo que hacerlo con este, dado que fue este sueño el que dio origen a Revolución Reign. Mis lectores de prueba (y los futuros lectores, una vez el libro esté publicado) notarán que he cambiado cosas a montones. El lugar es mucho más chico, Reign es más joven, “gobernador”, “mansión”, etc. Releer esto me generó un poco de nostalgia y me da cierta ansiedad; quisiera que el libro volviese a ser lo vi cuando dormí aquel día. Pero bueno, a pesar de los cambios y de todos los días que me separan de aquel, esa noche cambió mi vida para siempre.

Ya veremos qué ocurre.

~Ancient Forest

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