La Catedral de las Sílfides

Ven a oír las historias del viento

Sueño: Amada suerte

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Me llamo Avian Gyong. O tal vez no. Cambio de nombre tan a menudo como el día deja lugar a la noche. Mis hogares y compañeros se van a la misma velocidad.

Mi hogar actual es pequeño. Mi compañero actual es un inepto.

Se dice que mientras menos gente sepa de uno en este rubro, mejor, pero yo considero que si hay alguien contigo, los que te persiguen tienen que dividirse y eventualmente sólo tienen el cincuenta por ciento de probabilidades de agarrarte, en comparación al cien si vas solo.

Me funciona a mí.

Pero sé que mis habilidades para escapar de la policía son poco frecuentes, por lo que suelo no encariñarme con mis compañeros, carentes de mi suerte, ni darles demasiados datos sobre mí. Inevitablemente logran descubrir dónde vivo al seguirme, pero en cuanto son atrapados, me mudo. En una ciudad hay tantos escondites como estrellas en el cielo, sólo tienes que saber buscarlos y no ser muy exigente con las comodidades, porque lo más probable es que la mitad de ellos tengas que compartirlo con algo que esté esperando que mueras para dejar de tener hambre.

Hace poco tuve que enfrentarme a un grandulón que se enfadó conmigo por algún motivo que sospecho que él mismo desconocía. Lo derroté. Con sahumerios. Específicamente con dos de ellos. No me gusta pelear ni tengo un estilo agresivo, pero ser acorralado te pone en una desventaja mucho más grande de lo que la gente considera.

Aún si nadie te persigue, estar atrapado más de diez segundos en el mismo sitio con la atención fija en un solo punto te convierte en una presa fácil para el primer policía que reconozca tu rostro. Hay que evitar todo obstáculo por más insignificante que sea.

Hoy caminaba de regreso a mi cubo de dormir. Salí con el inepto a reconocer esta nueva área ya que hace poco me mudé. Veo varias cosas que quiero adquirir pero tiempo al tiempo. Robar el primer día es un error digno del novato más apresurado que pueda haber, con el cual no me identifico.

Y entonces, la vi. Se me heló la sangre y se erizaron los pelos de mi nuca. La policía que no se tomaba vacaciones estaba allí y acabábamos de hacer contacto visual. De inmediato me reconoció como la presa que más manchas a su historial le había hecho. Me di media vuelta y sin delicadeza, me puse a correr.

Mi compañero me gritó “¡Avian!”, seguramente preguntándose qué había ocurrido. No habíamos robado nada aún, por lo que la policía no lo seguiría.

Corrí y corrí. Sentía su mirada clavada en mi espalda y sus pisadas desesperadas por alcanzar mis talones. Mis pasos ágiles competían con su destreza de mujer. A mi respiración no le tenía confianza, me cansaría rápido por el susto y la rápida aceleración de mi corazón al verla. La sorpresa había bajado poderosamente mis posibilidades de escapar y la inocencia de mi compañero agregó el toque que faltaba: ella ya sabía que era cien por ciento yo.

Recé para que mi suerte, mi más amada cualidad, se activara y me salvara.

De pronto oí “Oye, ¿no eres tú…?” y al mirar atrás un joven admirador de aquella mujer la había interceptado para contarle sobre su devoción hacia su persona. Doblé una esquina y desaparecí.

Llegué a casa, sea lo que sea, y me relajé entre las pocas pertenencias que me había guardado. Recordé entonces a mi compañero. No me preocupé, no conocía aún mi nuevo hogar, y de todos modos si no había tenido la astucia de escapar en cuanto me vio correr, era sin duda alguien que no duraría demasiado a mi lado.

Recordé mi suerte y reí acurrucándome sobre mi manta. Tomé mi talismán y lo besé.

Esto podría durar para siempre.

Soñado la madrugada del 15-02-12

~Ancient Forest

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